Capítulo 8 #2
Debía conocer un poco más a Giorgiana antes de hacer conjeturas que ella, ciertamente, echaba a la basura sin el menor esfuerzo.
—¿Pero no sería mejor que la viera por primera vez en alguna cena de gala? —se le ocurrió a Antoine.
—Hoy es la fiesta de los Sprauds —dijo Giorgiana—. No es tan glamurosa, pero están invitados William y Asher.
—Asher no ha querido ir —Giorgiana decayó un poco—. Y yo tampoco. La verdad es que Lucca necesita de mí.
—Sí, pero el presidente del Consejo no tiene hijos, y su esposa no muestra asomo de embarazo, así que puede asistir —Celio volvió la mirada hacia Alice—. Si su mujer se lo pide.
—¿Yo? —se exaltó Alice—. Pero él no me ha dicho nada sobre la asistencia, lo cual significa que tampoco tenía intención de ir.
—Pero irá si se lo pides —dijo Antoine, encogiéndose de hombros.
—Sí, me agrada —asintió Giorgiana—. Sí, me gusta.
Los miró.
—Y tengo el vestido perfecto.
—Esperen —los detuvo Alice—. ¿Cómo se lo diré a William? ¿Solo llegaré y diré que quiero asistir?
—¡No! —dijeron los tres al mismo tiempo.
—Dirás que se verán allá en la fiesta —explicó Antoine—. Llegarás con Celio y conmigo.
—Entiendo.
Alice asintió, asustada, bajando la cabeza.
Recibió otra palmada en la mano por parte de Celio.
—Van seis —advirtió él—. Si llegamos a diez, te pondré un castigo que involucre directamente a William.
—¿Qué? —soltó Giorgiana entre risas.
—Bueno, cada vez que baja la cabeza, Celio le da un golpe en la mano —explicó Antoine—. Si junta diez, debe cumplir un reto que involucre a William Charpentier.
—¡Oh, por Dios! —sonrió Giorgiana—. ¡Que llegue a diez!
Alice entrecerró los ojos ante el evidente disfrute de su cuñada.
Tal parecía que a Giorgiana le agradaba la idea de verla enfrentarse a los maquiavélicos planes que pudiera concebir la mente perversa de Celio.
Al final, los conspiradores que planeaban la entrada triunfal de Alice a la fiesta de los Sprauds se vieron beneficiados: la joven acumuló los diez manotazos, lo cual indicaba que habría un castigo mayor.
Estaba a punto de salir de la tienda, pensando que tal vez se les habría olvidado el famoso castigo, cuando su querida cuñada dijo por fin la frase:
—Quiero que lo beses.
Giorgiana sonrió.
—Un beso tan pasional como te sea posible.
—P-pero… n-no creo que sea b-buena idea —negó la joven.
—Perdiste, bizcocho —le recordó Celio—. Tienes que cumplir.
—L-lo sé, pero… ¿no podría ser otra cosa?
—¡No! —gritaron los tres al mismo tiempo.
La joven se dio por vencida tras aquella abrupta negativa y aceptó su destino. No había forma de que ellos se enteraran si lo hacía o no, pero Alice no sabía mentir, y seguramente la descubrirían con rapidez. Solo esperaba que William no encontrara todo su esfuerzo patético.
El galante, alto y poderoso marqués de Millentmont caminaba por su despacho ministerial junto con varios ayudantes que le leían en voz alta las prioridades del momento.
Prácticamente le recitaban el itinerario del día: juntas, permisos, arrendatarios, visitas y demás circunstancias políticas propias de otro de sus días ordinarios.
—Presidente del Consejo, debe verse con el señor Prict en media hora —informó un muchacho con una pluma y un cuaderno en las manos—. Y la duquesa de Montsenpier, lady Marson, desea audiencia. Está esperando en el salón de té verde.
William miró a su otro lado, dándole indicio al segundo ayudante para que comenzara a hablar.
—El presidente pide las cuentas de los arrendatarios de la zona norte, y el contador, el señor Blunt, dice que tiene un problema con el pedido de importaciones de telas de la India.
William cerró los ojos y ordenó las respuestas en segundos.
—El señor Prict tiene mi respuesta. Dígale que el agua debe saciar a toda la población, no solo a la parte privilegiada.
La duquesa de Montsenpier solo quiere hacerme partícipe de su fiesta; acepte y pida disculpas porque no iré a su encuentro.
El presidente tendrá las cuentas mañana temprano, y pidan al señor Blunt que pase a mi despacho en cuanto esté listo.
Los dos hombres quedaron sorprendidos por la rapidez con que su superior solucionaba cada asunto. Pero no se detuvieron a discutir lo mucho que lo admiraban y fueron a hacer su trabajo, intentando recordar con precisión las palabras del hombre al que no podían sino vanagloriar.
—Señor presidente —llegó corriendo un hombrecillo con una charola de plata y una cuchilla para abrir cartas—. De su esposa, señor.
—¿De mi esposa?
William se extrañó y tomó la nota con rapidez, pensando que podía tratarse de alguna mala noticia.
Sus ojos fueron de izquierda a derecha tres veces.
Las líneas de su esposa eran limpias, explícitas y seguras. Informaba que tenía deseos de asistir a la velada de los Sprauds y, por lo que dejaba ver, no recibiría una negativa como respuesta.
Raro.
Alice no era imperativa cuando pedía algo.
—Escriba una carta de respuesta —pidió al joven que siempre esperaba fuera de su despacho, sentado en un escritorio para recibir cuanto llegara al presidente del Consejo—. Acepte la petición de mi esposa y dígale que la veré allí a las ocho.
—Sí, señor.
No sabía qué traía esa mujer entre manos, pero, francamente, solo le quedaba esperar. Alice era una joven dulce, de carácter noble y pocas palabras. No la imaginaba escribiendo algo tan demandante como aquella carta. Sería interesante descubrir quién la había hecho redactarla así y por qué razón.
Eran las siete con cincuenta cuando William bajó de su carroza con un elegante traje negro. Abotonó su chaqueta y miró hacia ambos lados, esperando ver la llegada de su esposa, seguramente acompañada por los dos amigos de su hermana, con quienes había pasado el día.
Al ver que tardaba, el hombre no desperdició su tiempo al aire libre y sacó un cigarrillo de su pitillera de plata.
Saboreó el tabaco y se recostó contra una pared, cerrando los ojos para que su mente se relajara un poco, al menos hasta que entraran a la dichosa cena a la que su esposa se había empeñado en asistir.
—William —susurraron a su lado.
Lentamente volvió la cabeza y entonces vio a su esposa. Alice estaba envuelta en un chal de plumas que él reconoció de inmediato como del gusto de Giorgiana. Aquello confirmaba que había ido de compras y que su hermana tenía algo que ver en todo eso.
—Hola.
Se acercó y depositó un beso en su mejilla.
—¿Puedo saber el motivo de tu insistencia en venir?
—Yo…
—Ella solo quería salir —intervino Celio—. Recordemos que son recién casados, no todo es trabajo, señor.
—Hola, Celio —dijo William con una sonrisa—. ¿Por qué no me sorprende que estés metido en esto?
—Porque es muy listo.
—Se hace tarde —apuró Antoine al consultar su reloj de bolsillo.
William apuró el cigarrillo, lo apagó y guardó la colilla en el estuche para tirarla después. Luego tendió el brazo a su esposa y se dedicó a guiarla detrás de Celio y Antoine, que ya se adelantaban.
—¿Estás molesto? —preguntó Alice—. Sé que llegas cansado y…
—Tú querías venir. No pretendo dejarte en el aburrimiento.
En realidad, la habían obligado, pero Alice no le diría eso a William. Ya lo había hecho abandonar la comodidad de su casa para acudir al llamado de los Sprauds. Sería tonto confesarle ahora que no había sido del todo idea suya.
—Mi señora marquesa, ¿me permite su abrigo? —pidió un hombre en la entrada.
—Oh, claro.
La joven permitió que William la ayudara a desprenderse de la prenda de los hombros.
William casi cayó de la impresión. El vestido ceñido al cuerpo de su esposa revelaba magistralmente sus caderas anchas, sus senos generosos y su pequeña cintura.
Todo estaba acentuado por un escote que dejaba ver apenas lo suficiente como para que la imaginación de un hombre comenzara a volar sin remedio.
Se sintió incómodo. Era su esposa. Él podía mirarla cuanto quisiera, pero aquel lugar era una velada llena de hombres que seguramente verían lo mismo que él.
No solo eso.
Toda ella resplandecía.
El cabello estaba recogido en un fino moño que la hacía ver elegante, imperiosa, casi inalcanzable.
Tenía las mejillas sonrojadas, pero no bajaba la cabeza; por ello, sus ojos violáceos quedaban visibles para todos.
Sus labios pintados y la piel tersa, de porcelana, parecían brillar bajo la luz de las velas.
—¿Sucede algo? —preguntó Alice.
—Es un vestido… diferente.
—¿Te gusta?
La joven tomó un poco de la falda.
—Me lo dio Giorgiana.
—Muy generoso de su parte —ironizó William.
—No te gustó —afirmó ella con tristeza.
—Es hermoso —negó él ligeramente con la cabeza—. Pero… maldición, Alice, es muy ajustado.
—Oh.
Ella miró el vestido azulado cubierto de pedrería.
—Giorgiana dice que será la última moda.
—Seguramente quiere que todos los maridos se desmayen.
—¿Te parece vulgar? —abrió los ojos la joven.
—No.
William se odió por su falta de palabras y negó otra vez.
—Vamos. La cena empezará.
Alice miró aquel extraño salón. Era más bien un poco…
excéntrico. Las paredes, decoradas con pinturas al fresco, eran réplicas muy pobres de la Capilla Sixtina de Miguel Ángel.
Los ojos de aquellos cuerpos pintados parecían clavarse en la gente de forma inquisidora y escalofriante.
Alice no era la única que volvía la cabeza con regularidad para asegurarse de que no hubiese nadie detrás de ella con alguna cuchilla en la mano.
De hecho, por curiosear despreocupadamente, perdió de vista a su marido y, por el momento, Alice tampoco echaba en falta su presencia.
—Será mejor que se siente, milady —pidió un caballero que repentinamente caminaba a su lado—. No querrá perder su lugar.
Alice dio un pequeño brinco, alejando la mano de la pared que estaba a punto de tocar. La imagen de un niño casi desnudo había llamado su atención lo suficiente como para pasar por alto el hecho de que casi todos los invitados estaban tomando asiento.