Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

William se percató de que su mujer ni siquiera se había avergonzado por aquella acción, lo cual era extraño.

Alice se azoraba por cualquier cosa y, sin embargo, ahora parecía no darse cuenta de lo que había hecho.

No tardó en agacharse sobre uno de sus baúles —que aún seguían sin terminar de vaciar en los armarios— y comenzó a sacar vestidos como una maniática.

Él simplemente se sentó en una cómoda silla cercana al fuego, colocada frente al lugar donde su mujer se dedicaba a remover prendas.

Sonrió sin que ella lo notara. Parecía una niña haciendo todo aquel alboroto solo por salir a visitar a los amigos de su hermana.

No la frenaría. Parecía feliz, y él no era quién para disminuir esa alegría que no veía desde antes de aquella boda fatídica.

No. Incluso antes de la boda, Alice nunca parecía feliz. Sonreía, sí. Pero no como sus primas o sus amigos. Era una sonrisa falsa, una que escondía un dolor del que jamás hablaba.

—Ese es bonito —dijo William al ver un vestido color crema.

—¿Este?

Alice lo observó.

—¿Te gusta?

—Sí.

—Entonces me lo pondré.

Lo decidió con una seguridad encantadora.

—Debo advertirte que no soy muy buen juez en lo referente a moda femenina —advirtió su marido.

—Pero eres mi esposo. Seguro no quieres que me vea mal.

—Seguramente no.

William se puso en pie y estiró la mano para que ella la tomara.

—Vamos a la cama.

—Sí…

La joven se levantó y comenzó a quitarse la bata, puesto que, a diferencia de William, ella ya llevaba puesta la ropa de dormir.

El marqués empezó a desabrocharse la camisa, dejando al descubierto su cuerpo fuerte.

Su esposa no lo observaba, pues estaba inclinada junto a la cama, seguramente buscando algo que se le había caído.

—Y dime, ¿cuánto te quedarás con Elio y Amone?

Alice soltó una pequeña carcajada y levantó la cabeza sobre el colchón, apoyando ambos brazos en la cama.

—Celio y Antoine.

—Ah, sí. Ellos.

—Todo el día.

—¿Todo el día? —preguntó él, casi en un grito—. ¿Por qué?

—Bueno, no pensé que te molestara.

Alice ladeó la cabeza.

—De todas formas, estos días no vienes a comer… y-yo te veo hasta en la noche.

—¿Y por eso no quieres estar en casa?

—No…

Alice sacudió la cabeza.

—Solo serán… unos días.

—¿Días?

William levantó una ceja mientras se abrochaba la camisa.

—Parece como si tramaras algo.

—¡Te aseguro que no!

Alice se puso en pie de un brinco.

—Eso es aún más sospechoso —dijo él, alzando ambas cejas—. Pero te dejaré hacerlo, porque tampoco quiero que caigas en el fastidio de la cotidianidad.

—Gracias —sonrió ella—. En serio.

—Hay que dormir ya. Mañana me levanto temprano.

Alice se internó en la cama y se cubrió hasta los hombros, recostándose de espaldas al lugar que ocuparía el cuerpo de William. Cayó dormida con rapidez, sin siquiera permitirle a su esposo preguntarle sobre lord Harnett.

William se metió en la cama y miró el techo, oscurecido por la poca iluminación de la chimenea. Era extraño dormir con la mujer que deseaba. ¿Habría sido mejor idea dejarla en aquella otra recámara?

Miró de costado a su esposa. No. Definitivamente no.

Tal vez, por el momento, no podía tocarla de la forma íntima en que quería. Pero, al menos, podía abrazarse a su cuerpo, acariciar sus contornos, ver sus facciones relajadas, rozar sus labios…

¡Por todo lo bueno! Tenía que controlarse. Ella era solo la mejor amiga de su hermana… Pero también era su esposa.

William alargó la mano y rozó la cadera de Alice, cuya curva sobresalía con suavidad antes de caer hacia su cintura delgada. Se impresionó al notar lo pequeña que era la zona de su abdomen; tanto, que su mano podía abarcarla casi por completo.

Subió por su brazo desnudo, sintiendo cómo la piel de ella se erizaba bajo su toque, deseaba que se volviera para verle el rostro.

Casi como si la joven quisiera cumplir sus deseos, se giró, algo incómoda por aquellas caricias que perturbaban su sueño, pero aquello no la incomodaba tanto como a William, quien en ese momento se debatía entre apartarse o quitarle aquel maldito camisón y besarla por todas partes, conocer su piel y dejar que ella conociera la suya, fundirse en ella íntimamente hasta volverse una sola persona.

—William… —susurró Alice—. ¿Pasa algo?

—No —dijo tajante.

Sonó incluso un poco molesto.

—¿H-hice algo mal?

—He dicho que no.

William se dio la vuelta para no verla a la cara, para no encontrarse con aquellos ojos inocentes que no sabían, ni podían imaginar, lo que pasaba por la cabeza de su marido.

Aquellas ganas encarnadas de hacerla suya. De recorrerla. De besarla. Maldición. Alice observó la enorme espalda de su marido con el ceño fruncido. Al final, al no encontrar explicación para su actitud, simplemente se volvió también, dándole la espalda, y volvió a dormir con tranquilidad.

A la mañana siguiente, cuando William despertó, su esposa ya no se encontraba en la cama.

Aquello le pareció extremadamente raro. Era normal que despertaran juntos; él se vestía y luego lo hacía ella.

Incluso, a lo largo de los días, había descubierto que Alice era de las que disfrutaban dormir largo y tendido.

Muchas veces se levantaba al mismo tiempo que él, pero volvía a caer dormida poco después.

—Peter, ¿mi mujer está desayunando?

—La señora marquesa ha salido temprano —negó el ayuda de cámara, terminando de colocarle la chaqueta al marqués.

—Bien —dijo William, meditabundo.

—¿Desayunará en casa, señor? —preguntó el hombre.

Sabía que, al ser presidente del Consejo de Ministros, William solía compartir desayunos con parlamentarios, economistas, físicos u otros personajes de interés.

—No. Iré a Lapérouse.

—¿Quiere que le deje algún mensaje a la señora?

—No.

William se acomodó él mismo la corbata.

—No vendrá a comer. La veré en la cena.

—Sí, excelencia.

Alice recorría los distritos de la hermosa ciudad de París. Sola. Sin ayuda ni indicaciones. Con un conocimiento apenas suficiente del idioma y un vestido de lo más inglés. Pero, al final, segura.

Por alguna razón, segura.

Abrió de nuevo la carta que llevaba doblada entre las manos y la leyó una vez más, como si no recordara aquellas líneas que, en realidad, ya se había memorizado.

La carta había llegado hacía más de dos días y había determinado sus acciones actuales. No tenía el nombre de quien la enviaba. Pero la información era tan precisa que solo podía provenir de alguien que la conocía y vivía cerca de ellos.

¿Un sirviente, tal vez? Negó. Ellos no tenían forma de saber que William y ella… que ellos no tenían intimidad.

¿Cómo podría saberlo alguien?

Fuera como fuera, la carta decía lo siguiente:

Alice:

Recomendación número uno: ve a casa de Celio y Antoine.

Querida, necesitas convertirte en una dama.

Y, sobre todo, debes conseguir que tu marido se acueste contigo, ya sabes, para no quedar en ridículo y darle un hijo, porque, por lo visto, no puedes ni tentar a tu propio esposo, y eso que sé perfectamente que duermes con él todas las noches.

Decepcionante, pero cierto. En fin, la dirección es: 64, rue de Caumartin, Ópera, IX distrito.

Ve y deja que te guíen para convertirte en una mujer capaz de despertar y encadenar los deseos de ese hombre que parece más frío que una roca.

Aunque tú no eres mucho mejor, querida. Al fin y al cabo, eres casi tan inteligente como una piedra.

Con cariño, una ayuda.