Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Es bueno ver que la pareja del presidente del Consejo sea de su agrado —dijo lady Quilet, quien se encontraba presente, aunque en una segunda posición.

Tal parecía que ambas mujeres habían hecho una tregua.

—No veo por qué no sería así —sonrió William, acercando un poco más a su esposa—. Si yo la elegí.

—Eso… no es lo que se sabe.

Marcela se tapó la boca, escondiendo una sonrisa.

—Es verdad, todo el mundo sabe que fue…

—Yo la elegí —interrumpió William—. Me casé con ella porque la deseaba, me gustaba, me fascinaba. ¿Lo quieren aún más claro?

—No.

La duquesa negó con una expresión de complacencia.

—Veo que el presidente del Consejo es muy honrado y orgulloso. Me agrada aún más.

—¿Quién invitó a estas “mujeres de calidad”? —preguntó Giorgiana.

No era de las que se limitaban en su desagrado, y esta vez lo hizo notar con lujo de detalle.

—Vaya, veo la calidad de la primera dama —se burló la duquesa de Montsenpier—. Pero de todas formas pasaré a su casa. Espero no importunar demasiado.

—No hay un rango muy grande entre importunar y estorbar —se encogió de hombros Giorgiana—. Pero espero que se diviertan.

—No se preocupen. Lo haremos.

La duquesa asintió y miró a su aparente secuaz, quien caminó orgullosa detrás de ella. Ambas mujeres, Alice y Giorgiana, suspiraron con odio cuando las otras se alejaron lo suficiente para no escucharlas.

—¡Son unas pesadas! —se quejó Giorgiana—. ¡Y tú, desgraciado!

Golpeó a su hermano.

—¿Por qué no la defiendes?

—Giorgiana.

William le tomó las muñecas.

—Deja de golpearme.

—¡No! —llegó Katherine—. Te lo mereces.

Y ambas comenzaron a golpear a uno de los hombres más importantes del país.

—¡Basta ya! —gritó William—. No pueden venir a hacer esto en público. Soy alguien presente en los medios.

—¡Mejor! —sonrió Katherine.

—Chicas —intervino Alice—. En serio, no hay de qué preocuparse. Ya había estado con ellas.

Las dos hermanas miraron al hombre con aún más enojo.

—¿La dejaste con esas arpías? —inquirió Katherine.

—Por amor al cielo —se quejó William.

—¡Tonto! ¡Eres un tonto! —recriminó Giorgiana.

—¿En qué problema te metiste ahora, amigo? —se burló un recién llegado Charles, quien se despegó de una de sus muchas conquistas.

—¿Quién es un tonto? —preguntó de pronto la entrometida Elizabeth, quien traía en brazos al pequeño Lucca.

—William —respondió Clare, apareciendo junto con su marido.

—Ah, no es novedad —dijo—. ¿Verdad, Lucca? No, no es novedad.

Le habló al bebé con una voz melosa y dulce.

—Lizzy, ¿por qué desapareces con el bebé y no le avisas a nadie? —la regañó Annabella.

—Porque quiero.

—Cállate. No hables como si fueras una niña. Tienes dos hijos y otro en camino —dijo Marinett.

—No hablé como niña —refunfuñó la joven.

—Sí lo haces —llegó Robert—. Todo el tiempo.

—¡Déjame!

—Katherine, Blake quiere que la acompañes al… ¡Dios! Al tocador.

Adam negó extrañado porque su bebita usara palabras de adulta.

—¿Por qué no la llevas tú? —se frustró la madre.

—Dice que es cosa de mujeres.

—¿Cuántos años dicen que tiene? —se burló James.

—Ni lo menciones.

Adam se tocó la frente.

—Pareces preocupado, Adam —se burló Thomas, quien se posicionaba en el círculo junto con su esposa.

—No conozco hombre más apegado a su hija que tú, Thommy —le echó en cara James—. No sé cómo te pondrás cuando alguien vaya a buscarla para casarse con ella.

—Nunca lo permitiré.

—Sí lo harás —dijo Annabella tranquilamente.

Tal parecía que todas las Bermont llegaban en el momento más inoportuno y entonces, una última carroza llegó al Palacio del Elíseo.

Un emblema nada conocido, solo una persona, solo una mujer supo lo que estaba por suceder en ese momento, de hecho, no creyó que fuera posible, no pensó que jamás tendría que afrontar aquello.

Comenzaba a sentirse mal, un tanto mareada.

—¿Alice?

William se acercó, dejando a su familia atrás. Al ver su palidez, tocó la frente de su esposa, sudaba, pero no parecía tener fiebre.

—N-no me siento…

William observó cómo su esposa se desvanecía en sus brazos y Alice solo escuchó una palabra: su nombre, dicho de una forma reconfortante, profunda y hermosa. Un simple grito desesperado:

—¿Alice?... ¡Alice!

La joven abrió los ojos con pesadez, estaba recostada en una cama, eso lo comprendía, pero las muchas caras preocupadas a su alrededor no resultaban reconfortantes, toda una gama de ojos de colores estaba fija en ella, con el ceño fruncido y los labios apretados.

—Ya despertaste —se acercó Katherine—. ¿Estás bien?

Alice la miró un poco confusa, luego observó a su alrededor para ubicarse plenamente en el sitio.

—¿Dónde estoy? —preguntó al no conseguirlo.

—En una habitación del palacio —dijo Elizabeth—. Tú… ¿recuerdas?

—¿Qué? —preguntó la joven—. ¿Recordar qué?

—Tu desmayo —esclareció Annabella—. ¿Por qué te desmayaste?

—Yo… creí ver…

Las miró.

—Pero es imposible. No puede ser.

Katherine apretó los labios y le acarició el cabello.

—Está aquí.

—No.

Alice negó con la cabeza.

—No. ¿Por qué regresaría? Es tonto, solo… solo que no sepa…

—Lo sabe —negó Marinett—. Todo el mundo lo sabe, al menos los que tienen la capacidad de leer.

—Pero… pero ¿por qué?

—No lo sabemos —negó Annabella—. Pero William no lo conoce, así que no entiendo el motivo de tu desmayo.

—William…

Alice lo buscó en la habitación.

—Quería estar aquí —dijo Kate—. Pero Gigi, Asher y él tuvieron que seguir con la orquesta.

—Entiendo.

Alice lentamente se sentó y bajó los pies.

—Vamos.

—¿Estás loca? —preguntó Elizabeth—. Tú… tú estás mal.

—No.

Se puso en pie, tomándose la cabeza para frenar el dolor.

—Solo me confundí, pero ahora estoy bien.

—Alice, nadie dirá nada si…

—¿Nadie dirá nada? —Alice volvió la cabeza y rio sin alegría—. ¿Nadie dirá que la esposa del presidente del Consejo se desmayó al ver a su antiguo prometido, a quien su actual esposo no conoce?

—Alice… —se entristeció Kate.

—No soy débil. Puedo con esto. —Las miró una por una—. Gracias por su preocupación, pero volveré abajo. Con mi esposo.

Marinett la observó de arriba abajo y asintió.

—Haz lo que te plazca.

Alice Charpentier, marquesa de Millentmont, bajó las escaleras con toda la elegancia que fue capaz de sacar de sí misma.

Atrajo muchas miradas, una en especial, la de aquel hombre que le había encrespado los nervios de esa forma espantosa dio un paso hacia ella.

Pero, recordándole su lugar, William se acercó a su esposa y la abrazó sin ningún miramiento.

—¿Qué sucedió? —La miró preocupado, revisó su cuerpo entero con la mirada—. ¿Estás bien?

—Sí. Siento haberme desmayado.

—¿Cómo puedes pedirme perdón? —William la abrazó de nuevo.

—Sí… —Alice miró sobre el hombro de su marido, hacia aquel hombre que la había hecho sufrir más que nadie—. Sí, estoy bien.