Capítulo 9
W illiam ayudó a Alice a subir al carruaje dispuesto frente a la casa de los Sprauds. La cena había sido toda una anomalía. El resto de la velada derivó en pláticas agradables sobre los acontecimientos bochornosos de los presentes, los cuales resultaron ser variados y, cada vez, más vergonzosos.
Alice había propiciado un ambiente sereno, hogareño y reconfortante. Era casi como estar entre familia. La joven tenía esa facultad: por alguna razón, hacía que todos se sintieran en casa, con la confianza suficiente para comportarse de una forma menos formal y más fraterna.
—Ha sido una cena interesante —dijo William, rompiendo el silencio luego de unos segundos de trayecto.
—Siento haber cometido ese error.
—No me ha molestado —la interrumpió antes de que ella soltara una sarta de disculpas innecesarias—. Has hecho amistad con el señor Sprauds, lo cual es impresionante.
—Creo que solo fue una simpatía de bochorno.
Alice bajó la cabeza, pero el recuerdo de Celio y Antoine se filtró en su mente. La levantó abruptamente, casi por reflejo, recordando el manotazo que siempre le daban cuando cometía aquella acción.
Con ellos no había obtenido una respuesta tan indulgente como la que William solía darle. Sus dos instructores se habían visto muy afectados por el error que cometió con los caracoles y, por esa razón, tres veces a la semana la llevarían a comerlos.
Una tortura para ella.
—¿Qué pasa? ¿Por qué haces ese mohín? —preguntó William.
—Nada —negó la joven—. Es solo algo que tengo que hacer.
—Parece que te causa conflicto.
—Más bien repugnancia —sonrió—. Pero no es nada de qué preocuparse. Lo haré de todas formas. Es mi palabra y debo cumplir.
William la miró con duda.
¿Qué podía darle repugnancia a Alice? Aquello le resultaba extraño. Que él supiera, su esposa no odiaba nada, no repudiaba a nadie, y que algo le provocara un gesto como aquel debía de ser grave.
Tal vez…
No. No podía ser que no quisiera estar con él, porque no parecía molestarle su cercanía en ningún momento.
Pero Alice era una mujer profundamente religiosa.
Tal vez veía el acto conyugal como algo malo, incluso repugnante.
No sería la primera vez que escuchaba que una mujer demasiado devota rechazaba la intimidad matrimonial.
¿Sería ese el caso de Alice?
Mientras tanto, la joven recordaba lo último que Celio y Antoine le habían impuesto.
El beso pasional. Sí. Aquella absurda imposición seguía en pie.
Era terrible. Mañana los vería y, si se lo preguntaban, no podría mentir.
¡Era horrible y vergonzoso! ¿Cómo pensaban que ella podría besarlo con tanta libertad?
Negó apenas. No podría. Era tan terriblemente vergonzoso que estaba tentada a arrojarse del carruaje para no tener que cumplir.
Levantó la vista y fijó sus ojos en el rostro distraído de William.
Era tan apuesto.
Sonrió.
No sabía cómo podía tener la fortuna de estar casada con él.
Justo en ese momento, con esa aura enigmática que él parecía manejar con tanta facilidad: una mano sobre la boca, cubriendo esa parte hermosa de su rostro que ella tanto deseaba; los ojos azules fijos en el camino, alejados de ella por pensamientos que jamás podría adivinar; el cabello negro y perfectamente peinado moviéndose apenas con el viento que entraba por la ventana abierta; y su postura imperiosa, firme, inmutable.
Le gustaría que la mirara de vez en cuando.
Pero, volviendo al tema… ¿Cuál sería el momento más adecuado para besarlo? Tal vez… Sí. Antes de llegar. Eso era lo mejor. Podría salir corriendo después de hacerlo.
William miró por la ventana. Ya casi llegaban a casa. Era un alivio, pues estaba terriblemente cansado y deseaba, sobre todas las cosas, dormir. Estaba a punto de avisarle a su esposa que estaban por llegar cuando ella, inesperadamente, se sentó sobre su regazo.
—¿Alice? —preguntó él, con el ceño fruncido.
Pero la joven no le dio tiempo de decir nada más.
Lo besó.
Los labios de Alice eran inexpertos, pero tomaron los suyos con una libertad inesperada. Con toda la torpeza encantadora de quien se atreve sin saber del todo cómo, comenzó a besarlo.
Y, en realidad, no lo hacía nada mal. Se aferraba a él con una dulzura tan decidida que William no pudo evitar tomar el control del beso.
Sus manos subieron lentamente por la cadera de Alice hasta posarse en su pequeña cintura, ceñida por aquel vestido ajustado que, por cierto, no volvería a permitirle usar.
La acercó más a su cuerpo y elevó la cabeza para facilitar aquel beso.
Con un movimiento de la boca, abrió los labios de Alice e introdujo la lengua con una lentitud que la hizo estremecer. Era tan cálida, tan dulce y reconfortante, que el beso se volvió más profundo. Más exigente. Más peligroso.
Sintió con satisfacción cómo ella se dejaba llevar, cómo soltaba suspiros contra su boca y acariciaba su cabello con ternura, hundiendo los dedos en su nuca.
William ya no se sintió satisfecho solo con sus labios.
Ladeó la cabeza y comenzó a desperdigar besos por las mejillas, el cuello y los hombros de su esposa, llegando incluso a la parte alta de sus senos, apenas escondidos tras el escote.
Alice suspiraba y sentía que el cuerpo le ardía. Era extraño, pero encantador, ser besada de aquella manera por su esposo. Lástima que el encanto se rompió cuando la carroza traqueteó una última vez, anunciando que habían llegado a su destino.
William no estaba dispuesto a perder aquel agarre, pero Alice, presa de la vergüenza, se puso en pie con tal rapidez que se golpeó la cabeza. Bajó de un brinco del carruaje y corrió hacia la casa sin esperarlo ni hacer caso al mayordomo que le abría la puerta.
—¿Milord? —preguntó el mozo que sostenía la portezuela.
—Encierre el carruaje, Stanford —pidió William—. Descanse.
—Gracias, milord.
William entró en su casa y se dejó caer en el primer mueble que tuvo al alcance: una silla situada en medio del vestíbulo, junto a una mesita donde normalmente se sentaba a esperar a que sus hermanas o su madre bajaran las escaleras para salir.
—Milord, ¿desea que le traiga algo? —preguntó el mayordomo.
—Un vaso de brandy y mis cigarrillos —pidió—. Rápido, por favor.
—Sí, milord.
En definitiva, su esposa no era de las que aborrecían la intimidad.
Al menos no en lo que se refería a excitarlo.
¿Por qué diablos lo había abandonado de esa forma?
No le costó mucho trabajo sentarse en sus piernas e incitarlo a besarla.
De hecho, si aquel beso se hubiera prolongado un poco más, habría sido necesario desnudarla allí mismo y hacerla suya de una buena vez, pero cuando William pensaba que eso era lo que ella también deseaba, Alice huía.
No le daba la oportunidad de caminar con ella, de besarla de nuevo, de cubrirla del frío, de abrazarla.
De nada. Huía. ¿De él? Tal vez.
Quizá había sido demasiado brusco. Posiblemente la asustó.
Debía recordar que Alice era una mujer virginal, religiosa y probablemente conflictuada con el placer debido a la estricta educación católica.
Más aún tratándose de mujeres, sobre quienes tantas reglas absurdas caían con el fin de obligarlas a no desear, a no sentir, a no querer.
A ojos de William, aquello era estúpido y reprobable. ¡Por todo lo bueno! Era normal tener deseos. Era normal querer hacer el amor.
—Milord, aquí tiene.
El mayordomo le entregó el vaso y colocó la cajita de plata junto con el cenicero sobre la mesa.
—¿Ha subido la doncella de mi esposa?
—Sí, milord. Subió en cuanto llegaron.
—Bien. Avíseme en cuanto se retire.
—Sí, milord.
William tomó un cigarrillo y lo encendió después de colocarlo entre sus labios. Alice era una mujer complicada. No es que él fuera fácil de entender, desde luego, pero nunca le había ocurrido que una mujer se le hiciera tan difícil de descifrar.
Alice era un enigma, parecía como si nunca terminara de descubrirla y eso lo intrigaba.
Continuó bebiendo su brandy con la mirada perdida en la entrada.
¿Cuántas veces había visto escapar a sus hermanas por aquella puerta?
¿Cuántas veces había tenido que ir él por ellas?
Tal vez demasiadas. Pero ahora su preocupación no era por una hermana, sino por su mujer.
¿Tendría alguna vez que perseguir a Alice a través de esa puerta?
Esperaba que no.
Después de una hora de darle vueltas al asunto, William dejó el cigarrillo a la mitad y el vaso vacío sobre la mesa. No pidió nada más. Deseaba ir a recostarse y dormir plácidamente junto a su mujer.
Subió las escaleras de dos en dos y entró en su habitación, que, como siempre desde que tenía esposa, estaba sumida en la penumbra más absoluta.
Se vio en la tarea de encender varias velas, intentando conseguir un poco de luz para cambiarse e ir a dormir junto a Alice, quien ya descansaba apaciblemente en su lado de la cama.
William se colocó un pantalón de seda verde y dejó toda prenda extra fuera de él. Hacía calor, y Alice acostumbraba dormir con sábana y cobertor, además de acercarse a él hasta abrazarse a su cuerpo.
No lo soportaría si usaba también la camisa del pijama. Levantó las sábanas y se recostó, dejando la vela del buró encendida.
No podía dormir.
El beso lo mantenía despierto.
El cuerpo de su esposa, a solo un estiramiento de mano, también.
Y si tomaba en cuenta la sensación de haber visto a Alice convertida en el centro de las miradas masculinas, aquello solo aumentaba su deseo de quemar aquel vestido.
De hecho, ya lo había decidido, pero lo más importante era ese fiero sentimiento que le decía que no quería que nadie la tocara. El miedo a que alguien se le adelantara, a que alguien se le acercara siquiera un poco más de lo que él lo había hecho.