Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Alice bajó la mirada, ignorando los gritos de su cabeza que le decían que no lo hiciera.

William suspiró y se acercó a ella. No podía evitar ser así, pero Alice no tenía la culpa, eso era precisamente lo que los ojos de Peter parecían decirle con desaprobación.

Su esposa era una persona dulce e insegura, una mujer que seguramente se haría mil ideas en la cabeza, lo último que quería era que le tuviera miedo y, por su actitud, eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.

—Lo siento.

Le tocó la mejilla.

—Solo no quiero que tu vida sea más difícil aquí. La sociedad de París es más dura que la de Inglaterra en algunas cosas.

—L-lo entiendo —asintió la joven.

Pero su actitud ya era mucho más seria y sumisa que la que había tenido al despertar; William se recriminó su error.

—Bien. Vamos a desayunar.

Alice y William estuvieron listos al mismo tiempo, pues la doncella de ella, al ver subir al señor Peter, hizo lo mismo con la señora de la casa, suponiendo que estaría de pie junto a su marido.

—¿Desayunarás aquí? —preguntó la joven mientras bajaba las escaleras junto a él.

—Sí, pero tengo que irme cuanto antes —respondió William mientras comenzaba a recibir una que otra carta de su mayordomo.

—De acuerdo.

Alice asintió sin agregar nada más.

William había dejado claro que no quería que fuera nuevamente con Celio y Antoine; pero ella ya había quedado con ellos, tendría que hacer algo de lo que no estaría nada orgullosa: mentir.

—Alice —la llamó su marido por tercera vez.

—¿Sí? —contestó ella, distraída.

—Te preguntaba qué harás hoy.

William levantó una ceja inquisidora.

—Emm… no lo sé. Tal vez ver la casa. No he hecho ninguna excursión para conocerla.

Agachó la mirada porque sabía que era terrible mintiendo, se sentía fatal, tendría que ir a la iglesia a confesar aquel pecado.

En esa ocasión, todo giraba a su favor, pues William dejó de prestarle atención en cuanto comenzó a leer las cartas más relevantes.

—Bien —asintió él distraídamente.

La verdad era que no había escuchado casi nada. Los asuntos que leía parecían ser cada vez más urgentes y requerían su presencia.

—Entonces, que te diviertas.

—¿William? —lo llamó Alice al ver que se dirigía hacia la puerta de entrada y no al comedor.

—Lo siento.

Regresó sobre sus pasos y plantó un beso en la frente de su esposa.

—Creo que al final no podré desayunar contigo.

William leyó la desilusión en el rostro de Alice, por eso sonrió con ternura y le tocó la mejilla.

—Te veré en la comida.

—S-si no puedes… manda una carta.

Bajó los ojos.

—Por favor.

—Es un hecho.

William levantó su barbilla y depositó un beso en sus labios.

—Nos vemos en unas horas.

Alice suspiró y asintió un par de veces al verlo salir por la entrada, no era que quisiera que se marchara, pero justo en ese momento lo deseaba lo más lejos posible de su mentira.

Esa mañana, cuando él casi la descubrió leyendo una de aquellas misteriosas cartas, la joven estuvo tentada a mostrársela y pedirle su opinión, pero lo conocía, seguramente se pondría furioso, haría una revisión de la casa y, si no encontraba nada, todo sería peor, despediría a media servidumbre si eso lo hacía sentirse menos traicionado.

Alice no podía permitirlo.

En primer lugar, porque había gente muy necesitada bajo el yugo de su marido, lo sabía porque había entablado una que otra conversación con algunas empleadas menos rígidas, que se atrevían a hablar con ella; por el momento, las cartas, aunque misteriosas, eran inofensivas, de hecho, solo buscaban ayudarla, al menos en alguna medida, no era nada de qué preocuparse, al menos, eso pensaba ella.

—Excelencia.

Sonrió una de las jóvenes insufribles que no dejaban de perseguirla por toda la casa, deseosas de enseñarle modales.

La mujer que la había atrapado en ese momento era Goretti Fliggt.

—Señorita Goretti.

Alice asintió, pero siguió caminando sin darle mayor importancia.

—Excelencia —la llamó nuevamente, siguiéndola—, la señora Pakins me ha encomendado la tarea de informarle su itinerario.

—¿Itinerario?

—Sí, excelencia. Como esposa del presidente del Consejo y marquesa, usted tiene obligaciones con la sociedad.

—¿Qué tipo de obligaciones?

—Bueno…

La mujer sacó un pequeño cuadernillo con un separador que marcaba el día correspondiente.

—Tiene una invitación al té con su señoría, la madre del marqués…

—¿Con mi suegra?

—Y otras damas de alcurnia, excelencia —apuntó la mujer, prosiguiendo con su lista de deberes—. También debe hacer una visita al orfanato, inaugurar un nuevo hospital junto al presidente…

—Mi esposo no me lo comentó —interrumpió Alice.

—Él no debe detenerse con nimiedades. Usted, al igual que su excelencia, cuenta con personas como yo para recordarle sus deberes.

Alice suspiró.

—¿Qué más?

—Oh, debe visitar a la primera dama —dijo como última orden—. Recuerde que es la madrina del pequeño Lucca.

«Lucca», pensó Alice. Sí, en definitiva, un nombre que no le gustaba y no era para menos, le recordaba aquel fatídico día, cuando estuvo bajo todas esas miradas, bajo aquellas risas ocultas tras la hipocresía y la decencia, filtrándose en sus oídos.

Meneó la cabeza para despejar aquellas ideas y poner atención a la joven que seguía hablando frente a ella.

—¿Me escuchó, excelencia?

—Sí —mintió un poco.

De todas formas, la joven le recordaría después si algo se le pasaba.

—¿A-a qué hora es lo de mi suegra?

—A las doce —señaló Goretti después de buscar entre sus apuntes.

—Entonces allí estaré. No hay de qué preocuparse.

La mujer simplemente la dejó pasar al comprender que esa era la intención de Alice.

Ya llegaría la siguiente encargada de anunciarle otra tarea, porque Goretti solo le había dado la parte divertida.

En la lista seguían muchas otras cosas que tal vez se le complicaran a la marquesa, sobre todo por la forma en que se desenvolvía en lo referente a ser sociable y una dama de alcurnia.

La joven marquesa entró en el comedor, las otras dos mujeres la esperaban formalmente de pie, junto a sus sillas, donde desayunarían en esa ocasión en que el marqués no se encontraba en casa.

—Buenos días, señora Pakins. Sandre.

Alice las miró mientras se sentaba en la cabecera opuesta.

—Excelencia.

Las tres mujeres se inclinaron y después tomaron asiento.

—Confío en que Goretti ya le haya informado las generalidades de su día —dijo la señora Pakins—, puesto que estamos atrasadas.

—Atrasadas…

Alice rodó los ojos, aunque la acción fue poco perceptible debido a que tenía la cabeza gacha.

—¿En qué sentido?

—¡Dios mío, marquesa! —se exaltó Sandre—. Tan solo el hecho de que no ha asistido a la iglesia.

—Voy todos los días a misa —frunció el ceño la joven.

—Sí, pero a deshoras. No en una presentación formal con su excelencia, donde den validez pública a su religión —dijo Goretti.

—Mi esposo regularmente está ocupado y…

—El marqués iba a misa todos los domingos —la interrumpió la señora Pakins—. Ahora que se ha hecho su esposa, su excelencia ha dejado de lado ese sacramento.

—N-no es mi culpa.

—No, no lo es —asintió Sandre—. Pero, como mujer de su casa, es su deber recordarle que deben asistir, a los hombres se les puede pasar, a una mujer no, nunca.

—¿Obligarlo a hacer algo? —se mofó Alice de manera muy sutil.

Aquello era imposible.

—Tal vez la palabra correcta sea persuadirlo —corrigió Goretti.

Alice suspiró y dejó los cubiertos sobre el plato.

—Bien. ¿Y qué más me falta?

—No queremos atarearla.

La señora Pakins tomó un trozo de baguette, lo llevó a su boca, masticó y pasó el bocado antes de continuar.

—Pero se acerca el banquete del Senado, el cual será organizado por sus excelencias, los marqueses de Millentmont.

—¿Yo? ¿El banquete?

—Así es —dijo con tranquilidad la señora Pakins—. Debemos organizar los bailes, la comida, los invitados, los asientos, su vestuario… ¡Dios santo! ¡Son tantas cosas!

Alice también creía que sí. Tal vez para aquellas mujeres fuera algo complejo, pero para ella era monumental, excesivo, imposible. Su respiración comenzó a entrecortarse con el nerviosismo usual de la anticipación; sería un completo fracaso, de eso no había dudas.

Cerró los ojos y controló las ganas de arrojar la comida.

—Excelencia —le llamó la atención la señora Pakins—, le recomiendo que comience a comer. En dos horas nos iremos a casa de lady Alana para continuar con el día.

—Sí…

Alice suspiró, tomando un pedazo de pan recién hecho para asentar el estómago, sería un día interesante.

Debía informar a Celio y Antoine que no podría ir.

—Señora marquesa.

La puerta del comedor se abrió en ese momento.

—¿Sí? —contestó Alice, insegura al ser sacada de sus pensamientos.

—Tiene visitas.

—¿Visitas? ¿De quién?

—¡Nosotros, bizcocho!

Celio prácticamente apartó al pobre mayordomo, quien no se limitó a lanzarle una mala mirada, alzar la nariz con altivez y salir después de dejar pasar a Antoine.

—¡Celio!

Alice se puso en pie.

—¿Qué haces aquí?

—Sabíamos que hoy sería un día importante. ¡¿Cómo se nos pudo olvidar lo del orfanato?!

El italiano negó con la cabeza.

—¿Qué más hay para hoy…?

Miró a las tres damas que lo observaban con curiosidad y molestia.

—¿Quién es la secretaria?

—No somos secretarias —dijo, ofendida, una de las damas.

Alice reconoció la voz de Goretti.

—Bueno, querida… lo que seas.

Celio se encogió de hombros.

—Dime el itinerario.

—¿Quién se cree que es? —Las mujeres se pusieron de pie.

—Es un amigo mío —lo defendió Alice.

—No hace falta que “un amigo” venga a conocer su itinerario, excelencia —dijo la señora Pakins, muy ofendida al sentirse relegada.

—Nosotros le ayudaremos en lo que sea necesario —le quitó importancia Antoine, sentándose a pesar de que todas las damas seguían de pie—. Mira, Celio, salchichas.

Tomó unas cuantas con el tenedor de Alice.

—Con el hambre que tengo.

—Siéntense, por favor —pidió Alice, un tanto agobiada por tener reunidas a todas las personas que intentaban “ayudarla”.

Todo prometía convertirse en un día de lo más interesante.

Solo esperaba estar a la altura de las expectativas y que la sociedad no la mirara con tan malos ojos; daría su mejor esfuerzo, su primer reto sería enfrentarse con su suegra, quien en realidad la había recibido con los brazos abiertos, pero también había sido quien envió a la señora Pakins y a las dos ayudantes.

Y ellas eran una pesadilla, por decirlo de alguna forma.

Alice solo esperaba ver a William de nuevo.

Era lo único que quería.