Capítulo 3 #3
—¿Qué? —preguntó William, quedándose de pie junto a la cama—. Ah. ¿Cómo sé que te llamas Briony?
Ella asintió.
—Lo recuerdo de cuando mi abuela nos presentó.
—Teníamos doce años —dijo ella, sorprendida—. Pensé… no sé, que lo habrías olvidado.
—No me resulta fácil olvidar nada —se encogió de hombros—. Por eso tengo fama de rencoroso. Una ofensa jamás se olvida. Aunque pueda tratar con respeto a la persona, no vuelvo a tenerle confianza.
Alice levantó ambas cejas y asintió.
—Por eso te recomiendo que no me seas infiel. Posiblemente nunca volvería a hablarte.
—¡Yo nunca…!
Se calló al ver la sonrisa de William.
—Yo no sería capaz de engañar a nadie —terminó, bajando la voz.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
—¡Alice! —gritó Katherine—. ¡Tu madre está aquí! ¡Despierten!
—¡Tío Will! ¡Quiero mi regalo! —exigió la pequeña Blake.
—Hija, no seas grosera —la regañó Katherine—. Vamos.
Los nuevos esposos sonrieron y negaron con la cabeza hacia la puerta. Esa Katherine era lo mejor que podía tenerse por la mañana. Y sus hijos no eran mejores. Blake era determinada como su padre; Adrien, un travieso empedernido; y Ashlyn, una combinación perversa entre Adam y Katherine.
—Tu madre viene a visitarte —dijo William, deseoso de saber más sobre la vida de su esposa—. Tal vez te ha traído algo.
—Sí —sonrió Alice, aunque de manera falsa.
Su madre no vendría precisamente a felicitarla. Eso lo sabía bien.
—Parece que eso te causa alguna clase de conflicto —observó él mientras iba al armario a buscar ropa limpia.
—No —respondió Alice rápidamente—. Solo que no pensé que fuera a venir tan pronto.
William la miró durante largo rato, sosteniendo únicamente la camisa blanca que estaba por ponerse. Mentía. Y nadie detectaba mejor una mentira que él.
—Bueno, me la saludas —dijo mientras se quitaba la camisa.
Alice se azoró al verlo por primera vez sin una prenda tan crucial como la camisa. Volvió rápidamente el rostro para no mirarlo y se concentró en tender la cama. Le resultaba más fácil conservar la calma si ocupaba las manos en algo.
Pero William no le dio tregua, cuando ella tiró de la sábana para comenzar a arreglarla, él tomó su mano.
—No hace falta.
Alice soltó la manta y lo miró.
El cuerpo de William siempre había resultado atractivo bajo toda la indumentaria diaria que los hombres debían usar. Pero ahora que lo veía sin camisa, con la musculatura firme y el tamaño imponente de su cuerpo ante ella, la joven pensó que nunca había contemplado algo más hermoso.
—S-siempre lo he hecho —dijo, alejándose de él.
—Aquí está bien —respondió William mientras ella continuaba haciendo la cama—. Pero en París te matarían solo por intentarlo.
—¿Está mal que lo haga? —preguntó ella, nerviosa—. ¿No es una ayuda para las doncellas?
—No. En Francia se vería como una usurpación de tareas. Ellas están en la casa para trabajar. Si tú les quitas sus labores, se quedarán sin nada que hacer, y eso no honra su oficio.
—Es tonto.
—Es una costumbre —la corrigió—. Pero no te preocupes. Ya aprenderás.
Le tocó la mejilla con una dulzura inesperada.
Alice sintió que un calor desconocido invadía su cuerpo. Era impresionante lo que Will podía provocar en ella con apenas un roce.
Asintió y se alejó de él, volviendo al asunto de la cama. Mientras pudiera, conservaría su rutina. Algo le decía que su llegada a Francia cambiaría por completo la vida que conocía.
En cuanto William terminó de vestirse, salió de la habitación, dejándola sola para que pudiera cambiarse mientras él bajaba tranquilamente a desayunar.
No le sorprendió encontrar a su hermana pelirroja esperándolo al pie de la escalera. Con los brazos cruzados y una mirada intimidante, Katherine no tardó en comenzar el interrogatorio.
—¿Fuiste amable con ella? —preguntó directamente.
William se negaba a creer que su pequeña hermana acabara de hacerle una pregunta tan indiscreta.
No había otra forma de interpretarla que por el lado íntimo.
Si él no fuese un hombre tan controlado, aquella pregunta habría resultado profundamente embarazosa.
Y más viniendo de su hermana menor, a quien solo imaginar… No. Detuvo su propio pensamiento.
Si seguía por ese camino, terminaría tan molesto que tendría que golpear a Adam. Y el duque, además, le caía perfectamente bien.
—Voy a fingir que mi hermanita no me ha preguntado eso —dijo.
—Pues no finjas. Lo pregunté porque quiero respuesta.
Katherine lo siguió por el pasillo.
—¿No es esa una conversación de mujeres? —replicó William—. ¿No es eso lo que hacéis después de la primera noche de casada? ¿Ir a cotillear con vuestras amigas?
—No es cotilleo. Es una verificación para saber si el hombre no ha sido un completo patán.
Se cruzó de brazos.
—Además, tú eres mi hermano.
—Precisamente por eso debería ser un tema vedado para nosotros.
William sonrió, tomó la nariz de su hermana entre los dedos y después le revolvió el cabello antes de entrar al comedor.
—¡No soy una niña, William! —se quejó la pelirroja, enfadada.
—Lo que tú digas.
William entró en el abarrotado comedor. El silencio cayó de inmediato. Era de tontos no comprender que antes habían estado hablando de él. Pero, en ocasiones, era mejor hacerse el tonto. Y eso aparentó William, quien no deseaba hablar de nada más que de las pancetas servidas sobre la mesa.
—Buenos días, cielo —dijo su madre, primera en intentar establecer conversación con el enemigo.
—Madre —saludó él con la cabeza—. Buen día.
El resto de los tíos y primos presentes estaba pendiente de cada palabra que pudiera arrancársele al enigmático y taciturno hombre.
—¡Ay, todos los cielos! —exclamó Elizabeth—. ¿La trataste bien o no?
—¡Elizabeth! —la reprendió la abuela Violet.
—¿Qué? —La rubia las miró—. Todos lo están pensando.
William compadeció seriamente a Robert, quien, por cierto, parecía ajeno a toda la conversación.
El hombre charlaba amenamente con Adam, que tampoco parecía entusiasmado con el tema que las mujeres deseaban tratar.
Thomas y James estaban de pie en una esquina, cada uno con su respectivo hijo en brazos, conversando con Hugo Kügler.
Su padre, Edmund Charpentier, estaba demasiado ocupado intentando que Blake, Adrien y Ashlyn comieran el huevo frito frente a ellos.
Los Donovan discutían algo sobre Irlanda que William apenas alcanzaba a oír.
Ah. ¿Por qué había tantas mujeres en su familia?
—Lizzy, te diré lo mismo que a Kate —dijo él, mirándola con frialdad—. Es una conversación que no me concierne. Si tantos deseos tienen de saber lo que se hace o no en mi cama, hablen con Alice.
—¡William! —exclamaron Alana y Violet al mismo tiempo.
—Son ustedes quienes se están metiendo en mi vida en primer lugar —se encogió de hombros—. Es normal que conteste como normalmente lo haría.
En ese momento, la puerta del comedor volvió a abrirse, dando paso a una entristecida Alice, quien acababa de ver a su madre.
Se sintió todavía peor al notar que todas las miradas se posaban sobre ella. Por la expresión de su rostro, parecía a punto de salir corriendo si no dejaban de observarla.
—Buenos días —dijo al fin, con una vergüenza evidente en su voz.
—Hola, linda —saludó la abuela desde la cabecera—. Siéntate.
William se puso de pie para apartarle la silla. Alice le ofreció una pequeña sonrisa de agradecimiento y se sentó junto a su marido para comenzar a desayunar.
—¡Ha llorado! —observó Marinett—. ¿Qué le hiciste?
Miró a su primo de manera incriminatoria, pero William simplemente la ignoró.
—Alice, ¿qué pasa? —Clare le tocó el hombro desde su asiento.
—¿Qué te ha hecho ese torpe hermano mío? —Kate alzó el puño.
—¿William? —Alice volvió la vista hacia su marido, quien seguía desayunando con absoluta normalidad—. Nada. Solo me despedí de mi madre y me dio tristeza.
Mentira, pensó William. Pero siguió comiendo, aparentemente desinteresado. De hecho, desconectó su mente durante el resto del desayuno. Si alguien le hablaba, respondía con monosílabos, sin extenderse ni un poco.
Así transcurrió el desayuno, del que William y los demás caballeros huyeron en cuanto se les presentó la oportunidad. Habían decidido ir a montar un rato, aunque en realidad la excusa servía para no estar presentes cuando todos aquellos cuestionamientos bochornosos llegaran a boca de las mujeres.
En cuanto William terminó de besar la frente de su esposa y salió del comedor, las mujeres de Bermont comenzaron a amonestarla con miles de preguntas que la pobre joven apenas entendió.
—¡Basta! —gritó Katherine—. Una por una.
Alice miró horrorizada a su amiga. Pensaba que intervendría para que la dejaran tranquila. En lugar de eso, su amiga había impuesto orden para que las preguntas se hicieran de manera organizada.
—¡Yo tengo una pregunta general! —dijo Elizabeth, levantando la mano mientras dejaba a Sophi en el suelo.
—Concedido —dijo Katherine, adoptando el papel de mediadora.
—¿En serio esto se hace? —susurró Alice a Clare.
—No —sonrió la joven—. Pero creo que, por todo lo que pasó, tienen curiosidad.
Alice frunció el ceño y miró a Elizabeth, quien parecía orgullosa de ser la portadora de la primera pregunta.
—¿Consumaron el matrimonio anoche?
Esa era la pregunta clave.
Al ver a William, todos habían supuesto que habría reclamado sus derechos maritales.
Pero nadie lo sabía con certeza. Conocían al marqués lo suficiente como para entender que sus respuestas podían ser más huecas que un árbol seco.
Si él no quería contestar algo, encontraba la forma perfecta de hacerte creer que había respondido cuando, en realidad, no lo había hecho.
Alice abrió los ojos y bajó la cabeza.
No era posible que pretendieran que contestara aquello. Era demasiado personal para compartirlo en una especie de foro común.
—E-es… personal —dijo al fin.
—¡Nada de personal! —replicó Marinett—. Solo queremos saber si te hizo daño.
Alice levantó la mirada.
—¿Conocen a su pariente? —preguntó, mirándolas una por una—. ¿De verdad creen que sería capaz de lastimar a alguien con intención?
Las damas se mostraron un poco avergonzadas al escucharla.
La verdad era que se habían dejado guiar por la curiosidad, no por el bienestar de ninguno de los dos.
—¡Mira qué niña! —aplaudió Alana—. Te irá muy bien con mi hijo. Nos has dejado a todas con los labios sellados.
No había sido la intención de Alice, pero había aprendido a defenderse de esa forma gracias a su madre.
No entendía por qué, pero su madre siempre había sido dura con ella. Incluso fría. Nunca se limitaba a señalarle sus defectos. Y, según parecía, virtudes no tenía ninguna.
Desde muy temprana edad, Alice había sido comparada con sus hermanas menores. A ellas se les alababa la belleza, la clase, el encanto y, por supuesto, un aspecto físico que su madre consideraba mucho más atractivo que el suyo.
Lo único que Alice tenía a su favor eran sus ojos.
Y ni siquiera le gustaban. Su madre siempre le había repetido que eran un defecto.
Un color extraño. Poco elegante. Nada comparable con el azul limpio de sus hermanas.
De hecho, la joven no sabía de dónde había sacado aquellos ojos violetas.
Pero no los agradecía en absoluto. Solo esperaba que, ahora que estaba casada, su vida mejorara un poco.
Solo un poco.