Capítulo 9 #2
Y eso lo hizo actuar. Se giró de costado y sus ojos se toparon con el cuerpo delgado de su esposa, que le daba la espalda.
La sábana había caído hasta su cintura, dejando a la vista el camisón blanco y sin mangas que llevaba esa noche.
Sus brazos blancos y suaves estaban acomodados bajo la almohada y su mejilla.
Su cadera se alzaba bajo la tela con una curva delicada, dando la impresión de pequeñas montañas donde no las había.
William alargó la mano y la deslizó por su cadera. Bajó hacia su cintura y subió hasta su hombro, donde apartó el tirante grueso del camisón. Se acercó y depositó un beso en ese lugar.
Alice no despertó. Su piel era hermosa. Blanca, suave, cálida, desprendía un olor dulce que lo enloquecía y lo rendía a sus pies.
—Alice —la llamó quedamente mientras la besaba.
La joven se removió ante las caricias, pero siguió durmiendo sin inmutarse demasiado por la intervención de su marido.
William continuó con la lenta tarea de apartar aquel tirante y siguió besando el hombro y el cuello de su esposa hasta que ella abrió los ojos y volvió la mirada hacia él.
William se dio cuenta de inmediato del nerviosismo y del miedo que la dominaban en ese instante en que él había interrumpido sus sueños.
Era normal. En realidad, la estaba despertando con la intención de hacerle el amor.
Decidió sonreír de manera tranquilizadora y le besó la nariz.
—¿Me tienes miedo? —preguntó.
Ella negó con la cabeza.
—¿Sabes qué va a pasar?
La joven se giró por completo, quedando recostada de espaldas.
—Sí… —susurró.
Se sonrojó bajo la luz lúcida de las velas que William había dejado encendidas sobre el buró.
—¿Quisieras que esperara un poco más? —preguntó él contra su cuello, besándola mientras seguía interrogándola con suavidad.
Alice apartó un poco la cabeza para permitirle besarla y sonrió ante la prerrogativa que él le brindaba.
—Yo… —dijo con voz trémula mientras subía lentamente las manos hacia el cuello de su marido, tocándolo de forma mínima, vergonzosa—. No.
William se apartó de su cuello y la miró. Le acarició la mejilla y posó una mano sobre su vientre, de una forma relajada, casi natural, como si solo quisiera continuar hablando mientras acariciaba su estómago con el pulgar.
—No pretendo asustarte ni hacerte daño —le dijo al verla desviar la mirada de forma nerviosa.
—No sé qué hacer —confesó ella, removiéndose, incómoda—. No me han dicho nada… yo… tengo miedo.
—Mírame, Alice.
Le levantó la barbilla.
—Yo jamás te lastimaría. No necesito que sepas nada. Pero si confías en mí, puedo mostrarte…
Se inclinó hacia su oído y susurró:
—Lo que es hacer el amor.
Ella lo miró con interrogante.
¿Hacer el amor?
¿Qué era eso?
¿Era lo mismo que la consumación?
—Yo… quiero hacerte feliz —dijo, avergonzada.
—Y yo quiero lo mismo para ti —William le acarició los labios con el dedo índice—. Si me lo permites.
Ella asintió varias veces, con los ojos húmedos de vergüenza al verlo desviar la mirada hacia su cuerpo, pero William no podía hacer otra cosa, por primera vez, vería a la que era su mujer precisamente como eso.
Una mujer. El beso que Alice le había dado en el carruaje lo había despertado.
Es más, desde hacía tiempo él ya la deseaba, pero se contenía.
Se obligaba a creer que era una niña, que no estaba lista.
Pero ahora ella lo miraba expectante, con esos hermosos ojos violetas fijos en él, por primera vez, William no supo cómo proceder.
Alice era inocente, dulce y sensible. Aquella noche era para ella, lo sabía bien, quería hacerla disfrutar, pero ella despertaba tantas sensaciones en él que contenerse resultaba difícil.
Sonrió cuando ella se removió incómoda a su lado, como si se impacientara ante el escrutinio en que él se mantenía.
—¿Te molesta que te observe? —levantó una ceja.
Ella dio un respingo y lo miró.
—No… no sé… ¿A-algo te desagrada de mí?
—Sí —confesó él.
Alice dio otro respingo y bajó la mirada.
—Me desagrada que tengas una boca tan hermosa…
William contorneó sus comisuras con dos dedos.
—Porque no soy el único al que puedes tentar.
La joven lo miró con ilusión, y sus mejillas se encendieron al oír algo tan hermoso de su parte.
—Me desagrada que tengas un cuello tan blanco —continuó él, acariciando la línea de su garganta— porque tienta a ser besado.
Bajó la mano hasta tomar con fuerza el camisón contra sus muslos.
—Me desagrada que tengas unas piernas tan largas, porque más de alguno querrá recorrerlas.
Y subió la tela hasta su cintura.
William hizo un esfuerzo y se posicionó sobre ella, sosteniendo su propio peso con manos y rodillas. No la tocaba del todo. Se sostuvo con la mano derecha sobre la cama y, con la otra, acarició desde la barbilla de Alice hasta el inicio de sus senos.
La joven se arqueó ante su toque, presa de una sensación extraña, Alice se alzó sobre sus codos y besó aquellos labios, atrapándolos sin aviso.
William sonrió ante el arrebato. Continuando con la posición elevada en que se mantenía, pasó lentamente una mano bajo la nuca de ella y volvió a recostarla sobre la cama.
Luego hizo lo mismo, quedando sobre Alice mientras acariciaba su rostro y sus labios.
—Tranquila.
La besó tiernamente, acariciando sus comisuras con parsimonia.
William fue relajándola con toques sutiles, dulces y certeros. Tenía intención de acostumbrarla a él, de hacerle entender que podía sentir con libertad, que podía permitir que la tocaran sin ese pudor extremoso y absurdo que se inculcaba a las mujeres con el fin de hacerlas parecer puras.
Se complació al notar que ella aceptaba cada caricia que él le daba. Incluso ella misma imponía uno que otro contacto, demostrando que era una mujer pasional, a quien le gustaba sentir.
Aquello tomó por sorpresa a su marido.
Ya sin poder resistir mucho más, William comenzó a quitar el estorboso camisón.
Lo tomó desde donde lo había dejado y lo deslizó de una vez por todas fuera del cuerpo de su esposa.
Posicionó una mano sobre la espalda baja de Alice, ya descubierta, y la ayudó a sentarse un momento para terminar de sacarle la prenda.
Ella lo ayudó, levantando los brazos antes de volver a recostarse sobre la cama, ahora cubierta solo por su pudor. William se recostó sobre ella, apartó las manos con que Alice se protegía y las colocó junto a su cabeza, entrelazando sus dedos con fuerza.
Alice era hermosa. Esa era la palabra. Sentía con libertad el cuerpo de ella bajo el suyo. Aunque él todavía llevaba el pantalón, sus torsos estaban conectados y podía apreciar la respiración pesada que pegaba los senos de Alice contra su pecho.
Lentamente soltó su mano izquierda y comenzó a palpar el cuerpo intacto de su esposa: sus caderas, sus muslos, su vientre, sus senos, sus hombros, su cuello, sus mejillas.
La besaba con la vehemencia necesaria. Recorría cada centímetro de ella con la boca, arrancándole suspiros y gemidos que Alice intentaba reprimir mordiéndose los labios. Hubo un momento en que su curiosidad fue más fuerte que su deseo.
Se levantó sobre las rodillas y apartó las sábanas, admirando el cuerpo desnudo que yacía bajo él. Grabó en su memoria cada borde, cada curva, cada pedazo de piel, cada lunar.
Todo le parecía hermoso y lo era aún más al ver que ella no se movía. Le permitía verla sin replicar. Tal vez avergonzada, sí. De hecho, había vuelto el rostro para no mirarlo, pero no hacía nada más. Solo sus manos inquietas delataban el deseo de cubrirse.
—No te cubrirás ante mí —le dijo cerca de los labios—. Mírame.
Sonó casi como una orden.
—No tienes por qué avergonzarte. Dame tu mano.
Alice no lo hizo.
Permaneció quieta, admirando aquellos ojos que la esperaban con paciencia y esa ceja elevada por no cumplir lo que le pedía.
—Vamos, cariño. No tengas miedo.
La joven, casi como si otra persona lo hiciera por ella, le entregó la mano, esperando descubrir qué haría con ella y era simple.
William solo la posicionó sobre su pecho y, con su propia mano sobre la de ella, la guio para tocar su abdomen firme y su amplio pecho.
Después la subió hasta su rostro, haciéndola acariciar su mejilla y sus labios, donde él depositó un beso.
—Tú también puedes hacer lo que quieras —le dijo, recostándose sobre ella para besarla nuevamente.
Alice pasó las manos por la espalda fuerte del hombre que la cubría. Lo apretó contra sí cuando las sensaciones no le permitieron hacer otra cosa más que exhalar gemidos y suspiros que intentaba contener mordiéndose el labio inferior.
Pero aquello no servía para ocultar su deseo.
Su cuerpo se arqueaba ante los toques que su marido le daba. Se movía inquieta y elevaba las caderas sin saber por qué. Incluso cuando William la sorprendió al bajar una mano más allá de lo debido, ella no sintió más que una pequeña vergüenza, pero no por eso dejó de besarlo ni de acariciarlo.
—No te haré daño —le repitió entre besos.
Cuando William notó que ella estaba preparada para no sentir un dolor que la impresionara demasiado, se levantó un poco, lo suficiente para separarle las piernas y acomodarse entre ellas.
Respiraba con dificultad, tenía que contener las ansias de unirse a ella de una vez.
La miró a los ojos. Aquel pequeño temor que Alice reflejaba le bastó para calmarse.
Antes se había mostrado complaciente, incluso excitada y pasional.
Pero ahora se veía temerosa, cándida y eso le recordó que era el turno de ella de conocer lo hermoso que podía ser todo aquello.
Por esa razón haría lo posible por volverlo placentero para ella.
Se inclinó nuevamente y besó sus labios con ternura mientras, poco a poco, se adentraba en su cuerpo.
Nunca pensó que podría llegar a sentir que una mujer era tan suya como en ese momento, cuando Alice lo aceptaba, lo abrazaba con fuerza y cerraba los ojos para soportar aquella invasión desconocida.
—Pasará —le repetía al oído, besando su mejilla—. Pasará, tranquila.
—William… —dijo en un susurro contenido—. Mírame a los ojos.
Will levantó el rostro del hombro donde descansaba para no moverse y lastimarla más.
—Soy yo —le dijo ella, tomando su rostro entre las manos.
Él se mostró confuso.
—Sé que eres tú —respondió con la voz contenida.
Deseaba moverse.
—¿Estás bien con eso? —preguntó Alice—. Tú nunca me…
—Sshh.
La besó.
—Eres mía ahora…
Lo dijo con tanta pasión que un escalofrío recorrió el cuerpo entero de Alice.
—Ahora no quisiera a nadie más conmigo que no fueras tú.
William, incapaz de evitarlo, se movió en su interior.
Los ojos violáceos de Alice se abrieron con impresión y volvió a morderse los labios para no dejar escapar sonidos que seguramente consideraría bochornosos.
No expiró ningún quejido y, a juzgar por sus movimientos, podía decirse que estaba deseosa.
Desde ese momento, William dejó de contenerse, pero ella tampoco lo hizo.
Alice demostró ser una mujer profundamente apasionada.
Incluso en una ocasión, cuando William quiso disfrutar de su rostro encendido y se detuvo de todo movimiento, ella cambió la dinámica por completo y se posicionó sobre él, dejando impresionado al hombre, que le cedió el mando con una sonrisa divertida al encontrarse con una mujer incapaz de actuar pasiva cuando se trataba de hacer el amor.
Ahora, aquella mujer pasional dormía sobre él, con la cabeza apoyada en su pecho y una sonrisa plácida curvándole los labios.
William sonrió, depositó un pequeño beso en la nariz de la joven y la abrazó con más fuerza, se preparó para dormir, estaba sorprendido, pero jamás se había sentido más complacido que en ese momento.