Capítulo 8
A lice tocó aquella puerta una y otra vez, de manera nerviosa y constante.
Nunca visitaba a nadie en soledad, y eso se debía a que, cada vez que entraba en una casa ajena, mágicamente se quedaba muda.
Era normal. Nunca sabía qué decir ni qué tema era correcto sacar a conversación, así que prefería el silencio y la soledad.
—¡Por el sagrado Buda! —se oyó una voz desde el interior—. ¡Dejen de tocar como desquiciados o los mataré!
Alice abrió mucho los ojos. No conocía demasiado sobre aquella religión, pero recordaba que hablaban de paz interior y ese hombre que gritaba no parecía precisamente tranquilo.
—¡¿Quién es esa alma despiadada que toca a estas horas del día?!
Celio abrió la puerta aún en bata, con el cabello revuelto y el rostro hinchado por el sueño.
—Lo siento, señor Piclet —Alice bajó la cabeza—. Fui muy inoportuna al venir tan temprano.
—Ciertamente —dijo el hombre, extrañado—. ¿Tú eres?
Alice no se sorprendió de que no la reconociera.
—Soy… Alice Mi… Alice Charpentier.
—¡Oh, mi hermosa Alice! —sonrió Celio al recordar el nombre—. Levanta la vista, querida. Si no lo haces, no te reconozco. Por Buda, tus bellos ojos se echan a perder con esa cara enterrada en el suelo.
—¿Me recuerda?
—¿Que si te recuerdo? —exclamó el hombre—. ¡Si eres una preciosura encantadora!
—Gracias, Celio. Me alegra no pasar desapercibida.
—Aunque lo intentes, querida —la señaló—. No es posible. Ahora, creo que sé por qué has venido. Es momento de despertar a Antoine de la manera más divertida.
—¿Y cuál es esa manera, señor Piclet?
—Celio, niña. C-E-L-I-O —deletreó él—. No soy un anciano para que me llames “señor Piclet”.
—Celio —asintió la joven—. Vine porque…
—Primero Antoine. Primero Antoine —interrumpió el muchacho, poniendo una mano frente al rostro de Alice—. Tenemos el deber de despertarlo, porque será uno de los que ayudará en esta travesía.
—Entiendo.
—Pero pasa, pasa. Deja de ser tan penosa. Somos amigos.
Alice Charpentier entró en el departamento al que era invitada.
El lugar era extremadamente lujoso, decorado con una extravagancia atrevida, pero hermosa.
Seguramente alguno de los dos amigos era el causante de aquel esplendor en el que ahora se encontraba.
Había pinturas que, a todas luces, parecían costosas; muebles de formas delicadas y estampados exquisitos; cortinas pesadas, cojines de seda, biombos orientales y lámparas que derramaban una luz cálida sobre toda la estancia.
Todo estaba envuelto en un aura de misterio y exceso.
—Acompáñame, Alice.
—¿A dónde? —preguntó la joven, volviendo la vista hacia Celio, quien sostenía un florero en la mano.
—Ya te lo dije. A despertar a Antoine.
—¿Con un florero? —Alice levantó una ceja, dudosa.
—Con agua —agregó él.
—No le irás a tirar el agua… ¿verdad?
La joven esperaba que la respuesta de Celio fuera un no rápido y rotundo. En lugar de eso, Celio sonrió malévolamente y caminó.
—Sígueme, bombón.
Se detuvo a mitad de la escalera.
—Espera, tú no eres bombón. Esa es Annabella. Tú serás bizcocho.
—¿Bizcocho?
—¿Se molestará William? —se preguntó a sí mismo.
Pero terminó encogiéndose de hombros y continuó subiendo.
—¡Celio! No puedo subir a la habitación de un hombre.
—¡Ay, por favor! —le gritó él desde arriba.
Alice, al verse sola, no tuvo más remedio que seguirlo para repetirle que no podía entrar en la habitación de un caballero. Pero, cuando terminó de darse cuenta, ya estaba dentro de la alcoba de Antoine, lo cual la puso colorada.
El hombre dormía allí, rodeado de pequeñas estructuras hechas con palillos y pegamento.
—¡BUENOS DÍAS, ANTOINE! —gritó Celio mientras derramaba el agua sobre el durmiente.
Antoine despertó de golpe, incorporándose con un grito.
—¡Eres un maldito bastardo! —rugió—. ¿Cómo te atreves a…?
Entonces miró a la sonrojada mujer.
—Alice Miller —sonrió, todavía con los cabellos empapados y los chorros de agua escurriéndole por el rostro—. ¿Qué hace aquí la mujer del presidente del Consejo?
—Y-yo…
—El bizcocho viene por ayuda y nos necesita a ambos.
—Así que hablamos de un cambio, ¿cierto? Emm… ¿bizcocho?
—Me gustaría ser ayudada a…
—¡Comencemos con un cambio de aspecto! —aplaudió Celio, dando un brinco gracioso que hizo mover la bata que llevaba puesta.
—¿Cambio de aspecto? —preguntó la joven.
—Sí, querida —dijo Antoine, poniéndose en pie y llamando con una campanilla a alguna doncella o ayuda de cámara—. Eres hermosa, pero te vistes como una niña.
—Pero…
—No —interrumpió Celio—, tiene razón. Y para solucionar eso iremos con la mejor.
—No me van a decir que es…
—Giorgiana —dijeron ambos al mismo tiempo.
Alice se sonrojó y bajó la mirada.
—Es la hermana de William —susurró—. Sabrá lo que intento.
—Oh, por favor, bizcocho —Celio le quitó importancia—. ¿Sabes cuántas personas van a GICH diariamente? Con suerte nos prestará atención cinco segundos.
—Bien… —contestó ella, insegura.
—Primera regla.
Celio se adelantó y posicionó los dedos índice y medio bajo la barbilla de Alice.
—No bajes la mirada.
—Te castigaremos cada vez que lo hagas —amenazó Antoine.
—¿Cómo lo harán? —preguntó la joven.
Irónicamente, bajó la cabeza. Celio fue el primero en reaccionar y le dio una pequeña palmada en la mano, como cuando se castiga la mala conducta de un niño. Alice levantó la vista, sorprendida, y observó el dorso enrojecido por el manotazo.
—Será un estímulo negativo —explicó Antoine—. Con el tiempo, tú misma recordarás lo que recibirás si lo haces y lo evitarás.
—¿Como a un perro?
—Interesante comparación —asintió Celio—. Pero no creo que llegues al extremo de salivar o no entender lo que decimos.
—En todo caso, bizcocho —dijo Antoine—, creo que es momento de que nosotros nos cambiemos.
En ese instante se escuchó un toque en la puerta.
—¡Adelante!
—Señor Antoine —entró una mujer mayor.
—Oh, maldita mujer lenta. Siempre haces lo mismo.
—¡No me grite! —replicó la robusta mujer—. ¿Cree que puedo subir tan rápidamente esas escaleras?
Se adelantó hacia la cama deshecha y comenzó a mover las sábanas, que a todas luces estaban mojadas.
—¡Oh, señor Celio! —se quejó—. Otra vez me hace estas dagas.
—Por favor, Clementina —dijo Celio—. Solo es un poco de agua.
—Algún día lo ahogaré en el Sena, a ver qué piensa entonces.
La mujer quitó las sábanas de la cama.
—Tendré que poner el colchón a secar.
—En ese caso muévase, Clementina. Parece que va más lenta que un caracol —apuró Antoine.
—¡Ay, Señor! ¡Ampara a estos descarriados bajo tu manto!
La mujer alzó los brazos, con las sábanas mojadas contra el cuerpo.
—Váyase ya, Clementina —la apuró Celio.
Recibió un golpe certero de parte de la mujer antes de que esta saliera.
Alice no pronunció palabra. Esta vez solo por la impresión.
Era bastante raro ver aquella familiaridad entre la servidumbre y los amos.
Pero tal parecía que aquellos hombres trataban al servicio como si fuera familia.
Lo cual era hermoso… aunque, considerando la forma en que se hablaban, también era un poco osco y bastante maleducado.
Pero ¿quién era ella para juzgar algo?
Apenas podía pensarlo, jamás se atrevería a insinuarlo.
—Bajaremos en un momento, bizcocho —informó Antoine después de una pequeña pelea con Celio por el colchón mojado—. Puedes desayunar en el comedor.
—Ya he desayunado —rechazó la joven.
—Vuelve a hacerlo —pidió Celio—. Estás flaca como Heltrud.
—¿Quién es Heltrud?
—Su perro —negó Antoine.
Alice pensaba cada vez con más constancia que esos dos la veían como un pequeño animal al cual enseñar a comportarse dentro de casa.
No era que se lo dijeran frontalmente, pero ahora incluso la comparaban con Heltrud, el perro de Celio, que al parecer era delgado, solo esperaba que no quisieran hacerla cometer cosas totalmente descabelladas.
Aunque, para ella, cualquier cosa era un poco descabellada.
Normalmente no le gustaba llamar la atención y con esos dos era improbable pasar desapercibida.
Eran las once de la mañana cuando entraron en la famosa tienda GICH de París.
El lugar, por cierto, estaba tan concurrido como cualquier mercado importante, con la única diferencia de que aquella tienda estaba hecha y visitada únicamente por la más alta sociedad, deseosa de vestirse a la última moda.
El ajetreo era tal que las pobres dependientas no dejaban de correr de un lado a otro, intentando solventar cualquier pedido, queja o duda que surgiera entre la mucha gente reunida ese día.
—Miren, allá está Gigi —señaló Celio.
Pasó entre la gente con algunos empujones hasta llegar a donde Giorgiana atendía personalmente a una duquesa de Montsenpier.
—¡Ey, G! —gritó Antoine—. Tenemos a tu cliente más importante.
—Disculpe, duquesa —se excusó la joven, dejando de lado a la importante clienta para ir hacia sus amigos—. ¿Qué hacen aquí?
—Querida Gigi.
Celio tomó a Alice por los hombros y la puso frente a la joven.
—Arregla esto.
—¿Alice? —sonrió Giorgiana, dándole dos besos antes de seguir con el interrogatorio—. ¿Qué pasa contigo?
—Queremos vestidos más… de mujer —pidió Antoine con cortesía.
Pero Celio corrigió para que la diseñadora comprendiera el punto.
—Queremos algo provocativo, innovador, único y sensual.
—¡Celio! —lo regañó Alice.
—Bueno, es verdad, ¿no? —se excusó—. Tenemos que hacerle ver a su marido que ya no es una niña. Y, por lo que nos cuenta…
Miró a Alice.
—No lo ha logrado del todo.
—¿Vienen a mí con la clara intención de seducir a mi hermano? —Giorgiana levantó una ceja—. ¿Saben lo terriblemente bochornoso que eso resulta para mí?
—Giorgiana… yo lo siento, es que…
Alice comenzó a excusarse, pero entonces la potente carcajada de la joven modista se hizo oír.
—¡Estoy dentro! ¡Será divertido ver su cara de embobado!
Alice se relajó y sonrió, por un momento pensó que en verdad sería algo incómodo para Giorgiana. Y lo habría entendido, porque, al fin y al cabo, era su hermano.