Capítulo 17 #2
—Iba a llegar por separado —mintió Alice—. Nos informaron que se sentía mal.
—¿En serio? No vi a ningún mesero.
—Habrá fallado su vista, en ese caso.
Alice sonrió con dulzura.
—No podía estar atenta a nosotros todo el tiempo.
La duquesa de Montsenpier frunció el ceño y asintió.
—Tiene razón.
Tomó una silla y se sentó en ella.
—¿Quiere compañía para su desayuno?
—En realidad, me estaba marchando.
—Seguro tendrá tiempo para alguien que se preocupa por usted.
—¿Preocupada?
Alice volvió la cabeza hacia ella.
—Supe lo que pasó en su casa…
La duquesa negó con fingida tristeza.
—Qué terrible tener gente desleal dentro de sus aposentos.
—¿Cómo sabe…?
—William me lo dijo.
—¿William?
Alice dudó. No creía que su marido se pusiera en semejante evidencia. Él era de los que prefería esconder sus problemas, y decírselo a la duquesa de Montsenpier no era una buena forma de mantenerlos ocultos.
—Sí, querida. ¿No sabe que voy mucho a Versalles?
La mujer sonrió.
—¡Oh, por cierto! ¿Necesita ayuda con lo del banquete? Supongo que tendrá todo listo.
Alice frunció el ceño. ¿Banquete? No recordaba… De pronto, abrió los ojos como platos y, si no hubiera tenido que conservar la compostura, se habría golpeado la frente con fuerza.
¡El banquete! Se suponía que ellos debían organizarlo en esa ocasión. William ni siquiera lo había mencionado, no es que debiera hacerlo, porque ya se lo había informado con anterioridad. Habían pasado tantas cosas que simplemente lo olvidó por completo.
—No necesito ayuda, duquesa. Lo tengo todo cubierto.
Alice se puso de pie y se inclinó ante la mujer de mayor rango.
—Si me disculpa.
Deseaba correr en ese momento, pero la duquesa de Montsenpier jamás le dejaba las cosas tan fáciles.
—¿Tiene prisa? —preguntó antes de que Alice pudiera dar un paso.
—Tengo que pasar a ver a una amiga a quien le debo una visita.
—¿En verdad? —La duquesa sonrió—. ¿Puedo acompañarla?
—Yo…
Alice bajó la mirada y tomó aire.
—En realidad, esperaba ir sola. Deseo ponerme al corriente con ella en muchas cosas.
—Y no soy apta para oírlo, supongo.
—Espero que no se sienta ofendida.
Con aquella respuesta, la joven decía, en pocas palabras, que la duquesa de Montsenpier no era bienvenida. La mujer se puso de pie con una grácil economía de movimientos y se colocó frente a ella.
—Por supuesto que no —susurró—. Ya habrá oportunidad para hablar después.
—E-eso creo.
Alice asintió.
—Con su permiso.
La duquesa sonrió con seguridad, indicándole la salida con una mano. Alice se sintió azorada por aquella confianza, pero no dudó en caminar hacia la puerta para librarse de esa odiosa mujer que solo entablaba conversación para molestarla.
Al menos eso creía ella.
W illiam estaba en su oficina. En apariencia, conservaba la normalidad usual, como siempre, era diligente con su trabajo.
La seriedad con que se manejaba resultaba habitual y llevadera; sus reuniones tenían el éxito esperado y sus órdenes eran claras como el agua, sin embargo, su cerebro no podía estar más revuelto.
A pesar de ser un hombre con suficiente capacidad para manejar varias cosas a la vez, el asunto de su esposa lo atosigaba constantemente. Era casi como si tres cuartas partes de su mente estuvieran ocupadas por ese problema.
—Señor —habló su secretario—. Tiene una reunión en dos minutos.
William se recostó sobre su asiento de cuero y posicionó dos dedos sobre el puente de la nariz.
—Iré enseguida.
—Sí, señor.
Frederick, un tanto preocupado por el presidente del Consejo, se atrevió a saltarse todas las normas y formular una pregunta personal.
—¿Se encuentra bien, señor?
—No, Frederick. En realidad, no.
Lo miró apenas un segundo.
—Nada de lo que deba preocuparte.
Hizo una pausa y retomó su tono habitual.
—Prepara la sala para atender al embajador.
—Sí, señor.
William tomó la pluma e hizo como si fuera a firmar algún papel importante. Aquella fachada desapareció en cuanto Frederick abandonó el despacho y lo dejó en la soledad que necesitaba.
El hombre suspiró profundamente, estaba cansado, en las noches apenas dormía, notaba que Alice tampoco lo hacía bien desde hacía días y era normal que estuviera alterada, pero no le agradaba nada aquella descompensación de sueño, ni su falta de apetito.
Todo parecía insinuar que estaba embarazada.
No podía comprobarlo, desde luego, pero algo le decía que su esposa esperaba a su primer hijo y, de ser verdad, aquel niño no llegaba en buen momento.
Se alegraría de que Alice estuviese embarazada, cualquier hombre lo haría, pero, con las cosas que comenzaban a suceder, no podía más que preocuparse por la vida de ese pequeño.
¿Quién querría hacerles daño? ¿Quién estaría dispuesto a lastimar a una mujer como Alice? ¿Y por qué razón? Por un momento había pensado en el bastardo recién llegado. Lucca Fridckford. Pero, si recordaba bien, él quería recuperarla, no asesinarla.
En su criterio, quedaba descartado.
William posicionó una mano sobre su boca y, por un segundo, dejó que el estrés se reflejara en su rostro, por primera vez en su vida, no sabía qué hacer, era frustrante.
Abrió un cajón de su escritorio, revelando ante sus ojos aquella carta blanca, un poco manchada de hollín. Estaba completamente cerrada. William no había tocado el sello de aquella nota, el caso era simple: no iba dirigida a él y, lastimosamente, William era un hombre que respetaba la privacidad.
Tomando eso en cuenta, abrir aquella carta significaría romper con una parte cimentada de su personalidad, la tenía consigo todo el tiempo, en algunas ocasiones estuvo a punto de abrirla, pero simplemente no podía hacerlo.
Maldijo en voz alta y metió la carta en su chaqueta, la abriría después de esa maldita reunión, vería, de una vez por todas, lo que esa persona quería decirle a su esposa.
Y mientras tanto, en una casa no muy lejana al centro, dos hermosas mujeres estaban sentadas en una salita de té usada expresamente por la madre de los Charpentier.
Katherine Wellington se había adueñado de la pequeña estancia para conversar con su más antigua amiga, Alice, esposa de su hermano, quien al parecer venía con una petición importante.
Al menos eso había dicho.
—¿Qué quieres qué? —preguntó la hermosa pelirroja cuando Alice desveló su pregunta.
—Quiero saber los escondites de William —repitió Alice con paciencia—. Los lugares donde guarda las cosas más preciadas.
—¡Dios mío! ¿A qué quieres jugar con él?
Katherine sonrió con una malicia descarada.
—¿Le dejarás pistas para encontrarte?
—¡Kate! —exclamó la joven—. Por favor.
—No lo haré si no me dices para qué es.
La pelirroja se cruzó de brazos, logrando verse como una niña berrinchuda a pesar de sus tres hijos y sus largos años de matrimonio.
Al ver la inflexibilidad de su amiga, Alice suspiró.
—¡Bien! —se quejó la ahora cuñada—. Sí. Es para lo que dices.
Mintió.
—¡Por Dios!
Katherine se tapó la boca, extasiada con aquella respuesta.
—¡Oh, Dios! ¡Tardaré años en quitarme la imagen de la cabeza!
Soltó una carcajada.
—¿Qué imagen? —preguntó Alice, exasperada.
—La tuya y la de mi hermano… —Se estremeció—. ¡Agh! ¡Iugh!
—¡Katherine! ¿Podrías, por favor, dejarte de niñerías y decirme?
La pelirroja se mostró impresionada por la dureza que Alice utilizó en su contra. Normalmente ella no era así. De hecho, Kate estaba sorprendida al ver que ni siquiera enrojecía ni se avergonzaba por lo que acababa de insinuar.
—Bien —dijo, admirada—. Si quieres el lugar más escondido, aquel donde guarda las cosas que más le preocupan o las que más aprecia…
—¿Sí?
—Es consigo mismo. —Katherine se encogió de hombros—. Cuando algo le preocupa o no quiere que nadie lo vea, lo trae encima.
—¿Encima?
Alice decayó.
—Sí —asintió la joven—. Es listo, como ya lo sabrás.
—Desafortunadamente.
Alice asintió, desanimada. Katherine la observó con atención.
—¿Sabes? No te creo lo del asunto íntimo entre marido y mujer.
Alice se sonrojó esta vez. No tanto por las palabras de su amiga, sino por haber sido descubierta.
—No sé qué les pasa —continuó Katherine—, pero, si necesitas ayuda, puedo decirle a Adam…
—¿Cuándo dices que se marchan? —cambió de tema Alice—. Me gustaría que fueran al banquete.
Katherine pestañeó, desconcertada.
—En dos semanas.
—¡Una lástima! —Alice se puso de pie y sonrió—. No alcanzarán. Me saludas a los niños y a Adam.
—¡Alice! —la llamó cuando su cuñada ya giraba el picaporte.
—¿Sí?
Alice volvió el rostro hacia la pelirroja.
—Sabes que cuentas conmigo.
Lo sabía, pero no quería que fueran contra la familia de Katherine.
Ya bastante hacía con involucrar a la familia de Annabella.
Aunque, en ese caso, lo hizo por las probabilidades que lord Hamilton tenía de ayudarla.
Además, tenía la vaga sensación de que, si Thomas sospechaba que el peligro iba más allá de él, sabría tomar las medidas necesarias para que nada les sucediera a Annabella y a sus hijos.
Uno nacido, otro por nacer.
En cambio, aunque Adam tenía mucho poder, debía mantenerse en Londres, era mejor que se marcharan a Inglaterra.
—Lo sé.
Alice asintió, abrió la puerta y dejó a Katherine de pie en medio de aquella acogedora sala de estar, casi salió corriendo de la casa de sus suegros, sabía bien que Katherine era persistente y, si la curiosidad le picaba lo suficiente, seguramente la seguiría por todo el lugar para arrancarle respuestas.
Agradecía en ese momento que la casa de los padres de William estuviera en el bullicio de la ciudad y no a las afueras, como Millentmont.
La gente ayudaría a que Katherine abandonara la idea de seguirla, aunque también era consciente de que podía ir a buscarla cuando quisiera, no era como si la pelirroja no conociera el camino hacia la casa donde había vivido toda su vida.
Iba tan concentrada en no ser encontrada por Katherine que olvidó que ella también podía ser encontrada y, como era de esperarse, se topó con la persona que menos deseaba ver.
Le fue prácticamente imposible no chocar con aquel hombre que caminaba hacia ella y que la sostuvo para impedir que cayera de cara contra el empedrado.
—Lo siento —comenzó a disculparse la joven, deshaciéndose de los brazos que la protegieron.
—Descuida —dijo la voz de Lucca—. Estaba acostumbrado a hacerlo.
Alice dejó de sacudirse el vestido y alzó rápidamente el rostro, se encontró con la sonrisa problemática de su antiguo prometido. Aquellos ojos conocidos, la boca, su cabello… Sí. Era hora de largarse.
—Con permiso —dijo, tomando el vestido para caminar rápido.
—Espera.
Lucca le tomó el brazo.
Alice lo apartó de forma brusca y le lanzó una mirada enfurecida.
—¿Sí? Dígame —respondió con frialdad—. No necesito que me toquen para poner atención.
Lucca levantó una ceja, sorprendido, y dio un paso atrás.
—No recordaba que fueras así.
—La gente cambia.
Alice se cruzó de brazos y miró hacia el otro lado de la calle.
—Lamento que fuera por mi culpa. —El hombre bajó la mirada con pesar—. Siempre creí que eras perfecta.
—No lo demostraste.
—No… —Bajó el tono—. Pero tuve una buena razón.
—¿En serio?
Alice sonrió con un cinismo que no le pertenecía del todo.
—Alice —la llamó él con ternura—. Yo te amaba… Te sigo amando.
—Qué lástima.
—¿Me vas a escuchar? —preguntó él, algo furioso.
—¡No! —Alice alzó la voz y sus facciones normalmente angelicales se contrajeron entre el enojo y el llanto—. No quiero escucharte.
—Alice. —Lucca la tomó de los brazos—. Quiero explicarte.
—¿Una justificación con el poder para hacer que no te odie?
—Sí. —Alice se quedó sorprendida por la convicción con que Lucca hablaba, era la forma de hablar de alguien que decía la verdad.
El hombre sonrió al ver el rostro de la ahora marquesa, la conocía lo suficiente como para estar seguro de lo que veía en ella.
—Me crees, ¿verdad? Solo dame quince minutos.
—A William no…
—Ya lo sé. —Lucca asintió—. Pero es necesario.
—Entonces espera a que esté con él.
—No puedo decírselo —Negó—. Te pondría en peligro.
Alice sintió un nudo en el estómago.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que sabes?
—Vienen por él.
—¿Quién? —preguntó la joven, asustada.
—Vamos, Alice. No podemos seguir hablando aquí, sabes que lo que te digo es verdad. —Miró a su alrededor con inseguridad y luego clavó los ojos en los de ella—. Esas cartas no solo te llegan a ti.