Capítulo 6 #2
—Estos tipos son insistentes —susurró Amber—. ¿Qué hacemos?
—No lo sé —contestó Alice, nerviosa—. Me parece abrumador.
Amber miró por encima del hombro de Alice y sonrió.
—No tardará mucho.
—¿Mucho tiempo para qué? —preguntó la pobre inglesa, sin entender una sola palabra de lo que Amber quería insinuar.
Amber se encogió de hombros y se recostó contra el respaldo de su silla, parecía completamente relajada. Incluso daba la impresión de estar esperando algo.
—Para que William se desquicie —contestó con soltura.
—¿Por qué habría de desquiciarse?
—Digamos que no le gusta compartir.
Amber aceptó un poco de ponche de manos de uno de los pretendientes de Alice, quienes, por supuesto, ignoraban por completo que la joven estaba casada.
La esposa del primer ministro no los sacaba de dudas.
Apenas hablaba, solo se sonrojaba, y los anillos que podrían haber dado una pista a los hombres permanecían ocultos bajo el guante de seda.
Solo era visible el anillo de compromiso, pero Alice lo movía con tanta frecuencia que resultaba imperceptible para los tres muchachos arremolinados galantemente a su alrededor.
—No entiendo de qué me hablas —repitió Alice.
—Ya lo verás.
Alice frunció el ceño, pero no dio demasiada importancia a las palabras de Amber. Con lo poco que la conocía, comprendía que la mujer del mejor amigo de William era un alma libre, con una capacidad indudable para coquetear, reír y hacer lo que quería.
Muy pocas veces se veía el carácter explosivo de William. Normalmente era capaz de medir su enojo; la rabia no solía formar parte de sus estados visibles de ánimo, pero, por el amor de todo lo sagrado, era la mujer del presidente del Consejo de Ministros.
¿Ni siquiera podían respetar eso?
Por tal motivo, a William no le importó avanzar con ese paso potente e imparable que hacía que las personas se apartaran de su camino casi de un brinco. Algunos que habían intentado retenerlo para conversar se quedaron con la boca abierta y fingieron a la perfección querer hablar con otra persona.
—Primer ministro —se arriesgó una joven que, en medio de su ingenuidad, no alcanzó a percatarse del genio que arrastraba al hombre por el salón.
—Dígame, señorita Glend —respondió él con premura.
—¿Tiene tiempo para una plática rápida? —sonrió ella, coqueta—. Podríamos dar un paseo por el jardín.
—Esa es una insinuación de lo más despreciable, señorita. ¿Qué tiene usted, dieciséis años?
La joven palideció.
—No sé lo que le hayan dicho, pero soy un hombre casado. Querer tentarme con una sugerencia de esa clase no le resultará ventajoso.
Ante la respuesta negativa del poderoso hombre, la señorita Glend bajó la mirada, avergonzada, y lo mejor que pudo hacer fue retirarse.
William lo agradeció. En realidad, empezaban a ser coquetas desde edades cada vez más tempranas. No le agradaba en absoluto que lo tuvieran como primer candidato.
Entonces llegó hasta donde Alice era la figura central de la noche.
Amber lo miraba con expresión de burla, el cuerpo completamente recostado contra el respaldo de su silla mientras contemplaba a la pobre Alice intentar dar respuestas coherentes a los hombres que la asediaban con indiscreta devoción.
—Alice —llamó William con dureza.
La joven, sin saber qué ocurría, alzó la cabeza y se encontró con su marido justo detrás de ella.
Los tres jóvenes que habían tenido intenciones con aquella mujer simplemente desaparecieron ante la imagen del primer ministro. Más aún al escuchar la familiaridad con la que la llamaba.
—¿Sí? —preguntó Alice.
—¿Qué hacías? —inquirió él, con un deje sardónico.
—Yo…
—Estaba siendo muy bien atendida antes de que llegaras —intervino Amber—. Ahora lo has arruinado.
—No te metas, Amber.
—Bueno, solo decía.
La mujer levantó los hombros.
—Mejor me voy a buscar a Andrei.
—Mejor —sugirió William con fastidio.
Alice observó cómo su nueva amiga se despedía de ella con una expresión divertida y se marchaba, abriéndose paso entre el tumulto de bailarines sin importarle irrumpir en media pista.
—¿Q-qué pasa, William? —preguntó Alice, nerviosa por la forma en que su marido la miraba.
Casi podía leer la desaprobación en sus ojos.
—Te veía muy entretenida. Quería saber qué era tan divertido.
—¿Entretenida? —cuestionó ella—. Amber y yo estábamos…
—Muy bien acompañadas —terminó él por ella.
—Oh. A-a eso te refieres.
—¿A qué más?
—Tal parecía que ellos no sabían que yo era tu… bueno, ya sabes.
—Y no te diste la molestia de aclarárselo, claro está —dijo él.
—No sabía cómo.
—Hablando se entiende la gente.
William se cruzó de brazos, mostrándose aún más impenetrable.
—Pensé… tú sabes que yo… nunca he podido ser…
Alice bajó la cabeza.
—No soy buena conversando.
—Ni aclarando las cosas —continuó William.
Alice habría querido enterrar la cabeza en la tierra y echarse a llorar, pero no podía hacerlo. Primero, porque no era un avestruz. Y segundo, porque sería todavía más vergonzoso huir de la situación. Sería como aceptar las acusaciones de William.
—N-no sé qué más quieres que te diga —murmuró, mirando al suelo y girando constantemente el anillo—. S-soy de esa forma.
—No me digas nada —replicó él con dureza—. Nada en absoluto.
Alice levantó la vista.
¿Qué significaba eso? ¿Acaso la despreciaba? ¿Pero por qué? Ella no tenía la culpa. Simplemente no sabía qué hacer. Nunca le había pasado algo semejante. La experiencia era nueva. Además, William sabía perfectamente que ella no era buena con las palabras.
—¿Eso qué quiere decir? —preguntó, asustada.
Pero ya era demasiado tarde.
La pregunta quedó suspendida en el aire cuando los anfitriones comenzaron a conmemorar a los invitados de honor de aquella noche: las dos parejas políticas más importantes del país. La del presidente de Francia y la del presidente del Consejo de Ministros.
William miró a su ensimismada esposa y la tomó por la cintura, acercándola a él mientras se convertían en el centro de las miradas impactadas de la sociedad.
La fiesta prosiguió entre carcajadas alegres, innumerables bailes, interminables bebidas y, claro, por qué no, el escándalo.
Alice, por su parte, desapareció de la vista de todos tan pronto como pudo.
No deseaba ser el centro de atención. Recibió muchas felicitaciones, lo cual era agradable, sí.
Pero también encontró la contraparte: miradas y frases que la hacían sentir como una piedra en el camino de William y, por la conversación que había tenido con él, tal parecía que lo decepcionaba una vez más, por esa razón, y con mucho esfuerzo, logró esconderse en una parte apartada de la fiesta.
Sola.
Sentada junto a un hombre de aspecto duro y solitario.
Como ella.
Durante todo el rato que llevaba allí, él no le había dirigido ni una mirada. No se movía. Alice habría temido que estuviera muerto si no fuera porque mantenía los ojos abiertos y pestañeaba… a veces.
—¡Ah! —gritó de pronto el caballero, tocándose una pierna.
—¿Se encuentra bien? —se adelantó Alice al oír aquel grito de dolor.
—Sí. Es normal —dijo él, serio, mirándola fugazmente antes de volver el rostro hacia el frente—. No tiene de qué preocuparse.
—Se encuentra mal —dijo la joven, preocupada—. ¿Puedo ayudar?
—Me haría bien saber por qué está usted aquí sola, en esta esquina abandonada de la vida, mientras los caballeros disponibles se encuentran del otro lado del salón, sacando a bailar a mujeres mucho menos hermosas que usted.
—No soy fanática de las personas —admitió Alice—. ¿Me permite saber qué le sucede?
—No le interesa.
El hombre deformó el rostro en un nuevo quejido y volvió a tocarse la pierna.
—Permítame.
La joven, sin ningún asomo de duda, se agachó frente a él y descubrió sus piernas protegidas por una manta y unos pantalones.
—Sangre —observó al ver la tela que cubría sus extremidades.
—Puede correr despavorida, señorita —dijo el hombre con odio—. Se le llama herpes.
—No le tengo miedo a esa enfermedad. Nunca me he contagiado y, cuando vivía en Londres, atendí a mucha gente en peor estado.
—Niña, por el amor de Dios, váyase de aquí.
—Lo haré. En cuanto cure esto, que parece habérsele abierto.
—Ni siquiera tiene forma de hacerlo.
—Deme ese vino de ahí —pidió Alice—. Y esa servilleta.
—He dicho que te alejes —repitió el hombre.
—Si quiere que lo haga, entonces páseme lo que le indique.
El hombre, nada contento, le entregó la copa y la servilleta que ella le había pedido.
No eran vistos por la sociedad, pero seguramente, si alguien los descubría, la situación podría dar lugar a un gran malentendido.
Alice no mostró interés alguno por la sociedad, el lugar o lo que implicaba nada de lo que hacía.
Tenía intención de ayudar y lo haría.
—Eres una mujer extraña.
—Bueno, se lo agradezco —respondió ella con ironía.
—Nadie haría esto por decisión propia. Tú pareces más que complacida de hacerlo.
—Dios manda a sus hijos para ayudar a quienes lo necesitan.
Alice se encogió de hombros.
—En esta ocasión era mi turno.
—¡Dios! Esa es la mentira más grande en la que se puede creer.
—Es una lástima que piense así.
Alice levantó la vista.
—Me ha puesto en su camino para que le enseñe sobre Él.
—¿Piensa acaso convertirme?
—No, señor. Para nada —se levantó del suelo donde se había dedicado a curarlo—. Solo le explicaré mi punto de vista.
—¡Eres como esos cristianos!
—Es una religión bonita también —asintió Alice—. Pero no creer en la Virgen está mal.
—¿Es usted una hereje?
—No, señor. Solo respeto todas las opiniones. Pero para mí solo hay un Dios, un Salvador que vino a la tierra y…
—Alice.
La llamaron, provocando que la joven se levantara de un brinco.
—William —suspiró.
—¡El presidente del Consejo! —rio el hombre, que ya era algo mayor a juzgar por las canas de su cabello—. Qué ironía del destino.
—Señor Harnett, es un gusto verle.
—Miente.
El caballero rio de nuevo, aunque la risa derivó en una tos severa.
—Usted estará feliz cuando haga lo que quiere.
—Se equivoca —negó William—. Pero no vengo a discutir eso.
—No, veo que no.
El hombre miró a la joven que permanecía nerviosa en medio de aquella situación.
—¿Debo entender que conoce a esta santa?
—¿Disculpe?
—Esa mujer.
La señaló.
—¿La conoce?
William echó una mirada a la nerviosísima Alice, quien se removía en su lugar como si deseara salir corriendo. Se veía hermosamente confundida e impaciente.
—Es mi esposa.
—¡Esposa! —exclamó el hombre—. Sí, buena elección.
Asintió con aprobación.
—Siempre lo juzgué como un hombre listo.
—Hace unos días me quedaba mejor el apodo de “bobalicón”, si mal no recuerdo —entrecerró los ojos William.
—Y no me retracto —rio de nuevo el hombre—. Pero al menos sabe escoger mujer. Eso le gana un poco de respeto.
—Me alegra mejorar en su escala de desagrado.
William rodó los ojos.
—Oh, no aburramos a su mujer con asuntos de Estado.
El señor Harnett palmeó el aire, quitándole importancia.
—Para eso existe el Senado.
—En el cual diferimos constantemente.
—Es cierto —aceptó—. Pero bueno, os veré en otra ocasión.
Para sorpresa de Alice, el hombre llamó a uno de los sirvientes que esperaban pacientemente sus órdenes. El mozo no tardó en tomar la silla de ruedas en la que el caballero se encontraba y comenzó a llevarlo por el salón hacia otra esquina solitaria.
—¿Qué hacías? —inquirió William en cuanto el hombre se alejó.
—Solo… hablé con él.
—Parece que lo encantaste.
—No sabría cómo hacerlo.
—Bien —dijo William con la mirada perdida en la figura de aquel agresivo senador—. Creo que es hora de ir a casa.
—C-como tú quieras.