Capítulo 15
L a fiesta proseguía con una armonía extraña.
William se sentía un tanto descolocado después del acontecimiento en el que su mujer había caído desmayada en sus brazos, pero eso parecía lejano en aquel momento, a pesar de que apenas había pasado una hora.
Justo entonces, Alice mantenía una sonrisa engañosa, una de esas sonrisas con las que intentaba ocultar lo que verdaderamente sentía.
Él no entendía qué causaba aquellas reacciones, había llegado incluso al límite de desmayarse, aún recordaba cómo las facciones hermosas de su esposa se habían transformado en una máscara de horror.
William permanecía rezagado de la celebración, observándolo todo desde la lejanía, acompañado únicamente por una copa de brandy y un cigarrillo.
Intentaba que su cerebro comprendiera lo que ocurría, tal parecía que todos sus familiares entendían el problema que Alice trataba de ocultarle, de hecho, su esposa lo evitaba a toda costa.
Si él intentaba acercarse, Alice encontraba la forma de librarse y escabullirse de su vista, perdiéndose entre la gente, argumentando que tenía que hablar con alguien o que necesitaba ir al tocador.
Entonces observó al último invitado, aquel hombre no apartaba la vista de Alice.
Además, su esposa se mostraba cohibida, renuente a estar cerca de esa persona, a pesar de que el hombre se aproximaba, Alice lograba alejarse y esconderse entre la gente, igual que hacía con él.
William lo miró con un escrutinio capaz de arrancarle escalofríos al mismo diablo, su mirada azulada y penetrante pareció oscurecerse hasta convertir aquellos orbes en un negro profundo, helado, duro y poco tolerante.
—Veo que le molesta —dijo de pronto la voz conocida de la duquesa de Montsenpier, posicionándose a su lado de una forma insinuante.
—¿De qué me habla, duquesa? —William volvió el rostro lentamente hasta mirarla a los ojos—. No es fácil hacerme enojar.
—Parece que su esposa ha encontrado la clave.
La mujer sonrió.
—Es una mujer que ha tenido éxito en Francia, ¿no le parece?
—Veo que intenta algo, duquesa de Montsenpier.
William se volvió hacia ella por completo, intimidándola con la fuerza de su sola presencia.
—Pero no logro esclarecer qué es.
—Nada.
La duquesa se encogió de hombros, cómoda con aquella cercanía.
—Solo digo que parece que tendrá que ser más cuidadoso de lo que esperaba. Ya sabe, se casó con ella pensando que era una mosca muerta, y ahora resulta que no lo es. Bastante impactante, ¿no?
—Nunca vi a Alice de esa forma —dijo él, molesto—. Y, en todo caso, ¿por qué le preocupa a usted si debo ser cuidadoso o no?
—Solo digo que hay que tener cuidado. En verdad, ese muchacho se ve demasiado interesado.
Apuntó con la cabeza hacia el hombre que no apartaba la vista de la marquesa de Millentmont. El mismo que William había seguido toda la noche, el mismo que había llegado cuando su esposa, extrañamente, se desmayó.
—¿Interesado?
William sonrió con suficiencia.
—Encantado, pero de eso no pasa, está casada conmigo.
—¿No ha oído hablar de los engaños?
—Confío en ella —dijo William.
Pero, en verdad, la sola idea lo enfurecía.
—¿Incluso si el hombre es su antiguo prometido? —La duquesa levantó una ceja con arrogancia al notar que sabía algo que al marqués se le escapaba.
—¿Su qué?
—Es el hombre que la dejó en el altar —explicó—. La razón por la cual está casado con ella.
El interior de William se revolvió con aquella información, pero esa furia, esa frustración, quedó escondida tras una capa de impenetrabilidad y tranquilidad que desconcertó a la duquesa de Montsenpier, quien esperaba, por lo menos, hacerlo enfurecer.
—Le agradezco —respondió él—. Me ha proporcionado la oportunidad de agradecerle a ese hombre por la mujer que me regaló.
—Pero ¿qué…?
—Gracias, duquesa, nos veremos en un rato, supongo.
William caminó con seguridad hacia donde su esposa conversaba con sus hermanas y primas. No podía creer que aquel hombre fuera su antiguo prometido. ¡No podía creer que Alice no se lo hubiera dicho! ¡Por eso se había desmayado! Ahora todo estaba bastante claro.
El marqués se posicionó detrás de su mujer y, lentamente, pasó una mano por su cintura, llamándole la atención.
Alice dio un pequeño salto al sentir aquel toque, pero rápidamente identificó que era su marido. Lograba reconocer su contacto, su aroma y, por supuesto, su presencia.
—William, le decíamos a Alice lo gracioso que fue cuando se cayó desmayada —jugueteó Lizzy, sin notar que William estaba furioso.
El hombre miró rápidamente a su prima, pero no logró expresar ningún sentimiento. Su rostro impenetrable era lo único que podía captarse, y eso resultaba escalofriante.
—Lo siento —dijo William, en realidad, no había prestado atención a lo que su prima intentaba decirle—. Alice, ¿me acompañas?
La miró con dureza.
—S-sí.
Alice bajó la cabeza, era obvio que William lo descubriría, pero había tenido la esperanza de que no fuera tan pronto.
La pareja caminó entre la gente, saludando enérgicamente a quienes se encontraban por el camino. Incluso cuando Celio y Antoine intentaron detenerlos, William mostró una expresión un poco exasperada, logrando que ambos captaran rápidamente que no tenía ganas de hablar con ellos, ni con nadie.
El hombre condujo a su esposa por un pasillo y, después de un rato, abrió una puerta, conocía a la perfección la casa de su hermana, y Alice ya se hacía una idea, se habían introducido en la biblioteca.
—¿Q-qué pasa?
—¿Qué pasa?
William la miró furioso, aunque intentaba controlarse.
—Mi amor, ¿podrías explicarme la causa de tu desmayo?
—Yo… no lo sé.
—¿No lo sabes? —dijo, incrédulo, aumentando su molestia.
—S-si quieres saber algo, mejor solo pregúntalo.
—Creo que fui claro. Dime qué causó tu desmayo. Estabas perfecta antes de que esa última carroza llegara.
—¡Si ya lo sabes, no entiendo por qué me confrontas! —dijo ella, apenada y un tanto enojada porque William quisiera humillarla—. ¿Tú también quieres reírte de mí?
—¡Del que se están riendo es de mí! —respondió él, molesto—. ¡Yo soy el que no sabía quién demonios era ese bastardo!
Alice cerró la boca con fuerza, pero no bajó la mirada. Sus ojos violáceos permanecieron fijos en los de su esposo, con el ceño fruncido y las manos en jarras.
—No es mi culpa que no lo recordaras.
—¿Por qué debería ser importante en mi vida? —le echó en cara el hombre—. No veo por qué tendría que recordarlo.
—¡Lo recuerdas todo!
—Lo importante, Alice. Solo lo importante.
—Pues veo qué tan importante era yo como para que no te interesara en lo más mínimo con quién me iba a casar —replicó con sagacidad—. ¿Cómo iba a imaginar que no sabías quién era?
—No empieces, Alice. Sabes que yo no iba a Londres desde hacía tres años. No era mi prioridad saber con quién ibas a casarte.
—Nunca fui tu prioridad —susurró la joven con enojo.
De hecho, no entendía por qué sentía tanta rabia, no era contra William, pero que él llegara a gritarle le había dado la forma perfecta de liberar todo ese rencor y ese odio que sentía.
Sí. Odiaba al hombre que la dejó humillada en el altar, pero no odiaba a su marido.
Extrañamente, prefería pelear con él que afrontar a Lucca Fridckford.
—Ahora lo eres —le dijo William—. Eres la primera que veo al despertar y la última antes de dormir. Eres la mujer que engendrará a mis hijos y que envejecerá conmigo.
—No tienes otra opción.
—¡Con un demonio, Alice!
William alzó la voz.
—No grites —pidió ella, muy tranquila.
William movió el cuerpo hacia un lado, intentando no verla directamente. Cerró los ojos y respiró profundamente, relajándose.
—¿Qué hace aquí? —preguntó.
—Humillarme —respondió ella con simpleza—. Provocar que me pelee con mi marido.
—Hablo en serio, Alice.
La miró a la cara.
—Sé por una de las doncellas que recibes cartas.
Su tono se volvió más severo.
—¿Son de él?
Alice perdió el color y dio un paso atrás.
¿Alguien le había dicho a William lo de las cartas?
Seguramente había sido esa maldita Goretti, aquella mujer que alguna vez le entregó una de las notas sin remitente.
Esa vez, cuando la había encarado sobre el proceder de la carta, la mujer solo dijo que se la entregó un niño antes de entrar.
—No —respondió rotundamente—. No son de él.
—No mientas, Alice.
William volvió el rostro con fastidio.
—¿Qué no tu Dios te prohíbe mentir?
—¡No juegues con eso, William! —lo regañó—. Y no miento.
—Entonces, ¿cómo explicas las cartas?
—No sé de quién son —explicó—. Pero son atosigantes.
—Mientes.
—¡No lo hago! —dijo con seguridad.
—Si no mientes, entonces explícame por qué no me lo dijiste antes.
Alice bajó la cabeza y negó un par de veces.
—¡Lo ves! —le echó en cara, volviendo nuevamente la mirada hacia otro lado de la habitación.
—¡Temí por ti!
Alice levantó el rostro rápidamente.
—Porque no quiero que te pase nada.
—¿De qué me hablas? —dijo, extrañado—. No me va a pasar nada.
—No lo sabes.
Alice caminó hacia él y sin aviso ni vergüenza, se abrazó a su pecho.
—No lo sabes —repitió.
William, ante aquella repentina muestra de cariño, se mostró sorprendido. No esperaba un abrazo en medio de una pelea. Sus hermanas normalmente le habrían lanzado algo o lo habrían golpeado, pero tal parecía que su esposa tenía otras ideas y, por extraño que pareciera, había logrado tranquilizarlo.
Los brazos de William la envolvieron lentamente y la apretaron contra sí, permanecieron unos segundos en aquella posición, simplemente abrazados, apreciándose el uno al otro.
—Alice.
Él la separó de su cuerpo, tomándola de los brazos.
—Quiero ver esas cartas.
La joven simplemente asintió un par de veces y volvió a abrazarse a él.
Tenía miedo de entregarle todas aquellas notas en las que se revelaba una clara invasión a su vida personal, pero no tenía opción.
Si William no las veía con sus propios ojos, tal vez pensaría toda la vida que eran enviadas por Lucca, su antiguo prometido.