Capítulo 11 #3
—Habla como si fuera lo peor del mundo que esté casada conmigo. Le aseguro que la trato a la perfección.
—Una mujer no solo necesita buenos tratos, señor Charpentier —dijo el hombre—. Una dama como la que usted guarda en casa espera cariño, constancia, amor e interés. Por lo que sé, usted es un hombre frío, duro, intransigente. Ella es un alma pura. Seguro está sufriendo.
—Me daría cuenta.
—No está mucho en casa, señor —le hizo ver Harnett—. Pero le aseguro que la joya que usted guarda en casa sigue en exhibición.
William observó cómo el hombre era conducido por un mozo hacia la cámara del Senado. Pero antes de entrar en la enorme habitación, Harnett se atrevió a lanzar una última estocada:
—Suerte en el debate.
A William no le hizo ninguna gracia.
No le resultaba divertido pensar que su esposa estuviera siendo observada por otros hombres. Ese viejo de Harnett solo quería enervarlo. Estar con él no podía ser tan complicado como lo describía.
Era como si hablara de alguna clase de monstruo con el que nadie querría compartir sus días.
—¿Estás listo, William?
Le tocaron el hombro con afabilidad. Los ojos del marqués se despegaron del lugar por donde había desaparecido la silla de ruedas y se fijaron en la figura que se imponía frente a él.
—Ese maldito de Harnett sabe cómo meterme ideas en la cabeza.
—No creo que tengas problemas con tener una o seis cosas en mente. Conociéndote, justo ahora, mientras hablo contigo, estás pensando en los puntos del debate y en hacerle el amor a tu esposa al mismo tiempo.
—Me sobreestimas.
—Eso me gustaría creer.
Asher sonrió.
—Pero siempre he admitido las virtudes de mis contrincantes y de mis favorecedores. Así que no puedo mentir cuando se trata de eso.
—En todo caso…
William comenzó a caminar.
—Creo que saldrá bien. Hablaré del nuevo sistema de riego. También propondré los salarios y las oportunidades para las niñas.
Suspiró.
—Lo último es lo que más me conflictúa.
—Lo aceptarán. Con el tiempo se darán cuenta de las oportunidades que esto ofrece a sus hijas.
—Dudo que quieran ver a la mujer más independiente —negó William—. Pero intentémoslo, en todo caso.
—Vaya —se burló Asher—. Es la primera vez que no te oigo decir con seguridad que lo lograrás. Es extraño en ti.
—Tengo otras cosas en mente, pero lo haré.
—Bien. Eso espero, porque nuestro día no acaba aquí.
Asher se mostró conflictuado.
—Giorgiana ya debe de estar organizando el evento del hospital.
—Buscará sacar beneficios para el orfanato mientras hacemos la inauguración del hospital —comprendió William rápidamente.
—Conoces a tu hermana.
—No tanto como tú —aceptó William—. Pero era de esperarse.
Los dos hombres se separaron al momento de entrar.
Sería una larga y tediosa sesión de tira y afloja con los senadores. Era una ardua tarea ponerse de acuerdo, y mientras ellos deliberaban, el pueblo esperaba con la esperanza de cambios positivos para el país.
—¡No podemos simplemente darles a los campesinos más probabilidades de rebelarse! —exclamó uno de los senadores.
—El senador Valsit tiene razón —concordó otro—. Sería darles armas.
—Se estarían defendiendo de una injusticia —dijo William, estresado después de tres horas de deliberación—. Los campesinos no deben ser incultos solo porque algunos quieran aprovecharse de ellos. Tienen derecho a una oportunidad.
—¿Oportunidad, presidente del Consejo? —cuestionó el señor Harnett—. Esos hombres no entienden. Les daremos un poco de conocimientos y pensarán que pueden comerse el mundo.
—Se trata de prosperidad —señaló William—. Si nuestra gente piensa, nuestra ciudad y nuestro país sobresaldrán entre los demás. Seguiremos siendo potencia.
—Siempre hemos sido potencia, presidente del Consejo —señaló otro senador—. Y eso que durante mucho tiempo fuimos un pueblo sometido a la monarquía.
—Así es. Somos una república innovadora en muchos sentidos.
William caminó frente a todas aquellas caras acomplejadas.
—Por esa razón no podemos quedarnos atrás.
—¿Y sugiere que la prosperidad viene de los aldeanos?
—No.
William negó lentamente con la cabeza.
—De la educación, de la visión, de la cultura, de la innovación y, señores, eso no se logra con unas pocas mentes. Mientras más seamos los pensantes, más mejoras habrá.
—Céntrese, presidente del Consejo —se quejó Harnett.
—Eso hago.
William lo señaló con un dedo enérgico.
—El pueblo está ansioso por sentirse partícipe. Por sentirse importante e inteligente. Démosle esa prerrogativa.
—Señor presidente, ¿qué tiene que decir?
Asher seguía sentado en su silla alta y conmemorativa. Observaba a todos con una mirada escudriñadora, meticulosa y escalofriante. Muchos se sentirían intimidados, de hecho, muchos lo hacían; pero, en comparación con la mirada del presidente del Consejo, la del presidente era casi seda.
En definitiva, eran dos hombres a quienes se debía respetar y frente a quienes se debía proceder con cierto cuidado.
Asher se puso en pie y caminó un poco, mostrando la confianza de quien se sentía cómodo siendo el centro de todas las miradas. De hecho, el movimiento que realizaba tenía justamente ese propósito: llamar la atención de los presentes.
—Una década, señores —dijo al fin—. Estamos en una década de cambios.
No solo para Francia, sino para el mundo entero.
¿Qué viene? Se preguntarán muchos. La verdad es que nadie lo sabe con certeza, pero algo grande se aproxima.
Algo inmenso. El siglo se encamina hacia su cierre, y los años que vienen no tendrán piedad con quienes se nieguen a mirar hacia adelante.
El mundo está cambiando. El hombre está cambiando.
Asher miró a los hombres casi individualmente.
—Señores, piensen en el futuro. No solo en lo que les funciona ahora o en lo que les funcionó antes.
Tenemos que abrir la mente para no quedarnos rezagados.
Esa es mi única y sincera petición. No tengo más que decir.
Creo que el Senado está cansado y yo aún tengo asuntos que atender, dejemos esto para la siguiente reunión.
Los hombres agradecieron aquel merecido descanso después de cinco horas aprobando leyes, contabilizando insumos, hablando de posibles relaciones políticas y de conflictos internos.
William estaba exhausto y lo estaba aún más al recordar que su día todavía no terminaba.
A lice comenzaba a quitarse aquel hermoso vestido de gala que Antoine y Celio se habían empeñado en comprarle.
La joven esposa había asegurado que su marido la asesinaría en cuanto la viera con el vestido puesto, pero William jamás llegó a la apertura del hospital.
El presidente sí lo hizo, al ser el encargado, era prácticamente necesario que estuviera presente, pero su marido se había visto retenido por un asunto urgente al que le dieron prioridad sobre la inauguración. Ella estuvo allí para representarlo, aunque no sabía si lo había hecho bien.
Alice era una persona profundamente humana.
Para ella, la interacción con la gente lo era todo.
Por ese motivo, cuando todos los nobles pasaban a ver las instalaciones y juzgaban si habían invertido bien su dinero, Alice se acercó a la gente que cubría el resto del perímetro, muchos eran solo curiosos.
Otros, la gran mayoría, eran personas agradecidas por el servicio a la comunidad. Resultaba beneficioso tener más de un hospital en casos de emergencia.
A pesar de que la regañaron e intentaron llevarla al lugar honorífico que le correspondía como esposa del presidente del Consejo, Alice se negó a separarse de aquella pobre gente que la miraba con admiración por acercarse a ellos, acuclillarse a la altura de los niños, jugar, besar mejillas y cargar pequeños sin importar que estuvieran sucios, enfermos o malolientes.
Solo esperaba no haber avergonzado demasiado a William.
En ese momento, la puerta de la recámara se abrió.
La joven cubrió de inmediato su desnudez con los brazos. Esa noche había decidido desvestirse sola, y justo entonces alguien entraba en la habitación como si nada sucediera.
De hecho, se estaba convirtiendo en una costumbre terrible de sus “damas de compañía”.
—¡Dios! ¡No se puede! —gritó, dándole la espalda a la puerta para cubrir mejor su cuerpo.
—No creo que sea un problema para mí.
William cerró la puerta.
Alice abrió los ojos de par en par, no fue necesario verse en un espejo para saber que estaba roja como un tomate.
—William, ¿p-po-podrías volverte?
—No lo creo.
Él se acercó y delineó su espalda desnuda con la yema de los dedos.
—No es la primera vez que veo tu cuerpo.
—Por favor, William —pidió ella, todavía más avergonzada.
—Alice, eres mi mujer, no pasa nada si veo tu cuerpo desnudo.
El hombre rio, pero la joven no estaba dispuesta a ceder.
—En ese caso, por favor, pásame mi bata.
—Prefiero que te quedes así.
Se quitó la chaqueta.
—Estoy deseoso de volver a hacerte el amor.
—William… por favor, me da vergüenza.
William la abrazó a pesar de que ella cubría su cuerpo con los brazos y ocultaba el rostro entre las manos. El marqués besó los hombros blancos y descubiertos de su esposa.
—¿Por qué? —murmuró mientras subía por su cuello—. Es mejor saber que te deseo a que no lo hago.
—¡No quiero oírlo!
—¿Entonces no me deseas?
Lo dijo juguetón. Sabía que Alice lo deseaba, pero le agradaba hacerla rabiar, porque no era usual verla en ese estado.
—¡No es eso!
—Entonces eso quiere decir que sí lo haces.
Alice destapó su rostro y se volvió hacia él con un pequeño mohín, aún con los brazos cubriendo sus senos expuestos.
—Te encanta avergonzarme —dijo con los ojos entrecerrados.
—Sí —aceptó el hombre.
La tomó en brazos para depositarla sobre la cama y comenzar a besarla.
William pensaba que era afortunado. Alice era hermosa.
Su cuerpo parecía haber sido moldeado solo para él.
Escucharla suspirar, sentir sus manos rozando su piel, besar sus labios cuando se empecinaba en morderlos para reprimir sonidos… Todo.