Capítulo 16
W illiam entró en la recámara dando un portazo al cerrar. Estaba furioso. Ese maldito bastardo se había atrevido a decirle a su mujer que quería recuperarla.
¿Recuperarla? ¿Era acaso un idiota? Sí. Seguro lo era, porque no había otra forma de explicar semejante comportamiento, tan irracional como insultante. ¿Ese imbécil? ¿Robarle a su esposa?
Jamás.
William caminaba como un león enjaulado, de un lado a otro de la habitación, sintiendo algo que, hasta entonces, le era desconocido. Y, siendo un hombre inteligente, no le costaba reconocer lo que sucedía en su interior.
Impotencia. Sí. Se sentía completamente impotente, porque le habría gustado meterle una bala entre las cejas a aquel idiota.
En ese momento entró Peter con aquel caminar gracioso, una mezcla entre pomposidad y pato ofendido.
Su aguda nariz y su expresión de desaprobación parecían preparadas para regañarlo como lo haría su propio padre.
El ayuda de cámara, no lo miró. Meramente comenzó a quitarle la chaqueta de gala y la acomodó sobre una silla.
—¿Y qué? —le dijo William con rudeza—. ¿No dirás nada?
—¿Qué quiere que diga, excelencia?
—¿Excelencia? —inquirió William—. ¿Desde cuándo me llamas así?
—Desde que lo veo tan furioso, señor. Cuando está enojado, es mejor medir el terreno o salgo de patitas a la calle.
—No soy tan impulsivo.
—Sí que lo es —negó Peter, dejando el chaleco encima de la chaqueta—. Pero no discutiré con usted. No quisiera convertirme en la fuente de alivio para esa tensión que lleva entre las cejas.
William lo miró de reojo. Peter decía que no quería enfurecerlo, pero parecía estar provocándolo más. ¿Deseaba acaso que explotara?
—No ponga esa cara de roca, señor —pidió el ayuda de cámara—. Asustará a la señora Alice si entra.
—Cállate, Peter.
William se volvió hacia el armario y se quitó la camisa del cuerpo fuerte y justo en ese momento entró la dueña de todos sus pesares.
Alice, su esposa, caminó casi a hurtadillas hacia la habitación, como si William no pudiera reconocer su condenado aroma desde el instante mismo en que cruzó la puerta, la dejó hacer lo que quisiera, no intentó ponerla nerviosa ni juguetear con ella como normalmente habría hecho, si quería esconderse de él, bien.
—Oh, el señor no ha dejado de pensar en usted, mi señora —sonrió Peter hacia la mujer que intentaba pasar desapercibida—. Me pregunto qué habrá hecho su señoría para sacarle canas verdes.
—Peter —lo cortó William—. Gracias. Puedes retirarte.
—Como desee, señor.
El hombre sonrió, inclinándose ante la marquesa, quien se entretenía en estirar las sábanas de la cama.
Alice respondió con un rápido asentimiento de cabeza, despidiéndolo de aquella forma silenciosa y elegante, sus ojos violáceos siguieron los pasos del señor Peter hasta que cerró la puerta, no sin antes hacerle una seña con la cabeza para que se acercara a William.
Ella respondió con una negación mínima.
Sabía que William no estaba enojado con ella, pero la fuente de su enojo sí provenía de ella, de ese maldito hombre que había vuelto a irrumpir en sus vidas de una forma totalmente absurda.
¿Cómo pensaba que podría recuperarla? ¿Cómo se le ocurría siquiera decirlo frente a su marido? De pronto sintió cómo la sábana que sostenía le era arrancada ligeramente. William se había recostado en la cama y se había cubierto con ella.
—¿No piensas acostarte? —preguntó al verla permanecer de pie junto a la cama, en el mismo sitio desde que entró en la habitación.
—Sí, lo siento.
Esta vez fue Alice quien levantó las sábanas y se metió en la cama, dejando de lado las zapatillas de noche que llevaba en los pies.
—No tienes de qué disculparte —le dijo él, acomodándose sobre la almohada y suspirando al encontrar una posición conveniente.
William no volvió el rostro hacia su esposa, a pesar de que podía verla de soslayo. No tenía ganas de mirarla a los ojos en ese momento. Sentía, de hecho, su preciosa mirada fija en él, pero la pobre muchacha no se atrevía a hacer ningún movimiento.
Will suspiró una vez más y alzó la voz:
—¿No piensas recostarte sobre mí? —preguntó suavemente—. Siempre lo haces.
—Y-yo… no sé si pueda incomodarte.
—Siempre lo haces —repitió—. ¿A qué se debe la renuencia?
Alice bajó la mirada unos segundos. Comenzó a juguetear con los dedos hasta que fue capaz de pronunciar la siguiente frase:
—Porque pareciera que me odias.
Lo dijo simplemente.
William la miró por primera vez desde que ella entró a la recámara.
Hermosa.
Esa fue la palabra que acudió a su mente cuando sus ojos captaron la pequeña figura de su mujer, tenuemente iluminada por la luz de las velas que rodeaban la cama.
Su piel blanca brillaba como la luz de una estrella; sus ojos irreales, fijos en él, hacían estragos en sus sentimientos; aquel cabello recogido en una trenza solo despertaba en él la tentación de soltarlo; y esa boca hermosa, entreabierta…
Deseaba escucharla gemir, deseaba oírla decir su nombre.
No fue mucho el tiempo que logró quedarse sin tocar aquel cuerpo.
Rápidamente se posicionó sobre ella, la deseaba y le gustaba que ella supiera que así era.
¿Molesto? Sí. Estaba molesto. Pero solo consigo mismo, solo de pensar que aquel bastardo pudiera siquiera acercarse a Alice, se desarrollaba en él un sentimiento que jamás creyó experimentar. Celos. Sí. Estaba celoso.
Y era lo suficientemente inteligente como para aceptarlo.
Tomó sus labios entreabiertos y los besó con cariño y desesperación mientras, con cuidado, se recostaba sobre su cuerpo, sintiendo con exactitud cada borde de ella.
Su pecho presionó sus senos; sus piernas se enredaron con las de Alice, y su boca comenzó a recorrerla como si quisiera reclamar no solo su cuerpo, sino también su alma.
Pronto, el camisón que ella llevaba para dormir resultó ser un estorbo, y William lo apartó de en medio con un gesto rápido, dejando al aire la belleza de su esposa. Cada vez que le hacía el amor, se daba cuenta de lo incontenible que se volvía con ella.
Lo volvía loco y le gustaba demostrárselo, le gustaba escucharla, le gustaba cuando mordía sus labios para contenerse, le encantaba cuando sus dedos apretaban sus hombros, intentando guardar dentro de sí lo que era imposible ocultar para ambos.
Era casi un juego, mientras más se contenía ella, más deseaba William sacarla de sí.
A él le daba una satisfacción profunda verla cerrar los ojos y arquearse hacia él, como si pudiera encontrar más placer si lo abrazaba o lo besaba.
Le gustaba ver la forma en que ella se abandonaba, su preciosa sonrisa y aquella manera tan especial en que abría los ojos y lo observaba con un cariño que lo rebasaba todo.
William bajó lentamente la cabeza y apoyó la frente contra la de ella, embriagándose de su aroma.
—Te haré el amor cada noche que me digas que podría llegar a odiarte —susurró antes de besar sus labios—. ¿Cómo podría odiar algo de ti, cuando en realidad me gusta todo?
La joven sonrió y buscó su mirada.
Extrañamente, se dio cuenta de que William mantenía los ojos cerrados con fuerza, como si intentara reprimir algún recuerdo o alguna circunstancia, luego él se separó de ella y se recostó a su lado.
—No me engañarías, ¿verdad, Alice? —preguntó en un tono que erizó la piel de la joven.
Alice levantó lentamente la cabeza y subió las manos hasta posicionarlas en las mejillas de su marido, obligándolo a abrir los ojos.
William se topó con los ojos más hermosos que jamás hubiese visto, llenos de cariño, de compasión y ternura.
—William —dijo ella con dulzura—. Recuerda el laberinto de rosas.
El hombre la miró extrañado, por un momento no comprendió lo que su esposa le decía, pero, de pronto, como si algo lo golpeara, recordó aquel día en que perseguía a una joven mujer en dirección a un laberinto: aquellas lágrimas que ella dejaba salir de sus ojos, el abrazo que él le proporcionó para hacerla sentir mejor y esas palabras que ella le dijo: No es mentira.
No era mentira. Sí. No era mentira que Alice estaba enamorada de él desde que se conocieron.
William bajó la mirada hacia su esposa con el afán de besarla, pero ella se encontraba dormida, totalmente recostada sobre él, con la cabeza en su pecho y la mano tomada de la suya.
La abrazó contra sí y suspiró, quería a su mujer, la adoraba; pero deseaba mantenerla a su lado, y ese maldito hombre solo lo ponía nervioso.
Tal vez Alice le había dicho que le gustaba, que aún le seguía gustando, pero quizá a ese otro hombre llegó a amarlo, estar prometidos no era poca cosa y parecía que había regresado decidido a llevársela consigo y no lo permitiría.
Poco a poco fue quedándose dormido hasta que, de un momento a otro, ya no fue consciente del abrazo de su esposa. Solo apreció el calor reconfortante que emanaba de ella.
Despertó más o menos a las cuatro de la mañana, con su mujer aún dormida sobre su cuerpo, no entendía por qué había despertado, normalmente tenía el sueño pesado, pero sus instintos también eran finos como los de un gato, por esa razón, no desconfió de su extraño despertar.
Algo pasaba. Lo supo desde que abrió los ojos en medio de aquella oscuridad.
Con lentitud y delicadeza comenzó a apartar a su esposa de su cuerpo, logró separarse de ella sin despertarla, dejándola tranquila y desnuda sobre la cama, cubrió su cuerpo con la manta y besó dulcemente su mejilla.
Luego se colocó una bata sobre los hombros y salió de la habitación acompañado de una vela.
No quería alterarla.
Seguramente se trataba solo de algún sirviente intentando acostarse con una mujer ajena y, si esa era la razón, los atraparía y los echaría de la casa.