Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 11
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Capítulo 11

E ra terrible! Sí, eso era lo que cualquiera pensaría después de aquel inicio de itinerario.

Alice Charpentier, marquesa de Millentmont, ya comenzaba a ser conocida como una dama que no sabía comportarse en un ambiente social francés, aunque, para ser sinceros, tampoco había sido tan bien recibida en el británico.

La hora del té con su suegra había sido un acontecimiento… interesante. Sí. Siempre que Alice asistía a una velada, comida, conmemoración o cualquier evento social, las palabras que lograban definir los acontecimientos eran: interesante, diferente, extraño, extravagante, peculiar.

Disfrazando, claro está, palabras como: terrible, abominable, deshonroso o directamente demencial.

La joven no podía sentirse peor. No, esperen. Sí podía. Porque sus fieles instructores no la dejaban en paz ni un segundo, justo como en ese momento, en el que todos la regañaban, indignados por su conducta y su falta de modales.

—¡Eres especialmente torpe al comer! —le decía Celio.

—¡Descuidada al hablar! —la reprendió la señora Pakins.

—No te sentaste en el lugar adecuado —negó Goretti.

—Ni conversaste sobre nada de relevancia —apuntó Sandre—. Por no decir que no dijiste nada en absoluto.

—Y, para colmo, te caíste —remató Antoine.

Tal parecía que las fuerzas se habían unido.

Al inicio, la situación había sido muy diferente, los dos grupos de ayuda se odiaron a primera vista, pero cada vez que Alice cometía un error, parecían hermanos, o incluso los mejores amigos.

Ninguno se limitaba a regañarla y señalar sus errores más resonantes, que no eran pocos.

La verdad era que tenían razón en cada una de las cosas que le reprochaban, pero nada podía hacer Alice ahora que ya había cometido tontería tras tontería.

Aun así, todo el grupo seguía discutiendo cada parte de aquel dichoso momento del té. Incluso intercambiaban fragmentos de la historia y se ayudaban a completar las frases.

—Bueno, chicos —interrumpió la madre—, no ha estado tan mal.

—¡Es usted demasiado indulgente, marquesa! —negó Celio—. Si la dejamos, se seguirá comportando mal.

—Hablas como si fuera un perro de nuevo, Celio —le hizo ver Alice.

—¡Mi Charter se comporta mejor que tú! —exclamó el hombre, ofendido por la comparación con su mascota.

—¿No se llamaba Heltrud? —preguntó Alice.

—Ese ya murió —negó Antoine—. A Celio o se le mueren o se le escapan. Quizá se dan cuenta de su larga lista de crímenes caninos.

—¡No seas cruel! —lloriqueó Celio—. ¡Mi pobre Heltrud apenas podía comer bocado!

—Te lo dije mil veces —Antoine se tocó el puente de la nariz—: un perro no disfruta del vino con mariscos.

—¡Qué poca finura de paladar! ¡Creí que Heltrud era diferente!

—Intento que no encuentre más —susurró Antoine al oído de Alice—, pero de vez en cuando aparecen víctimas voluntarias que, al poco rato, se dan cuenta del error.

—Bueno, hablando de Alice…

Alana tomó las manos de su nuera con ternura.

—No te preocupes, querida. Nos hemos divertido mucho.

—A tu costa —se burló Celio.

—Lo cual no debería ocurrir con la esposa del presidente del Consejo y de un marqués —agregó la señora Pakins.

—Sois muy duros —negó Alana—. No es para tanto. Solo era el té con un montón de viejas aburridas como yo.

—No creo que sean aburridas —dijo Alice en voz baja—. Solo… no se me da muy bien la conversación.

Alana sonrió y le tocó el hombro con cariño.

—Tiempo, querida. Todo requiere tiempo. Es normal. No llevas mucho hablando francés. Cuando uno empieza, el vocabulario se acaba demasiado pronto.

—Sabría más vocabulario si se pusiera manos a la obra —la reprendió Sandre.

—¡Se acabó! —dictaminó Alana—. Le destruirán el ánimo, la cabeza y hasta el corazón si le repiten todo el día lo que hizo mal.

—En eso tiene razón la viejita —aceptó Celio.

—Sí —asintió Antoine—. ¿Por qué no le decimos lo que hizo bien?

—En realidad —interrumpió Alice—, preferiría saber qué sigue.

—¿Qué sigue? —se adelantó la señora Pakins—. ¿De qué habla?

—De mi itinerario —dijo Alice, con un poco de enfado.

Era tan obvio a qué se refería que le molestó el supuesto desentendimiento de la mujer.

—¿Qué hora es? —preguntó la señora Pakins, avergonzada por no haber captado algo tan simple.

—Van a ser las tres —dijo Antoine después de mirar su reloj.

—¡Tres! —gritaron las tres mujeres que llevaban la agenda.

—¡¿Qué pasa, por Dios?! —Alana se tocó el corazón.

—Se suponía que el marqués la esperaría a las dos en el castillo.

Alice rodó los ojos. La única cita a la que realmente quería asistir, y era justo a la que aparentemente faltaba. No podía creerlo, tal vez, cuando llegaran a casa, William ya se habría marchado de nuevo.

Era una existencia triste o más bien un día difícil.

—Intentemos llegar a tiempo, entonces —pidió Alice, apurando el paso hacia el carruaje.

—Aceptaré, aunque no esté bien decirlo con tan poca antelación.

Alana movió una mano como si fuera un abanico, pero siguió a su nuera por el pasillo que conducía hacia la puerta.

Sus cinco acompañantes tampoco se quedaron atrás. No tardaron ni un segundo en seguirlas, seguramente con el mismo destino. Alice, en realidad, no le dio demasiada importancia. Unas cuantas bocas más en la casa de Millentmont no serían una molestia.

Pero entonces lo recordó.

—¡No!

Se detuvo en seco y se volvió hacia el grupo, que soltó un pequeño grito al casi chocar con ella y hacerla caer.

—¿Qué? —se molestó Antoine—. ¿Nos quieres hacer caer a todos?

—No, lo siento —dijo alterada—. Pero… Celio, Antoine…

Bajó la mirada, incapaz de lanzar una mentira con naturalidad.

—N-no tengo vestido para… para la apertura del hospital.

—¡Que no tienes…!

Celio inhaló aire para controlar la voz.

No lo logró.

—¡¿CÓMO QUE NO TIENES PENSADO QUÉ TE PONDRÁS?!

—¡Lo siento! —Alice levantó las manos, intentando no ser golpeada por las ligeras palmadas de Celio y Antoine—. Yo ni siquiera sabía que debía inaugurar algo.

—¡Descuidada! ¡Torpe! ¡Distraída! —negaba Antoine.

—Lo resolveremos. Iremos con Gi para ver qué logramos —decidió Celio—. Bizcocho, prepárate para tu reprimenda después.

Las mujeres se quedaron con los ojos abiertos por la libertad con que los dos muchachos le hablaban a la marquesa. Era como ver a dos padres con su hija pequeña, incluso peor, puesto que no era normal que se le gritara de aquella forma tan coloquial a una persona, mucho menos a una noble.

—Su excelencia, nosotras elegimos un vestido que podría servirle —le hizo ver Sandre.

—Lo sé, pero seguro que ellos lo desaprobarían y…

—Y a mi hijo no le gustará saber que estuviste con ellos nuevamente —descubrió Alana.

—No es eso… yo, en realidad…

—Lo conozco —Alana levantó una ceja, silenciando las réplicas.

La joven, al verse enfrentada a la madre de William, no pudo más que asentir. Era verdad. No había nadie que lo conociera mejor que su madre, al menos en lo referente a su carácter.

—No puedo deshacerme de ellos —dijo Alice—. Son mis amigos.

—Y las personas que te están ayudando a mejorar, según sus propios estándares.

—No soy la esposa perfecta.

—Lo sabemos —replicó la señora Pakins, llamando momentáneamente la atención de los presentes.

—Pero intento serlo —agregó Alice, regresando la mirada a su suegra—. Y por eso no puedo simplemente desecharlos.

—Te diré algo, hija.

Alana le tocó cariñosamente el hombro.

—Eres perfecta para él. Tú eres todo lo que a mi hijo le falta. William es un hombre osco, tozudo, de modales impecables, impenetrable, imponente y estoico. Pero le hace falta sentir. Darse cuenta de que es un ser humano con emociones y con personas capaces de hacerlo perder el control.

—Sus hermanas lo sacan de control —apuntó Alice.

—No es lo mismo —negó Alana—. Eso era casi una obligación para él. Pero tú… tú eres su esposa. Te respeta y, poco a poco, te querrá más que a cualquier mujer.

Alice miró hacia el horizonte. Lo dudaba. William podría llegar a respetarla, tal vez incluso a querer a los hijos que ambos engendraran. Pero a ella… No. No era necesario desarrollar cariño hacia la madre.

Bien se sabía que las mujeres no tenían demasiada validez para los hombres, y los nobles eran especialmente impertinentes en aquel sentido. Era normal que tuviesen… amigas especiales.

Alice posiblemente moriría de tristeza si se enteraba de que Will…

—No te hagas ideas, linda —Alana la devolvió a la realidad—. No sabes qué piensa o siente. ¡Nadie lo sabe!

—Sí —murmuró Alice—. Supongo que no es fácil saber qué piensa.

En ese momento llegó el carruaje. Nuera y suegra subieron rápidamente, dejando la otra carroza para las damas de compañía de la marquesa. No hablaron demasiado durante el camino y si lo hicieron, fue de asuntos tan triviales que pronto pasaron al olvido.

La casa Millentmont no quedaba muy lejos de la que los padres de William habían comprado en una zona céntrica de la ciudad, por lo tanto, el camino no les llevó más de treinta minutos.

Media hora que, tal vez, a Will lo habría desquiciado.

Una de las características del marqués era su puntualidad y cuando alguien no lo era, normalmente estaba de mal humor. Alice esperaba que no estuviera demasiado impaciente o, en el peor de los casos, que no se hubiese marchado.

Las damas comenzaron a bajar del carruaje y se encontraron con el panorama de William, quien estaba vuelto hacia la casa, hablando animadamente con el mayordomo.

Feliz no estaba, eso era visible a muchos kilómetros de distancia.

—Querido —sonrió su madre, abriendo los brazos para que su hijo se acercara mientras ella caminaba hacia las escaleras, librándose de la tediosa tarea de avanzar entre las piedras sueltas de la entrada.

William volvió la cabeza, mostrando a todos su mirada seria y sus ojos oscurecidos, enervados por alguna razón.

—Madre.

Hizo un asentimiento de cabeza hacia la mujer mayor y después observó a su esposa con detenimiento.

—Hola, William —saludó Alice en una voz queda.

—Alice.