Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 13
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Capítulo 13

W illiam veía a Alice caminar por el jardín.

Ya era normal en él hacer esa clase de cosas. Le resultaba inevitable. Su esposa tenía reacciones que, francamente, lo descolocaban. A veces parecía poseer más de una personalidad.

De hecho, lo confundía y no era para menos.

En un momento, Alice podía ser la mujer más dulce y cariñosa del mundo, incluso comunicativa. Pero, al siguiente, se convertía en alguien completamente distinto: fría, taciturna y con tendencia a alejarse de todo y de todos.

Eso comenzaba a preocuparlo.

Justo en ese momento la observaba desde la ventana de su despacho, que daba al jardín.

Era un perfecto escondite entre los cientos de ventanales de la propiedad.

Alice estaba sola, caminando sin rumbo fijo entre los rosales, con la única compañía de aquellos perros de caza, sumamente agresivos y adiestrados para obedecer únicamente las órdenes del marqués.

Era extraño que la quisieran de aquella manera.

Normalmente no toleraban a nadie más que a William. Gruñían ante cualquier extraño, eran agresivos y, en su mayoría, pertenecían a una raza lo suficientemente grande como para derribar a un hombre.

En cambio, su esposa parecía dominarlos a la perfección, incluso alguna vez escuchó a Katherine decir que Alice tenía una habilidad especial para controlar bestias, haciendo una evidente referencia a William cuando lo miró fijamente al pronunciar aquella frase.

Sonrió al recordar ese comentario y observó unos instantes más a su mujer, solo entonces se dio cuenta de que deseaba ir con ella.

Era raro el momento en que podían estar solos sin que William estuviera completamente ocupado o con pendientes.

Aquel día, en específico, era extrañamente relajado, había regresado antes del trabajo y, de hecho, no pensaba volver.

Más tarde cenarían en la casa Aigrefeuille y, hasta entonces, no tenía ningún asunto urgente.

William no perdió tiempo, se despegó de su confortable despacho para salir al exterior nublado donde su esposa placía en caminar.

El cielo grisáceo y el viento helado le dieron la bienvenida en cuanto salió de la propiedad, haciéndole notar las muchas posibilidades de tormenta.

El aire frío golpeó su rostro y el césped mojado se hundió bajo sus zapatos, filtrándose apenas por entre las suelas.

Aun así, los pasos del poderoso hombre aplastaban la hierba, dejando pequeñas marcas como indicio de su avance.

El rocío de la noche anterior mojaba ligeramente el bajo de su pantalón y le causaba una sensación casi imperceptible de frialdad contra la pierna.

—Alice —la llamó cuando consideró que estaba lo suficientemente cerca de ella, estirando una mano para tocarla.

La pobre joven estaba tan metida en sus pensamientos que no hizo otra cosa más que gritar.

Los canes se alteraron de inmediato y, sorpresivamente, ladraron a su dueño al interpretarlo como un intruso para la joven.

—¡Eh! ¡Brulios! ¡Reger! ¡Gerelio! —se molestó William al notar la hostilidad de los perros.

Al reconocer a su amo, los animales se acercaron mansamente, meneando la cola mientras se pegaban a sus piernas para intentar arrancarle alguna caricia al hombre que los alimentaba a diario.

William, en cambio, se mostró algo herido por haber sido “atacado” por sus propios perros.

—William… —susurró, recuperándose del espanto—. Perdona.

—Está helando —dijo él—. ¿Por qué estás aquí?

Alice bajó la cabeza, aparentemente concentrada en su vestido, que tenía tres centímetros de lodo y estaba un tanto mojado.

—No tengo frío —mintió.

—Tienes las mejillas y la nariz rojas —observó él—. Sé cuándo es un sonrojo, y en esta ocasión estoy seguro de que no lo es.

—No es nada, en verdad.

Alice sonrió, intentando que su marido dejara de prestar atención a su despreocupado vestir, pues ni siquiera había recordado ponerse un suéter o un chal.

—Toma.

William se quitó la gabardina.

—Debes tener más cuidado. Podrías resfriarte.

Alice sintió de inmediato el reconfortante calor del abrigo.

El olor que emanaba de la prenda la tranquilizó, recordándole cuando se encontraba con William, solos, en su habitación.

De hecho, toda la alcoba olía a él. Era un aroma profundo, persistente, que no se iba incluso cuando William lo hacía.

—Gracias —dijo mientras introducía las manos por las mangas y se abrazaba a sí misma para conservar el calor.

—Ven. Vamos a la casa.

William colocó ligeramente una mano en la cintura de su esposa para guiarla, pero ella se zafó con rapidez.

—En realidad… —dijo, mirándolo con cierto azoramiento—. Tengo… tengo que hacer algo.

—¿Qué cosa? —levantó una ceja, nada complacido con aquella actitud que ella tenía desde hacía unos días.

—N-nada importante. Solo es…

Apretó los labios.

—Tengo que visitar a la bebé que nació entre los empleados.

—Puedes ir mañana. Parece que caerá una tormenta.

—No.

Bajó la cabeza.

—Tengo que ir ahora.

—Alice.

William la miró con advertencia.

—Es peligroso. Aún no conoces del todo la propiedad y, francamente, si pretendes ir caminando tardarás demasiado. Lloverá.

—¡Pero…!

—Vamos a casa —dijo él—. Y me contarás qué es lo que te sucede.

Alice dio un paso hacia atrás, mirándolo nerviosa y sorprendida.

—¿C-cómo que lo que me sucede?

—Tienes algo desde hace días. Pareces cambiante —explicó—. ¿Crees que no lo noto?

—No tienes de qué preocuparte —dijo, segura—. No me pasa nada.

—Me preocupo porque eres mi esposa.

La tomó del brazo cuando ella intentó pasar de largo.

—Y no entiendo qué te está haciendo cambiar.

—Me lastimas.

Alice miró su brazo atrapado por la poderosa mano de su marido, en realidad, no le hacía daño, pero era la única forma en que Alice sabía que él la soltaría.

—Maldición, Alice —se enfadó—. Si pasa algo, puedes decírmelo.

—Por esa razón no digo nada.

Se cruzó de brazos con seguridad.

—Porque no ocurre nada.

William entrecerró los ojos, viendo fijamente la mentira impresa en la mirada de Alice.

—Bien —se molestó aún más—. Como quieras, entonces.

—¡William! —gritó ella al darse cuenta de que su marido se alejaba

Él se detuvo.

—¿Puedes abrazarme? —preguntó con vergüenza, pero sin una pizca de inseguridad—. Por favor…

William se adelantó y abrazó el cuerpo de su esposa.

—No entiendo qué te sucede —murmuró cerca de su oído—, pero me encantaría descubrirlo.

Alice no dijo nada.

Simplemente elevó los brazos, rodeó el cuello de su marido y apreció aquel olor, aquella cercanía, la suavidad de su cuello cuando sus labios rozaban apenas esa zona de piel.

—No pasa nada. En serio.

Se alejó un poco, aunque mantuvo las manos sobre sus hombros.

—Creo que iré a tocar —sonrió.

—En ese caso…

William le besó la frente.

—Te acompaño. Siempre resulta relajante un poco de música.

Alice asintió.

—¿Qué te gustaría que tocara? —preguntó cuando ambos comenzaron a caminar hacia la casa.

—Quiero que toques algo que me revele cómo se siente tu corazón. Qué piensa tu cabeza.

Alice negó con la cabeza.

—Seguro sería algo aburrido —soltó una pequeña carcajada—. Mejor tocaré Beethoven.

La pareja entró en la casa, dejando de lado las prendas extras.

No eran necesarias dentro de la mansión, pues el sistema de calefacción estaba en funcionamiento y las chimeneas ardían en todas partes.

El olor a madera quemada, el crepitar del fuego y la calidez de la luz resultaban reconfortantes en días como aquel.

—¿Cuál te gusta de Beethoven, Alice? —inquirió William, dejándola pasar primero a su despacho.

—Mmm… Creo que no lo he pensado. Siempre toco lo que se me viene a la cabeza.

Se encogió de hombros mientras tomaba asiento en el banquillo frente al hermoso piano que William tenía.

—Soy más de Mozart, pero no niego que me encanta Beethoven.

William se sentó a su lado frente al piano y la miró expectante.

—A ti te gusta tocar sus piezas más rápidas —negó la joven con una sonrisa, apreciando aquella actividad que ambos tenían en común.

De hecho, Alice tardó mucho en darse cuenta de que William era un amante de la música. Mucho menos se habría imaginado que tocaba el piano, el violín, el flautín y el chelo.

Era como si aquella faceta de músico no encajara con la imagen de magnate estoico que no prestaba atención a sus sentimientos.

El piano… No.

La música en sí era un estimulante de emociones, las potenciaba, la persona que tocaba un instrumento debía poner en sintonía el corazón, la mente y el cuerpo para que la tonada resultara perfecta.

Era normal que ella tocara, la relajaba, de hecho, la casa entera se había acostumbrado a las hermosas melodías que elevaba por los muros fríos y silenciosos del castillo de Millentmont. Alice tenía la costumbre de tocar a ciertas horas, específicamente cuando sabía que nadie iba a molestarla.

Lo que no esperaba era que William llegara antes y la escuchara, la joven sonrió, aún recordaba la forma en que él había hecho notar su presencia.

Ella había estado tocando algunas canciones de Bach, las más dulces y tiernas.

Cuando tocaba, a Alice le gustaba cerrar los ojos y sentir la nota en su máxima expresión, disfrutarla como si se tratara de la mejor comida.

Por eso no escuchó cuando su marido la llamó, ni cuando entró y se posicionó tras ella, observándola.

No sabía cuánto tiempo se había quedado allí, pero él no pudo resistirse por mucho tiempo. Con una acción muy dulce, besó su hombro derecho, descubierto por la forma del vestido, y se sentó a su lado, ocasionando que Alice diera un pequeño brinco y lo miró con el susto impreso en los ojos.

Aún recordaba la preciosa sonrisa que él le regaló y la forma elegante en que posicionó lentamente las manos sobre las teclas del piano para comenzar a entonar una canción, sorprendiéndola con la habilidad y paciencia que tenía para tocar desde la pieza más lenta hasta la más rápida y dificultosa.

—¿Alice?

William la trajo a la realidad.

—¿Quieres tocar en pareja?

—Sí —dijo ella, azorada—. Toquemos en pareja.