Capítulo 3 #2
William siempre había considerado una virtud no hablar demasiado. Él mismo lo evitaba con frecuencia. Hablaba cuando era necesario. Ni una frase de más salía de sus labios. Era puntual, directo y no mentía jamás. Por lo tanto, que su esposa pensara antes de hablar le resultaba agradable.
—Alice, soy consciente de que todo esto ha sido abrumador para ti. Para mí también lo es —comenzó él—. Pero ahora eres mi mujer y espero lo que cualquier hombre espera.
Ella bajó la mirada.
—No te lo pido ahora —añadió William—. Sería una crueldad. Nos ajustaremos. Nos hace falta conocernos.
Alice lo miró, sorprendida.
—Me refiero —aclaró él— a que no te conozco como mujer. Para mí siempre has sido como una de mis hermanas. Una amiga muy querida.
—Entiendo.
No añadió nada más, y para William aquella aceptación fue suficiente.
—Bien —asintió él—. ¿Quieres que pida algo para que comas?
Alice negó. No tenía hambre ni siquiera recordaba qué era sentir algo con claridad. Sus emociones estaban tan enredadas que apenas era consciente de que seguía viva y aquel hombre al que había amado tanto durante su niñez y parte de su juventud estaba sentado a su lado, hablándole de su bienestar.
Pero era mentira, no había quedado en su juventud, ella seguía queriéndolo. Aunque, tal vez, en ese momento experimentaba más nervios que cariño.
—Tienes que comer algo —insistió William.
—En serio estoy bien —respondió ella, tranquila, pero cansada.
—Mandaré pedir algo.
William se puso de pie y salió de la habitación.
Algo le decía a Alice que no le quedaba más remedio que comer lo que fuera que le trajeran. William no parecía un hombre dispuesto a dejarle demasiadas opciones.
Una hora después, el marqués entró acompañado por una doncella. La recámara había sido iluminada por orden suya, y ahora podía ver con mayor claridad el rostro desmejorado de la joven.
—Cómaselo todo, marquesa —sonrió la doncella—. El viaje a Francia siempre es largo, y allá no es tan bonito como aquí, ¿verdad, señorito Charpentier?
—Te equivocas, como de costumbre, Clotilde —respondió William—. Pero, también como siempre, no me darás la razón aunque te lo explique con palitos.
La mujer, ya algo entrada en años, soltó una risa suave.
—El señorito nunca acepta que Londres es mucho más bonito que París, pero es la verdad —le susurró a Alice mientras colocaba una bandeja con un plato de estofado y una cuchara.
—Gracias —sonrió dulcemente Alice, mirando a la mujer a los ojos.
—¡Válgame Dios! —exclamó Clotilde—. ¡Niña Miller! ¡Si la he visto desde que era usted una cría y jamás había notado el color de sus ojos!
Alice bajó la mirada de inmediato. Casi nadie sabía de qué color tenía los ojos. Era raro que mirara a alguien directamente al rostro.
—Si me permite, señorito Charpentier…
La doncella pidió permiso rápido al esposo de aquella mujer antes de acercarse, casi invasiva, al rostro de la joven. Alice miró hacia todos lados, incómoda por la cercanía, pero no dijo nada. Permitió que aquella mujer se deleitara con el color de sus ojos.
—Sí, son violetas —dijo Clotilde, mirando a William—. ¡Violetas!
—Sí, Clotilde, lo sé. Mira que eres despistada.
—Nunca lo noté, señorito. En serio.
La mujer volvió a sonreír hacia la nueva marquesa de Millentmont.
—Es usted preciosa, niña. Solo levante más la mirada para que todos envidien esos ojos. Le aseguro que el señorito Charpentier tendrá problemas con sus admiradores.
La joven no podía sentirse más avergonzada. El intenso rubor de su rostro la delataba sin compasión.
William la observó con una ternura inesperada ante su azoramiento y despidió a la doncella con una simple mirada.
—Será mejor que comas o se enfriará —dijo él, acercando una silla para sentarse junto a la cama.
Alice tomó la cuchara y comenzó a probar el caldo.
En realidad, estaba delicioso.
Calentaba su cuerpo, le acariciaba el estómago vacío y parecía devolverle un poco de vida. Solo entonces comprendió que, en efecto, tenía mucha hambre.
—Nos iremos a Francia en dos días —informó William, observándola comer con más ánimo—. Mi viaje estaba programado desde hace tiempo. Espero que no te moleste partir de inmediato.
—No me molesta.
—Bien. Veo que tenías hambre.
—No soy una niña, Will —dijo ella—. Sé que debo comer… solo… no tenía ganas.
William permaneció callado. Él le llevaba apenas seis años. No era tanto. Pero en su mente, a veces parecía que en realidad le llevara veinte. Alice era tan pequeña, tan frágil, de facciones tan finas y dulces, que no aparentaba tener más de dieciocho.
Se preguntó cómo sería recibida en Francia.
Recordaba vagamente lo mucho que Kate había sufrido cuando fue presentada en la corte inglesa, y eso que Katherine era Katherine.
No podía imaginar a Alice defendiéndose sola.
Suspiró. Al final, tal vez sí tendría que perseguirla.
Aunque Giorgiana estaba allá y seguramente no la dejaría desamparada.
Pero acercarla a su hermana mayor era un arma de doble filo.
Solo esperaba que no la transformara en una mini Gigi.
—¿Estás bien? —preguntó Alice dulcemente, dejando el plato vacío sobre el buró que tenía a su lado.
—Sí.
William movió la cabeza, como si intentara despejarse.
—Vamos a dormir.
Alice recuperó de inmediato el rubor. El azoramiento hizo que bajara la cabeza casi por instinto.
—¿Prefieres que duerma en otro lado? —preguntó él, considerado.
—No —respondió rápidamente, temiendo haberlo ofendido—. No, perdóname. Es tu cama. Puedes dormir en ella.
—Mi cama ahora es tu cama —dijo William con seguridad—. Sería conveniente que te acostumbraras a ello.
—S-sí…
La joven lo observó ponerse en pie y caminar hacia el armario.
Después pasó tras el biombo para cambiarse.
Por lo que William decía, al llegar a Francia también dormirían juntos.
¿No era costumbre entre los nobles tener habitaciones separadas?
¿Acaso eso ya no se usaba? No pudo seguir pensando, porque William salió ya cambiado, vestido con un pijama de seda negra, y se detuvo a los pies de la cama.
—Suelo ocupar el lado derecho —dijo él, sin el menor pudor al confesar sus costumbres y él tenía muchas—. Espero que no te moleste.
Por un momento, Alice no lo comprendió. Luego notó que ocupaba precisamente ese espacio y se removió casi de un salto para dejárselo libre.
William bajó la cabeza, ocultando una sonrisa divertida, y caminó hacia el lado que ella había desocupado de manera tan graciosa.
Levantó las mantas y se acomodó sobre la almohada.
—L-las luces… ¿Quieres que las apague?
—No —respondió él, somnoliento—. Alguien más vendrá a hacerlo.
—Puedo hacerlo.
—No es necesario, Alice. Duérmete.
La joven quedó ligeramente conflictuada con la idea de que alguien entrara en la habitación mientras ambos… mientras los dos estaban… bueno, dormidos. Uno junto al otro.
Se sonrojó.
Era bochornoso, pero a William parecía tenerlo sin cuidado.
De hecho, incluso parecía acostumbrado a ello.
Los nobles tenían costumbres rarísimas. En su casa, aunque eran ricos, todos sabían moverse, cocinar, arreglar algo roto, barrer o lavar si era necesario.
Se preguntó qué tan mal visto sería hacer todo aquello siendo marquesa.
William despertó aquella mañana con la sensación de que debía ir a trabajar. Lo cual no dejaba de ser cierto, aunque de momento no se encontraba en París, sino en Londres.
Y eso no era todo.
Lo más extraño era la mujer que dormía junto a él.
Alice descansaba tranquila, como una niña, con los cabellos castaños esparcidos sobre la almohada. Estaba de cara a él, y una mano pequeña y suave reposaba sobre su pecho, siendo aquel el único contacto entre ambos.
Una mujer. No. Su mujer. Aunque no en toda la extensión de la palabra, puesto que no había intimado con ella.
Pero se había casado con aquella joven de rostro casi infantil.
Se detuvo a observarla. La pequeña boca roja y carnosa, de trazo delicado. Las largas pestañas que normalmente se encargaban de ocultar sus preciosos ojos. Su cuerpo, de proporciones agradables, no era alto, pero tampoco demasiado bajo. Aunque comparada con él, sin duda, parecería diminuta.
William cerró los ojos cuando notó que ella estaba a punto de despertar. Quería ver su reacción al darse cuenta de que había dormido al lado de un hombre. Intentó acompasar la respiración y se guio únicamente por el oído para saber qué hacía la pequeña dama mientras él fingía dormir.
Sintió cómo la mano que descansaba en su pecho comenzaba a moverse con curiosidad. Al parecer, Alice aprovechaba que él estaba dormido para examinarlo. Tuvo que morderse la lengua para no reír ante aquel arrebato y permitirle hacer lo que quisiera.
La mano suave de Alice recorrió su pecho, su cuello, su mandíbula, sus labios… Sí. No estaba resultando tan fácil como había imaginado.
No verla le provocaba una necesidad absurda de abrir los ojos, y el roce de aquellos dedos delineando su boca despertó en él una tentación inesperada: querer besarla.
¿Besarla?
Eso era nuevo.
Aunque quizá no tan extraño. Nunca había sido hombre de resistirse fácilmente a una mujer que estuviera en su misma cama. Pero con Alice no le había costado trabajo contenerse. De hecho, se había quedado dormido con una rapidez casi ofensiva.
William, incapaz de resistir más, abrió la boca y atrapó suavemente uno de los dedos que Alice pasaba sobre sus labios.
—¡Ay! —se asustó la joven—. ¡Lo siento! ¡Perdona!
El rubor le cubrió el rostro por completo.
William no pudo evitarlo. Rio. Y rio todavía más al ver que su esposa le lanzaba un pequeño mohín que se apresuró a ocultar, igual que la mano con la que lo había estado tocando.
—¿Te divertías?
—Yo…
No dijo nada más. Simplemente bajó la cabeza.
—Bien, mi querida Briony —dijo él—. Vamos a desayunar.
Alice abrió mucho los ojos. Incluso dejó que la boca se le entreabriera por la impresión mientras seguía a su esposo con la mirada cuando este se levantó de la cama.
—¿Cómo…?