Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 5
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Capítulo 5

E ra imprescindible que el presidente del Consejo de Ministros y su esposa asistieran a la velada que lord y lady Lutsed ofrecerían la noche siguiente.

O eso había expresado la carta llegada apenas una semana atrás, escrita por la misma mano del lord, quien, tras recibir la negativa enviada hacía más de un mes, se había visto en la obligación de rogar —con la cortesía exquisita de los hombres que jamás rogaban en apariencia— la asistencia de tan renombrada pareja.

Era bien sabido que nadie había visto todavía a lady Charpentier en ninguna velada parisina.

Algunos rumores aseguraban que el presidente del Consejo se avergonzaba de su esposa.

Aquella mentira, cada vez más repetida, comenzaba a transformarse en una verdad aceptada por los salones de Francia.

Por ello, la asistencia de la pareja a cualquier reunión social se había convertido en una especie de triunfo para el anfitrión que lograra arrancarlos de su discreto aislamiento.

Casi un juego entre la aristocracia y la burguesía francesa.

En cierto modo, William había aceptado la negativa de Alice a asistir a eventos sociales.

Sus días en Inglaterra habían sido demasiado agitados, y acercarla de inmediato a una sociedad nueva, dispuesta a devorarla de un solo bocado, no habría contribuido en nada a tranquilizarla, pero ahora parecía no haber escapatoria, al menos no a aquella velada, donde su presencia era considerada un honor.

—Es necesario que asistas en esta ocasión —le decía William mientras se metía en la cama junto a su esposa—. Los rumores han derivado hacia un supuesto repudio de mi parte hacia mi mujer.

—¿Crees que me aceptarán? —preguntó ella, nerviosa, acomodándose entre las sábanas.

Llevaba un fino camisón de seda rosa pastel, tan delicado que parecía hecho para rozar la piel más que para cubrirla.

—Alice.

William le tocó la mejilla con los dedos.

—Eres encantadora. No debes tener más miedo.

—Para este momento, todos sabrán que te casaste conmigo porque me dejaron en el altar —recordó ella, entristecida—. Será humillante.

—Estoy casado contigo ahora. Y estaré a tu lado.

La acercó hasta fundirla en un abrazo protector contra su pecho.

—No tienes nada de qué preocuparte.

Alice se aferró a aquel cariño acogedor y recostó la mejilla sobre el pecho de su marido. Era consciente de que no eran un matrimonio normal. A veces ni siquiera sentía que fueran un matrimonio.

William no la había tocado desde aquel beso en los labios el día de su boda, cuando el sacerdote lo indicó frente a sus familiares.

Tenían un mes de casados.

Un mes en el que Alice había intentado llamarle la atención de todas las formas que se le habían ocurrido, pero él no respondía a nada. Era como si ni siquiera le atrajese un poco, como si durmiera con Katherine en lugar de con una mujer.

No era que Alice sintiera un impulso arrebatador que la hiciera desear lanzarse a sus brazos sin pensamiento alguno, pero sabía que un matrimonio, además de dormir juntos, debía completarse con cierta… cosa distinta.

Su madre le había dicho que era cuestión de honor, que una mujer debía cumplir con aquella parte del matrimonio.

Lo había llamado “la consumación”. El día en que se casaron, William también había dicho algo al respecto, pero lo principal que recordaba eran aquellas palabras precisas: “Conocerte como mujer. Siempre te he visto como una hermana o una mejor amiga”.

Había pasado un mes y tal parecía que ella no lograba hacer que la viera como mujer.

Él había dicho también que esperaba lo que cualquier hombre esperaba.

Pero ¿qué era aquello que no se atrevía a hacerle?

Incluso la tocaba con cuidado, como si midiera hasta dónde podía llegar antes de arrepentirse.

William, por su parte, no podía negar que le resultaba difícil cambiar la forma en que percibía a Alice.

Sí, era una mujer hermosa, poseía encantos que deberían tentarlo, pero no era tan sencillo.

Notaba cómo ella lo intentaba. Buscaba llamar su atención, y debía aceptar que, cuando quería, aquella muchacha era peligrosa en su inocencia.

En más de una ocasión había logrado hacerlo perder el control hasta el punto de desear tomarla incluso sobre su escritorio, pero cuando estaba a punto de reclamar sus labios y abrirle la boca a besos, su mente lo detenía.

¿Por qué? Solo el cielo lo sabía. Constantemente se preguntaba por su relación y se sometía a introspecciones tan severas como inútiles. Siempre llegaba a la misma conclusión: era como su hermana.

Andrei había dicho algo parecido a “vaya pedazo de idiota” cuando se lo confesó, pero era así.

William suspiró y volvió un poco el rostro hacia la mujer que, sin que él se percatara, se había quedado dormida en sus brazos, parecía una niña, aferrada a él con una fuerza poderosa a pesar de su pequeña complexión.

Intentó dejar su cabeza sobre la almohada, pero fue inútil. La muchacha quería dormir sobre él y no parecía dispuesta a ofrecerle otra opción. Al fin y al cabo, la velada del día siguiente sería pesada para ella. Solo esperaba que pudiera soportarla.

La abrazó un poco más, sonriendo al escuchar el suspiro molesto que Alice soltó por el movimiento. Finalmente, ella se acostumbró a la nueva posición y la aceptó.

—Buenas noches —murmuró él.

Le besó la frente y se dispuso a dormir también.

Tendría un día pesado en el Parlamento y ni siquiera su esposa podía distraerlo de eso.

A la mañana siguiente, William despertó temprano, como de costumbre, con la única diferencia de que, en lugar de despertar solo, una bella y joven mujer lo tenía aprisionado.

Una de las piernas de Alice había subido hasta entrelazarse con una de las suyas, y su cabeza reposaba casi a la mitad de su pecho. No le resultaba incómodo, pero se preguntó si acaso él se había movido en algún momento de la noche.

Más bien parecía que su esposa lo mantenía preso en el lugar.

—Alice —le apretó suavemente el hombro—. Despierta.

La joven pareció más molesta aún cuando él intentó salir de la cama sin despertarla, pero toda la travesía resultó innecesaria cuando la puerta de la recámara se abrió de par en par, dando paso a la señora Pakins junto con otras dos mujeres de unos treinta años.

—Señor —se inclinó la mujer—. Buenos días.

William levantó una ceja, algo confundido de ver a las tres mujeres entrando con tanta soltura en su habitación, pasando por alto su presencia y, sobre todo, la posición en que se encontraba junto a su esposa, quien, por cierto, seguía dormida.

—Lady Charpentier —llamó la mujer—. Lady Charpentier, debe comenzar sus lecciones cuanto antes.

Alice abrió los ojos, descolocada, igual que su marido.

—En realidad, señora Pakins —dijo William—, mi mujer puede esperar hasta después del desayuno para comenzar cualquier actividad.

—Su señora madre nos ha indicado la forma en que debemos instruir a la marquesa, su señoría —informó la señora Pakins—. Y lady Charpentier está muy atrasada en todo.

Para ese momento, Alice ya se había alejado del cuerpo de William y parecía tener serias intenciones de cubrirse con la manta para no salir jamás de allí.

—¿Mi madre? —William se levantó al verse liberado del pequeño pulpo que lo había atrapado durante la noche.

—Sí. Se hizo un informe sobre la marquesa, y estamos pasmadas por lo mucho que no sabe.

La mujer miró a su nueva discípula.

—No queremos que sea una deshonra para usted. Y, al paso que va, parece que lo hará antes de saber decir oui en francés.

—¡Basta! —exigió William al ver la expresión entristecida que se dibujaba en el rostro de Alice—. ¿Qué clase de enseñanza ofrece si su método consiste en avergonzarla?

—Señor… —La mujer abrió los ojos, intentando disculparse.

—No —la detuvo William—. Discúlpese con ella. Está de más decirle que, si la veo llorar una sola vez a causa de algo que usted haya dicho para herirla, seré incontenible. No me gusta ver llorar a una mujer. Menos a la mía.

—Sí, señor —asintió la mujer varias veces—. Una disculpa, marquesa. No quise ser tan ruda.

Alice movió apenas la cabeza, pero no dijo nada ni levantó el rostro. Seguramente estaba intentando tragarse las lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos.

Alice era sensible, mucho más de lo que intentaba aparentar.

—Retírense.

Las tres mujeres abandonaron rápidamente la habitación, avergonzadas por la reprimenda del marqués.

Alice salió de la cama y estuvo a punto de pasar junto a William, directa hacia el baño para lavarse la cara y evitar que alguien notara que había llorado.

Pero el marqués era conocido por captar los movimientos de las personas con demasiada rapidez.

Fue más veloz que ella y la tomó por la cintura, pegándola a su cuerpo.

—Levanta la cara, Alice —pidió.

La joven se negó de inmediato.

—Vamos. Déjame ver tus ojos. Me han dicho que son los más hermosos de toda Europa.

—Seguramente te han mentido —contestó ella con un tono juguetón, aunque la voz quebrada la delataba.

Intentaba sobreponerse.

—Yo no lo creo.

William le tomó la barbilla y elevó su rostro, deleitándose con aquel par de ojos húmedos y extraordinarios.

—Sí. En definitiva, son hermosos.

Alice bajó la cara entre una risa frágil y un rastro de lágrimas. Meneó la cabeza de lado a lado antes de volver a mirar a su marido.

—Gracias.

—No dejes que te hagan llorar con tanta facilidad —le pidió.

—Cuando lo que dicen es verdad... ellos tienen razón, sentirás vergüenza esta noche si llego a equivocarme.

—Nadie es perfecto como para no equivocarse jamás.

—Tú lo eres.

—¿Perfecto?

William levantó una ceja.

—Creo que te equivocas de persona.

—Yo no lo creo.

Llevada por un impulso que pareció venir de ninguna parte, Alice se puso de puntillas y besó los labios de su marido.

Fue algo dulce y sutil. Un roce breve. Apareció tan rápido como se esfumó y, para cuando William terminó de comprender lo ocurrido, su esposa ya había corrido al interior del baño, donde probablemente no saldría hasta que él se marchara.