Capítulo 6
¡ Querido William! —sonrió lady Lutsed, depositando un beso en cada mejilla del hombre—. ¡Me alegra tanto que hayas venido!
—El gusto es mío, como siempre, lady Lutsed.
William tomó a su esposa por la cintura y la adelantó.
—Supongo que habrá escuchado hablar de mi esposa, Alice.
—¡Oh! ¡Pero si es la novedad de París!
La mujer se acercó y depositó los mismos besos sobre las mejillas de Alice, un acto que todavía la sorprendía. Los franceses, en definitiva, eran mucho más afectuosos que los ingleses.
—Eres bella, sin duda —continuó lady Lutsed, observándola con una curiosidad demasiado evidente—, pero no entiendo cómo has conquistado a este hombre.
—Es un placer, lady Lutsed —se inclinó Alice, hablando en un francés bueno, aunque no excelente.
Debía aceptar que aquello era fruto del esfuerzo de la señora Pakins y de sus constantes lecturas francesas, en las que se forzaba a aprender con prontitud.
—Ha sido un honor ser invitada.
—Oh, pero qué divina —sonrió la mujer—. Tu acento es tan inglés… Digo, se rumorea que vienes de esas tierras frías e insípidas. No es que desprecie Londres, pero…
Se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz.
—Son tan secos.
—Entonces puede darse una idea de por qué soy así, lady Lutsed —intervino William con una sonrisa cortés, aunque su mirada no tenía nada de amable—, tengo una mitad inglesa, al igual que mi esposa.
—No pretendía ofender —se excusó la mujer al advertir su error.
—Por supuesto —respondió William—. Si nos disculpa.
Tomó de nuevo la cintura de Alice y la condujo hacia el salón de baile.
Allí, muchos parlamentarios, amigos y conocidos del marqués lo retenían con la única intención de ver de cerca a la nueva marquesa de Millentmont.
Debían aceptar que era una muchacha hermosa: mejillas sonrojadas de manera casi permanente, largo cabello castaño claro y unos ojos descomunales, violetas, imposibles de olvidar una vez descubiertos.
—¡William! —llamó una voz ronca, meramente masculina—. ¡Pensé que no volvería a verte en una velada!
—Andrei —sonrió—. No tienes que ser tan melodramático.
Alice se sorprendió al notar que su esposo sonreía de verdad.
Bueno, en la intimidad de su casa, William regalaba sonrisas de vez en cuando; se mostraba más despreocupado y su presencia no resultaba tan intimidante ni enigmática como de costumbre. Pero, definitivamente, ella nunca lo había visto así frente a otras personas.
Y eso se debía al hombre que se acercaba a él.
Alice lo recordaba de alguna fiesta con las Bermont. Era el mejor amigo de William: Andrei Frescott. Venía acompañado por una mujer hermosa, de sonrisa contagiosa, y a juzgar por la pequeña curva de su vientre, no hacía mucho había dado a luz.
—Hola, linda —saludó amablemente Andrei, mirando a la esposa de su amigo a los ojos.
—Hola —sonrió Alice con dulzura.
—¡Andrei me había hablado de la niña de lindos ojos! —se adelantó Amber, la esposa de Andrei—. Eres muy, muy bella.
—Niña —repitió William, tomando la cintura de Alice—. Ya no es una niña, Amber.
—Bueno, eso lo sé.
La mujer le quitó importancia con un manotazo en el aire.
—Es solo que Andrei siempre la nombró así.
—En realidad no importa. No es la primera vez que me llaman de esa forma. Mi apariencia siempre me hace parecer menor.
Miró a su propio marido, aquel que todavía aseguraba no verla más que como a una hermana.
—Lo cual ha de ser una fortuna —dijo Amber, tocando las manos que Alice tenía entrelazadas frente a su cuerpo.
—A veces —asintió, sintiéndose extrañamente cómoda con ella.
—Bueno, se ve que estos hombres quieren hablar.
Amber miró a su marido y al amigo de este con complicidad.
—¿Te atreves a caminar conmigo por este abarrotado salón?
Alice volvió sus preciosos ojos hacia William. Él simplemente asintió y besó su mejilla para despedirse de ella por el momento. Alice sonrió y entrelazó el brazo que Amber Frescott le ofrecía.
—Parecen llevarse bien —mencionó Andrei en cuanto ambas damas se alejaron entre murmullos y música.
—Sí. La verdad es que me alegra.
William tomó una copa de champán y bebió un poco del licor.
—Alice es muy callada y penosa. Amber la ayudará bastante.
—Espero que no la descomponga demasiado —se burló Andrei, a sabiendas de cómo era su mujer.
—No lo creo.
William observaba a los bailarines mientras conversaba.
—Alice es incorruptible. Si cede, será una buena compensación.
—Hablas como si fuera una mujer de lo más intransigente.
—Algo me hace pensar que en realidad lo es —asintió William.
Entonces vio acercarse a una mujer con claras intenciones de conversar o, por lo menos, de hacerle la vida imposible.
—Dios santo, no hay escapatoria —lamentó Andrei al ver a Marcela Quilet aproximarse con una sonrisa frívola.
—Oh, primer ministro. Es un placer verlo de nuevo.
—El placer es mío —respondió Will, inclinándose con renuencia.
—Me alegra ver que no me guarda rencor.
—¿Por qué lo haría, señorita? —inquirió él—. Que yo sepa, no ha hecho nada contra mi persona.
—Hablo por lo de mi madre y mi hermana —sonrió Marcela—. Vaya que el presidente ha sido estricto al exiliarlas de Francia.
—En realidad, fue una medida que su madre tomó con el fin de obtener una boda.
—No es como si mi hermana estuviera especialmente feliz.
Marcela se encogió de hombros y tomó la copa de William como si la hubiera recogido de una charola de plata portada por un mozo.
Andrei se sorprendió al ver que la mujer bebía un poco del contenido, dejando la clara marca de sus labios en el borde del vidrio, para después devolverla a la mano de su amigo. William simplemente dejó la copa a un lado, sin intención alguna de seguir bebiendo.
—Es muy confianzuda, señorita Marcela —recriminó Andrei—. No todos harían eso con la naturalidad con que usted acaba de hacerlo.
—¿Confianzuda? —se exaltó la mujer—. Solo me ha dado un poco de sed. Además, al marqués no parece molestarle.
—No es que me agrade tampoco —contestó William con desinterés—. En realidad, señorita Marcela, la próxima vez que tenga… “sed”, será mejor que tome una copa que no esté en manos de otro.
—¡Oh, Dios mío!
Ella se cubrió la boca con una mano enguantada.
—¿Acaso he sido una molestia?
—Al igual que toda tu familia —dijo una voz invasora a sus espaldas.
Giorgiana Aigrefeuille, con ese caminar altivo de pisada certera, se acercó al grupo en el que se encontraba su hermano. Enfrentó a la otra mujer con una mirada asesina.
—Giorgiana —sonrió Marcela—. Es un gusto verte de nuevo.
—Y pensar que me libré de tu cara durante un tiempo —respondió la joven—. Preferiría volver a dar a luz.
—Giorgiana —la regañaron al mismo tiempo William y la voz del presidente, quien apenas se acercaba.
—Señor presidente —se inclinó Marcela—. Espero no incomodarlo.
—No lo hace —respondió Asher, tomando a su esposa.
—Eres un mentiroso —Giorgiana entrecerró los ojos, recriminándole la mentira—. ¡Odias a las Quilet!
—Cariño.
Asher apretó la cintura de Giorgiana, donde descansaba su mano.
—¿Quieres bailar?
—No.
—Vamos.
La incitó, llevándosela del campo de batalla que la joven había establecido. Pero no por eso evitó que lanzara su última estocada.
—¿Dónde está tu encantadora esposa, hermano mío? —preguntó Giorgiana, volviendo la cabeza para poder ver la reacción de su víctima—. Quisiera saludarla.
—Vamos, Giorgiana —insistió Asher, alejándola por completo del resto del grupo.
Andrei sonrió por lo bajo.
En definitiva, esa mujer era algo especial. Giorgiana era un alma libre, apenas contenida por su marido y por su hijo. En realidad, le había agradado ver la deformación de las facciones de Marcela, mostrando su desagrado sin ningún pudor.
—Oh, es cierto —Marcela regresó la mirada hacia William. —Bajó la cabeza mientras levantaba los ojos para ver al marqués de una forma pícara y desafiante—. Me he enterado de que se ha casado. Me ha llegado el rumor, por malas lenguas, de que ha sido por compasión.
William apretó la mandíbula, pero no dijo nada. No caería en el juego de esa mujer. Era estúpido pelear con alguien tan hueco que no apreciaría ninguna explicación, ese tipo de personas solo razonaba aquello que le convenía, por lo tanto, negar o afirmar daría lo mismo.
Aun así, no pudo contenerse.
—Son malas lenguas, señorita. Y, si usted las creyera, la harían casi tan simple como las personas que se dedican a transmitirlas.
—¿De una forma sutil está llamándome estúpida?
—Se equivoca.
William la miró.
—Lo cual puse en duda, pero usted acaba de afirmarlo.
Andrei dejó escapar una ligera carcajada que intentó cubrir con una tos nada creíble, aunque, al fin y al cabo, un poco respetuosa.
—Se burla usted de mí —negó Marcela con una sonrisa pícara y nada afectada—. No debería abusar de su condición de hombre.
—¿Y qué condición es esa?
—Sabemos que los hombres son más inteligentes, útiles y fuertes.
—Discrepo —dijo William, distraído.
Su mirada se había fijado en algo a lo lejos.
Algo que reclamó toda su atención.
—¿Me disculpan?
William pasó entre los dos cuerpos que se interponían en su camino y fue directo hacia una persona en específico. Una que, por un momento, creyó que le haría tragarse sus propias palabras y el único pensamiento que le rozaba la cabeza era:
¿Qué demonios estaba haciendo esa mujer ahí?
—Parece que su presa se le ha escapado —se burló Andrei.
—Está por verse, señor —sonrió—. No olvidemos quién soy yo.
—¿Una de las muchas que no aceptan que está casado?
—Una que conoce todo su pasado —sonrió con malicia—. No me será difícil recordarles a esas… “doncellas” cuánto les gusta el marqués. Y la perseverancia a veces funciona.
—Está casado.
—Pero no enamorado.
Marcela levantó una ceja con altivez.
—Buenas noches, señor Frescott.
Alice no entendía nada de lo que ocurría.
Un minuto se encontraba conversando tranquilamente con Amber, y al siguiente se veía rodeada por un grupo de hombres que tenían la clara intención de cortejarla.
¡Cortejarla! ¡Por el amor de Dios! ¡Estaba casada!