Capítulo 4
W illiam observaba cómo Alice se asomaba por la ventana de la carroza.
Había algo casi hipnótico en verla descubrir Francia por primera vez.
Su rostro, normalmente recogido en una timidez silenciosa, se había iluminado con una emoción que ella intentaba contener sin demasiado éxito.
Sus ojos violetas iban de un edificio a otro, de las calles amplias a los escaparates, de los carruajes a las damas que caminaban envueltas en sedas y sombrillas, como si París entero hubiese decidido abrirse ante ella con una cortesía deslumbrante.
Casi podía sentir los nervios y el asombro que invadían a aquella joven que abandonaba por primera vez su país de origen para comenzar una nueva vida en la capital francesa.
—¿Te gusta, Alice? —preguntó William, aunque conocía la respuesta desde antes de formular la pregunta.
La sonrisa que ella le dirigió fue suficiente.
—¡Es hermoso! —aceptó, con una espontaneidad que rara vez se permitía—. Clotilde se equivoca. París es más bello que Londres.
—Eso lo dices porque apenas has salido de Inglaterra —respondió él—. Con el tiempo comenzarás a distinguir tus propios gustos.
—No lo creo —murmuró ella, extasiada—. Creo que hasta el aire de este lugar es distinto.
—Bueno, ya no estamos en Inglaterra —dijo William, como si aquello explicara todo.
Alice no respondió. Se dedicó a observar cuanto la rodeaba.
Admiró la arquitectura, tan diferente a la londinense; los balcones de hierro que parecían bordados sobre la piedra; las fachadas claras, los cafés elegantes, las tiendas de toda estirpe, el perfume de los panes recién hechos mezclándose con el humo de los carruajes y la humedad del Sena.
París se le antojó una ciudad viva, orgullosa de sí misma, como una dama bellísima que no necesitaba pedir permiso para ser contemplada.
Entonces vio, a lo lejos, una silueta monumental.
—Dios mío —susurró, asomándose un poco más por la ventana—. ¿Ese es el Palacio del Trocadero?
—Lo es —respondió Will, siguiendo la dirección de su mirada—. Fue construido para la Exposición Universal de 1878. Durante meses, París fingió ser el centro del mundo.
—¿Y no lo es? —preguntó ella, con una ingenuidad tan seria que a William casi le arrancó una sonrisa.
—Para los parisinos, siempre lo ha sido.
Alice soltó una pequeña risa.
—¿Tú estuviste allí? Cuando se realizaron todas las exhibiciones.
—Aquí soy presidente del Consejo de Ministros —respondió él—. Las asistencias sociales, políticas y diplomáticas son parte de mi día a día. Una generalidad más dentro de mi trabajo.
La miró.
—Ahora que eres mi esposa, te corresponde estar a mi lado.
Alice sonrió con nerviosismo. Era verdad.
Ser la mujer de alguien tan importante como William resultaba intimidante.
La sociedad francesa seguramente no esperaba que su presidente del Consejo de Ministros se casara de manera tan repentina con una inglesa.
Estaba casi segura de que no sería recibida con agrado.
Agradecía, al menos, ser católica y no anglicana.
No sabía cómo habrían tomado los franceses la llegada de una esposa inglesa ajena a la Iglesia de Roma, sobre todo en un país donde la religión seguía siendo asunto delicado entre salones, familias antiguas y círculos políticos.
Aquella parte le producía cierto alivio.
En Inglaterra, no era un crimen ser católica, desde luego, pero tampoco era algo bien visto en determinados círculos sociales.
Gracias a la ascendencia irlandesa de su padre, Alice había sido criada dentro de la fe católica.
Su madre y sus hermanas, en cambio, habían elegido el anglicanismo, que a ojos de Alice no distaba tanto de su propia iglesia, aunque comprendía que, para otros, la diferencia podía convertirse en un abismo.
En fin, su boda con William no se había complicado por aquel motivo. Ambos pertenecían, al menos formalmente, a la misma fe.
Pensó entonces en sus amigas —ahora primas políticas y cuñadas— y se dio cuenta de que no recordaba con certeza si alguna seguía una religión en particular.
Katherine había nacido bajo la influencia católica francesa, pero se había casado en una iglesia anglicana.
Elizabeth y Marinett habían hecho lo mismo.
Y Annabella, si no se equivocaba, estaba unida a una familia de tradición ortodoxa.
—Oye, William —lo llamó, apartándose un poco de la ventana.
—¿Sí?
—Ustedes, los Bermont… ¿en qué creen?
William levantó una ceja.
La pregunta parecía haberlo tomado por sorpresa.
—Me refiero a su iglesia —aclaró Alice—. Todos vienen de muchos lugares, pero tus primas se han casado con ingleses, igual que Kate. Solo Giorgiana se casó con alguien de su misma religión.
—No somos particularmente devotos a nada —explicó William—. Nacimos en distintos lugares, crecimos entre Francia e Inglaterra, y en la familia hay una vasta combinación de creencias.
—Lo que quiere decir que no creen en nada —argumentó la joven.
—Es una resolución bastante perfecta de mis palabras.
William se encogió de hombros.
—¿Por qué aferrarse a algo específico cuando todos aseguran poseer la verdad absoluta y, ciertamente, ninguno puede probarla?
—Entonces… ¿ninguno de ustedes cree en nada?
—No lo diría de ese modo. Que yo sepa, mi hermana y mis primas enseñan a sus hijos el anglicanismo. Giorgiana, supongo, hará lo mismo con el catolicismo.
Alice bajó un poco la mirada antes de formular la pregunta.
—¿Y tú qué harás?
Se sonrojó apenas terminó de hablar. Era una pregunta referente a hijos que no tenían y que, desde luego, tampoco esperaban con prontitud. William la miró con una sonrisa lenta, encantadora.
—Tenerlos —dijo—. Eso es lo primordial.
Alice sintió que el calor le subía hasta las mejillas.
—Pero… —prosiguió, negándose a dar el tema por zanjado— ¿qué religión les enseñarías?
—Creo que tú tienes una en mente —observó él—. Y no parece que quieras ceder ante la idea.
La joven bajó los ojos y asintió.
—Soy católica.
—Y no te juzgo.
—T-tú… ¿me dejarías enseñársela?
William miró por la ventana durante unos segundos, como si el regreso a su patria le despertara una nostalgia que no estaba dispuesto a mostrar. Luego volvió los ojos hacia su esposa.
—Hablas como si ya hubieras encargado un hijo —dijo, haciéndole notar lo lejos que estaban aún de semejantes decisiones—. Y, en cuanto a lo otro, la respuesta es sí. Esa sigue siendo la fe de buena parte de Francia, y no tengo intención de disputar contigo un asunto que claramente te importa.
Alice decidió callar. Durante todo el viaje no creyó haber logrado avergonzarse tanto como en aquel momento.
Estaba siendo indiscreta. Ellos ni siquiera…
bueno, eso. William le había dicho que necesitaba aprender a verla como mujer.
Y, aunque hablaran de hijos venideros o de su vida de casados, Alice tenía el presentimiento de que él aún no había cambiado la forma en que la miraba.
Cuando llegaron a la propiedad, Alice sintió que iba a desmayarse.
Al menos eso notó William en la expresión de su esposa cuando el lacayo abrió la puerta de la carroza.
El castillo de Millentmont superaba con creces el tamaño de la casa Bermont.
No precisamente porque sus dueños fuesen más ricos, pues los duques de Bermont siempre habían sido más austeros.
Pero cuando el primer marqués de Millentmont mandó construir la propiedad, Francia atravesaba una época en la que la nobleza parecía dispuesta a darlo todo por casas enormes, lujosas, llenas de salones, galerías y habitaciones que, en su mayoría, permanecerían vacías.
Alice descendió con cuidado.
El edificio se alzaba ante ella como una mole elegante y desmesurada. Piedra clara, ventanales altos, escalinatas anchas, columnas imponentes y una simetría tan perfecta que intimidaba. Aquello no era una casa. Era un mundo.
A las afueras de la propiedad esperaban los sirvientes de mayor importancia.
Todos se llevaron una sorpresa al ver a su señor acompañado.
Y no parecía tratarse de una mujer pasajera en la vida del marqués, sino de una joven que se sujetaba de su brazo con el derecho legítimo de quien ocupaba un lugar a su lado.
—Señor Bart, mi esposa, Alice —presentó William en francés.
En ese momento, Alice sintió la primera punzada de verdadero nerviosismo.
Escuchar a William hablar en un francés fluido y elegante resultaba casi aterrador, aunque era natural que lo dominara: era su idioma materno.
Pero, según sabía, William hablaba también inglés, español, portugués, alemán, ruso, italiano, y podía leer y escribir griego.
El mayordomo mostró su impresión abriendo los ojos con discreta amplitud y fijándolos en la pequeña figura de la nueva esposa del señor de la casa.
Bonita, pensó el hombre, pero nada destacable.
Y era verdad. Alice poseía un rostro bello, facciones finas, elegantes, y un cuerpo de formas agradables; pero a primera vista no parecía extraordinaria. Nada en ella llamaba la atención con violencia. Era una belleza silenciosa, de esas que no se imponían al entrar en una habitación.
—Alice —llamó William—. El señor Bart es el mayordomo en jefe.
En ese momento, la joven se atrevió a levantar la mirada y el señor Bart casi perdió la compostura.
No. No era solo bonita. Era preciosa. Aquellos ojos…
sí, fascinantes. Con ellos, todo lo que antes parecía sencillo se transformaba en algo delicado, extraño e inolvidable.
Ni siquiera los hermosos ojos de las hermanas del marqués poseían aquella cualidad imposible.
—Es un placer, marquesa —dijo el mayordomo—. Verá que se encontrará en completa sintonía con nosotros, sus leales empleados.