Capítulo 12 #2
—Muy astuto.
William tomó su copa con jugo y dio un pequeño sorbo.
—Siempre ha sabido cómo dejarme con los problemas.
—No nos consideró un problema —se justificó la entrometida Elizabeth—. Más bien como una mancha difícil de sacar.
—Eso no nos deja en mejores condiciones —dijo Marinett, captando el funesto intento de su hermana por defenderlas.
—Considerablemente mejor, sí —dijo Lizzy, orgullosa—. Al menos no somos como la peste. A ojos de los hombres, somos una enfermedad de la cual hay que huir.
—No diría que tanto como una enfermedad —se burló William—. Más bien una peste o algo por el estilo.
—¡Ey! —se escucharon cinco voces ofendidas.
Alice dejó salir una preciosa risita que desentonó por completo con el ambiente amenazador que se desarrollaba contra su marido.
—Ustedes son muy unidos —dijo la joven, tapando su sonrisa.
—¡Que no! —se quejaron las mujeres catalogadas como un fastidio.
Aquello hizo sonreír aún más a Alice.
—Señor —llamaron a la puerta del comedor—, el carruaje ya los espera. También el de las señoritas Bermont.
—Gracias, Rodric. De todas formas, aquí no somos aceptadas.
Katherine se puso de pie, furiosa, tirando la silla en la que estaba sentada por lo repentino de la acción.
—¿Puedes tratar de no destruir mi casa, querida hermana? —se burló William, poniéndose de pie y recibiendo de buen grado el mohín de su hermana menor.
—De hecho, será un placer arruinarla toda.
Para acentuar, Katherine caminó lentamente, observando el lugar.
Un hermoso jarrón llamó su atención y, cuando su mano lo tomó, los suspiros de impresión salieron de todas las bocas.
Katherine no tuvo ningún remordimiento al tirar el fino recipiente.
De hecho, su rostro estaba acompañado por esa hermosa sonrisa diabólica que sabía poner cuando quería provocar alguna avería.
William miró tranquilamente el desastre. Abotonó su chaqueta con una lentitud impresionante y, con un suspiro cansino, levantó la vista hacia su hermana.
—Espero que le expliques a mamá la razón por la que rompiste su jarrón favorito, obsequio de la reina de Inglaterra cuando se casó.
—¿Qué?
La pelirroja miró desesperada el desastre.
—¿Por qué diablos a ti todo te sale bien? —dijo frustrada, arrodillándose sobre los restos que ella misma había provocado.
Para ese momento, todas las féminas que se encontraban en la casa soltaron una bella carcajada y se acercaron a la pelirroja, quien seguía arrodillada, intentando salvar algo irreparable en medio de las burlas de sus desafortunadas primas.
—Porque no me pongo a querer dañar a las personas —dijo William con una cara de satisfacción, tomando la cintura de su esposa para acercarla a él.
Alice sonrió dulcemente y posó una mano sobre el pecho de su esposo, sin darse cuenta, aquel pequeño toque, esa ligera caricia, estaba llamando la atención de las chicas, quienes discretamente decidieron fingir que no habían notado aquella muestra cariñosa de su primo y hermano hacia su mujer.
Sí, era extraño, no podían negarlo. William no era de los que abrazaban. Sin embargo, cuando lo hacía con Alice, aparentaba ser una acción completamente normal y, al parecer, placentera.
Fue cuestión de tiempo para que los Bermont llegaran a la iglesia y con ellos, el escándalo.
Ya era algo que todos esperaban, el mundo los conocía, pese a que muchos de ellos ni siquiera residían en Francia.
Los rumores y las malas lenguas se encargaban de traer cada jugoso chisme a la vida de los franceses con poco que hacer.
—Odio ir a la iglesia —se quejó Blake, sentada en las piernas de William—. Es aburrido, no me dejan hablar.
—Blake.
La hermosa Alice le tomó la manita.
—Es importante que sientas una conexión con tu esencia. Por eso se han hecho las iglesias.
—Pero yo no soy católica, tía Alice —le dijo lo obvio—. Yo soy anglicana, como papi.
—Sí, pero creo que papi te ha enseñado a respetar todo, ¿no, Blake? —preguntó con paciencia.
—¡Sí! ¡Papi es bueno! ¡Y tío Willy también!
La niña se abrazó a su tío, quien lanzó una mirada juguetona.
Alice siempre era terminante con el tema religioso, incluso cuando se trataba de corregir a una niña pequeña. William, en verdad, admiraba esa parte de ella. No comprendía cómo alguien podía sentir tanto respeto y tanto amor por algo que no sabía con certeza si existía.
—Llegamos —anunció el presidente del Consejo, abriendo la puerta del carruaje sin ayuda de nadie.
La hermosa Blake no tardó en saltar del carruaje y correr en dirección a sus padres y hermanos. William, por su parte, se volvió sobre sus pies para ayudar a bajar a su renuente esposa, quien parecía decidida a regresar con el carruaje hasta la casa.
—Ven, Alice. Todos esperan verte.
Criticarme sería una palabra más adecuada, pensó la joven.
Al final tomó la mano que su marido le ofrecía y bajó con una actitud decaída, algo que nunca le ocurría cuando sabía que iría a la iglesia, siempre se había sentido a salvo en ese lugar, pero ahora tenía la sensación de estar a punto de hacer malabares frente a la reina.
Los nervios eran incontenibles.
—¡William!
Una hermosa mano blanca se alzó entre la multitud.
—William, hace mucho que no te veía.
Los saludó una bella morena que no se detuvo antes de besar la mejilla del sorprendido marqués.
—Lady Plutarc, es bueno verla tan… animada.
—¡Animada! ¡Yo siempre me animo cuando se trata de ti!
Alice se sintió incómoda.
Era obvio que ellos se conocían bastante bien, y no precisamente por ser amigos, la conocida sensación de los celos se instaló rápidamente en su estómago, pero se mantuvo quieta, junto a su marido, sin soltar el brazo que él le ofrecía para escoltarla.
—Mi esposa —presentó el hombre—. Lady Alice Charpentier.
—Mmm…
Lady Plutarc la miró de arriba abajo.
—Sí, había escuchado el rumor.
—Es un…
Alice dudó, pero al final agregó sin nada de veracidad en la voz:
—Un placer conocerla.
—Lo dudo —sonrió—. Las rivales son felices de conocerse.
—Es una suerte que no sean rivales, en ese caso —dijo una voz aguda, hermosa y dura.
Los tres pares de ojos volaron hacia la intrusa de la conversación, era una mujer adulta, aunque no tan mayor como para ser considerada anciana, tenía cabellera castaña y una figura perfecta a pesar de su edad.
—Duquesa de Montsenpier —se inclinó William—. Es un verdadero placer encontrarla de nuevo en Francia.
—Sí, bueno —dijo con desagrado—. No es que brinque de emoción.
—Ni nosotros tampoco —Lady Plutarc volvió el rostro con orgullo, ganándose la fiera mirada de la duquesa de Montsenpier.
—Niña indiscreta. ¿Cómo te atreves?
—Duquesa —la interrumpió William—. Mi esposa, Alice.
La adelantó para que pudiera ser admirada.
La duquesa casi cayó al suelo cuando se volvió hacia el marqués y vio a la joven, situada apenas a unos pasos de él.
—Así que tu esposa…
La mujer se adelantó con una mirada inquisidora, caminando en círculos alrededor de Alice.
—No la mereces —determinó—. Tiene un aura buena, dulce, tierna.
Negó y miró al presidente del Consejo.
—Tú eres malo.
—No lo es —dijo Alice—. William es muy bueno conmigo.
La hermosa mujer la miró con una ternura infinita, como si viera solo a una niña, una dulce y pequeña niña que necesitaba cuidados y protección.
Alice dio un paso hacia atrás al notar que la mujer avanzaba hacia ella, invadiendo por completo su espacio personal.
Con lo que no contaba era con que William se encontraba justo detrás, y su pequeña huida quedó detenida por su cuerpo.
—Lo siento —sonrió la duquesa—. Te asusté.
—No —se sonrojó Alice—. Solo no estoy acostumbrada. Supongo que quería saludarme como lo hacen todos por aquí, pero en Inglaterra no es algo muy común.
—No te preocupes.
La mujer sonrió.
—No te preocupes. Dioses del mundo, eres tan hermosa…
Le tocó las mejillas.
—Espero que estés feliz.
—Sí —contestó Alice, incómoda por la forma en que la mujer la miraba—. Lo soy.
—Me alegro. Me alegro de verdad.
Un estallido de risa resonó a espaldas de aquella mujer, revelando a un hombre bastante robusto que sonreía hacia ella. La duquesa rápidamente le plantó un beso en la mejilla.
—Sí, hola —lo saludó un tanto divagante, mirando aún a Alice como si viera a un fantasma—. Mejor… mejor entremos a misa.
Alice observó el comportamiento de aquella mujer y, con el ceño fruncido, regresó la vista hacia su esposo.
Pero no encontró respuestas.
William se veía tan confundido como ella.
—¿Qué le pasa? —preguntó la joven.
—No lo sé —frunció el ceño—. Pero quiero averiguarlo.
William pasó una mano por la cintura de su esposa y la guio hacia la entrada de la iglesia, donde muchos conocidos del hombre los detenían para saludarlos, conocerlos y, en algunos casos, solo chismear sobre ellos.
Inclusive, algunas mujeres no se limitaban a hacer preguntas a la callada Alice, quien mantenía una actitud distante.
En lugar de prestar atención a todos aquellos nobles y personas adineradas empeñadas en hablar con ella, se enfocaba en la gente humilde que, por alguna u otra razón, se acercaba para verla. La reconocían por los periódicos y, la verdad, la joven se sentía mucho más cómoda con ellos.
Aquellas personas no juzgaban, tenían un alma pura y buena.
William, por su lado, no podía dejar de verla.
La admiraba cada vez más. Su falta de altivez y su sencillez tan expuesta ante la gente del pueblo provocaban que comenzaran a amarla, otra cosa era lo que pensaba la alta sociedad, que no dejaba de mirarla con cierta repulsión, pero para él era perfecta y esa actitud bondadosa provocaba que ni siquiera prestara atención a los intentos de algunas damas por llamar su atención.
De hecho, incluso podía llegar a molestarle la falta de interés que ella mostraba en él. Tal parecía que, cuando Alice se enfocaba en aquella gente necesitada, nada más en el mundo existía.
No planeaba darle celos, no era esa clase de hombre, pero, en su inocente orgullo, experimentó la vaga sensación de querer ser una de esas personas menos afortunadas que recibían toda la atención de su hermosa esposa, porque los ojos de Alice no tenían comparación en ese momento, eso fue hasta que, de pronto, un pequeño que estaba jugando con ella le entregó algo.
Algo que llamó la atención de William.
Alice se puso nerviosa de inmediato, y el color desapareció de sus mejillas. Su actitud dulce se esfumó, reemplazada por una alerta contenida y un miedo apenas disimulado.
¿Qué le pasaba?
¿Qué le habían dado?
¿Por qué su mujer tenía tanto miedo?