Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 18
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Capítulo 18

W illiam caminaba por la ciudad.

De momento, no tenía otra cosa que hacer más que despejar su mente, y aquello le venía bien, estaba tan ocupado con tantos asuntos que apenas lograba cavilar con claridad, justamente pensaba en eso cuando algo llamó su atención.

Su esposa. Sí. Alice estaba hablando con alguien en plena calle. Parecía alterada; incluso desde la distancia, William alcanzaba a percibir en ella un llanto contenido, volvió entonces la mirada hacia la persona con la que discutía.

No pudo haberse sentido más enervado.

Ese maldito bastardo, se atrevía a asediarla en público, cuando ella no tenía a nadie a su alrededor. A su esposa. A la esposa del presidente del Consejo. ¡Era una desfachatez!

William avanzó con paso dominante, su rostro mostraba una rivalidad nunca vista, ni siquiera cuando debatía en el Senado y aquello se debía a que, por primera vez, no estaba peleando por una ley, por una reforma ni por Francia.

Estaba peleando por algo suyo. ¡Por todo lo bueno! Ella era su esposa. ¿No podían siquiera respetar eso? Hasta podía estar esperando un hijo suyo en ese momento. Llegó hasta ellos justo cuando aquel hombre planteaba su última pregunta:

—¿Podemos vernos en otro lado?

Aquello lo desquició y sin poder contenerse, William tomó al hombre por la camisa y lo sorprendió al estrellarlo contra la pared.

—¿Verse dónde y con qué motivo? —preguntó.

Sus ojos eran fríos, duros, casi negros. El demonio vivía dentro de él, al menos eso decía mucha gente cuando lo veía enfurecido.

—¡William! —se alteró Alice—. William, por favor, no hagas esto.

—Dije —ignoró él, sin apartar los ojos de Lucca—: ¿con qué motivo?

—¡Suéltame! —Lucca consiguió apartarse con un fuerte zarandeo—. ¡La pones en peligro! ¡Es por su protección! ¡Debes alejarte de ella!

—Maldita sea…

William dio un paso hacia delante, pero Alice se interpuso en su camino y lo miró con súplica.

La joven tuvo que alzar mucho la cabeza para que su marido pudiera ver sus ojos, pues William le llevaba bastante altura. El marqués volvió el rostro hacia un lado y apretó la mandíbula con tanta fuerza que Alice pensó, por un instante, que se rompería algún diente.

—Acompáñame a casa, William —suplicó ella, abrazándose a su cuerpo con fuerza—. Por favor, acompáñame a casa.

William tardó en responder. Finalmente, dio un asentimiento de cabeza, giró sobre sus talones y comenzó a caminar lentamente hacia el carruaje. Alice observó aquel silencioso proceder, tendría problemas, miró entonces a su antiguo prometido y suspiró.

—No sé qué intentas —le dijo—, pero lo último que quiero es tener problemas con él.

—¡Él es quien se ha alterado de la nada! —apuntó Lucca.

—Cállate —pidió la joven—. Ya han causado suficiente escándalo.

Miró alrededor, no era mucha la gente que los observaba, pero con esa poca bastaba para esparcir el chisme.

Alice dio media vuelta y estaba a punto de caminar cuando volvió a sentir que Lucca le tomaba el brazo.

—Es peligroso, Alice —insistió él—. Corres peligro. Él también.

El corazón de la joven palpitó con fuerza. Se sintió un poco mareada, y las palabras de Lucca se trabaron en su cabeza.

—Déjame verte. Deja que te explique lo que pasa —pidió el hombre.

Alice dudó. ¿Qué podía saber él? Al mismo tiempo, algo le decía que no mentía. Sabía lo de las cartas. Quería hablar con ella sobre eso. Pero no comprendía cómo estaba involucrado.

¿Acaso su deserción el día de la boda también tenía algo que ver?

Alice miró hacia la carroza, donde su esposo los observaba con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Bajó la cabeza, tomó aire y regresó la mirada hacia Lucca. Asintió.

—Dime dónde y cuándo.

—Te escribiré.

—Yo no…

—Vete —dijo Lucca, mirando sobre el hombro de ella—. O volverá.

El viaje que siguió al enfrentamiento entre William y Lucca fue silencioso e incómodo.

Su marido no hablaba, es más, apenas la miraba.

Estaba furioso. Se notaba en cada parte de su cuerpo contraído, su seriedad apenas podía compararse con el nerviosismo de Alice, sabía lo que debía de estar pensando, y eso la asustaba.

¿Acaso la repudiaría? ¿En serio pensaría que ella lo estaba engañando?

—Baja del carruaje, Alice —dijo la voz fría de su marido—. Te están ofreciendo ayuda desde hace una hora.

Alice volvió el rostro hacia la puerta, apenas y notó que la carroza se había detenido y que el mozo le ofrecía la mano para ayudarla a bajar.

Cuando estuvo en el suelo y William también, la joven se mostró confundida con su proceder, su marido no hacía nada, permanecía de pie en el lugar, mirando hacia lo alto de su casa.

—¿No piensas entrar? —inquirió él sin mirarla.

—¿Tú lo harás? —preguntó ella.

William le dirigió una mirada sarcástica y sonrió.

—Es mi casa, ¿cierto?

—Sí.

Por alguna razón, la forma en que había pronunciado aquella frase la excluyó de pronto.

“Es mi casa”, había dicho; normalmente decía “nuestra”.

—Camina, Alice. Comienzas a desesperarme.

Alice obedeció aquella orden dura y caminó hacia la casa.

La puerta de entrada se mantenía abierta gracias al mayordomo, que los había visto llegar.

En cuanto pisaron el vestíbulo, William siguió caminando en dirección a su despacho.

La muestra definitiva de que no la deseaba allí fue el tremendo portazo con que cerró.

Alice sabía que hacía algo estúpido, pero lo siguió.

Antes siquiera de tocar, lo escuchó hablar con dureza y ordenar que alguien saliera del lugar. Un segundo después, Peter abrió la puerta y salió con una expresión divertida, aparentemente disfrutando del momento de furia de su señor.

—No le conviene, mi señora —se burló—. Muy pocas veces he visto a la bestia salir de su escondite.

—¿La bestia? —preguntó Alice con inocencia.

—¿Usted cree en esa fachada de hombre controlado? —rio Peter—. Es más explosivo que la pólvora, todo el mundo piensa que no tiene sentimientos, pero yo creo que es más sensible que nadie.

—¿William? ¿Sensible?

—Sí.

Peter asintió.

—Con su permiso, señora.

Alice inclinó la cabeza y miró hacia el interior del despacho. William se encontraba de pie frente al piano, con ambas manos apoyadas sobre la superficie, como si estuviera a punto de enfermar.

—William —lo llamó quedamente.

Al escuchar la voz de su esposa, él se irguió, pero no se volvió. Permaneció frente al piano, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón y respirando con una tranquilidad demasiado forzada.

—¿Qué pasa? —preguntó, controlado.

—Yo…

Alice bajó la mirada y tomó valor.

—Vengo a explicarte.

Entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí.

—En este momento no tengo deseos de escuchar nada —dijo él—. ¿Me harías el favor de marcharte?

—No.

William volvió la cabeza, sorprendido. No podía creer que fuera ella quien le diera una negativa tan rotunda.

—No dejaré que pienses que te engaño —se adelantó unos pasos—. Porque no es así.

—¿Ah, no?

William sonrió con sarcasmo, evadiéndola para tomar un vaso y verter licor en él.

—¿Que tu antiguo prometido te pidiera una cita no es suficiente motivo de sospecha?

—Sí lo es —afirmó Alice, girándose para verlo tomar su copa—. Por esa razón estoy aquí.

—¿Quieres excusarte?

—Quiero decirte lo que pasó.

—No quiero oírlo.

—¡Por qué eres tan terco! —se exasperó—. ¡No dejas que te explique!

—No.

William dio tres zancadas rápidas y la tomó por los brazos, acercándola a su rostro descompuesto por la furia.

—No quiero oírte porque me enfurezco —dijo con rabia—.

Porque solo pensar que todo lo que cruza por mi cabeza es cierto me vuelve loco.

Porque esas palabras, ese encuentro, me hacen querer recordarte quién es quien te hace el amor cada noche.

Quién es quien te ve despertar. Recordarte cuál es el nombre que pronuncias cuando pierdes el juicio entre mis brazos.

Alice abrió los ojos, estremecida.

—Porque eres mía —continuó William, con la voz más baja, pero mucho más peligrosa—. Tal vez no te das cuenta, pero me perteneces. Y yo no comparto con nadie.

La soltó como si ella quemara y se alejó. Alice se sonrojó y sonrió. Sí. Sonrió, porque por primera vez se dio cuenta de lo celoso que William estaba, de lo mucho que le importaba, de cuánto la quería, aunque él mismo aún no supiera nombrarlo.

—No necesitas preocuparte tanto —le dijo suavemente—. ¿No te dije que nunca te engañaría?

—Las mentiras no funcionan conmigo —le dio la espalda, alzando el vaso para beber otro trago—. Lo sabes.

—Por esa razón te darás cuenta de que no lo estoy haciendo.

Alice se acercó y lo abrazó por la espalda.

—Yo no podría estar con nadie más que no fueras tú. No puedo ni imaginármelo…

Apretó con más fuerza aquel abrazo y susurró:

—No puedo desear a nadie más.

William seguía inquebrantable, no cedía ante el abrazo ni ante las palabras de su esposa, pero Alice también era persistente, por ello rodeó el cuerpo de su marido hasta quedar frente a él.

Desde su pequeña estatura podía admirar aquel ceño completamente fruncido, los labios apretados, la mandíbula contraída.

Todo era indicio del desconcierto y del enojo que lo dominaban.

—Yo tampoco —dijo él después de un rato, bajando lentamente la mirada hacia ella—. Yo tampoco puedo mirar a nadie que no seas tú.

Le acarició el rostro.

—Por eso no te permitiré ir a esa reunión.

—William, escucha. Él dice que sabe lo que está pasando.

—No me pidas eso, Alice.

William negó.

—No puedo permitirme dejarte ir sola a su encuentro.

—William…

Él la besó. Un beso pasional que la dejó desconcertada y, tal como él pretendía, callada.

La tomó por la cintura, elevándola lo suficiente para sentarla sobre el escritorio del despacho.

Comenzó a besarle los hombros, el cuello y la parte alta del pecho con una intensidad posesiva que borró las palabras de Alice por completo.