Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

La saludó de la misma manera seca y rápida que a su madre, volviéndose nuevamente hacia el mayordomo, sin siquiera acercarse a las recién llegadas.

La joven no se sintió dolida o más bien curiosa por saber qué situación lo había puesto de tan mal humor, pero quien sí se ofendió fue la madre del hombre, quien rápidamente dio paso a las quejas.

Alice estaba a punto de avanzar hacia la casa cuando, de pronto, entre el pasar de sus queridas damas de compañía, Goretti se detuvo frente a ella y la miró indecisa, como si dudara de su proceder.

—No sé de dónde viene esto, lady Charpentier —dijo con voz entrecortada y muy baja—, pero espero no estar haciendo un servicio que no beneficie a mi señor.

—¿A qué te refieres?

La joven, como toda respuesta, metió la mano en su manguito y rebuscó un poco antes de sacar una carta, una que Alice reconoció enseguida, no lo comprendía, había recibido una esa misma mañana, ¿Por qué debía tener otra?

—Tiene su nombre de soltera, excelencia —observó Goretti—. Si alguien no está enterado de que está casada, sería bueno recordárselo.

—No sé qué insinúas, Goretti —dijo Alice, algo molesta—. Pero todos mis conocidos saben que estoy casada.

—Entonces, ¿por qué mandarían una carta de esa forma?

—Puedes retirarte, Goretti —dijo Alice con expresión seria.

Respiraba con fuerza. Solo esperaba que esa mujer no comenzara a divulgar algún rumor infundado con semejante suposición, la persona que le enviaba esas cartas comenzaba a desquiciarla, ¿Cómo se le pudo ocurrir mandarla por medio de una mujer como Goretti?

Pero… tal vez… Sí.

Tal vez Goretti había visto a quien la trajo.

Alice alzó la mirada y buscó a la muchacha, pero esta ya había desaparecido, tal como ella misma le había ordenado.

Apretó el sobre en la mano, lastimándose un poco con los bordes. Se dio cuenta de que su suegra seguía quejándose, seguramente con ella, pero apenas le había prestado atención. Así que decidió ser educada y escuchar lo que Alana decía.

—¡Este hijo mío! —exclamó la antigua marquesa—. ¡Qué manera de saludar a las dos mujeres más importantes de su vida! ¡Dios me guarde!

—Lo siento, madre.

William rodó los ojos, bajó las escaleras de la mansión y se acercó a su progenitora para depositar un beso en su mejilla.

—¡Nada de “lo siento”! —Alana se cruzó de brazos—. Respétame.

William sonrió muy levemente al escuchar la réplica de su madre, escondiendo con sabiduría aquella burla en el beso que depositó luego en los labios de su esposa.

—Hola —la miró a los ojos.

Aquella palabra fue cálida y electrizante en el cuerpo de la joven.

—Hola —saludó ella de nuevo, con un pequeño sonrojo.

Ambos se internaron en las profundidades de los pensamientos del otro con la misma resolución. Se deseaban y en ese momento, al descubrirlo, no cabía otra cosa en sus cabezas, ni siquiera las constantes réplicas de la antigua marquesa.

—…Déjame recordarte, William, que yo te di a luz. Por lo tanto, no debes ignorarme cuando te hablo.

—Sí, madre, tienes razón.

Will despegó los ojos de los de Alice y prestó atención a Alana.

—Sé quién me trajo al mundo, tranquila.

Alice se sorprendió de que él lograra captar algo de lo que su madre decía mientras estaba distraído con ella. Con vergüenza, podía asegurar que ella apenas había escuchado un zumbido sordo detrás de la oreja. No habría sido capaz de captar una sola palabra de su suegra.

Nuevamente pudo admirar a su marido y su famosa capacidad para atender varios asuntos a la vez y no olvidar absolutamente nada.

De hecho, Alice siempre medía muy bien sus palabras. Sabía que, si algún día peleaban, William recordaría santo y seña de lo que ella dijo, hizo e incluso de lo que llevaba puesto aquel día específico.

Era intimidante, pero tendría que sobrevivir con ello.

—¡Ay, este hijo mío! —negó Alana—. Bueno, al menos dame algo de comer, desagradecido.

—Sí, madre. El desayuno está listo —dijo, invitándola a pasar.

—Mal harías —negó mientras subía—. Este tonto hijo mío.

William meneó la cabeza de lado a lado para después fijar la vista en su esposa, quien lo miraba con la cabeza ladeada y una pequeña sonrisa disimulada.

—Te irás —dijo ella en una entonación dulce.

William se sorprendió al darse cuenta de la capacidad que tenía Alice para comprenderlo.

No muchas personas podían adivinar sus movimientos o comentarios, pero tal parecía que su esposa comenzaba a desarrollar una habilidad no tan agradable para él, seguramente era por la constante convivencia entre ambos, pero no porque fuera su esposa significaba que le agradara que supiera lo que pensaba.

William era un hombre reservado, pensaba antes de actuar o decir las cosas y que alguien lo descubriera nunca sería de su agrado.

—Surgió un inconveniente que debo atender personalmente.

—Lo suponía —asintió la joven—. Yo se lo diré a tu madre.

—Te lo agradezco.

Le tocó la mejilla.

—Te veré en el evento más tarde.

William comenzó a caminar hacia la carroza de la cual Alice y Alana habían descendido.

La joven, al darse cuenta de que tal vez no lo vería en mucho, mucho rato, decidió seguir lo que su instinto le dictaba. Corrió hacia él, lo tomó del brazo antes de que pudiera poner un pie en la carroza y lo atrajo hacia un beso inesperado que descolocó a William.

Solo por unos segundos.

Después, el hombre la atrajo hacia sí, apretando el cuerpo de Alice contra el suyo, internando la lengua en aquella cavidad cálida y dulce que ella le ofrecía, deseando desnudarla y tomarla nuevamente.

—Tengo que irme —le dijo entre besos—, pero parece que te propones hacerme quedar y no dejarte salir de nuestra habitación.

La joven se sonrojó y bajó la cabeza.

—No, lo siento —se separó de él—. Sé que tienes que marcharte.

William se permitió darle otro beso antes de subirse a la carroza.

—Por cierto, Alice —la llamó cuando la joven ya había pisado el primer escalón—. Tenemos visitas, espero no incordiarte demasiado.

—¿Qué? —preguntó alterada—. ¡William!

Le gritó cuando la carroza comenzó a avanzar, alejándose de ella. La joven dejó salir un resoplido nada femenino y cerró los ojos; lo último que quería eran más visitas.

—Su excelencia —llamó el mayordomo que atendía la entrada—. Pase, por favor. La esperan en el comedor.

Alice miró al hombre con desgana, pero no podía hacer nada.

Comenzó a subir los escalones lentamente, holgadamente, sin entusiasmo alguno por llegar. Aquello hizo sonreír al hombre que aguardaba en la puerta.

—No se preocupe, excelencia —le dijo el mayordomo mientras la encaminaba al comedor—. Verá que la señorita Quilet no es tan mala compañía.

—¿Quilet?

Repitió el apellido en voz alta, no podía ser, William no podía dejarla en la casa con las personas que habían dañado tan profundamente a su hermana mayor. La pobre Gigi se las había visto negras gracias a la familia Quilet… y Johnson.

—Sí, su señoría. Ella solía venir mucho con anterioridad.

—¿A esta casa? —preguntó, incrédula.

—Sí. A ver al amo William.

—William… —susurró para sus adentros.

No era ninguna buena señal.

Aunque dudaba terminantemente que William se… enredara con personas que habían hecho sufrir a su hermana de manera constante.

Pero, al fin y al cabo, era un hombre y a los hombres se les perdonaba todo, eso era lo que su madre siempre le decía.

En fin, su día continuaba y aún tenía que ir al orfanato y recibir aquellas visitas a las que ya empezaba a desear despedir.

P or su parte, William se sentía culpable de dejarle toda la carga a su esposa. Aunque no era su intención, las cosas habían resultado de aquella forma, y solo esperaba que Alice pudiera soportar ese mal rato. Ya se disculparía después.

También esperaba que Marcela Quilet no le metiera demasiadas ideas en la cabeza.

Sería difícil descubrirlo, puesto que Alice no hablaba demasiado de sus sentimientos ni de sus pensamientos.

Deseaba verla de nuevo, en realidad, no tenía mucho tiempo libre para disfrutar con ella y justo ahora, cuando se conocían íntimamente, esa separación se asemejaba a una agonía de sangre.

—Presidente del Consejo —le llamaron—. Esperamos su respuesta.

Era un hombre grande, gordo y feo. Igual a cualquier corrupto con los que William solía enfrentarse.

Francia tenía que mejorar en muchos aspectos y, aunque el presidente y el presidente del Consejo pesaran casi igual en poder, todavía había todo un Senado que convencer.

En ese momento, en Versalles, se desataba una nueva disputa entre los conservadores y “los de la nueva era”, como comúnmente los llamaban aquellos viejos senadores.

—Lord Millentmont —lo llamó una voz gruesa, burlona y conocida.

William volvió el cuerpo, dejando con los papeles extendidos al muchacho que hacía de secretario para él.

Por el enorme pasillo del elegante, lujoso y excesivo palacio de Versalles, se adelantaba un hombre en silla de ruedas.

No por eso lucía menos imponente. Su mirada era tan ávida como la de una debutante.

—Lord Harnett —saludó William al viejo senador—. Me complace verlo tan mejorado.

El hombre soltó una risotada y lo señaló con un dedo inquisidor.

—Sigo en esta silla de ruedas, muchacho, pero aun así no me ganarás en una disputa política.

—No esperaba menos de usted —negó William.

—Hablando de algo menos pesado, ¿dónde está esa esposa vuestra?

Miró alrededor.

—¿Será que la ha traído a pasear por Versalles?

—Lamento contestar con una negativa —dijo William—. Mi esposa tuvo que quedarse en casa atendiendo una visita.

—Es una lástima.

El hombre decayó.

—En realidad me hace feliz ver una cara tan bella y un alma tan bondadosa. Sobre todo en una cuna de lobos como estas reuniones.

—La traeré otro día, en ese caso.

—No trate de ser complaciente —lo acusó Harnett—. Solo tráigala si ella quiere. Y, por favor, dígale que le deseo suerte.

—Le pasaré su mensaje si me dice por qué le desea suerte.

—Está casada con usted, ¿o no?

Sonrió.

—Necesita más suerte que un hombre en una guerra.