Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Asintió varias veces y colocó las manos, pero Will no hizo lo mismo.

La observaba. Sus ojos, fijos como los de un halcón, inquisidores, profundos, misteriosos e incorruptibles, la ponían nerviosa, por esa razón no volvió el rostro para preguntarle qué sucedía.

Al final, William terminó con su escrutinio y colocó las manos en posición, sin decirse que iban a tocar, lentamente uno se adaptó al otro y comenzó una bella tonada.

Alice estaba tan concentrada en lo que hacía que William pudo actuar con libertad al tomarla por la cintura y sentarla sobre su regazo con una facilidad considerable.

No podía evitarlo.

Cuando la miraba mientras tocaban, siempre pasaba lo mismo y le era imposible disuadir sus deseos de besarla y amarla en ese mismo instante.

Alice ponía una expresión tan espectacular, tan hermosa y perfecta, que William solo deseaba hacerle el amor y ver esa misma emoción en su rostro, pero provocada por él.

—No, William —pidió ella, vergonzosa, colocando las manos sobre el pecho de su esposo para detenerlo mientras miraba hacia todos lados, como si estuvieran siendo observados.

—No pasará nada.

Él le besó los labios, callando toda réplica.

—Nadie entra aquí sin mi permiso.

Mentira, pensó la joven.

Alguien vaga con libertad y ve todo lo que hacemos.

—M-mejor vamos a nuestra habitación.

—No.

La apretó más contra sí, dibujando una pequeña sonrisa antes de darle otro beso que volvió a dejarla callada.

—Me gusta donde estamos.

El marqués tomó en brazos a su esposa, la elevó y la recostó sobre el sofá que había en el despacho para comenzar a besarla con pasión.

Para ese momento, Alice ya no puso réplica alguna. En cambio, lo abrazaba con ternura y alentaba el toque de William sobre su cuerpo. Él no tardó mucho en abandonar sus labios para pasar a lugares más importantes, como su cuello, el inicio de sus senos y sus hombros.

De pronto, una indiscreta intromisión hizo presencia en el despacho. Alice gritó de inmediato y cubrió su rostro con ambas manos, intentando vanamente que nadie la viera.

William observó aquella actitud de su esposa, estaba más que avergonzada, de hecho, eso era poco si se consideraba que lloraba ligeramente de vergüenza, aunque intentaba controlarse mordiéndose el labio, aquello lo volvía loco, pero no era momento para eso.

Levantó la mirada hacia la puerta y se encontró con la persona que menos esperaba.

—Duquesa de Montsenpier.

William se puso de pie y miró con extrañeza a la mujer.

—Lamento preguntar, pero ¿qué hace aquí? Y, si no es molestia, ¿por qué entra así?

Por un momento, la duquesa no supo qué responder y simplemente miraba a la pareja que acababa de interrumpir.

En realidad, aquello debería haber resultado bochornoso, pero la duquesa no parecía conflictuada por irrumpir en la intimidad de un matrimonio.

Solo observaba a la mujer que lentamente se ponía de pie y se colocaba junto a su marido, con la cabeza baja y las mejillas sonrojadas hasta el límite de lo posible.

—¿Duquesa de Montsenpier? —insistió William.

—Sí.

Volvió a la realidad, aunque tuvo que menear la cabeza para enfocar la mente.

—Sí. Siento la intromisión, pero quería verlos.

—¿A nosotros? —se sorprendió el hombre—. Pensé que le desagradaban los puestos políticos y los políticos.

—Sí, cariño, pero tu esposa no es política. Y ella me cae bien.

—¿Yo? —levantó la vista Alice.

—Sí.

La duquesa de Montsenpier sonrió, feliz de ver que la muchacha levantaba la cara.

—P-pero…

—En realidad, quisiera ir con ustedes a la reunión con el presidente, si no es mucha molestia, claro.

Les daba la prerrogativa, pero en realidad no estaba ofreciendo ninguna opción, lo había dejado claro, deseaba ir, no cabía el no. William miró a su esposa por un momento y se dio cuenta de que no encontraría respuestas en ella, porque estaba tan perdida como él en aquella situación.

—No hablaremos de temas políticos, duquesa —intentó disuadirla William—. Es una reunión meramente familiar.

—Lo sé. Me enteré de eso, es por el bautizo del niño, ¿no?

Los miró con ojos brillantes, como quien sabía que había acertado.

—Quiero asistir.

—Duquesa de Montsenpier —habló Alice quedamente—. ¿Qué interés tiene en asistir?

La mujer sonrió y lanzó una exclamación de sorpresa.

—¡No imaginé que pudieras ser tan directa! ¡Me agradas más!

Aplaudió, complacida.

—Bien. Me gustan las fiestas y no me gusta la ociosidad. Así que fue lo único interesante que se me ocurrió interrumpir.

—¿Interesante? —inquirió Alice—. Solo hablaremos de generalidades de la fiesta.

—Oh, querida, dos hombres tan importantes como Asher Aigrefeuille y William Charpentier no se quedarán tres horas hablando de una fiesta —dijo con burla—. Además, la esposa del presidente tampoco es una mujer simple y…

La duquesa de Montsenpier miró inquisitivamente a Alice.

—Y tengo interés en ti.

—¿En mí?

—Sí. ¿Cómo una muchacha como tú puede sobrevivir en un mundo como este?

Se encogió de hombros.

—Suena interesante.

—Repito, duquesa, con todo respeto: mi mujer no es un ser al que pueda observarse como si se tratara de un experimento —dijo William, molesto, frunciendo el ceño y adelantando un paso.

—Vaya, vaya, qué sorpresa.

La mujer sonrió.

—Qué sorpresa, en verdad. Veo que por lo menos la defiendes. Eso es bastante bueno.

—¿Ha venido con la intención de insultarme, duquesa? —preguntó William, cada vez más molesto.

—No. Ya le he dicho cuál es mi intención. Es simple: quiero ir.

El hombre cerró los puños con fuerza. Alice temió que fuera a estrangular a aquella mujer de un momento a otro, por lo cual colocó una mano sobre el pecho de su marido y sonrió hacia la duquesa de Montsenpier, cuyo nombre aún desconocía.

—Será un placer, siempre es bueno una opinión más.

La duquesa de Montsenpier pareció satisfecha y miró a William, contenido únicamente por la mano de su esposa.

—Bueno, me agrada ver que las mujeres tienen importancia en algunas casas.

Levantó una ceja. Alice pensaba que esa mujer era o muy torpe o muy poco asertiva. Buscaba provocarlo.

—Aquí, su señoría —dijo William con una voz medida y fría—, se respeta a las mujeres más que a nadie. Su opinión cuenta y su inteligencia es valorada. Si me disculpa, tengo cosas que hacer.

—¿Como controlarse? —inquirió la duquesa de Montsenpier, importándole poco la mirada furiosa del hombre y la expresión sorprendida de Alice.

—William —lo llamó Alice dulcemente—. Me gustaría que eligieras la gargantilla que he de usar hoy. Tú siempre eliges mejor que yo.

El hombre miró a la duquesa de Montsenpier y cerró los ojos, respirando para manejar sus emociones, como siempre hacía.

—Bien —dijo secamente.

Aun así, besó la frente de su esposa y se marchó enseguida.

La duquesa no perdió detalle de aquella salida. Cuando el marqués y presidente del Consejo cerró la puerta, soltó una carcajada alegre y estridente.

—¡Es fácil ver cómo molestarlo! —se burló.

—No debería hacerlo —pidió Alice con una voz modulada y perfectamente entonada—. Él es un hombre muy bueno. No merece ser molestado.

—¿No merece?

La mujer sonrió y lanzó otra carcajada.

—Los hombres no merecen nada.

—Su señoría.

Alice se adelantó.

—¿Es usted una mujer casada?

—Oh, sí. Es una lástima, en verdad.

Asintió.

—Mi marido me es infiel seis días a la semana, y el día que no lo es, solo se debe a que duerme en su cama, completamente ebrio.

—Lo lamento mucho. Pero no por eso todos los hombres tienen que ser ofendidos.

—¿Crees que mi marido me convirtió en esto?

Se señaló a sí misma.

—No, querida. Yo lo convertí a él en lo que es ahora.

—¿Un alcohólico que la engaña?

—Un hombre al que puedo controlar.

Levantó el puño.

—Para eso sirven los hombres con poder.

—Es… una opinión bastante espeluznante.

—Sí, pero, si no eres así, ellos te pisotearán.

Se encogió de hombros.

—Simple.

—No creo que su visión del mundo sea la correcta —negó Alice—. Pero la respeto.

—La respeta…

La duquesa se burló.

—Sigue siendo una ingenua, lady Charpentier. Usted tiene a un hombre poderoso. Tal vez el más poderoso. Dios mío, me sería fácil controlarlo y manipularlo. Yo dirigiría este país.

Alice agradecía en ese momento que la mujer no pudiera tener un puesto político, seguramente haría un desastre en el Senado.

—¿Por qué ha venido? —preguntó lo mismo que su marido—. Sé que no está aburrida, porque una persona que disfruta molestar a los demás puede hacerlo con cualquiera. ¿Por qué fuimos nosotros los seleccionados?

—Te lo he dicho, mi niña.

La mujer se adelantó un paso.

—Quiero dominar este país. Y el hombre que puede hacerlo está en tu cama todas las noches.

Alice sintió una punzada helada en el pecho.

—Pero puedo lograr que esté en la mía. Sería fácil.

—¿Infidelidad? —preguntó Alice tranquilamente—. Tratándolo de esa forma, no funcionará.

—A los hombres les gusta ser tratados mal.

La duquesa de Montsenpier caminó por el despacho, tocando una que otra cosa de William.

—Yo sé cómo jugar a esto. Pero ¿tú?

Se rio.

—Lo dudo.

—No sé qué juego piensa que está jugando —negó Alice con tranquilidad—, pero yo no estoy participando.

—Eso es obvio.

Se encogió de hombros.

—Es fácil ver que, por el momento, William Charpentier siente atracción sexual por su mujer.

La miró de arriba abajo.

—Pero eres simple. Una chica de casa, que toca el piano y pasea por el jardín. Una chica que sonríe y se ve linda.

La describió con desdén.

—Eso no lo atraerá por mucho tiempo, solo eres la novedad.

—Es usted una mujer adulta con mentalidad de niña —dijo Alice.

—Solo tengo cuarenta y dos, cariño. Aún sé moverme en ambientes donde tú ni siquiera puedes hablar.

—Tiene razón —aceptó Alice—. Pero al menos tengo humanidad, respeto y amor. Mucho amor que dar.

—¡Ja! Bueno, qué tierna.

La duquesa soltó otra carcajada.

—Espero que eso sirva de algo.

Alice miró cómo aquella mujer caminaba por el lugar hasta llegar al escritorio de William. No le importó sentarse en aquella silla de cuero, y Alice no se lo impidió. Se mostró tranquila y paciente, incluso cuando la duquesa comenzó a husmear en los libros y muebles.

—Ya leí este —dijo la mujer, tomando uno—. Y este, y este, y este…

Aventó los libros sobre el escritorio.

—¿Tú sabes leer?

—Sí, duquesa de Montsenpier. Sé leer.

—Mira.

La mujer se estiró.

—Una fotografía.

Alice no se movió.

Jamás había ido a ese lado del escritorio por respeto a su marido. No deseaba husmear en cosas importantes o personales.

—Supongo que solo tiene a las personas importantes de su vida.

La duquesa sonrió.

—Nos vemos en la cena, querida. Seamos grandes amigas.

—Un placer conocerla, duquesa de Montsenpier.

—Frida —dijo la mujer—. Las rivales debemos conocernos un poco.

—Hasta después, duquesa de Montsenpier —repitió Alice.

—Adiós, linda.

La mujer se despidió entre carcajadas.

Alice esperó a oír que se alejaba antes de correr al escritorio de su marido y tomar cada uno de los portarretratos que había allí.

La duquesa de Montsenpier tenía razón.

Las personas importantes para William estaban allí: sus padres, sus hermanas, sus sobrinos y una fotografía familiar en la que, por supuesto, ella no estaba. Ashlyn era apenas una bebé.

Ni una sola imagen de Alice, la joven se sentó en el lugar de William y elevó la vista hacia el techo decorado con pinturas.

«Esto se complica», pensó con un suspiro intenso.

Las cartas… ¿Podría ser…? No, esa mujer acaba de llegar, pero se declaró enemiga, quiere llegar a William.

«¿Qué puedo hacer?»

La última carta que había sido específica, informativa y corta.

Hola, querida.

Prepárate. Viene más de un problema. Willy en problemas. Tú en desventaja. Y ya sabes: no puedes dudar de mis palabras. Te has dado cuenta durante este tiempo que llevamos juntos.

Pero ojo: si William comienza a sospechar, te aseguro que no recibirás un mensaje de aviso. Yo solo atacaré. Te estarás dando cuenta de que soy muy buena ocasionando problemas, y también soy bueno resolviéndolos.

Con cariño, Una ayuda.