Capítulo 16 #2
Alice despertó sola en la cama, era de madrugada y William no estaba.
Aquello le pareció extraño, pero nada comparado con el humo que llenaba la habitación, no entendía nada, no veía nada, todo estaba opacado por una bruma espesa que se aferraba a las cuatro paredes de la recámara.
Las ventanas estaban cerradas y las puertas bloqueadas.
¿Qué estaba pasando?
Comenzó a toser con fuerza, y la asfixia fue tal que le costó respirar. Se tiró al suelo, tomando de paso su bata para protegerse en caso de que hubiera fuego, entonces se dio cuenta de que, estando en el piso, le resultaba más fácil tomar aire.
Ahora tenía que salir de allí. Se arrastró hacia la puerta de entrada, pero estaba cerrada con llave. Miró a su alrededor, no había señal de fuego, pero el humo era persistente, denso, acosador.
Sus ojos lagrimeaban, y la bruma comenzaba a adormecerla.
¿Qué ocasionaba aquel humo? Tosió de nuevo.
¿De dónde provenía? No intentó con ninguna otra puerta, era obvio que también estarían cerradas.
No le costaba trabajo imaginar quién podía hacer tal atrocidad.
Las cartas, pensó. La persona de las cartas.
Tosió nuevamente y se arrastró hacia la chimenea, seguro que de ahí salía el humo.
La joven se puso de pie, tapándose la nariz lo mejor que pudo, tenía que abrir el tiro de la chimenea, solo era cuestión de jalar una pequeña palanca para que el humo volviera a escapar con normalidad, pero, al llegar, se dio cuenta de que la manija estaba rota.
Clara señal de que todo había sido a propósito.
La querían asfixiar.
Corrió hacia la puerta y golpeó con fuerza, intentando llamar la atención de alguien en el exterior.
—¡William! —gritó, golpeando con los puños la puerta—. ¡Alguien!
Tosió.
—Ayuden…
El calor era inmenso, el humo se colaba por sus fosas nasales y le quemaba la garganta, no podía respirar, se adormecía.
No debía dormirse.
En el piso de abajo, William se encontraba regañando a unos empleados que, tal como había predicho, habían salido con la intención de tener un encuentro romántico. Más furioso estaba por el hecho de que la mujer ni siquiera pertenecía a la casa.
No. No podía tolerar algo como eso.
—¡Lo lamento, mi señor! Os prometo que no volverá a pasar.
—Por su descuido todos los habitantes de esta casa podrían correr riesgo, ¿no se dan cuenta?
En cuanto William acabó de decir aquella frase, un hombre en ropa de dormir llegó hasta ellos, con la respiración entrecortada y una expresión desesperada.
—¡Mi señor! —gritaba—. ¡Mi señor!
—Sí, qué ocurre. No grite, por favor —pidió William.
—¡Mi señor! —ignoró la petición—. ¡La señora! ¡La señora!
—¿Qué? —dijo desesperado al ver la preocupación del hombre—. ¿Qué le pasa a mi mujer?
—¡Está encerrada, mi señor! ¡Hay humo! ¡No podemos abrir!
William no pidió más explicaciones.
Subió corriendo a la alcoba que compartía con su esposa y, tal como le habían informado, el humo se colaba por las hendiduras de la puerta. Las personas reunidas en el pasillo abrieron paso al ver a su señor, sus rostros preocupados revelaban la frustración de quienes no habían podido hacer nada.
—¡La llave! —gritó William—. ¡La maldita llave!
—S-señor, l-la llave de repuesto desapareció —dijo el ama de llaves.
—¡Con un demonio!
Miró la puerta.
—¿Ha hablado?
Los presentes bajaron la cabeza, pero fue una doncella quien alzó la voz y contestó:
—Dejó de pedir ayuda… hace unos minutos.
—¡Abran la puerta! —gritó el hombre—. ¡Ábranla!
Nadie se movió.
—¡Maldita sea, no pienso repetirlo!
—Ella puede estar junto a la puerta, mi señor —se atrevió a decir Peter—. Podemos lastimarla.
—¡Maldición! ¡La puerta de servicio! ¡Rápido!
Una doncella, la misma que había respondido con valentía, tomó a William de la mano y condujo al enorme hombre hacia la puerta escondida que las doncellas utilizaban.
—Intentamos abrirla —dijo la mujer mientras lo guiaba—, pero está bloqueada también.
Cuando llegaron al lugar, por medio de pasadizos oscuros y fríos, William solo necesitó dos patadas para derribar aquella puerta, de la habitación salió una cascada de humo atosigante.
William ni siquiera lo pensó. Se introdujo en la recámara, cubriéndose la nariz con el brazo e intentando mirar entre el espesor.
—¡Ahí está, mi señor! —apuntó la joven doncella, quien inteligentemente se había agachado contra el piso, aunque para ese momento casi nada era visible—. Junto a la puerta. Está derrumbada.
William corrió hacia el lugar, apartó de su camino cualquier cosa que se interpusiera y tomó el cuerpo desmayado de su esposa. Cuando la cargó, fue como tomar a una mujer sin vida.
Su cabeza y sus brazos cayeron sin fuerza. Estaba viva. De eso se dio cuenta rápidamente, pero el humo en sus pulmones no era nada por lo que pudiera sentirse aliviado.
El hombre bajó las escaleras de servicio con rapidez, sin darse cuenta siquiera de que la doncella venía detrás de él, intentando pasar para ir a traer algo que ayudara a la señora.
—Despierta, por favor —le decía el marqués a su esposa inconsciente—. Alice.
La movió un poco, pero el pálido rostro de su esposa conservaba los ojos cerrados y las facciones relajadas.
—¡Dios santo! —gritó un hombre desconocido para William—. ¡Rápido, una habitación!
Por el tono, William juzgó que era médico y no opuso resistencia.
Eran las siete de la mañana cuando el médico dejó la habitación en la que Alice descansaba. Su rostro mostraba cierta preocupación, pero también alivio. Tal vez las cosas no eran tan graves.
—Excelencia —lo llamó el hombre—. La marquesa está bien.
William sintió cómo un peso se desprendía de sus hombros.
—Inhaló mucho humo, eso sí. Es una condición peligrosa. Por tal motivo, le he administrado varios medicamentos y tónicos. Esperemos que no desarrolle inflamación pulmonar o infección. En caso de fiebre, llámeme. Dormiré en una habitación cercana, si me lo permite.
—Por favor.
William asintió e indicó con la mirada al ama de llaves para que condujera al médico a una habitación.
—Acompáñeme, señor —pidió la mujer, quien aún no se perdonaba la pérdida de la llave extra.
William entró de inmediato a la habitación de su esposa.
Alice dormía. Se veía pálida y relajada. Su respiración era lenta y regular. Hasta el momento no tenía tos ni fiebre, lo cual era un alivio. El hombre tomó una silla y la posicionó junto a la cama, luego tomó la mano blanca de su esposa y la presionó contra sus labios.
—Vamos, Alice —le dijo con la mano de ella contra su boca—. No puedes dejarme. Recupérate.
—Mi señor —llamó de pronto Peter.
—¿Qué? —dijo William, molesto, sin siquiera volver la mirada.
—El humo ha desalojado la recámara…
Peter bajó la mirada.
—Creo que querrá ver esto.
William volvió entonces el rostro y encaró al hombre que lo ayudaba a vestir a diario, su expresión reflejaba una profunda preocupación e incertidumbre.
Eso hizo que William se pusiera de pie.
Miró a su esposa con disculpas, dejó su mano sobre la cama y besó sus labios antes de seguir a Peter hacia la alcoba.
—Alguien cerró el tiro de la chimenea —dijo Peter—. Por eso el humo. Pero…
Levantó la vista hacia el marqués.
—Será mejor que lo vea por sí mismo.
William abrió la puerta de la habitación. El interior, aunque visible, conservaba un claro olor a quemado, los muebles que había tirado para llegar a su esposa seguían sobre el piso, la cama estaba deshecha, y las ventanas permanecían abiertas después de lo ocurrido.
—Las ventanas estaban aseguradas por fuera —dijo Peter—. No sabemos cómo lograron eso.
—¿Qué quieres que vea, además de la clara intención de asesinar a mi esposa? —cuestionó con cierto fastidio.
—Que, al parecer, es alguien cínico. Porque ha dejado algo.
—¿Algo?
—Sígame, señor.
Caminaron hacia la chimenea y miraron el interior.
—¿Qué pasa? —dijo William—. Es solo escombro.
—No, mi señor.
Peter negó.
—Mire allá.
William siguió la dirección que señalaba el dedo de su ayuda de cámara. Tenía razón. Había algo escalofriante en todo aquello. Sobre el negror de las cenizas, reposaba una impecable carta blanca.
Con solo dos palabras escritas en el exterior.
Querida Alice.