Capítulo 5 #2
William abandonó la casa con una sensación extraña provocada por aquel último beso. Más bien, el primero. El único que había tenido lugar después del de la ceremonia, se preguntó si Alice estaría lista para avanzar en su relación.
Aunque la verdadera pregunta era otra.
¿Lo estaba él?
Alice salió de su habitación casi una hora después.
Le costó más de lo que esperaba recuperar la palidez normal de su rostro tras haberle asestado aquel beso a su marido. Tal vez había sido demasiado atrevida. Tal vez él estaría enfadado con ella.
No le quedaba más remedio que aceptar el enojo y esperar a ver cómo actuaba William cuando regresara.
La joven aguardó pacientemente a que llegara la doncella que le habían asignado y comenzara a arreglarla.
Escogió un vestido bonito y cómodo para el desayuno y, debido a que muy rara vez William regresaba a tiempo, también para la comida.
Si su marido se presentaba, sería necesario cambiarlo por uno más formal para compartir la cena junto al dueño de la casa.
Alice bajó un tanto cabizbaja. No tenía ni el más remoto deseo de asistir a más clases donde constantemente le recordaban lo mal instruida que estaba, pero tonta no era y cuando nadie la veía, se metía en la biblioteca de su esposo y tomaba uno que otro libro en francés para practicar por su cuenta.
En cuestión de semanas había mejorado muchísimo.
Aquello parecía dejar impresionada a la señora Pakins, aunque esta solo lo demostraba imponiéndole más disciplina y ninguna felicitación.
Sus palabras, de hecho, eran siempre como las de aquella mañana, poco alentadoras y bastante hirientes.
—Alice querida, muéstranos cómo cenarás esta noche en la velada de los Lutsed —pidió la señora Pakins.
La joven suspiró. Jamás creyó que existieran tantas reglas de etiqueta solo para comer una ensalada. ¡Incluso había un tenedor específico para ello! Solo esperaba no olvidar nada y deseaba con todo su corazón que no sirvieran caracoles.
Dios.
Los caracoles eran un tema aparte para ella.
No los comería jamás.
—Alice —la llamó la mujer, molesta al ver la estupefacción en que se mantenía la joven marquesa—. Ven, querida. Es para hoy.
La marquesa asintió y se acercó a la mesa, donde sus tres institutrices la esperaban con mirada crítica y la vaga esperanza de que hubiese aprendido algo durante aquellos días de enseñanza intensiva.
William entró en su despacho ministerial con la mente cargada de asuntos.
Normalmente habría podido residir en dependencias oficiales, pero se negaba a hacerlo.
Le agradaba su propia casa y prefería trasladarse cada día.
Si alguna inconveniencia política lo obligaba a recibir a algún alto mandatario extranjero, entonces llevaría a su mujer consigo durante el tiempo necesario para atender los compromisos oficiales, y después regresaría a su rutina habitual.
Justo en ese momento, como si el pensamiento hubiese invocado la circunstancia, recibió una atenta petición del embajador de Grecia para ser hospedado en la vasta Francia.
Era bien sabido que venía con fines comerciales.
Mejor para él. William estudiaría de cerca cualquier propuesta que aquel hombre pretendiera ofrecer.
—Señor presidente, el señor Tugler desea hablar con usted —informó su asistente—. Es sobre las importaciones recientes que solicitó ayer. También tiene un mensaje de lord Franclog, y el presidente manda decir que lo espera a las cinco en su despacho.
—Bien. Haz pasar al señor Tugler. Archiva el mensaje de lord Franclog; seguramente se trata de otra petición de expansión que será negada. Y da mi respuesta positiva al presidente.
—Sí, señor.
William se reclinó en su asiento.
Le estaba resultando más que una molestia la presencia constante de su esposa en la cabeza, era casi como si estuviera a su lado, mirándolo, se volvería loco de un día a otro.
Todos habían notado el mal genio que acompañaba al hombre aquel día en particular. No era normal que mostrara enfado ni alegría. Su carácter acostumbraba limitarse a modales estrictos, porte seguro y una autoridad imperiosa que no necesitaba alzar la voz.
Pero ese día no estaba igual. Ese día Alice lo perseguía como un perfume adherido a la piel. Cuando el reloj marcó las seis y media, Alice ya se encontraba completamente lista para acudir a la velada.
Moría de miedo, aunque no podía decir que aquellas mujeres hicieran algo por animarla. Se llamaban Goretti y Sandre, y ambas estaban bajo el mando de la señora Pakins.
—Sí, el vestido es hermoso —criticaba Goretti, pasando la mirada por la figura de Alice.
No hablaba con ella, sino que elevaba sus pensamientos para que las otras dos mujeres que la juzgaban pudieran oírla.
—Es un original de GICH. En eso no hay margen de error.
—El cabello está bien también, señora Pakins —continuó Sandre con la crítica presencial de Alice—. Es pasable.
—Sí. No nos queda otra opción que hacerla pasable —negó la señora Pakins—. Recuerda lo que he dicho, ¿verdad? Es casi un hecho que los caracoles estén incluidos en la cena.
Alice hizo de inmediato una mueca de total desagrado.
No le gustaba en lo más mínimo la idea de comer un animal baboso que se arrastraba. Aunque había escuchado de mil bocas que eran deliciosos, no podía evitar recordar las muchas veces que, junto con las Bermont, había tomado aquellos animalillos de los jardines de la propiedad de sus abuelos.
—Tendrá que comerlos, marquesa —dijo Goretti, hablándole por fin directamente.
Alice no respondió, pero eso no significaba que les estuviera dando la razón. Con el tiempo, las tres mujeres encargadas de instruir a la esposa del presidente del Consejo habían descubierto que el silencio de aquella chica no siempre significaba aceptación.
A veces significaba todo lo contrario.
Era tozuda. Se negaba a hacer o decir algo que no le gustara. Era un alivio que no se quejara en voz alta, pero tampoco agradaba que permaneciera callada con aquella obstinación casi insolente.
La señora Pakins iba a replicar y regañarla, pero todo se vio interrumpido cuando la puerta se abrió, dando paso al marqués de Millentmont.
William lucía cansado y, claramente, deseaba que se fueran.
En cuanto pisó la habitación, comenzó a quitarse la chaqueta de diario y besó la frente de su esposa, quien permanecía de pie en medio de la estancia, bajo la inspección de las tres mujeres.
—¿Cómo ha ido tu día? —preguntó William cuando escuchó la puerta cerrarse y quedaron a solas.
—Bien… —susurró ella—. Instructivo, creo.
—¿Te han molestado más?
La respuesta inmediata de Alice habría sido sí, pero prefirió mover la cabeza de lado a lado y tomó la chaqueta de gala que William sostenía en la mano.
—Gracias.
Él le sonrió, pero rápidamente fue hacia el armario. No quedaba mucho tiempo antes de que los requirieran en la reunión.
—Veo que estás lista.
—La señora Pakins creyó oportuno que comenzáramos con mi…
Titubeó al usar la siguiente palabra.
—Arreglo desde temprano.
En realidad, la señora Pakins había empleado otra palabra.
Transformación.
—¿Cuál fue el motivo de la pausa? —preguntó William, mirándola mientras abrochaba su nueva camisa—. ¿Una mentira, tal vez?
—Iré a llamar al señor Peter para que te ayude.
Alice quiso escapar, pero William la tomó del brazo.
—Podrías ayudarme tú —dijo, con una sonrisa seductora que encendió las mejillas de la joven—. Además, no puedes irte sin colocarte ninguna joya.
—Pero…
—¿Sabes? Tal vez sí necesitaremos a Peter después de todo —asintió el hombre—. Pero tú no sales de la habitación. Tira del cordón.
Alice fue hacia el elegante cordón dorado que colgaba en una esquina y tiró de él, llamando al ayuda de cámara de su marido.
Ya estaba acostumbrada al señor Peter. El hombre seguía asistiendo a William en todo lo esencial, estuviera ella presente o no.
Tal parecía que a su esposo le gustaba verla sonrojada y un tanto desconcertada.
—William —preguntó con terrible duda—, ¿comeremos caracoles?
—¿Qué?
Él dejó escapar una risa.
Pero toda burla inicua pasó a segundo plano cuando el señor Peter entró en la habitación.
—Marquesa —se inclinó ante la esposa de su señor antes de encarar al hombre—. Milord, ¿me necesita?
—Sí, Peter. Quiero que saques las joyas que corresponden a mi esposa. Que estén a su disposición, dale la llave, a mí no me sirve.
—Sí, milord.
El hombrecillo caminó hacia una puerta contigua por la que, por cierto, Alice no había entrado nunca. En ese instante castigó su falta de curiosidad. En verdad no le había llamado la atención aquella recámara oculta detrás del tapiz de la habitación.
—¿Su señoría? —dudó Peter al ver la renuencia de Alice a seguirlo.
—Ve, Alice —pidió William.
Pero la joven no se movió.
Por ello, el marqués recurrió al extremo de comenzar a quitarse el pantalón, acción con la que logró que Alice saliera volando de allí.
William rio ante la mirada reprobatoria que Peter le lanzó y continuó cambiándose por su cuenta. En realidad, no necesitaba ayuda de cámara, pero Peter le caía en gracia y, aparentemente, sentía cierto aprecio por su esposa.
No sabía interpretar si aquello era bueno o malo.
Alice salió de aquella habitación especial con una pequeña tiara sobre el peinado, pendientes, collar de diamantes y una pulsera a juego. Resplandecía como el mismo sol, y sus ojos brillaban tanto como las piedras que llevaba encima.
—Perfecta —dijo William.
—He tenido que obligarla, milord —acusó el ayuda de cámara—. No quería disponer de nada.
—Ya se acostumbrará —dictaminó William frente al espejo, hablando con Peter como si Alice no estuviera presente.
—Gracias, milord —dijo Alice, algo enfadada de que nadie la tomara en cuenta a pesar de estar allí—, pero no estoy despreciando sus regalos. Solo no acostumbro usarlos.
William le dirigió una mirada sorprendida y sonrió.