Capítulo 4 #2
Alice supo que se dirigía a ella, pero no entendió la mayor parte de sus palabras.
Sintió entonces una rabia callada contra su madre.
Sus hermanas sí habían aprendido francés.
Ella, no. A ella se le había negado esa posibilidad una y otra vez, como si educarla fuera un gasto innecesario o una pérdida de tiempo.
Alice sonrió.
Sabía que se esperaba una contestación, pero no sabía cómo darla. Gracias a Dios, el gesto pareció ser suficiente. El mayordomo asintió, complacido, y los invitó a entrar en el castillo.
—Alice —preguntó William, que no había dejado de notar su renuencia a responder—, ¿sabes hablar francés?
La joven se sonrojó de pies a cabeza.
Aquella fue la respuesta silenciosa que su esposo captó enseguida.
—¿Por qué no sabes hablarlo? ¿Nadie en tu familia lo creyó esencial?
—Mi padre contrató institutrices para enseñarnos toda clase de cosas —respondió ella, con una voz tan baja que William tuvo que inclinar apenas la cabeza para escucharla—. Pero mi madre… a ella no le gustaba que yo aprendiera. Mis hermanas sí pudieron, pero yo no.
—¿Tu madre te negó la prerrogativa de aprender?
—Ella… —bajó la mirada—. Quería que me enfocara en otras cosas.
William lo dudaba. A esas alturas, podía notar lo mucho que Alice debía de haber sufrido en aquella casa.
Era demasiado piadosa para hablar en voz alta de los fallos de su familia, pero las carencias estaban allí.
También la desvalorización. Le enfurecía pensar que alguien hubiese sido capaz de cometer una ruindad semejante: arruinarle el futuro a una joven por indiferencia o crueldad.
Y su padre no era mucho mejor.
¿Cómo era posible que nunca hubiera notado que Alice no recibía la misma educación que las demás?
—Mandaré traer a la señora Pakins —dijo William, intentando no avergonzarla más por aquellas carencias que a él, personalmente, no le importaban—. Ella te ayudará en lo que sea necesario.
Alice deseó enterrar la cabeza en el mármol pulido del suelo.
Era terriblemente bochornoso, tal como su madre se había complacido en recordarle el último día que la vio. Estaba casada con un hombre respetable, inteligente, políglota y, además, una de las figuras políticas más importantes de Francia.
—Tengo que salir —dijo William—. Puedes conocer la casa o recostarte un rato. Más tarde iremos a visitar a Giorgiana. Por lo que sé, dio a luz hace una semana. Vuelvo por ti a las siete.
—William —lo llamó ella, casi con un grito.
No era propio de su costumbre, pero la sola idea de que él la dejara allí apenas llegada le incrementaba el nerviosismo.
—Pero ni siquiera sé dónde dormiré… y los sirvientes hablan…
Bajó la cabeza, avergonzada.
—Hablan francés.
—Todos aquí hablan inglés también —intentó tranquilizarla—. A mí y a mis hermanas nos costaba ajustarnos después de volver de Inglaterra, de modo que la servidumbre fue instruida en esa lengua.
—Oh.
¿Era posible sentirse más humillada?
Hasta los empleados parecían mejor preparados que ella.
Aquello era un desastre.
—No te preocupes.
William se acercó y le tomó una mejilla con la mano enguantada.
—Todo irá bien, ¿de acuerdo?
Alice asintió, aunque no parecía convencida.
Cerró los ojos cuando William depositó un pequeño beso en su frente.
Después, al quedarse sola, se volvió hacia la imponente casa y dejó escapar un suspiro.
Enorme era una palabra demasiado pequeña.
Seguro que, si se atrevía a caminar sin guía, terminaría completamente perdida.
No quería agregar aquello a su lista de torpezas.
—Milady —le habló el mayordomo—. ¿Quiere pasar a su habitación?
—Sí —respondió en inglés—. Y me gustaría que me hablara en inglés, por favor.
Se sonrojó.
—Aún no me acostumbro al francés.
Mintió, por supuesto. Ni siquiera lo sabía. Pero Alice, sobre todas las cosas, era una mujer orgullosa. A pesar de ser tímida y algo taciturna, aquel orgullo le brotaba en ciertos momentos como un chorro indomable de una fuente.
—Como usted ordene, milady —respondió el hombre, sorprendido al comprobar que la lengua materna de la joven era la inglesa—. ¿Le gustaría descansar? ¿Tiene hambre, quizá?
—Descansar estará bien.
Alice asintió al escuchar el marcado acento francés y la conjugación imperfecta. Pero lo entendía, que era lo fundamental. Y él también la entendía a ella.
—Sígame, milady —pidió el hombre—. La llevaré a su recámara.
William entró en el despacho de su mejor amigo.
Nuevamente había sido recibido por la esposa de Andrei, aunque esta regresó pronto a sentarse. Su embarazo avanzaba, y su cansancio también. Aquello le recordó que él también tenía una esposa. De hecho, se reprobó a sí mismo por haberla dejado sola apenas llegar. Seguramente estaría nerviosa.
—¡William! —sonrió Andrei—. ¡Qué bueno que has regresado!
—Andrei —saludó Will con seriedad.
Aquello sorprendió al hombre sentado tras su escritorio.
—¿Qué pasa? —preguntó, poniéndose de pie—. ¿Cómo estuvo la boda de los ojos bonitos?
—Bien… o más bien extraña, por no decir que se casó conmigo.
—¿Qué?
—Sí —dijo William, llanamente.
—¿Estás bien de la cabeza? ¿O te caíste al bajar del barco?
La puerta se abrió de golpe, dando paso a la esposa embarazada de su amigo, quien aún sostenía un pastelillo que seguramente habría comido con tranquilidad si Andrei no fuese tan dramático.
—¿Qué pasa? —preguntó Amber.
—Se casó —dijo Andrei, señalando a William.
—¿Con la de los ojos bonitos? —sonrió la muchacha.
—Se llama Alice —corrigió él—. Y sí, con ella. ¿Cómo lo sabes?
—Andrei me contó.
Se encogió de hombros.
—Como sea —continuó William, sentándose—, en realidad estoy preocupado por ella. Venir a la sociedad francesa no le será nada fácil.
—Sobre todo porque es inglesa —asintió Andrei.
—Nosotros la integraremos —le quitó importancia Amber—. Ya pienso que es una mujer muy buena.
—¿Y eso cómo lo sabes? —preguntó William.
—Porque estás preocupado por ella. Y eso solo te ocurre con tu familia, o con aquellos a quienes consideras parte de ella.
—Es mi esposa.
—¿Me vas a negar que despierta en ti un sentimiento de protección?
—Está a mi cargo. Claro que debo protegerla.
—Tranquila —Andrei tocó a su mujer—. Jamás lo admitirá.
—Solo porque no lo siento —dejó claro William—. Es difícil verla como mujer cuando siempre ha sido casi como una hermana.
Amber abrió los ojos y miró a su marido, verificando que ambos tenían la misma duda en mente. Era evidente que sí. Por ello, la joven se sentó en una silla cercana a la del presidente del Consejo de Ministros y lo observó con fijeza.
—Tú… consumaste el matrimonio, ¿cierto?
William apretó los labios y miró hacia otro lado.
—¡No lo hiciste! —incriminó Andrei—. Amigo, tienes que hacerlo.
—No puedo —admitió William—. Me resulta una aberración. ¡Es como una niña! Como tomar a mi hermana. No puedo ni imaginarlo.
—Podrías empezar con cosas simples —razonó Amber.
William la miró con severidad.
—No me mire así, milord —añadió ella—. Me refiero a un beso, una caricia, algún gesto que te permita perder esa idea absurda que tienes.
—Amber, por Dios, besarla, acariciarla… eso seguro…
Andrei abrió los ojos al ver la expresión de su amigo.
—¿En serio? ¿En serio ni siquiera la besas?
—No.
Amber negó con tristeza.
—Debe de sentirse muy triste. Despreciada por su marido.
—No la desprecio.
—A todo esto —intervino Andrei—, ¿por qué te casaste con ella?
William consideró explicar que Alice había sido abandonada en el altar, pero aquello le pareció ruin y vergonzoso para su esposa, así que omitió la respuesta y no dijo nada en absoluto.
La pareja comprendió que no les sería revelado, al menos no por boca de William, los chismes de Londres, sin embargo, seguramente llegarían a París en pocos días.
Alice estaba lista. Llevaba puesto el vestido elegido para salir y conocer, por primera vez desde su boda, a su cuñada en territorio francés. Giorgiana era una mujer buena, un tanto alocada, sí, pero buena, no temía ser rechazada por ella.
Su marido, en cambio, era el presidente de Francia y eso la inquietaba.
Inglaterra y Francia habían sido rivales durante demasiado tiempo.
Ahora ese hombre representaba a su país tanto como William representaba el suyo.
La sola idea de cometer un error frente a él le tensaba las manos dentro de los guantes.
Pensaba en aquello cuando la puerta de la recámara cedió, dando paso a su marido. William entró con una expresión extraña. La miró fijamente, como si buscara algún error en ella. O eso creyó Alice. Se puso de pie, nerviosa, y permitió que la observara.
—¿T-tuviste un buen paseo? —preguntó.
—Sí —respondió él, acercándose—. ¿Estás lista?
—Solo me falta el perfume.
Alice volvió la vista hacia el pequeño frasco y colocó el elixir sobre su cuello. William, casi por reflejo, se acercó a su esposa. Bajó la cabeza y aspiró el perfume directamente contra su piel.
Alice estuvo a punto de dar un brinco hacia atrás, pero la impresión fue tan intensa que se quedó inmóvil.
El aliento de William le rozó la garganta.
—Te gustan muy dulces —murmuró él contra su cuello.
Entonces se arriesgó, depositó un beso suave sobre aquella piel perfumada y Alice se estremeció.
—¿T-te desagrada? —preguntó, apenas capaz de sostener la voz.
—No.
La respuesta fue llana, tranquila, pero sus labios se demoraron una fracción más de lo necesario antes de apartarse.
—¿Nos vamos?
—S-sí.
El Palacio del Elíseo, residencia del presidente de Francia, tenía varias habitaciones iluminadas.
William sabía que su madre se hospedaba junto a su hermana ahora que Giorgiana acababa de dar a luz.
Aquello, seguramente, sería un desastre digno de ver.
Además, Alana ya debía de haberle contado todo a Gigi, y la idea de no repetir la historia otra vez le producía cierto alivio.
—Señor presidente —se inclinó el mayordomo al recibirlo—. Y…
El hombre miró a la mujer a su lado.
—Mi esposa —presentó William.