Capítulo 5 #3
Era la primera vez que tomaba la palabra sin que alguien se dirigiera directamente a ella. Tal vez estaba mejorando. O tal vez estaba harta de ser siempre una sombra sin habla, voz ni voto.
Le alegraba, sobre todo por el lugar al que iban.
—Bien.
El marqués se acercó.
—Me alegra entonces que te agraden y que te acostumbres a ellos. No dejaré de llenarte de joyas. Y hablando de joyas, Bryony, ¿no te pedí hace ya tiempo que me recordaras lo del anillo?
Alice lo había olvidado por completo y bajó la cabeza.
Era una terrible esposa. Tal vez sería mejor no encomendarle nada que tuviera que ver con recordar asuntos importantes, pues, como acababa de demostrar, lo común era que se le olvidaran.
—Peter, trae la cajita de plata que está en el segundo cajón a la derecha del mueble principal —ordenó William sin despegarle los ojos.
—Sí, milord.
—Oh, mi reloj —recordó de pronto—. También tráelo.
—Sí, excelencia.
William observó cómo su esposa se removía incómoda. Tocaba las alhajas con nerviosismo, como si temiera que fueran a desprenderse de su cuerpo y caer al suelo.
—No se caerán, cariño —se burló suavemente—. Tranquila.
Alice se tensó aún más.
—Soy muy torpe —negó ella—. Mi madre nunca permitió que llevara joyas por lo mismo.
—No creo que fuera por eso —dijo William—. Te lo hizo creer.
Ella negó.
—Hubo un día en que me impuse y quise llevar un collar de perlas finas a una velada —contó—. Para no hacer la historia larga, se rompió en mil pedazos.
—Los accidentes existen. Además, ¿qué hiciste para que se rompiera así?
Alice bajó la cabeza y comenzó a juguetear con la pulsera de diamantes en forma de flores que envolvía su muñeca.
—¿Y bien? —insistió William.
Alice apretó los labios, formando una fina línea.
Luego agregó:
—Fue el día en que tú me rescataste.
Lo miró.
—Cuando ese hombre…
—Ni siquiera lo repitas —pidió William.
Recordaba lo mucho que se había enfurecido aquel día.
Y lo mucho que lo enfurecía todavía.
—Por todo lo bueno, Alice, eso no fue tu culpa.
—Sí lo fue. Fui tonta. No, más que eso, fui estúpida. Si Katherine o cualquiera de las otras hubiese estado en la misma situación, ellas seguramente…
—No habrían podido hacer nada, igual que tú —la interrumpió.
Y habló por experiencia, porque recordaba muy bien lo sucedido con Katherine cuando él no pudo defenderla como sí había logrado hacerlo con Alice.
—Eres muy amable.
—No intento ser amable.
William dio dos pasos hacia ella y la encaró.
—Te digo la verdad.
Alice tuvo que elevar la cabeza para mirarlo.
Aquel hombre enorme se había acercado tanto que apenas quedaban treinta centímetros entre sus cuerpos.
Observó con detenimiento esas facciones perfectas que la atraían y la aterraban al mismo tiempo.
Sus ojos, que en realidad eran azules, tenían fama de parecer negros por la dureza con que solían mirar.
Su nariz era recta, casi como la de un dios griego. Y sus labios…
Alice se sonrojó.
Recordó de pronto lo atrevida que había sido con él esa misma mañana y lo recordó porque volvió a sentir aquel impulso de echarse a sus brazos y besarlo de nuevo.
—¿Qué sucede? —preguntó William, notando que los ojos de Alice se perdían a kilómetros de distancia.
—Nada.
Ella giró el rostro hacia otro lado para no continuar mirándolo.
—Parecías pensar en algo.
—No —aseguró la joven, comenzando a recoger unas faldas que había dejado sobre la cama.
—¿No? En ese caso, es mi turno de darte algo en qué pensar.
Alice apenas alcanzó a volver la cabeza cuando William tomó sus mejillas. Él se inclinó lentamente y, para ese momento, Alice ya entendía lo que sucedería.
Cerró los ojos, esperando lo que viniera después.
William se detuvo a unos milímetros de su rostro, admirando aquella expresión esperanzada por el beso que estaba a punto de darle. El beso que sabía que ella había imaginado.
La observó un poco más. Se veía hermosa con ese pequeño deseo contenido. Sonrió. No podía hacerla esperar demasiado, sació las ansias de su esposa y las suyas también, fue algo nuevo.
El sabor de Alice era tan dulce y embriagante que William saboreó la comisura de sus labios como si fuese el festín más perfecto de París.
Le fascinó que ella respondiera. Que se entregara a la torpeza encantadora de su inexperiencia.
Que se aferrara a él como si aquel beso fuera una revelación y no una imprudencia.
Masajeó sus labios hasta que el simple roce dejó de ser suficiente.
La apertura de su boca fue apenas una invitación temblorosa, y William la tomó. Su lengua se deslizó en el interior con una lentitud posesiva que hizo estremecer a Alice desde la garganta hasta el vientre.
Ella, inexperta en todo cuanto al amor se refería, se aferró con fuerza a la camisa de William, arrugándola entre sus puños para resistir aquella sensación que se revolvía en su interior.
Excitación, alegría, temor y algo más que no sabía nombrar.
William notó que, de un momento a otro, ella perdería la fuerza en las rodillas. Pasó un brazo por su cintura, la pegó a su pecho y la mantuvo de pie junto a él mientras el beso se prolongaba y se volvía más profundo, rayando en lo pasional.
La tentación de dejar de lado aquella estúpida velada y hacer suya a la mujer entre sus brazos se volvió poderosamente peligrosa.
—Milord, ¿es esta…?
El pobre Peter seguramente habría preferido mirar antes de comenzar a hablar, porque en el instante en que entró y pronunció aquellas simples palabras, Alice se separó del cuerpo de su esposo con tanta brusquedad que el sonido del beso tronó en la habitación, avergonzándola todavía más.
William, en cambio, permanecía tan tranquilo y relajado como si no hubiese estado besándola un segundo antes. Acomodó el cuello de su camisa y miró a su ayuda de cámara, extendiendo la mano para que depositara allí la cajita, aunque le dirigió una mirada de pocos amigos.
—Lo siento, milord. Yo…
Peter colocó la caja de joyería sobre la mano extendida.
—Retírate. No pasa nada.
William observó la salida del hombre y esperó a escuchar el seguro de la puerta antes de girarse hacia su esposa, quien limpiaba unas pequeñas lágrimas de vergüenza de su rostro.
—No hay por qué llorar —le dijo con amabilidad, acercándose a sus espaldas—. Es normal que te bese. Eres mi esposa.
—Pero el señor Peter…
—Como le dije a él —apuntó con seriedad—, no pasa nada.
Alice asintió y continuó limpiando sus lágrimas, esperando no arruinar por completo el maquillaje que le habían impuesto.
—Voltea —pidió William—. Tengo algo para ti.
La joven se volvió lentamente, quitando los restos de lágrimas mientras miraba la mano en la que su esposo sostenía un hermoso anillo en forma de gota, hecho de diamantes y zafiros que parecían bailar alrededor de la luz.
—Es el anillo de mi familia —dijo él, tomando la mano izquierda donde solo estaba el aro matrimonial de la joven—. Todas las esposas de los marqueses deben llevarlo.
—Es muy bonito —admiró Alice—. Me gusta.
—Me alegro.
William volvió a ponerse serio.
—Tenemos que irnos si deseamos llegar temprano.
Alice asintió en silencio.
No sabía si su esposo debía apresurar tanto su inevitable vergüenza, estaba segura de que algo sucedería en aquella velada y seguramente sería culpa suya.
No mentía cuando decía que era torpe.
En verdad lo era. Se caía, tiraba cosas, hablaba mal o simplemente se quemaba el cabello o el vestido. Lo inimaginable era perfectamente posible si ella estaba involucrada.