Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 10
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Capítulo 10

A lice estaba teniendo un mal sueño.

Todo el desprecio que había sentido a lo largo de su vida se hacía evidente en aquella pesadilla. Las risas. Los murmullos. Las muchas veces en que había pensado que se quedaría sola y que nadie, jamás, podría quererla de verdad.

Siempre había sido terrible sentirse sola en el mundo y ella había vivido con esa sensación desde que era una niña.

Abrió los ojos abruptamente.

Ya era de día, aunque todavía muy temprano.

El sol apenas comenzaba a insinuarse, y el cielo conservaba ese color grisáceo propio de la madrugada.

Intentó levantarse, pero entonces se dio cuenta de que estaba sometida por un abrazo.

Uno firme, cálido, que la mantenía prisionera contra un pecho fuerte que, además, la cubría de su propia desnudez.

Sonrió. Era William quien la abrazaba. Eran sus brazos los que la mantenían segura, pegada a su pecho. No estaba sola. Apenas la noche anterior habían hecho el amor y, en ese momento, la joven pensaba que no existía cosa mejor en la vida. Sobre todo porque ella lo amaba.

Alice se acomodó sobre su pecho y se acopló al calor que emanaba de él. Estaba a punto de ceder nuevamente al sueño cuando escuchó dos pequeños toques en la puerta.

Era temprano para que su marido se levantara. Incluso era temprano para los sirvientes. Decidió ignorarlo, pero entonces sonó el conocido desliz de una carta bajo la puerta.

A veces ocurría.

William era un hombre importante, y era necesario hacerle llegar mensajes a cualquier hora. Pero aquello jamás sucedía de una forma tan extraña. Deslizar una carta bajo la puerta no era un método adecuado para que el presidente del Consejo de Ministros se enterara de asuntos urgentes.

Con mucho trabajo, la joven se deshizo de los brazos de su marido y se colocó una bata sobre el cuerpo para poder recoger aquella carta que yacía a unos centímetros de la puerta.

Se agachó y la tomó entre las manos; no tenía destinatario ni remitente, solo llevaba escrito su nombre, su nombre de soltera:

Alice Miller.

Alice giró la carta un par de veces, con el ceño fruncido ante aquella letra desconocida.

A su mente llegó de inmediato la otra carta que había aparecido de la misma manera misteriosa.

Lo que la espantaba era el hecho de que “alguien” la hubiera deslizado por debajo de su puerta, lo cual involucraba a los sirvientes de la casa.

¿Quién sería capaz de pasar un mensaje oculto?

Todo el mundo sabía que William era meticuloso con cada persona, cosa o situación dentro de su hogar; pasar cartas anónimas a la esposa de su señor, y de una manera tan furtiva, era una deslealtad.

Al menos así lo vería William.

Con la curiosidad, Alice rompió aquel sello sin emblema ni marca alguna y comenzó a leer la carta que había en el interior:

Veo que has progresado.

Que tu esposo te encuentre deseable ya es algo, ¿no te parece?

Pero te diré algo: vienen malas noticias a tu casa, querida niña.

Los parientes lejanos nunca son bien recibidos; eso lo sabe todo el mundo.

Y tú, por ahora, no tienes ni por asomo un heredero.

A menos, claro, que ya estés esperando uno, aunque creo que para saber eso aún falta.

Mi querida Alice, no creas que porque se acostó contigo una vez ya lo has logrado todo. Comienza a pensar las cosas y no dejes que se desencante de ti. Sigue cambiando. Aún no has conseguido nada.

Con cariño, una ayuda.

Alice sintió un escalofrío al terminar de leer.

Era como si aquella persona la tuviese vigilada.

Resultaba casi imposible que alguien supiera que…

bueno, que ellos… ¡Por Dios! ¿Cómo sabía esa persona que William y ella habían hecho el amor la noche anterior?

Además, ¿qué significaba aquello de “una ayuda”?

¿Una ayuda de quién? ¿Para qué? ¿Con qué fin?

Nadie ofrecía sus servicios así porque sí.

Su mente comenzó a elaborar una lista de posibles remitentes.

Los primeros en cruzar por su cabeza fueron Celio y Antoine; pero, francamente, ellos jamás eran tan poco amables al hablarle. Además, ¿por qué esconderse? No era necesario mantener el anonimato, ya que ella acudía a ellos precisamente para que la ayudaran a mejorar.

Frunció el entrecejo. ¿Giorgiana? No. Era imposible que una persona tan frontal y sincera se escudara tras una carta anónima; si Giorgiana quería provocar un cambio en ella, se aseguraría de que todo el mundo lo supiera, no era de las que se escondían.

Katherine tenía esa clase de espíritu juguetón que disfrutaría de hacerle algo semejante, pero la distancia la descartaba por completo.

Inglaterra y Francia no eran vecinas como para caminar tres días y encontrarse, por ende, también quedaban descartadas todas las Bermont que residían en Inglaterra.

Estaba tan concentrada en sus conjeturas que no se dio cuenta de que su marido había abierto los ojos y, desorientado, buscaba su cuerpo en la cama.

William sonrió al verla allí, agachada como una niña pequeña, con las rodillas alzadas contra el pecho y aparentemente concentrada en algo que él no alcanzaba a ver.

—Buenos días.

William sonrió al notar el pequeño brinco de su esposa.

—¿Qué haces ahí en el suelo?

—William.

La joven se asustó. Cubrió bien su cuerpo desnudo y arrugó la carta entre los dedos antes de volverse hacia la cama.

—Me has asustado.

—Me doy cuenta.

Él se puso de pie, desnudo, mostrándole su absoluta falta de pudor. Pero, en ese momento, a Alice tampoco le importaba demasiado aquella cuestión. Estaba más enfocada en la carta que arrugaba en su mano.

—¿Algo que compartir? —preguntó William, poniéndose la bata y acercándose a ella.

—No.

Alice sonrió, apretando aún más el papel.

—Una tontería.

—Así que una tontería.

William inclinó la cabeza, observándola y después de unos segundos en los que ella se avergonzó lo suficiente, la tomó en brazos.

—¡Dios! ¡William!

Alice soltó un pequeño grito y se sujetó de los hombros de su marido para equilibrarse. Sintió cómo él la dejaba sobre la cama y se posicionaba sobre ella entre risas.

—No esperaba encontrarte despierta. Tenía el deseo de verte dormir a mi lado y separarme de ti solo hasta volver a hacerte el amor.

—Eso estaría mal —respondió ella, removiéndose bajo él—, porque es de día y no es debido.

—No me importa.

William alzó una ceja y besó sus labios.

—Lástima que ahora sólo tenga tiempo para besarte.

Alice se sonrojó notablemente y sonrió, algo azorada por aquellas insinuaciones que le parecían más tentadoras que vergonzosas.

—Debes trabajar —comprendió la joven, colocando una mano tímida sobre el pecho de su esposo y tomando entre sus dedos las solapas de su bata—. Nos veremos en la comida…

Abrió los ojos y lo miró, avergonzada por adelantarse.

—B-bueno, si tienes tiempo. Yo sé que estás ocupado y…

—Sí. Regresaré a comer contigo.

William le besó la frente.

—Llama a Peter, por favor.

Se separó del cuerpo de su esposa y se distrajo momentáneamente revisando el reloj de bolsillo que descansaba sobre una mesa en la pequeña sala de la habitación.

—Sí —aceptó Alice cuando él la dejó libre—. Vendrá enseguida.

William se sentía extrañamente alegre.

El ambiente en su habitación era nuevo. Su esposa y él conversaban con naturalidad sobre lo ocurrido el día anterior y sobre lo que harían en los siguientes, no había momentos incómodos, y Alice hablaba sin trabas ni tartamudeos.

Algunos sonrojos, sí, pero eso ya era normal en ella, de hecho, le gustaba verla sonrojada.

Le recordaba a cuando le había hecho el amor, y aquel tono rojo en sus mejillas había estado presente en todo momento.

Recordar la noche anterior solo le hacía desear vivirla de nuevo y, con gracia, se dio cuenta de que podría repetirlo cuando quisiera. Alice no se opondría, porque, si mal no recordaba, ella parecía más que feliz y dispuesta a disfrutar del acto marital.

Aquello era un alivio indiscutible.

—¿Qué harás hoy? —preguntó cuando ella terminó de contarle lo extraño que era el departamento donde Celio y Antoine residían.

—Creo que volveré a ir con ellos —asintió Alice, permitiendo que su doncella le colocara un bonito prendedor en el cabello.

—¿Con Celio y Antoine?

William frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Bueno… ellos… me están ayudando.

—¿A qué? —preguntó mientras Peter le anudaba la corbata.

Alice no era tonta, sabía que a su marido no le agradaba la idea.

—Ellos… a…

¡Tenía que inventar una excusa! ¿Cómo no lo había pensado antes?

—Me ayudan con el francés.

—Tienes personas aquí que pueden hacer lo mismo.

—¿Acaso te desagradan de alguna manera? —inquirió la joven, percibiendo el tono de desprecio que William utilizaba.

—Son dos hombres que pasan todo el día pegados a mi esposa —le hizo ver él—. No me complace demasiado.

—Pero ellos son…

Alice bajó la cabeza.

—Diferentes.

—Que sean diferentes no significa que no sean hombres —levantó una ceja—. Es mal visto. La sociedad no entiende ese tipo de cosas.

—¿Tú tampoco lo entiendes? —preguntó ella con una pequeña voz que intentaba sonar desafiante.

William volvió la vista hacia ella.

Esa mirada fría, capaz de intimidar a cualquiera que intentara oponérsele, fue dirigida en todo su esplendor hacia su esposa.

Alice no pudo evitar dar un pequeño paso hacia atrás, no era intención de William asustarla, pero no podía impedir que sus facciones se acomodaran de esa forma cuando algo le desagradaba.

—Lo entiendo mejor que nadie; es más, no lo critico —dijo—. Pero no deja de ser reprobable para el resto, y yo soy el presidente del Consejo. Entre menos escándalos tenga, mejor.

—P-perdona.