Capítulo 12
E l domingo era especial para todos los católicos.
Era el día en que se conmemoraba la Resurrección de Dios hecho hombre, de hecho, para muchas religiones, el domingo era un día sagrado; por esa razón, Alice pensaba que, en muchos sentidos, todas las creencias se dirigían hacia el mismo destino: el Creador.
Era un pensamiento lindo y agradable, la hacía realzar su fe, su amor por Dios y por Cristo, su Hijo.
Desafortunadamente, aunque amara su religión, las misas, los domingos y a Dios por encima de todas las cosas, nada la salvaría de un día pesado en el que sería “presentada” ante la sociedad… ¿católica?
Sí, algo así, los franceses eran extraños, pero parecía tratarse de una cosa parecida, por esa razón, a horas muy tempranas, Alice se puso de pie, desprotegiéndose del abrazo confortable en el que William la mantenía, para elegir un vestido apropiado para la ocasión.
Era una tontería tener que escoger un atuendo especial para ir a la iglesia. ¡Como si fuera a asistir a alguna velada! En definitiva, solo se lo permitiría ese día, los demás domingos los dedicaría solo a Dios. Nada de pensar en la gente, nada de preocuparse por lo que dirían.
—¿Alice? —despertó William—. ¿Qué haces tan temprano?
—No sé qué usar —dijo con sinceridad—. Siento como si fuera una debutante en su primer baile.
Hablaba bajo, siempre hablaba bajo, pero William estaba acostumbrado y no le costaba entenderla.
—Solo iremos a misa.
Él se cubrió con las sábanas.
—No tienes que usar algo despampanante… Solo ese vestido de la fiesta, no. Ni se te ocurra usarlo de nuevo.
—Es muy hermoso —recordó Alice.
Pero también acudió a su mente el marcado desagrado de William, que incluso ahora volvía a exponer.
—¡Pero es de gala! ¡No puedo ir a misa con un vestido así!
—Ni a misa ni a ningún lado.
William se puso de pie. Ya que estaba despierto, encontró una pérdida de tiempo quedarse en la cama.
—Como sea, nunca te había visto tan estresada por lo que usarías para ir a la iglesia. Y tú vas todos los días.
Alice bajó la cabeza.
Tonto.
Él no entendía a lo que ella se enfrentaba día con día, era el centro de todas las miradas, los periódicos estaban especialmente atentos a sus movimientos y, si hacía cualquier cosa medianamente diferente, era seguro que saldría impresa en alguna página.
—Es importante el día de hoy.
—¿Ah, sí? —preguntó él, distraído, caminando hacia su armario.
—Sí.
Alice lo miró abrir la puerta y rebuscar entre sus prendas.
—La señora Pakins dijo que hoy sería como mi presentación ante las personas de la iglesia.
—Tú ya has tenido muchas presentaciones —le dijo William.
En realidad, casi parecía que el mueble se lo estaba tragando.
—Vístete como quieras.
La joven sonrió, al menos él no pensaba como todos los demás, pero Celio y Antoine la matarían si ella escogía un vestido simplón como los que solía usar para misa. Sí. Mejor prevenir que lamentar, usaría uno más conveniente para la ocasión.
A las ocho y media, la pareja bajaba al comedor para tomar un desayuno rápido y dirigirse a la misa de diez.
Alice se veía preciosa, había elegido un vestido color crema con rayas azul plumbago.
En la cabeza llevaba un bonito sombrero adornado con flores de tonalidades suaves y agradables; guantes de seda hasta la muñeca y unos zapatos blancos con un pequeño tacón.
—Te ves hermosa —sonrió William, escoltándola por las escaleras.
—Espero que los demás piensen lo mismo —dijo con nerviosismo.
—Vaya. Creí que el que importaba era yo —se burló—. Ya veo que la sociedad tiene más peso en tu conciencia.
—No es eso.
Alice lo miró a la cara.
—No quiero avergonzarte.
—No lo haces.
William le tomó la mano y depositó un beso suave sobre sus dedos.
—Sus excelencias —habló la voz modulada y aguda de la señora Pakins, quien los esperaba al final de la escalera—. El desayuno está servido, y han llegado visitas para milord.
—¿Visitas? —William miró a su esposa—. ¿Quién?
—Unas damas, milord. Han dicho que tienen su permiso para presentarse en esta casa a placer.
—¿D-damas? —preguntó Alice.
William la miró, preguntándose quiénes serían aquellas mujeres que tenían su autorización para imponerse en su casa sin previo aviso.
—No sé de qué se trata, pero vayamos a averiguarlo.
William y Alice continuaron hacia el comedor. La joven caminaba con la inmensa sensación de saber quién estaría allí y, posiblemente, no serían personas de su agrado, puesto que la última vez que la visitaron mujeres, le habían hecho pasar un día francamente pesado.
Abrieron la puerta del comedor. En ese momento, Alice creyó que Dios le había sonreído, porque al entrar, no se encontraron con ninguna mujer desconocida, sino con cuatro muy conocidas.
—¡Hola, hermanito! —sonrió Giorgiana, corriendo hacia su hermano menor para tomarlo en un abrazo asfixiante.
Sobre todo porque William no estaba acostumbrado a recibir abrazos, ni siquiera de su esposa.
—Gigi —dijo con voz forzada al intentar apartarla—. Me ahogas.
—Siempre tan frío —negó la joven, soltándolo por fin.
—¿Qué hice para merecer sus visitas? —preguntó con voz lastimera.
—¡Ey! —se adelantó Lizzy, muy enojada—. Da gracias de que alguien como nosotras quiera visitarte.
—Déjalo. Él no demuestra lo feliz que está —dijo Katherine, abrazando unos segundos a su hermano mayor.
—Hola, Willy —saludó Annabella desde su asiento.
—Estas salchichas están en su punto —dijo Marinett, desinteresada, sin despegarse de su desayuno.
—Me alegra ver que las disfrutas —admiró William.
—Su segundo bebé viene en camino, por lo cual es normal que coma así —la excusó Elizabeth, viendo a su hermana.
—¿Estás embarazada, Marinett? —sonrió Alice, emocionada.
—Sí —asintió la joven—. Tengo tres meses.
—¡Felicidades! —dijo Alice con alegría—. ¿Por qué no escribiste?
—Annabella tampoco lo ha hecho —la señaló la pelinegra—. Regáñala también, Alice.
Las miradas pasaron a la sonrojada joven de cabellos castaños.
—Lo siento, Alice. Se me pasó.
—¿Tú cuánto tienes? —preguntó la joven de ojos violáceos, enfocándose en la información importante.
—Dos meses.
Annabella se tocó el vientre.
—Pero con Thomas parece que está a punto de nacer.
Se burló de su paranoico marido.
—Es una fortuna que sea doctor —dijo Katherine—. Siempre es bueno tenerlo cerca cuando hay una emergencia.
—Curiosamente parece desaparecer cuando más se le necesita —negó Lizzy, recordando cuando Sophi se descalabró con un florero aventado por Ashlyn.
—No es de los que se quedan quietos —lo excusó Annabella.
—Como sea —interrumpió William—. ¿Qué hacen todas aquí? ¿Dónde están sus maridos? Y importante: ¿dónde están sus hijos?
—En casa —explicó Giorgiana—. Mi madre y mis tías los están cuidando diligentemente.
—Es una lástima que la abuela no pudiera venir —decayó Marinett.
—Es anciana. No podemos traerla del tingo al tango —se encogió de hombros Elizabeth, quien volvió a tomar asiento para desayunar.
—Enfoque, mujeres —pidió William—. Les faltan dos preguntas.
—Qué pesado eres —Katherine hizo un mohín, tomando su taza.
—Estamos aquí para verlos —explicó Annabella—. Y nuestros esposos se deshicieron de nosotras.
—Veré a Asher en misa —apuntó Giorgiana, quien era la única con una explicación diferente.
—¿Misa? —cuestionó Annabella.
—Sí, querida. Aquí vamos a misa —le sacó la lengua Giorgiana.
—¿Qué se dice en esa misa? —preguntó la castaña.
—Claro, ¿tú eres anglicana u ortodoxa? —preguntó Katherine.
—En realidad, soy ortodoxa —se encogió de hombros—, pero no me gusta desperdiciar el tiempo con eso. Thomas no es muy devoto.
—Entonces, ¿qué le enseñarás a tu hijo? —preguntó Alice, alterada.
—No sé.
Annabella la miró con sus ojos de gato.
—Lo que quiera ser, supongo. En Inglaterra no hay muchas iglesias ortodoxas. Ninguna, de hecho. Supongo que, si Thomas quiere, algún día llevará a Aine a la iglesia.
—Eso es demasiado despreocupado —negó Alice con una marcada desesperación—. Es importante que crean en algo.
—¿Por qué? —Marinett se cruzó de brazos—. Es solo una religión.
—Porque es la base de creencias de tus hijos, la forma en la que llevarán su vida. La religión es una parte fundamental de la existencia —dijo Alice, cada vez más exaltada.
—Vaya, Alice. Cuando se trata de algo como esto, nadie te gana —sonrió Katherine—. Espero salir sana de este encuentro. Mis hijos son anglicanos gracias a su padre y a mí, que al final adopté esa religión.
—¿Tú no eras católica, Katherine? —preguntó Alice.
—Nací siéndolo, pero desde niña la abuela me llevaba a la iglesia anglicana y comencé a acostumbrarme. Más aún cuando me casé.
—Bueno, lo que en realidad me interesa —interrumpió William aquella pequeña batalla campal— es el motivo de su visita.
—¡Eres el padrino y lo olvidas! —se quejó Giorgiana, dejando de lado su panqueque para recriminarlo con los ojos.
—El bautizo —sonrió Alice—. No lo olvidamos, Giorgiana.
—En realidad sí lo olvidé, lo lamento —dijo William, jugando a todas luces con su hermana mayor.
—¡Te quito el título! ¡Desgraciado! ¡Sinvergüenza!
—Se hace tarde —interrumpió Alice la sarta de palabras altisonantes de Giorgiana—. Desayunemos para ir a la iglesia de una vez.
—Ya qué.
La pelinegra se cruzó de brazos y William sonrió.
Ver a su familia reunida siempre era una alegría inimaginable, eran los únicos con quienes mostraba su sonrisa sincera y sin tapujos.
Nadie, además de su mujer, sabía cómo era dentro de un ambiente hogareño, para todos, incluso para sus hermanas, era un hombre frío, tozudo y osco.
Lentamente volvió el rostro hacia Alice, su esposa.
Ella sonreía hacia su hermana menor, su pobre mujer se sonrojaba constantemente con las preguntas que Kate le lanzaba sin inhibición alguna, podía imaginarse los temas de interés de su hermana, y sería mejor no meterse entre ellas.
—¿Dónde se ha quedado Charles? —preguntó William a su prima menor, Annabella.
—Se fue junto con los demás. Según él, era mejor librarse de nosotras y dejártelo todo a ti.