Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 7
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Capítulo 7

W illiam observó cómo su esposa subía a la habitación a toda prisa.

Aquello le hizo suspirar. No comprendía del todo por qué estaba tan extraña.

Entendía que, hasta cierto punto, se sintiera avergonzada por lo que él le había dicho en la fiesta, pero Alice había llegado al límite de querer llorar.

Él sabía que era un hombre duro. No permitía ciertas actitudes y, peor aún, no siempre sabía moderarse cuando decía lo que pensaba.

Tal vez se había sobrepasado. Cerró los ojos y volvió a suspirar, esta vez con una desesperación silenciosa. Debía disculparse.

Había sido más severo de lo que pretendía. El hecho era que le habría gustado que Alice aclarara las cosas a esos hombres que intentaban conquistarla, pero solo ahora recordaba el proceder tímido y vergonzoso con que ella siempre se conducía.

Aun con aquella actitud retraída y poco extrovertida, había logrado conquistar a uno de los senadores más tozudos de toda la nación.

Lord Viclen Harnett era un hombre al que le gustaba vivir a la antigua.

Nada moderno parecía agradarle, y pretendía no modernizar nada hasta el día de su defunción.

Sin embargo, gracias a su mujer, William tenía ahora un punto a su favor.

El marqués entró en su despacho, donde se sirvió un vaso de whisky y encendió un puro para aliviar la tensión. Cerró los ojos, dejándose envolver por la comodidad del sillón de cuero, por la bebida que le calentaba la garganta y por el humo familiar que parecía filtrarse hasta su cerebro.

Necesitaba relajarse y aquella era la forma en que la paz lo invadía, al menos en alguna medida.

Pasó una hora hasta que el imponente hombre decidió regresar a su habitación para recostarse y dormir hasta el día siguiente, que prometía traer nuevos conflictos y problemas.

Iba pensando en las ganas que tenía de montar a la mañana siguiente cuando, al doblar por uno de los pasillos, se encontró de frente con uno de los sirvientes.

—Su excelencia —se inclinó el mozo.

—Señor Mello, espero que esté de guardia y no en una aventura.

No era la primera vez que William lo atrapaba en situaciones vergonzosas, de las cuales siempre salía bien librado al no encontrarse cerca la doncella con la que seguramente estaba citado.

—No, excelencia —aseguró el hombre—. Me han indicado que lleve té a la señora. Parece ser que tiene jaqueca.

—¿Mi esposa se encuentra mal? —William levantó una ceja, sopesando la parte de culpa que le correspondía.

—Sí, excelencia. Su doncella me ha pedido esto.

El mozo señaló la bandeja de plata.

—Déjelo. Lo llevaré yo.

William intentó tomar la charola, pero el sirviente la apartó rápidamente de sus manos.

—De todas formas, voy hacia allá —añadió el marqués ante la renuencia del hombre.

—Excelencia… —El mozo bajó la cabeza—. La marquesa no está en vuestra habitación.

William se quedó inmóvil.

—¿Cómo dices?

—Ha pedido la recámara azul —explicó el sirviente—. Ahí es adonde llevaré el té.

William alzó una ceja, sorprendido.

¿Qué se traía esa mujer? ¿Acaso esperaba que toda la casa se enterara de su disgusto? Negó apenas. Inadmisible.

—No lleve nada hasta que yo lo ordene —sentenció—. Vaya a la cocina y espere allí hasta escuchar la campanilla de servicio.

—Sí, excelencia.

El hombre desapareció por una de las entradas del servicio, cerrando la puerta con un sonido sordo.

William levantó la mirada hacia el segundo piso, donde la casa se dividía en pasillos largos y silenciosos. Tendría que hablar con Alice sobre aquel proceder infantil. No podía dormir en otra cama que no fuera la suya. No admitiría otra cosa, estuviera molesta o no.

Subió las escaleras de dos en dos, dirigiéndose sin vacilación hasta la habitación que su mujer había ocupado por puro capricho, no tocó, era su casa y la mujer tras aquella puerta era su esposa.

Sin embargo, cuando entró, deseó al menos haber hecho algún ruido que anunciara su presencia, pues justo en el instante en que abría la puerta, la doncella de Alice colocaba el camisón sobre el cuerpo desnudo de la joven.

Decir que no vio nada habría sido mentir.

—¡Excelencia! —gritó la doncella, espantada.

Alice se quedó paralizada, encendida de vergüenza, con los ojos más abiertos que los de un pez.

—Retírese, por favor.

—Sí, excelencia.

La joven se inclinó, también avergonzada, y desapareció. William apenas esperó a que la doncella saliera para comenzar a hablar.

—¿Por qué has pedido esta habitación?

Intentó sonar tranquilo y moderado. Pero el respingo que dio Alice fue suficiente para indicarle que su tono había sido duro.

—T-tú dijiste…

—¿Yo dije qué? —preguntó, confundido y algo alterado—. Jamás pedí una habitación separada de mi esposa.

—Dijiste que no querías que dijera nada —recordó la joven—. Creí…

—¿Qué? ¿Que era para siempre?

William esperaba, de verdad, que su mujer no fuera tan drástica como estaba demostrando. Tal parecía que, para ella, los enojos y las palabras dichas en un momento de ira derivaban en estipulaciones definitivas sobre lo que debía hacerse.

Aquello, de pronto, le causó cierta gracia. Si cada vez que se molestara y dijera algo sin sentido ella lo obedecía, seguramente en algún momento estaría empacando para irse de la casa.

O peor, para divorciarse.

—Pues… sí —confesó la muchacha.

Y con eso cumplió todos los miedos del hombre o la risa.

Ya no sabía.

—Entonces —dijo William, tomando asiento en una silla—, digamos que no quiero que te quedes ni esta noche, que no te quiero en mi casa ni con mi apellido. ¿Simplemente lo aceptarías?

—S-si es lo que quieres.

—No lo es —aseguró él—. Estás casada conmigo. Eso no significa que debas sentirte encadenada. Puedes dar opiniones. Puedes renegar. No tienes que obedecerme cuando estoy molesto. Si sigues con esa mentalidad, un día pensarás que debes marcharte solo porque dije algo en medio de la ira.

—Pero dijiste…

—¡Estaba molesto! —se exaltó—. Eso no significa que quiera lo peor para ti. Ni que no desee que duermas en mi cama.

—No entiendo.

—Por todo lo sagrado… ¿cómo te han criado?

Alice apretó los labios y elevó apenas los hombros.

—El hombre es quien manda. Si mi marido no quiere verme, entonces debo complacerlo.

—Vaya tontería.

William dejó escapar una carcajada breve, sin humor.

—Tienes voz y voto. Al menos en mi casa, si quieres hacer algo, hazlo. Si quieres molestarte conmigo, hazlo también. Pero no te vayas de la habitación, es lo único que pido. Mis padres no se separan, aunque se enfaden. Es una buena costumbre. Si estás enervada, vienes y hablas conmigo.

La miró con fijeza.

—No entiendo a las mujeres. Piensan, sienten y dicen demasiado.

Hizo una pausa.

—En realidad, tú no. No sé mucho de lo que piensas o sientes, pero, al menos conmigo, tendrás que decírmelo de frente. Sin rodeos. Solo dilo y veremos cómo resolverlo.

—¿Deseas entonces que regrese?

—Yo ni siquiera quería que te fueras.

—E-entonces… volveré.

—Gracias. Te esperaré para llevarte a la cama.

Alice se sonrojó hasta el límite y bajó la cabeza mientras asentía.

—Y te diré otra cosa —añadió William—: te quedarás en la cama hasta que, al día siguiente, yo me levante temprano para trabajar. No espero otra cosa de ti más que fidelidad y felicidad, por supuesto.

Alice levantó la cabeza con tal rapidez que seguramente se lastimó.

—¿Q-qué…?

—Vamos, Alice.

William abrió la puerta.

—Será mejor que regresemos a la habitación.

La joven colocó la bata sobre sus hombros y caminó delante de su marido, escuchando los pasos imperiosos de William a su espalda. Él, por fin, se daba cuenta de lo hermoso que era el cuerpo de Alice.

Debía de ser porque lo había visto a plena luz, sin velos ni sombras suficientes para engañarse. Decir que no la deseaba en ese momento habría sido mentir y William no mentía, menos a sí mismo.

Pero no la tomaría, lo que sentía era lujuria, deseo, ganas de placer. El cuerpo de ella era terso, suave, puro, tentador, aquel era el pensamiento carnal que se internaba en su cerebro, pero de pensarlo a cumplirlo había una distancia. Más aún tratándose de él.

La cuestión era que seguía sin sentir algo especial por ella.

La apreciaba, sí. La cuidaba, por supuesto, pero no la amaba.

Si intimaba con ella, no sería por amor y Alice no merecía eso.

Una cosa era segura: aquellos pensamientos se volvían débiles al recordar que era su esposa y que, tarde o temprano, tendría que tomarla.

Tal vez no por amor, pero sí por decencia, incluso por respeto hacia ella.

A ninguna mujer le agradaría no consumar su matrimonio de manera indefinida. Para muchas, era un deber. Para otras, una misión.

William, claro, pensaba diferente.

Alice era más que una yegua de la cual se esperaban crías. Quería que fuera una mujer con ideales, con cerebro, con voluntad. Una mujer que no pensara únicamente en el recatado sentir de la Iglesia ni en todas esas reglas impuestas sobre los hombros femeninos.

—¿William?

El hombre volvió la vista.

Sinceramente, no había escuchado nada. Al parecer, Alice había intentado entablar una conversación con él, sin éxito, porque William se había encerrado demasiado en sus propios pensamientos.

—¿Qué decías?

Alice suspiró, no era ninguna novedad que la ignoraran.

—Iré con Celio y Antoine… digo, ¿puedo ir?

—¿Con los amigos de Giorgiana? —se asombró él—. ¿Para qué?

—E-ellos quieren… no, solo… ¿una visita?

—¿Por qué no vienen ellos?

William abrió la puerta para su esposa.

—B-bueno, ellos me invitaron.

—No sé.

—Por favor, William.

Alice encaró al hombre con la súplica impresa en el rostro.

La impresión fue tal que William tuvo que dar un paso atrás, abrumado por aquella expresión suplicante que no veía desde que Katherine quería aprender a cabalgar o Giorgiana planeaba escapar.

Lo cual era un mal indicio.

—Si tantas ganas tienes —se encogió de hombros—, ve.

—¡Gracias!

La joven sonrió y besó fugazmente la mejilla de su marido.