Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—¡Oh! Por supuesto, mi señor. Los anunciaré.

William pasó al hall del palacio y miró con especial detenimiento las manos de Alice, parecían querer aferrarse a algo para no temblar. Entonces se fijó en que ella no portaba ningún anillo más que el de bodas, había olvidado darle el anillo de las marquesas de Charpentier.

Era una tradición familiar, una joya pasada de generación en generación, esperaba no volver a olvidarlo, tendía a dejar pasar las cosas que no le parecían urgentes.

—Recuérdame darte tu anillo —dijo para asegurarse.

—¿Mmm? —Alice lo miró distraída—. ¿Qué anillo?

—El anillo que deberías portar en este momento, querida —respondió una voz altiva.

Alana apareció frente a ellos.

—Madre —saludó William, inclinando la cabeza.

—Nada de madre —lo regañó ella—. ¿Por qué esta niña aún no lleva su anillo? Te lo dejé hace demasiado tiempo.

Y era verdad.

Alana se lo había entregado con la intención de recordarle a su hijo que necesitaba una esposa.

Cosa que no se cumplió hasta mucho tiempo después.

Daba gracias de que al fin estuviera casado, pero casi podía decir que aún no lo estaba, sobre todo por el evidente desinterés que William mostraba hacia su nueva vida conyugal.

—No está a discusión ahora —dijo él—. Se lo daré en cuanto lleguemos a casa. Por ahora, ¿cómo está Gigi? ¿Qué ha sido el bebé?

—Tu hermana está perfecta —respondió Alana, contrariada por no poder continuar sermoneándolo—. Y fue un hombrecito. Piensan llamarlo Lucca.

Alice levantó el rostro al escuchar aquel nombre. No pudo evitar sentirse incómoda, incluso un poco molesta. Lucca. Era un nombre terrible. Los Lucca engañaban, huían, dejaban a una mujer cuando más se les necesitaba. No. No le gustaba ese nombre.

Le parecía horrible.

—¿Te molesta algo, querida? —preguntó Alana—. De pronto has hecho un mohín de desagrado.

—No, señora. Mis disculpas.

William también había notado la expresión de su esposa. Pero no le dio mayor importancia y volvió a mirar a su madre.

—¿Podemos pasar a verla?

—Sí —asintió Alana—. De hecho, Asher está con ella. Seguramente querrás verlo.

—En efecto.

William dejó que Alice caminara delante de él mientras subían la escalera. Alana hablaba de alguna trivialidad parisina. Al parecer, la próxima fiesta de lady Lutsed era la expectativa del momento y abriría la temporada de invierno en París.

—Sería bueno que llevaras a Alice —dijo Alana—. Tienes que encontrar la forma de presentarla. Llevan un día aquí y ya corren rumores de tu casamiento.

—No esperaba menos de París —respondió William—. ¿Qué piensas, Alice? ¿Te gustaría asistir?

—No podría negarme a una invitación directa —dijo ella con dulzura—. Pero me temo que no sabría integrarme tan pronto con la gente de París.

—¡Oh, por Dios, querida! —rio Alana—. Todos se sienten así la primera vez. Recuerda que yo también era extranjera cuando me casé aquí. Además, Will no te quitará los ojos de encima.

Miró a su hijo.

—¿O me equivoco?

—No, madre. Estás en lo cierto, si deseas ir, estaré a tu lado.

Alice sonrió suavemente, pero siguió subiendo la escalera sin dar una respuesta precisa. Desearía, al menos, dominar el idioma antes de presentarse en sociedad como la esposa de William Charpentier.

Entraron en la habitación que una doncella indicó como la de Giorgiana.

En cuanto cruzaron la puerta, se dieron cuenta de que no había duda.

Allí estaba ella, en cama, junto a un pequeño bebé y con una sonrisa luminosa.

A su alrededor se encontraban Celio, Antoine y Asher, quienes parecían turnarse para lograr que Giorgiana permaneciera acostada el tiempo que el médico había estipulado.

—¡Alice! —sonrió la nueva y joven madre—. ¡Oh, Alice! Me alegra que hayan venido tan pronto a reunirse conmigo, sé que acaban de llegar. Mamá me contó todo.

—Hola, Giorgiana.

Alice se adelantó y después se inclinó rápidamente frente al hombre que era esposo de su cuñada y superior político de William.

—Señor presidente.

—Soy Asher —se adelantó, ofreciéndole la mano con cortesía.

Alice no entendió el gesto, pero alargó la suya y recibió el saludo.

—Así es él —Giorgiana le guiñó un ojo—. Ven, toma al bebé.

Alice se acercó sin dudar un segundo. Le encantaban los niños. Siempre le habían fascinado. Y el pequeño de aquella pareja era precioso: regordete, de mejillas rosadas y ojos enormes.

—William —saludó el presidente a su primer ministro.

—Señor —respondió este.

—Veo que te has casado. Me alegro. Por fin dejarán de asediarnos con el tema.

—No podría estar más de acuerdo —aceptó William.

—Pero no parece que te guste tu esposa —dijo Asher.

Era de los pocos hombres que se atrevían a enfrentar a William sin amedrentarse.

—Mi esposa es hermosa.

William la miró mientras Alice sostenía al pequeño en brazos y los amigos de su hermana la hacían reír o le daban indicaciones exageradas sobre cómo cargar al bebé.

—No creo que nadie pueda negar eso.

—Que sea hermosa no la hace especial para ti —replicó Asher—. Te pido que no hables de ella como si fuera una obra de arte de algún pintor famoso. Es una mujer, no un objeto.

—Creí que me conocías lo suficiente como para saber que aprecio a las mujeres. Y más a la mía, por supuesto.

William miró al presidente con seriedad.

Al fin y al cabo, aquello se trataba de su vida privada.

—No te enojes, William.

Asher le tocó el hombro.

—Solo me preocupo por ambos.

—Y te lo agradezco —aceptó él, más relajado—. Pero estamos bien.

—¡William! —gritó Giorgiana—. ¿Verdad que vais a ser sus padrinos?

El hombre se impresionó, aunque seguramente nadie lo notó. Ni siquiera su propia madre. Lo tomaba por sorpresa que ya estuvieran pensando en eso cuando el pequeño apenas era un bebé sin habla.

—¿En serio? —preguntó Alice, sorprendida—. ¿Yo también?

—¡Sí, preciosa! —dijo Celio, dándole un golpecito en el hombro—. ¿Qué no eres acaso la esposa de Willy?

—Sí… —contestó ella quedamente, mirando al bebé que yacía en sus brazos—. Yo estaría encantada.

—¡Bien! ¡Todo resuelto! —aplaudió Giorgiana.

—Solo lo perdonaré porque yo no creo en esas cosas —dijo Celio—. Si no fuera por eso, Gigi estaría muerta ahora.

—Deja de decir tonterías, Celio —negó Antoine, sosteniéndose el puente de la nariz con los dedos.

—¡Qué tonterías ni qué ocho cuartos! ¡Pura verdad!

—Tranquilo, Celio —Giorgiana le tocó el brazo—. Tú serás su director espiritual.

—Oh, para eso no necesito tu permiso.

Celio juntó las manos como si rezara.

—Ese pequeño desbloqueará los siete chakras cuando tenga diez años. Namasté.

Los minutos siguientes derivaron en una intensa discusión entre Alana, Celio y Antoine sobre religión, ceremonias y doctrinas que cada uno defendía o rechazaba con un fervor bastante poco espiritual.

William y Asher simplemente desaparecieron del salón.

Alice quedó entonces un momento a solas con Giorgiana, y aquello les permitió hablar.

—¿Cómo te va, Alice? —preguntó la joven que permanecía en cama.

—Bien. En realidad, le debo mucho a William. Lo que pasó…

La miró.

—Supongo que ya lo sabes.

—Mi madre me contó.

Alice asintió varias veces.

—Pensé… que por fin alguien podría quererme.

Sonrió con melancolía.

—Creo que fui más ilusa de lo que imaginaba.

—No.

Giorgiana le tomó la mano.

—No puedes hacerte menos solo porque un hombre te rechazó.

—¿Uno? —sonrió con tristeza—. Tengo una larga lista. Además, creo que no hay dolor peor que ser humillada frente a Dios.

De pronto, una rabia que Giorgiana jamás había visto en su amiga se instaló en sus ojos.

—Todos viéndome, sintiendo lástima por mí.

Negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos.

—“Oh, pobre señorita Miller.” “Era de esperarse.” “Qué lástima, parecía que esta vez lo lograría.”

Imitó las muchas voces que había alcanzado a escuchar.

—Aún las oigo cuando duermo.

Se puso en pie, casi fuera de sí.

—A eso se le llama rencor —dijo Giorgiana con cuidado—. Coraje.

—Orgullo —corrigió Alice, limpiándose las lágrimas con furia almacenada en el interior de su ser—. Se llama orgullo.

Respiró con dificultad.

—Pero dime, Giorgiana… ¿qué orgullo puede quedarme después de tantas humillaciones?

—Ahora estás casada.

—¿Casada? —Alice rio con cinismo—. ¿Con un hombre que apenas me ve? ¿Con un hombre que me percibe como una niña?

Giorgiana la observó durante un largo instante.

—Dime, tú eres una ferviente seguidora de Dios, ¿o me equivoco?

—Es lo único que me queda.

—Además de tu odio, claro está —dijo Giorgiana con soltura—. Bueno, digamos que Dios te ha puesto una prueba muy grande. Pero al mismo tiempo te ha dado lo que más querías.

—¿Y qué es eso?

—¿Quién es el hombre al que has amado desde que eras una niña?

Alice la miró y bajó la cabeza.

—William.

—Así es. Ahora ese hombre es tu esposo —le hizo ver Giorgiana—. ¿No lo ves como una bendición?

—En realidad, estoy preocupada.

—¿Por qué razón?

—Ni siquiera sé su idioma —dijo tristemente, sentándose de nuevo en la cama de su amiga.

—Pormenores. —Giorgiana le quitó importancia con un gesto de la mano—. Tienes mucha ayuda a tu disposición. De hecho, deberías considerar la de Celio y Antoine. Nadie mejor que ellos para guiarte.

—Alice.

La puerta se abrió de pronto, mostrando el rostro de William, que buscó rápidamente a su mujer.

—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?

—Nada.

La muchacha se levantó.

—¿Ocurre algo?

William miró de manera intermitente a su hermana y a su esposa. Comprendió rápidamente que algo sucedía, aunque también entendió que no se lo dirían. Lo leyó en el rostro de Giorgiana y en el azoramiento de Alice. Tenía una idea bastante clara de lo que ocurría.

—Nos vamos —indicó.

Se acercó a su hermana mayor y depositó un beso en su frente.

—Felicidades, Gigi. Tu hijo es hermoso.

—Gracias —sonrió ella—. Espero tener un sobrino pronto.

Alice dio un respingo nervioso. William, en cambio, solo negó con la cabeza y asintió, sopesando las palabras de su hermana.

—Nos vemos.

Tomó a Alice por la cintura para conducirla hacia la salida.

—¡Trátala bien! —pidió la joven madre con un grito nada propio de una duquesa y mucho menos de la primera dama de Francia.