Capítulo 14
W illiam notaba una actitud extraña en su esposa desde aquella visita de la duquesa de Montsenpier a su casa.
Alice no había estado mucho más comunicativa cuando fueron a la residencia de los Aigrefeuille.
De hecho, se había limitado a mimar al pequeño Lucca, meciéndolo dulcemente entre sus brazos.
Apenas contestaba a las preguntas que iban dirigidas expresamente a ella y, ni hablar de sentarse junto a la duquesa de Montsenpier.
Era de esperarse que la conversación con aquella mujer no hubiera sido… agradable, pero Alice no solo parecía disgustada, sino minimizada, como si la mera presencia de la duquesa la volviera pequeña como una chinche.
—Alice.
William la tomó por sorpresa desde la espalda, abrazándola con fuerza por la cintura y apartándola de las manos de sus doncellas, quienes tenían como único propósito terminar de arreglarla para el esperado bautizo del pequeño Lucca Aigrefeuille.
Al notar la acción, las dos mujeres comenzaron a abandonar la habitación de forma discreta hasta desaparecer por completo, dejando a la pareja en la intimidad de su recámara.
La joven, al sentir aquellos brazos fuertes a su alrededor, no pudo más que poner un poco de su parte. Colocó una mano dulce sobre el agarre de William y después hizo un mínimo esfuerzo para girarse y quedar frente al hombre que la miraba con intensidad.
—¿Qué pasa?
—Eso me gustaría saber —asintió él, dejándola en libertad para anudarse la corbata, la cual, por cierto, le estaba dando problemas.
Alice sonrió al verlo conflictuado. Estiró lentamente las manos, tomó el pedazo de tela y comenzó a anudar ella misma la corbata.
—No pasa nada —le dijo, concentrada—. Nada, además de que el presidente del Consejo no puede anudarse una corbata.
Se burló ligeramente, con dulzura, casi en un susurro que parecía tentar a su marido a besarla.
—Soy afortunado de tener una esposa que me ayude.
William bajó la mirada para alcanzar a ver el rostro de su esposa.
Sus hermosos ojos violetas estaban concentrados en el nudo; su cabello, recogido en un moño elegante; su ceño, ligeramente fruncido por el empeño que ponía en lo que hacía; su boca carnosa, fruncida sin darse cuenta. Sí, era hermosa.
—Al parecer no tanto —sonrió ella de nuevo al darse cuenta de que tampoco lograba anudarla.
—Alice.
William le tomó las manos para que dejara la corbata.
—¿Qué pasó hace dos semanas?
La joven frunció el ceño.
—Cuando se quedaron tú y la duquesa de Montsenpier.
—Oh.
Alice bajó la cabeza y caminó hacia el tocador para tomar los pendientes que estaban dispuestos allí.
—Ella… ella fue muy diligente al decirme que va tras de ti.
William detuvo todos sus movimientos.
Al fin había logrado anudarse la corbata y solo se acomodaba el cuello cuando su esposa le lanzó aquella bomba.
—Supongo que estás tranquila —levantó una ceja, escéptico—. Sería tonto que creyeras en sus palabras.
—¿En serio? —dijo ella, con dudas palpables.
No lo miró, mantuvo los ojos fijos en los diamantes que seguían sobre el tocador.
—¿Por qué no? Ella es más bonita, desenvuelta, sabe hablar…
—Escúchame, Alice.
William le tomó los hombros en un arranque de furia ante aquellas palabras denigrantes hacia sí misma.
—Deja de decir tonterías, deberías conocerte y saber quién eres.
La soltó.
—Me molesta que hables así de ti.
—En ese caso, lo siento —dijo ella con rotundidad—. Pero sé cómo son los hombres, y ella está dispuesta a todo.
Se volvió molesta hacia el tocador y, con un enojo palpable, se colocó los pendientes.
—No me sorprendería que hoy intentara…
—¿Te molestaría? —preguntó él, interrumpiendo su enojo.
Alice lo miró con los ojos entrecerrados, casi creyendo que se trataba de una broma, por eso no contestó y comenzó a arreglar una imperfección en su cabello.
William se acercó al tocador y se acuclilló a su lado.
—¿Te molestaría? —volvió a preguntar.
—¿A ti te molestaría que lo hiciera? —replicó ella, sagaz.
—Por supuesto —aceptó él, confiado.
—Entonces tienes la respuesta.
Alice frunció el ceño y volvió el rostro hacia el espejo.
—En realidad, no la tenía —dijo William, poniéndose de pie—. No me resulta fácil comprenderte, de hecho, me resulta entretenido darme cuenta de que eres la única capaz de burlar mi percepción.
—Me siento afortunada —ironizó la joven.
Aquello no era común en ella, y por esa razón William comprendió que estaba celosa. Sí. Alice se mostraba celosa.
—Creo que yo lo soy. Eres un reto que nunca antes se me había presentado —sonrió el poderoso hombre.
—Lo malo de los retos es que, cuando acaban, se pierde el interés.
—No lo creo.
William se acercó y la tomó por la cintura.
—Eres bastante impredecible, Alice. Yo pensaba lo contrario, pero me dejas sorprendido más veces de las que soy capaz de recordar.
La joven frunció el ceño de nuevo, pensando que él solo la halagaba para que dejara de estar molesta.
Funcionaba.
William tenía el don de la palabra. Eso lo sabía todo el país. Por tal motivo, era difícil no ser convencida por él.
—¿Quieres que nos desvistamos y…?
—¡Somos los padrinos de Lucca! —le gritó ella—. No hagas proposiciones de esa índole cuando estamos a punto de ir a la iglesia.
—No es como si el cura fuera a escucharme.
William se alejó, esperando la réplica de su esposa.
—¡No seas grosero!
La cara de Alice cuando se molestaba era algo digno de ver, por eso él no se la perdía.
—Mejor nos vamos antes de que quieras que me vaya caminando.
—Tendrás que confesarte nuevamente —le dijo mientras tomaba su chal y se alejaba de él.
William tomó su chaqueta y se la colocó mientras salía de la habitación detrás de su esposa.
—No me he confesado desde hace más de dos años.
—¡Dos años!
Alice lo miró incrédula.
—Eso… ¡eso no está bien!
—Sí, sí.
Él le quitó importancia.
—Aunque estaría mal que el padrino no comulgara.
Pareció pensarlo.
—Vaya. Quedaré algo mal.
—No tienes perdón —se molestó la joven, tomando su vestido para bajar las escaleras.
—¿Acaso Dios no perdona?
—No juegues con eso —lo riñó—. En serio, William, me molesta.
El hombre, como toda disculpa, se acercó a ella y plantó un pequeño beso juguetón sobre sus labios.
—Me confesé para la ocasión.
La joven le lanzó una mirada asesina antes de negar un par de veces mientras balbuceaba sobre los hombres y sus tontas palabras.
Llegar a la fiesta del pequeño Lucca Aigrefeuille era casi tan complicado como hacer que William dejara su reloj de bolsillo en casa.
Prácticamente imposible. Era normal que el Palacio del Elíseo estuviera hasta el tope de carrozas que intentaban llegar al destino.
Había invitados de toda índole y de muchas partes del mundo y no era para menos, puesto que se trataba del hijo del presidente de Francia, cuyas amistades eran variadas y todas muy bien acomodadas.
Además, Giorgiana Charpentier no era para menos, la joven contaba con su propio grupo social de élite, al cual era muy difícil entrar. Tomando en cuenta lo anterior, quedaba claro que la fiesta sería esplendorosa, totalmente glamorosa y con lo mejor de lo mejor.
—Hay muchas carrozas —observó Alice por la ventanilla—. Me pregunto a quién nos encontraremos ahí dentro.
—A todo el mundo —dijo William—. Más bien, a todo tu mundo, ya que las cinco enfadosas estarán ahí, además de mi madre y mis tías. Y que Dios guarde a la abuela.
—Qué malo eres —refunfuñó la joven, sentándose nuevamente en su lugar—. Me pregunto si vengo adecuada para la ocasión.
William observó el vestido de su esposa. Mataría a Giorgiana, lo hacía para molestarlo, era tan obvio que hasta daba risa, pero no en ese momento. No cuando podía ver el busto de su mujer insinuarse con elegancia, ni aquel maldito vestido entallado que usaban las mujeres ahora.
¡Maldita sea!
Alice era aún más hermosa que antes; su cuerpo había tomado más forma, sus caderas parecían haberse ensanchado y su cintura se veía más pequeña, si es que eso era posible.
—William —lo llamó su esposa nuevamente—. Te preguntaba si crees que esté Thomas.
—¿Thomas?
La miró sorprendido.
—¿Por qué?
—N-nada.
Se encogió de hombros.
—S-solo quería saber.
William la miró con sospecha, pero al final no dijo nada, como era de esperarse. Era normal que William no revelara lo que pensaba, sentía o hacía. Eso lograba sacar de quicio a mucha gente, pero Alice era paciente, distraída e inteligente.
Comenzaba a leerlo con facilidad, después de unos minutos, al fin fue su turno de bajar de la carroza. Fueron rápidamente recibidos por los orgullosos padres. Alice y William, como padrinos, se quedaron junto a la pareja para recibir al resto de los invitados.
Fueron muchísimas las personas a las que tuvieron que saludar. Miles de besos dobles, apretones de manos, besos en el dorso y sonrisas, muchas fingidas, pero lo peor, al menos para Alice, fue cuando se vio en la obligación de saludar a la duquesa de Montsenpier y a lady Quilet.
—Mi queridísima Alice —saludó la duquesa de Montsenpier—. Me agrada saber que ya nos tenemos confianza.
—Me da gusto que asistiera —se inclinó la joven con una seriedad y un enojo palpables.
—A mí también me alegra.
La duquesa miró a William, quien seguía entretenido con el invitado anterior. Alice siguió la mirada de la mujer y se topó con su esposo, pero rápidamente apartó los ojos y miró a la duquesa, quien no despegaba la vista de él.
A Alice le resultaba difícil mostrar muchos de sus sentimientos, normalmente expresaba todo al llorar, pero ni eso le gustaba. Justo en ese momento, tenía la vaga intención de tomar a esa mujer de los cabellos y sacarla de allí a tirones.
William, al notar la incomodidad de Alice, se acercó a ella y colocó una mano sobre su cintura, infundiéndole seguridad y aliento con aquel toque certero, dulce y fuerte.
Alice, al notar el apoyo, sonrió hacia su esposo y miró a la duquesa de Montsenpier con algo de orgullo y satisfacción.