Capítulo 11 #4
Simplemente le encantaba, le fascinaba la forma en que ella se desinhibía y se entregaba a él por completo.
—Abre los ojos, Alice —le pidió de un momento a otro, cuando notó que la joven los cerraba para soportar todas las sensaciones.
—No puedo —respondió, apretándolos más—. Gritaré.
Lo explicó con suma vergüenza. Ya en una ocasión no había podido evitar soltar un pequeño grito, lo cual le provocó el azoramiento más infinito.
—Alice —suplicó él de nuevo—. Quiero ver tus ojos.
William, al notar que ella simplemente no lo hacía, dejó de moverse, disfrutando del pequeño reproche que Alice hizo al verse privada del placer.
Frustrada y sin poder conseguir que él continuara, obedeció finalmente.
Abrió los ojos y se encontró con él, con esa sonrisa presuntuosa que lo acompañaba.
William se sintió dichoso y poderoso al ver aquellos relampagueantes ojos fijos en él. Expectantes, inexpertos, deseosos. Su mujer aún se encontraba en su etapa más inocente, por eso hacerle el amor era tan fascinante.
No. Era fascinante porque ella lo hacía así.
Alice era participativa, curiosa, nada tímida cuando el deseo lograba vencer su pudor. Le gustaba tocar, apretarse contra él, pedirle que la besara y buscar sus labios cuando él se los negaba.
Después de alcanzar la cima de la felicidad, la pareja permaneció recostada tranquilamente sobre la cama, sin sueño, solo abrazada, satisfecha y unida.
Alice descansaba sobre el pecho de William, que subía y bajaba al ritmo de su respiración.
Ya no sentía tanta vergüenza de estar desnuda, con el cuerpo pegado al de él y las sábanas apenas cubriendo partes de su piel.
—¿William? —preguntó suavemente—. ¿Estás dormido?
—No.
Él la abrazó más contra sí.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué no fuiste hoy a la inauguración? —preguntó incómoda, tocando distraídamente el vello del pecho de su esposo.
—Resulta que hubo un problema con algunas tuberías cuya instalación estoy promoviendo —dijo con tranquilidad—. Fue extraño, ya que yo mismo las revisé hace unos días.
—¿En las tuberías?
—Sí.
Suspiró.
—Lamento haberte dejado sola.
Le besó la frente.
—Me habría gustado acompañarte.
Ella negó con la cabeza.
—Estuve bien… creo.
—¿Crees?
William sonrió.
—¿Por qué la duda?
Alice se separó del abrazo y se equilibró sobre un codo para elevarse sobre la cama y mirar a su marido a la cara. William la observaba expectante, con aquella ceja inquisidora arqueada.
—Yo…
Bajó la cabeza.
—No me comporté como la esposa del presidente del Consejo.
—¿En serio? —se mofó—. Yo veo que lo haces muy bien justo ahora.
—No bromees.
Alice volvió el rostro hacia la chimenea.
—Me conflictúa no ser lo que se espera de mí.
—Querrás decir lo que ellos esperan de ti —corrigió William—. Yo no te estoy pidiendo que seas alguien más. Según recuerdo, me casé con Alice Miller. No sé a quién quieren presentarme ahora.
—Te casaste con una mujer torpe que no sabe comportarse.
—Me casé con una mujer que me pareció adecuada para mí.
William hizo un movimiento rápido y se posicionó sobre ella.
—Una mujer que me complace, que es hermosa, lista, dulce y buena. ¿No es esa Alice Miller?
—No lo sé.
Alice volvió el rostro.
—Nunca me habían dicho nada de eso.
—Pues qué estúpidos. Porque aquí hay muchos que me han dicho lo mismo, y no dejan de repetirme lo afortunado que soy.
Se encogió de hombros.
—Y dime, ¿te hago el amor de nuevo?
—¡William!
—Eso es un sí.
Y así, comenzó todo de nuevo.
Alice se sentía sofocada, como si el pecho estuviese siendo aplastado bajo una tonelada de tierra.
No podía respirar, pero sí podía oír. Escuchaba esas voces burlescas, el sonido familiar de la risa y del desprecio.
Su madre, que siempre la trató como menos.
Su padre, que nunca la defendió. Los golpes, el menosprecio…
Después, William. Sí. Como una luz en toda la oscuridad en la que vivía. La salvaba, pero entonces aparecían esas letras. Esas cartas que comenzaban a asustarla, tan certeras en lo que decían que le encrespaban los nervios y luego lo veía alejarse.
William se alejaba de ella. ¿Por qué? ¿Por qué la dejaba?
Entonces despertó.
La joven se sentó sobre la cama de un brinco, despertando también a William, puesto que él la tenía abrazada y el brusco movimiento lo sacudió.
—¿Qué? ¿Qué sucede? ¿Estás bien? —preguntó William, incorporándose con los ojos medio cerrados y el cabello desordenado.
—Sí… —susurró ella—. Lo siento. No quería despertarte.
—¿Un mal sueño?
Le tocó el cabello.
—¿Estás bien?
—Sí… Solo… nada. Un poco de agua. Vuelve a dormir. Lo siento.
—No subieron agua esta noche.
William miró la mesa alta que estaba en de la sala de la habitación.
—Iré a la cocina.
—Está oscuro. Deja que te acompañe.
William iba a ponerse en pie, pero Alice lo frenó, colocando una mano sobre su pecho y recostándolo de nuevo en la cama.
—Estaré bien —dijo con impaciencia—. Mañana trabajas temprano.
—No me quitará mucho tiempo ir contigo, Alice. Tranquila.
—Prefiero ir sola —pidió de nuevo.
Pero enseguida se dio cuenta de que aquello sonaba sospechoso, incluso para ella.
—Es que… creo que tengo que hablar con… mi doncella.
—¿Tu doncella? —inquirió él, cada vez más dudoso.
—Sí —dijo nerviosa y avergonzada—. Necesito un remedio para el dolor… de estómago.
—¿Te encuentras mal?
—¡No!
Se sonrojó por lo que estaba diciendo.
—Es algo mensual.
—Ah.
William comprendió entonces.
—Lo siento. Está bien, Alice. Es algo normal. No tienes por qué actuar tan extraño. Estamos casados y lo entiendo.
—Volveré enseguida.
La joven casi salió disparada de la habitación después de colocarse una bata sobre los hombros. Tomó una vela como precaución para no caerse por los pasillos de la mansión, pero lo más importante fue que tomó aquella carta que la señorita Goretti le había entregado.
Alice no fue a la cocina, solo se alejó lo suficiente de la recámara para releer la dichosa nota de su supuesto amigo o amiga.
Hola, hola.
Parece que no todo sale como se espera. Nuestro querido Willy tendrá problemas con tubos de agua. ¿Extraño? No lo creo.
¿Qué se tendrá que hacer para que Willy tenga más a favor y menos en contra? ¿Será que su esposa deberá poner de su parte en la imagen social? Querida Alice, es momento de volverte más fuerte. Sería bueno que estudiaras… “cosas de niños”, ¿verdad, linda?
Con cariño, Una ayuda.
Alice se recargó contra una pared y dejó que sus piernas dejaran de funcionar.
Era impresionante la forma en que todo coincidía con lo sucedido, no podía creer que hubiese pasado en verdad.
Cuando leyó la carta pensó que solo era una mala broma, pero William le había dicho que no pudo acompañarla por un problema con unas tuberías nuevas.
Era extraño que esa persona conociera lo que pasaría.
Prácticamente había evitado que William asistiera a un asunto benéfico para el pueblo, como lo era la inauguración de un hospital. Porque todo hacía responsable de aquella fechoría al remitente de la carta. ¿La persona de las cartas estaba contra William?
Si no era así, entonces parecía estar enterada de todo. Aunque tal vez era solo una casualidad. ¿Sería conveniente decirle a William lo que ocurría? Esa persona parecía seguirlos de cerca. ¿Qué podía hacer?
—¿Alice?
Escuchó la voz del hombre que ocupaba sus pensamientos.
—Will.
—¿Qué pasa?
Él se agachó junto a ella.
—¿Por qué estás en el suelo? ¿Te sientes mal?
—Emm… sí —dijo ella, nada convencida.
—¿Qué te sucede, Alice? Sé que me mientes. No estás mal, lo sé. ¿Por qué me mientes? Sabes que odio las mentiras.
—William…
Lo dijo en un susurro lloroso.
—Estoy asustada.
Se echó a sus brazos.
—¿Por qué?
Él también la abrazó.
—Dime qué sucede y veré cómo solucionarlo.
¿Le diría? ¿Debía decirle?
No.
Por el momento lo tomaría como una casualidad. El tiempo diría. Quizá se cansarían de escribirle. Tal vez solo era un sirviente sin mucho que hacer que disfrutaba gastándole una broma a sus patrones.
Sí. Era eso. No había nada de qué preocuparse.
—Yo… nada. Me siento mejor.
Comenzó a ponerse de pie.
—Solo fue la pesadilla. Sí, eso creo. ¿Vamos a la cama?
—No me mientas, Alice.
William se puso en pie con lentitud.
—¿Qué te asusta?
—Nada. En serio. Fue una tontería de niña.
Le quitó importancia.
—Vámonos.
—Sabes que puedo ayudar.
Le tomó la muñeca para que no se fuera.
—Busco que estés bien. Si algo te incomoda, puedes decírmelo.
—Solo quiero dormir. ¿No tienes sueño? —preguntó ella con tranquilidad—. ¿Puedes abrazarme al dormir?
—Sí puedo. Pero no abrazo a personas que me ocultan la verdad.
—No hago eso —aseguró—. ¿Vamos a la cama?
William la desafió con la mirada, pero gracias a la oscuridad y a que la única fuente de luz era una pequeña vela, la expresión fría e inquisitiva del marqués no logró intimidar a la joven.
De hecho, aquella intimidad entre ellos le daba valor para hacer cosas que normalmente no hacía.
Como tomarle la mano y guiarlo de regreso a su habitación para volver a dormir, en la comodidad de la desnudez y el abrazo mutuo.
—¡Es imperdonable! —gritaba la señora Pakins con una energía que volvía loca a la exhausta Alice—. ¡Excelencia, por favor!
—Quiero que la dejen dormir —repitió la voz de William.
Era de día.
Alice se dio cuenta de ello y supuso que seguramente ya estaban preparándole el tedioso itinerario de aquel maldito día.
Solo gracias a que William se los impedía no estaba despierta todavía.
Agradecía la cordialidad de su marido, pero al mal tiempo había que darle prisa, y era mejor afrontar el día con buena cara.
—¡Señora Pakins! ¡Ya despertó! —la acusó Sandre.
—¡Oh, gracias al cielo!
La mujer se acercó con un periódico en la mano.
—Mire.
Le enseñó la primera plana.
—¿Ve quién está ahí?
Por todos los santos, pensó Alice, abriendo mucho los ojos. Soy yo. Alice arrebató el diario de las manos de la mujer y leyó el titular.
La esposa del presidente del consejo se gana al pueblo
¿Eso se consideraba bueno o malo? Podía debatirse. Pero, en realidad, que una mujer apareciera en el periódico nunca era un buen indicio. Las mujeres no debían llamar la atención de esa manera tan escandalosa, como si hubiesen cometido alguna fechoría.
Alice buscó rápidamente la mirada de su esposo.
William estaba completamente vestido, de pie junto a la cama, con los brazos cruzados y una mirada… ¿Divertida?
—En verdad lo siento —se disculpó la joven.
—¿En serio?
El hombre se acercó y se inclinó hacia su oído.
—Primero, querida —susurró divertido—, te recomiendo que pongas algo sobre tu deliciosa piel, si no quieres que Peter se desmaye y yo me vea obligado a matarlo porque ha visto algo que solo es mío.
La joven miró hacia abajo y se dio cuenta de que, de milagro, la sábana cubría parte de su cuerpo desnudo.
Daba gracias de que una de esas partes fueran sus senos.
Alice se avergonzó tanto que sintió que la cabeza le iba a explotar.
Lo único que se le ocurrió fue cubrirse por completo hasta la cabeza.
—Ya llegará el momento de hablar —dijo William, mirando al gentío dispuesto a regañar a su mujer—. Nos veremos en el desayuno.
—Inaudito. Una marquesa de Charpentier en primera plana —se quejaba la señora Pakins—. ¡No bajo mi cargo! ¡Dios me ampare!
Cuando la puerta se cerró, Alice salió de su escondite y miró de muy mala manera a su marido.
—¿Por qué los dejas entrar cuando yo…?
—Estabas dormida y cubierta. El problema es tu desinhibición al despertar —se mofó él.
—¡No soy desinhibida!
—Bueno —aceptó—. Digamos que estás conforme con tu cuerpo.
—No es así —replicó ella, cada vez más molesta.
Pero entonces sus ojos volvieron a topar con el periódico.
—Es un artículo interesante —dijo William al verla leer el titular.
—En serio lo lamento. Te dije que no sabía si arruiné todo.
—Que yo recuerde, dijiste: “Estuve bien… creo”.
—Sí, pero dije que no me comporté como la esposa del presidente del Consejo —recordó la joven.
—En todo caso, no me molesta nada de lo que dice ahí.
Señaló el periódico.
—Léelo y júzgalo tú misma, por el momento, tengo que irme.
William se acercó y besó los labios de su esposa, demorándose más de lo esperado.
—¿Te veré en la cena? —preguntó ella, esperanzada.
—Sí. Y en la cama después de eso.
Su esposo salió de la habitación con una pequeña risa al notar el mohín de Alice. La joven sonrió al darse cuenta de lo feliz que la hacía. Pero… ¿Ella lo hacía feliz a él?
Bajó los ojos al periódico y leyó un poco del contenido:
La esposa del presidente del Consejo se caracterizó ante el público como un alma caritativa y cercana al pueblo.
La prestigiosa dama no dudó en inclinarse ni en ensuciar su costoso vestido para cargar a los niños más pobres de nuestro país.
En definitiva, esta señora es un ejemplo de humanidad y humildad.
Esperamos ver más de la “mujer del pueblo”, como muchos comenzaron a apodar a esta hermosa y dulce dama, quien, junto a su esposo —siempre calculador, justo, innovador y comprometido con el bien social—, promete impulsar cambios positivos en una sociedad tan retrógrada como la nuestra.
Alice sonrió. No lo había hecho tan mal.