Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 8 #3
28%

Capítulo 8 #3

—Gracias, pero aún no sé dónde está mi lugar —dijo con una sonrisa tierna y un susurro apenas audible.

—Yo le indicaré.

El caballero abrió la palma, invitándola a caminar delante de él.

Alice asintió con inocencia y aceptó invitación del desconocido sin pensar en ningún trasfondo más que la buena voluntad.

—Debo recordar su rostro de algún lado, milady —sonrió el caballero, apartando la silla para que ella tomara asiento—. Es usted lady Charpentier, ¿cierto?

—…Sí. Creo que puede llamarme así.

—Parece insegura.

—Es la primera vez que emplean mi nombre de casada —se encogió de hombros—. No deja de ser extraño.

El hombre soltó una carcajada encantadora, que no desentonó en el ambiente festivo de París.

—Es usted una mujer encantadora, justo como dijo mi padre.

—¿Su padre?

—Lord Harnett —contestó—. El hombre al que le curó las heridas sin temor alguno.

—¡Oh! ¡El senador! —asintió ella—. ¿Cómo está? ¿Ha venido?

—No siempre tiene humor para tolerar a la prole. Normalmente no puede con las conversaciones superfluas.

—Claro —asintió la joven—. Espero no haberlo aburrido.

—Todo lo contrario, señora.

El apuesto hombre sonrió.

—Usted lo ha fascinado. No hablaba tan bien de alguien desde que mi madre vivía.

Alice se sonrojó.

—Es todo un honor en ese caso.

—Lo es.

William estaba sentado al otro lado de la mesa.

Lejos de Alice. En ese momento odiaba las ceremoniosas reglas de etiqueta, esas que dictaminaban que no debía estar sentado junto a su propia mujer.

Aquello era más que desagradable. Sobre todo cuando le tocaba observar con todo lujo de detalle cómo ese idiota, hijo de Harnett, le coqueteaba descaradamente a Alice, a sabiendas de que él los observaba de cerca.

—Su excelencia —le hablaron de pronto.

William volvió una expresión entre molesta y sorprendida.

Era verdad que se le podía nombrar así al tener un título, pero no le gustaba ni venía al caso. Al ser presidente del Consejo, prefería ser llamado por su nombre o, en todo caso, con el típico lord.

—Veo que no le quita los ojos de encima a su esposa —dijo la mujer sentada a su derecha—. ¿Será que es pronto para salir de casa?

William sonrió.

En ese momento pensaba justamente eso, pero se limitó a negar con la cabeza y mirar a los ojos a aquella entrometida dama. Lady Brustel era conocida por ser una mujer chismosa y divertida, muy dada a esa clase de preguntas indiscretas.

—Lady Brustel, ¿querría ser un poco más específica? —William sonrió para sí—. ¿A qué se refiere con salir de casa?

La mujer quedó presa de la vergüenza al verse obligada a especificar su terrible insinuación.

—No, nada, señor. Solo quería estar segura de que ella está feliz… y usted también.

—No tengo problemas. Y creo que ella tampoco.

Eso podía notarse por la forma en que Alice reía junto a aquel hombre, quien no dejaba de hablar con ella.

Lady Brustel volvió la mirada hacia donde el marqués la desviaba y asintió. El color regresó a sus mejillas, junto con una sonrisa maquiavélica al encontrar otra cosa de qué hablar.

—Sí, de hecho, veo que se divierte como nunca —picó la mujer—. Es una muchacha muy amistosa.

William captó al instante aquella insinuación.

No le hizo ninguna gracia.

—Es digna esposa de un presidente del Consejo —le hizo ver—. Debe saber desenvolverse frente a un grupo de personas, y creo que lo está haciendo de manera admirable.

—Claro, tiene usted razón.

La mujer sonrió, complacida con su pequeño logro.

William apartó de ella su mirada asesina y se enfocó en Alice. En lo mucho que lograba conversar, no solo con el idiota de Harnett, sino con otro conde que, casualmente, también estaba dispuesto a su lado.

¿Por qué demonios tenía que estar rodeada de hombres?

—¿Es usted celoso, lord Millentmont? —preguntó una voz menos inquisidora, más bien burlona.

—Lady Quilet —dijo William sin mirar a la mujer a su lado—. Espero saber cómo llegó a esa conclusión.

—No deja de verla —observó la joven—. Pero es extraño, puesto que supongo que ella es su mujer… en toda la extensión de la palabra.

William se impresionó, pero no lo demostró.

Bueno, solo con lo que siguió a aquella pregunta poco recatada.

—Espero que usted no conozca el trasfondo de lo que acaba de decir, puesto que es una doncella… a mi ver.

—Los tiempos cambian, señor —sonrió ella—. A veces más rápido de lo que podemos demostrar.

Alzó sus bonitos ojos claros.

—Pero aún conservo la castidad que al parecer es tan fundamental en un matrimonio. Aunque eso no significa que no sepa lo que sucede dentro de uno.

—Me sorprende que hable con tanta fluidez de un tema como este en una mesa donde se piensa comer —la miró con los ojos entrecerrados—. Peor aún, con un hombre que, si no fuera yo, podría aprovecharse de la conversación.

—Me gustaría ver que lo hiciera usted.

—Estoy casado. Y no tiendo a cometer ese tipo de barbaridades por un poco de placer.

William negó, claramente asqueado por aquella proposición.

—Además, le pido que guarde su vocabulario liberal para otro momento y otra persona.

—Pensé que el presidente del Consejo era liberal, futurista e inteligente.

—Soy liberal en cuestiones de raza e igualdad; futurista porque tengo un objetivo claro para mejorar mi país; e inteligente, porque sé que esta conversación no lo es.

La joven curvó los labios y miró su plato de crema de avellanas.

—Como siempre, usted sabe qué decir para que la otra persona no pueda contestar.

—En su caso, me alegro.

Alice creyó superar exitosamente el primer plato.

Tomaba los cubiertos adecuados, limpiaba su boca con gracia y conversaba sobre trivialidades con el señor Harnett y el conde de Fleur. Estaba nerviosa, no podía evitar que las manos le temblaran al alzar la copa de vino que reposaba a unos pasos de su plato.

Además, mientras ella intentaba con todo su esfuerzo entablar conversaciones, veía cómo William se las arreglaba a la perfección con aquella mujer hermosa y desenvuelta. Y también con otra dama, mayor pero muy sonriente.

—Luce preocupada, querida —observó el señor Harnett—. ¿Hay algo que le inquiete?

—No, en realidad.

—Yo la veo con la mirada fija en su marido —la descubrió—. ¿Hay algo que quiera preguntarme?

—No —se sonrojó por haber sido atrapada mirando a William.

Era vergonzoso, más aún que se lo dijeran.

—No me molestaría, si fuera yo, que mi hermosa mujer me celara —se encogió de hombros—. El presidente es afortunado de tenerla.

—Yo… no estoy celosa —mencionó con una vocecita, bajando la mirada hasta el suelo.

—Claro. De todas formas, le diré lo que sé.

El hombre cortó un pedazo de pato asado.

—Ella lo persigue desde tiempos memorables. Todo el mundo lo sabe. Cuando se casó con usted, muchos quedaron impactados.

—¿Pensaban que se casaría con ella? —preguntó Alice, asustada.

—No.

El hombre meneó la cabeza, llevándose el trozo de carne a la boca.

—Millentmont nunca se mostró dispuesto a nada más que una fina conversación, más que nada por cortesía.

La miró.

—Pero es hombre y esa mujer es muy aventada.

—Regresó de América muy desenvuelta —intervino el conde—. Casi como su hermana Drizella. Quizá más.

—Pero… las Quilet…

—Sí —la interrumpió Harnett—. Por eso nadie pensaba que fueran a casarse. Millentmont no es de los que perdonan.

—Ya veo…

Alice estaba complacida, pero eso no la ponía menos nerviosa al ver a William conversando con Marcela Quilet con tanta fluidez.

Claro que todo pasó a segundo plano cuando colocaron frente a ella un plato de caracoles en una salsa roja y humeante.

Le habría gustado desmayarse, pero fue más fuerte el impulso de vomitar.

No le gustaba hacer gestos hacia la comida, pero en esa ocasión no pudo evitarlo.

Se escuchó una carcajada que llamó la atención de varios, pero principalmente de Alice, quien miró al señor Harnett con una ceja alzada en muda pregunta.

—¿Debo entender que no le gustan?

—No son comunes en Inglaterra —dijo la joven.

—Son un manjar exquisito. Debería por lo menos intentarlo —siguió riéndose el conde, internándose en la conversación, al igual que su vecina, quien asomaba la cabeza para ver mejor el conflicto.

—Sí, linda, yo también tuve problemas la primera vez —le dijo la mujer—. Soy Graciela Kiglor, por cierto.

—¡Pero tiene caparazón y todo! —Alice frunció el ceño, tocando con el tenedor el contenido de su plato.

—Es fácil —dijo el conde—. Tome estas pinzas.

Le tendió las plateadas pinzas que, según había aprendido, servían para mantener el caparazón quieto mientras se sacaba el contenido.

—Y solo es cuestión de pinchar.

—Siento como si continuara con vida —se avergonzó la joven.

—Tranquila, no lo está —el señor Harnett se partió de risa—. Solo imagine que todos los caracoles de esta mesa estuviesen vivos, caminando sobre el mantel blanco y dejando rastro por todas partes.

Continuó riéndose.

—Es usted muy malo —negó la joven—. Solo se me hace extraño.

—Piense que es como comer pescado o langosta.

Alice asintió, tenía que hacerlo. Sería de muy mala educación dejar el plato intacto, tal vez hasta indignaría al cocinero, cosa que no era su intención, normalmente no era especial con la comida, pero…

¿Caracoles? No. No era algo que le apeteciera.

La joven tomó aquella extraña pinza y metió los dedos en los ojales como si se tratara de unas tijeras. Sujetó el primer caracol y apretó el caparazón para mantenerlo quieto.

Lástima que lo hizo con demasiada fuerza, el caracol salió disparado como un proyectil y cayó inesperadamente sobre lady Quilet, quien se puso de pie, indignadísima.

—¡Aj! —gritó, dejando caer la silla—. ¡Es usted una inútil!

Miró a Alice, quien estaba avergonzada, aunque no podía dejar de agradecer a su suerte que el caracol hubiera manchado el vestido de ella y no el de alguien con más importancia.

—¡No lo puedo creer! ¡Ni siquiera sabe comer!

—Señorita Quilet, le pido que se siente —dijo el señor Sprauds, el anfitrión—. Ha sido un accidente.

—¿Accidente? —chilló la joven—. Lo hizo a propósito.

—¿No acaba de decir que no sabe comer? —preguntó el hombre.

—¡Sí! ¡Pero solo lo hace por celosa!

—Se contradice, lady Quilet —le hizo ver él.

—¡Pero…!

—Lewis —pidió el señor Sprauds—, lleve a la señorita Quilet a que le quiten esa mancha. Sería terrible desperdiciar tan hermoso vestido.

—Sí, señor.

El mayordomo asintió.

—Señorita.

Extendió la palma para guiar a lady Quilet. Alice no sabía dónde esconder la cabeza. Se sentía tan torpe y avergonzada que creyó que en cualquier momento se pondría a llorar.

—Buen tiro —susurró el señor Harnett con una sonrisa contenida.

—En serio no era mi intención —susurró ella.

—Sigue siendo una magnífica coincidencia.

—Lady Millentmont —habló la voz fuerte y prominente del señor Sprauds—. ¿Usted había comido caracoles antes?

Alice bajó la cabeza, pero contestó:

—En Inglaterra no son muy comunes, por no decir inexistentes.

—Entiendo.

El señor Sprauds, para sorpresa de todos, sonrió.

—Yo tampoco los conocía cuando llegué. Fue un choque bastante duro para alguien que viene de América.

—¿Les ha encontrado el gusto, señor? —preguntó con esperanza.

El hombre, y luego el resto de la mesa, no pudieron evitar reír.

—Sí, lady Millentmont —asintió—. Mi esposa, aquí presente, los adora. Tuve que hacerme a la idea.

—Eso me da esperanzas —dijo Alice con honestidad.

Otra oleada de risas se desató.

—La primera vez que los comí me pasó exactamente lo mismo que a usted —continuó el anfitrión—. Por eso, y con la disculpa de todos los nobles y gentes respetables presentes, pido que hagan lo siguiente.

El hombre se puso en pie y miró a su audiencia.

—Mis queridas damas, desháganse de sus guantes.

Las mujeres, entusiasmadas por saber qué se les pediría, se quitaron los guantes y miraron expectantes al hombre que dirigía aquella extraña petición.

—Tomen un caparazón entre los dedos. Sí, vamos, háganlo. Incluso usted, duquesa de Montsenpier.

Miró a una anciana que, al ser nombrada honoríficamente, tomó rápidamente el caparazón y lo alzó para que el hombre lo viera.

—Bien. Ahora llevemos la entrada a la boca y…

Succionó y no fue el único. Todos los demás siguieron sus órdenes, quebrantando mil reglas de etiqueta.

Las risas al experimentar algo tan burdo no se hicieron esperar. El plato de caracoles se comió de esa forma. Ni un invitado se mostró dispuesto a utilizar las pinzas. Felizmente, se mancharon los dedos para tomar los caracoles del plato.

Fue una cena extraña, innovadora y divertida. Alice se había ganado el visto bueno del adusto señor Sprauds y por una noche, fue admitida como parte de la corte noble de París.

—No sé cómo lo hizo para ganarse la simpatía de este viejo terrible —le dijo el señor Harnett, con los dedos llenos de salsa—. El señor Sprauds es un hombre tozudo que no da su brazo a torcer cuando se habla de innovaciones para sus tierras, que cada día van en picada.

Sonrió.

—Creo que el marqués fue un hombre astuto al casarse con usted.

No era una ganancia completa, y Alice lo sabía, la gente era cambiante, pero, al menos, aquello facilitaba su noche.

Al menos esa noche.