Capítulo 15 #2
Y eso era completamente absurdo.
Alice experimentaba en ese momento un nerviosismo terrible, en las cartas se especificaba que William no debía enterarse, pero ella no le había dicho nada, él simplemente lo descubrió.
¿Pasaría algo malo por eso?
En ese instante, la puerta se abrió con un pequeño chasquido proveniente de la cerradura, dando entrada al hombre que, en primer lugar, había causado la discusión entre la pareja.
Lucca Fridckford asomó su castaña cabellera al interior de la biblioteca del presidente de Francia, inspeccionando el lugar con la mirada hasta encontrarse con los ojos gélidos de los dos únicos seres vivos en la habitación.
—Oh, al fin los encuentro.
El hombre sonrió e ingresó por completo en la biblioteca. Alice, casi de un brinco, se acercó a William hasta colocar su cuerpo muy próximo al de él, usándolo prácticamente como una barrera humana contra el hombre que la había herido profundamente.
—¿A qué se debe su búsqueda? —inquirió William con severidad—. ¿Algo que tenga que decirnos?
—Sí. En realidad, sí.
Lucca sonrió, dejando la frase en el aire y entreteniéndose en mirar a Alice a los ojos.
—Sigues tan guapa como cuando te vi vestida de novia.
La joven dejó escapar un gemido lastimero, tomando ligeramente la chaqueta de su marido, como si se tratara de un elefante desvalido que necesitara aferrarse a su madre para no perderse.
Y justamente eso sentía Alice. La presencia del hombre con quien iba a casarse resultaba lo suficientemente abrumadora como para marearla. William colocó una mano posesiva sobre la cintura de su esposa y miró al hombre con una sonrisa engañosa.
—No tengo inconveniente en que la gente sepa lo afortunado que soy, pero, para ser sincero, no deseo que lance piropos a mi esposa.
—¿Le molesta? —preguntó Lucca, incrédulo, dejando salir una risita—. No tiene que fingir conmigo. “La pareja ideal” que intenta mostrar no es necesaria aquí.
—No intento dar ninguna imagen —contestó William rotundamente, con potencia y dominancia, como hablaba frente al Parlamento o cualquier opositor.
—Entiendo.
Lucca levantó los brazos.
—Era solo una broma.
—No soy hombre de bromas.
—Ya comienzo a notarlo.
—N-no peleen.
Alice miró a William con súplica.
—Por favor, ¿p-podemos irnos?
—Alice —la llamó antes de que pasara de largo—. He venido por ti.
Al escuchar aquella simple frase, William volvió el rostro con una mirada amenazante.
Iba a dar un paso hacia adelante para ahorcar de una buena vez a ese idiota cuando sintió la pequeña y suave mano de su esposa posicionarse sobre su pecho.
No era una barrera difícil de evitar, pero el solo hecho de poder lastimarla lo detuvo.
—Por favor, William —suplicó la joven, convenciéndolo de hacer lo que quería con esos ojos violáceos que tenía.
Luego miró a Lucca Fridckford.
—Y, con referencia a lo que ha dicho, señor, no diga cosas como esa. Menos cuando mi marido está presente. Podría malinterpretarse.
—¡No me importa delante de quién lo diga! —gritó el hombre—. Regresé por ti. Deja que te explique…
—¿Explicarle qué? —preguntó William, mucho más controlado—. No creo que sea necesario recordarle lo que hizo, ¿verdad?
Alice bajó rápidamente la cabeza, recordando aquel doloroso suceso de su vida, uno de muchos, de cientos en los que había sufrido.
Se dio cuenta de que, desde que se casó, no había vuelto a sentirse ajena a una casa.
William la integraba con facilidad a su familia, la colocaba en su vida como algo importante, los sirvientes la respetaban y la apreciaban, bueno, la mayoría de ellos.
Si descontaba a la señora Pakins y a sus dos perros de guardia.
—Usted no la merece —negó Lucca—. Yo hice algo imperdonable, pero al menos la quiero. Lo hice para protegerla. Alice…
—¡Deje de decir sandeces! —gritó William, perdiendo todo el control que había logrado acumular—. ¿Por qué no se larga? ¿O prefiere las cosas por las malas?
—¡Basta! —pidió Alice nuevamente—. William, por favor, vámonos.
Los dos hombres ignoraron por un momento la presencia de la hermosa mujer que suplicaba a su marido. William incluso era ajeno al empeñado jaloneo que ella aplicaba en su brazo para sacarlo del lugar y evitar una tragedia.
—¡William! ¡Alice!
Giorgiana apareció en el pasillo y sonrió al verlos.
—¡Al fin los encuentro! ¡Quiero una foto con…!
La voz de la joven bajó de volumen hasta apagarse por completo.
La hermosa hermana mayor del marqués miró con cierto nerviosismo el duelo de miradas que los hombres mantenían.
—Giorgiana… —pidió Alice con los ojos cristalizados.
La mayor reaccionó.
—Sí…
Giorgiana contestó sin pensar. Estaba metida en sus cavilaciones y, por eso, sacudió la cabeza para centrarse.
—¡Sí! Emm… William, te necesito junto a Alice para una fotografía. ¿Vienen, por favor?
—Aléjese de ella —dijo William después de un pesado silencio—. No tolero que nadie intente aprovecharse dos veces de alguien, menos cuando se trata de mi esposa y menos cuando estoy yo presente.
Lo miró con odio.
—Si veo que hace un movimiento en falso, lo retaré a duelo.
—Me encantaría que Alice quedara viuda —sonrió Lucca, complacido—. Es mucho más sencillo volverla a casar.
Esta vez, William no fue refrenado ni por las manos de su esposa ni por el grito de su hermana mayor.
Tomó a aquel idiota por el cuello y lo pegó con fuerza contra la primera pared que tuvo al alcance. Lástima que no fuera una pared, sino un librero, el cual respondió con un escupitajo de ejemplares valiosos para cierto hombre importante.
—No suelo decir las cosas dos veces —dijo William con furia—. Pero te daré una oportunidad solo porque no quiero preocuparla más.
Señaló a su esposa, quien se tapaba la boca con ambas manos y contenía las lágrimas.
—Si te acercas a ella, si insinúas algo, si la pones en vergüenza o la haces llorar… te mataré.
—Te digo lo mismo —respondió Lucca, con el rostro enrojecido y las manos sobre los poderosos brazos de William.
El marqués soltó un gruñido furioso y arrojó al hombre con una fuerza desmedida. Lo miró desde su imponente altura durante unos segundos, después fue hacia su esposa y la tomó de la mano, jalándola apenas para sacarla de aquella habitación, dejando a solas a Giorgiana y a Lucca Fridckford.
La joven Giorgiana, envuelta en aquel vestido de gala azul, se acercó con pasos elegantes y largos, manteniendo las manos sujetas detrás de la espalda y una sonrisa inquebrantable en los labios.
—Bien hecho, señor —dijo, inclinándose para que el hombre en el suelo la mirara mejor—. Es difícil hacer enojar a mi hermano.
Miró hacia la puerta por donde la pareja había salido.
—Lo ha logrado. Ha despertado en él algo que no había visto.
—Me alegra ver que le complace —dijo el hombre, poniéndose en pie con esfuerzo—. ¿Pero qué se supone que he despertado?
—Su corazón. —Giorgiana sonrió—. Su corazón.