Capítulo 17
A lice abrió sus ojos violáceos y tardó unos segundos en acostumbrarse al sol que ya invadía la habitación.
Desde el día en que casi murió asfixiada, todos parecían tener demasiadas consideraciones con ella.
La mimaban en exceso, la vigilaban con discreción y le permitían hacer casi cualquier cosa durante el día, como si una palabra suya bastara para alterar el ritmo entero de la casa.
Incluso William permanecía en casa hasta lo más tarde que podía y procuraba regresar temprano para estar a su lado.
Justo como en ese momento, eran las ocho de la mañana, el sol ya se hallaba alto sobre el cielo, y los trabajadores comenzaban a acudir a sus respectivas labores. Sin embargo, William seguía en la cama, junto a ella, abrazándola con fuerza contra su cuerpo.
No era que a Alice le desagradara, de hecho, era todo lo contrario; pero algo extraño sucedía.
Will parecía mucho más cuidadoso con todo lo que los rodeaba, siempre había sido atento, meticuloso, casi obsesivo con los detalles, pero ahora, cuando se trataba de ella, aquella cautela se había transformado en una vigilancia feroz.
—Buenos días —dijo él en cuanto notó que ella abría los ojos.
Se encontraba recostado de espaldas, con varias almohadas apiladas detrás de la cabeza y un libro abierto entre las manos, cuando Alice hizo ademán de levantar la cabeza de aquel torso desnudo, William apartó apenas el brazo para dejarle el camino libre.
—¿Por qué sigues en cama? —preguntó ella con voz adormilada—. ¿No irás a trabajar?
—Sí iré.
William estiró el brazo y dejó el ejemplar sobre el buró.
—Solo esperaba a que despertaras.
—Llegarás tarde si sigues haciendo eso —se sonrojó la joven—. Últimamente duermo mucho.
—Lo he notado.
El hombre apartó las sábanas y se sentó en el borde del colchón, estirándose antes de ponerse de pie.
—¿Te has sentido mal? ¿Tienes tos o dolor en el pecho?
—No —respondió ella suavemente—. No te preocupes.
William volvió la mirada hacia su esposa.
Alice seguía sentada en la cama, con las piernas cruzadas y el cabello desordenado como cada mañana. Sus ojos aún no lograban abrirse por completo, y el camisón, mal acomodado sobre su cuerpo, dejaba entrever un fragmento de su pecho.
—Me preocupo —dijo él, acercándose a la cama— porque lo que ocurrió no fue normal. Incluso dices que no hay ninguna carta de las que querías enseñarme.
—¿Desconfías de mí?
Alice fijó la vista en sus ojos.
—Te juro que no sé qué pasó. En verdad solo…
—No creo que tu intención fuera morir asfixiada —la interrumpió el marqués—. Pero eso me inquieta todavía más.
—William, olvidemos el asunto —pidió ella, elevándose sobre sus rodillas hasta quedar a la altura de la barbilla de su marido—. Solo era un juego. Alguien quiso asustarme.
—O asfixiarte.
—No sabemos qué pasó —negó la joven—. Tal vez fue un accidente.
William suspiró. No creía que las cosas fueran tan simples, lo sucedido no parecía un accidente, sino un acto premeditado y, si ese era el caso, Alice se había salvado por muy poco.
Aun así, no deseaba preocuparla más.
Cada vez que el tema de las cartas salía a la luz entre ellos, su esposa parecía al borde de un ataque de nervios, y la angustia le provocaba una alarmante falta de aire; por esa razón, William se limitó a colocar sus grandes manos alrededor de su cintura y se inclinó para plantar un beso dulce y prolongado en los labios de su mujer.
—No te preocupes más —dijo—. Esto no tiene relevancia ahora.
Le acarició la mejilla. Después se estiró hasta el buró, tomó su reloj de bolsillo, lo abrió y miró la hora apenas un segundo.
—Tengo que irme.
Le dio otro beso.
—Nos vemos en un rato.
—Sí.
—¿Qué harás hoy? —preguntó él mientras comenzaba a cambiarse con ayuda de ella.
—Iré con Anna —sonrió Alice—. Quiero hablar con ella de algo.
—“Algo” —repitió él—. ¿No puedo saber qué es ese “algo”?
—No.
Ella sonrió con inocencia, quitando una pequeña pelusa de la chaqueta de su esposo.
—Pero te informaré cómo me fue.
—Bien.
William le besó la nariz.
—Suerte con ello, entonces.
En cuanto su marido salió de la habitación, Alice tomó rápidamente un vestido y se lo colocó ella misma, no tenía tiempo que perder, estaba segura de que, si no llegaba a tiempo, aquel terrible hombre la dejaría plantada.
Él no era de los que esperaban por una mujer, bueno, solo por una y esa mujer no estaría presente en aquella reunión.
Alice bajó las escaleras con rapidez, deteniéndose únicamente para saludar al mayordomo y a la señora Pakins.
Algo sospechaba la joven estaba casi segura de que aquellos dos mantenían alguna clase de relación, no era fácil descubrirlos, desde luego, pero solían esconderse de las miradas cuando susurraban cosas y se lanzaban gestos llenos de significado, al menos para ellos.
Se encogió de hombros y subió al carruaje, no tenía tiempo para desvelar un misterio tan banal como el amorío de unos empleados, aunque seguramente William sí se molestaría.
Eran las diez de la mañana cuando Alice Charpentier entró en Le Meurice, donde se había citado con el temido Thomas Hamilton, esposo de su ahora prima política Annabella.
La marquesa buscó entre la gente al distinguido y apuesto caballero, lo cual resultó sencillo si se tomaba en cuenta que todas las miradas recaían en él.
Bueno, todas las miradas femeninas.
Alice caminó trémula hasta la mesa y sonrió apenas cuando aquel hombre de impresionantes ojos azules clavó en ella su atención.
Thomas Hamilton la examinó de arriba abajo, como si hiciera un análisis completo de su persona con una sola mirada, era peor que William en ese aspecto.
Al menos su marido disimulaba cuando estudiaba a alguien; Thomas, en cambio, lo hacía de manera tan evidente como escalofriante.
—Siéntese, Alice Miller —pidió Thomas y su voz la atravesó como un relámpago—. No acostumbro devorar a mis invitados.
—Soy Alice…
—Charpentier —terminó él—. Pero el problema no está en ese apellido, sino en alguien que aún la llama como lo he hecho yo.
La joven se impresionó por la capacidad de aquel hombre y por el alcance de la información a la que tenía acceso. Según William, solo unos pocos sabían lo ocurrido, pero al parecer su querido pariente lo había descubierto por sus propios medios.
—Sí —dijo ella con voz muy baja, dejándose caer sobre la silla que Thomas le indicaba con la mano—. ¿Cómo lo sabe?
—Yo lo sé todo —respondió él, vanidoso—. Pero no hemos venido a hablar de eso. Ahora dígame: ¿por qué me citó? ¿Sabe lo mucho que me costó hacer que Annabella no viniera?
—Lo siento.
Alice bajó la cabeza.
—No quiero involucrarla.
—Al involucrarme a mí, la involucra a ella —la cortó el hombre—. Yo decidiré qué hacer, le advierto que, si toda esta situación pone en riesgo a mi familia, no participaré.
—Entiendo.
—Bien.
Thomas se recostó sobre su asiento, sus ojos penetrantes no dejaban de analizarla, observando cada detalle de su rostro.
—¿Hace cuánto comenzó?
—Unos días después de que me casara con William.
—¿Había pasado antes?
—No.
—¿Tiene alguna carta?
—No. Recientemente se quemaron todas en el incendio.
—No es verdad.
Thomas negó con calma.
—Creo que William tiene una.
—¿William?
—Sí.
Thomas tomó su taza de café y bebió un poco.
—Pero no sé dónde pudo haberla escondido. Creo que ahí habrá algunas respuestas. Si la encuentra y me la trae, podría ayudarla.
—¿Quitarle a William algo? —se exaltó la joven—. Eso es…
—Difícil —asintió Thomas—. Pero imposible, no.
—William guarda todo en lugares distintos. No hay persona que conozca Millentmont como él.
—Se equivoca.
Alice levantó la vista y se fijó en el semblante interesado que mantenía el esposo de su amiga.
—Existe una persona que conoce a William mejor que nadie. Incluso mejor que usted.
Aquello le dolió, aunque no podía demostrarlo.
Conocía a Thomas Hamilton, era sincero, no rodeaba las cosas. Directo, frío y certero como solo él podía serlo.
—La respuesta es sencilla —continuó él—, y creo que ya la sabe.
—Katherine.
—Bien hecho.
Thomas asintió.
—Pídale ayuda. Si consigue la carta, tendremos de dónde partir.
—¿Cree que pueda ayudarme?
El hombre se cruzó de brazos y sonrió con una arrogancia que habría molestado a muchos.
Pero Alice solo pudo admirarlo.
—No sabe usted quién soy yo —dijo con absoluta seguridad—. Y será mejor que siga sin saberlo.
Se puso en pie.
—Haga lo que le digo y veremos cómo resulta todo.
—Lord Hamilton.
Alice también se levantó, llamando su atención.
—Gracias.
—Thomas —corrigió él—. Somos familia. La trato así porque William es demasiado celoso y, si alguien nos ve juntos, seguro pensará mal, aunque sabe que amo a mi mujer y a mis hijos.
Sonrió apenas.
—A veces es irracional. Como sea, me voy.
—Gracias de nuevo —se inclinó la joven.
Alice se dejó caer sobre la silla y sonrió.
Era el hombre más difícil con el que había hablado, si es que podía decirse que hablaron, no entendía cómo Annabella había logrado amar y hacerse amar por alguien como él.
Thomas Hamilton era duro, terco, frío y controlador; aquello se notaba con rapidez.
Comparado con él, William parecía casi dócil.
Aunque, por la forma en que Thomas se refería a su esposo, parecía tenerle un gran respeto.
Bien. Ahora tenía que encontrar esa carta y, para ello, hacía falta una ayuda pelirroja, pero Katherine no brindaría su mano si no se le informaba el trasfondo de la situación.
¿Debía mentirle? Tal vez bastaría con preguntarle por los escondites de William sin indicar qué buscaba.
—Señora Charpentier.
Una voz rozagante y taladrante se alzó a los oídos de Alice.
—Duquesa de Montsenpier.
La joven se puso de pie para hacer una leve inclinación.
—Vi a un hombre aquí anteriormente —sonrió la mujer, con suspicacia y una evidente mala intención.
—Sí. Era mi primo político. Íbamos a desayunar junto con su esposa, pero al final Annabella se sintió mal y tuvieron que retirarse.
—Yo no vi a ninguna mujer —levantó una ceja—. Además de usted.