Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 3
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Capítulo 3

A lice se encontraba sentada en la cama que, hasta aquella mañana, era únicamente de William.

Se sentía incómoda. De eso no cabía duda alguna.

Sin embargo, al tener a todas sus amigas a su alrededor, no podía hacer otra cosa que actuar con normalidad…

o, al menos, con tanta normalidad como era capaz de fingir.

Todo lo ocurrido aquel día seguía pesándole sobre el pecho como una joya demasiado pesada, había despertado esa mañana con la certeza de que, al caer la noche, estaría casada con un hombre, pero ahora resultaba que todo había cambiado. En lugar de Lucca Fridckford, su prometido, estaba William.

William Charpentier. El amor de niña que había decidido abandonar por salud mental y emocional.

—¿Alice? —la llamó alguien, con tono interrogante.

—¿Mande? —respondió ella, distraída, sin mirar realmente a nadie.

—¿Quieres tomar un baño? —repitió Marinett, consciente de que la primera vez su amiga no la había escuchado.

—Sí… —asintió la joven—. Pero me gustaría hacerlo en alguna de sus habitaciones.

No podía siquiera imaginarse desnudándose en un lugar donde William también lo hacía. De hecho, sentía que el cuerpo le ardía con solo pensar que estaba sentada en la cama donde él había dormido apenas unas horas antes.

—Es tu esposo —dijo Katherine, casi como si le hubiese leído el pensamiento—. Puedes usar sus cosas.

Alice la miró rápidamente, pero negó.

—No. No puedo —respondió con una firmeza que sorprendió a la pelirroja—. No estoy lista para eso.

—Pero, querida… —se adelantó Elizabeth—. Sabes que… bueno…

Se sonrojó.

—Esta noche sigue siendo tu noche de bodas.

Alice abrió los ojos y el rubor se intensificó en sus mejillas, si es que aquello era posible. Lo había olvidado por completo. O, más bien, su mente lo había apartado para no derrumbarse.

Sabía lo que se esperaba de una esposa en su primera noche, lo sabía, pero aquello habría sido con Lucca, no con William. La idea la abrumó de tal manera que por un instante creyó que iba a desmayarse.

—Él entenderá —dijo Annabella, sosteniéndola por los hombros—. Ha sido demasiado para un solo día.

Alice volvió a negar.

—No puedo pedirle eso. Tiene derecho a reclamarlo.

—Eso no significa que no pueda tomarte otro día —dijo Emma, mostrando una conciencia del asunto mucho mayor de la que debería.

Todas las casadas miraron con extrañeza a su amiga rubia, pero no era momento de ponerse a pensar en las ocurrencias de Emma Sellers.

Callaron por un instante.

Alice parecía considerar que aquel era un asunto demasiado íntimo y no pensaba compartir su opinión con ninguna de las presentes. Siempre había sido reservada con todo aquello que perteneciera a su vida privada. Ni siquiera Katherine, su mejor amiga, podía adivinar con facilidad lo que pensaba.

—Prepararé el baño en mi habitación —concedió Kate—. Pero tendrás que dormir aquí… lo entiendes, ¿verdad?

—Sí.

—Bien —asintió Marinett—. Vamos a la recámara de Kate, entonces.

La tomó de la mano y comenzó a guiarla fuera de la habitación.

Cuando Alice se metió en la bañera, sintió que el cuerpo se le rendía al alivio.

Los músculos, tensos por la tensión de todo el día, comenzaron a relajarse bajo el abrazo caliente del agua.

La cabeza le palpitaba, no solo por el calor, sino por el cansancio feroz de haber sobrevivido a una humillación pública, una boda inesperada y una vida nueva que se abría ante ella sin pedirle permiso.

Cerró los ojos y recostó lentamente la cabeza en el borde de la tina.

¿Qué debía hacer ahora?

Ser propietaria de una casa grande no era el problema. Su familia tenía dinero y una posición bastante acomodada; no por nada se les emparentaba con los Wellington, aunque fuera por parte de su madre y de manera muy lejana.

Pero manejar un marquesado era algo distinto.

Y si deseaba empeorar las cosas, solo tenía que añadir que William no era únicamente un marqués. Era, además, una de las figuras políticas más importantes de Francia.

¿Qué se esperaba de la esposa del presidente del Consejo de Ministros? Seguramente nada de lo que ella era capaz de ofrecer.

Alice no hablaba cuatro lenguas como las Bermont.

Incluso los Charpentier dominaban más idiomas que ella.

Sus lecturas no eran agudas como las de Katherine o Giorgiana.

No sabía nada de política, economía ni administración.

Sabía leer y escribir gracias a que había pasado buena parte de su vida en la casa de Bermont, pero…

¡Dios!

Ni siquiera hablaba bien el francés.

De pronto, la idea de sumergirse en el agua y no salir jamás le pareció peligrosamente tentadora.

Ella sabía cocinar, ordenar una despensa moderada, cuidar animales y ocuparse de las necesidades básicas de una casa de ciudad como la de sus padres.

Pero aquello no era lo mismo que dirigir un castillo, tratar con cientos de criados, familias dependientes del marquesado y trabajadores que esperaban de la nueva marquesa una autoridad que Alice no sabía si poseía.

—Alice —la llamó Kate—. Deja de preocuparte.

—No puedo —murmuró la joven.

Solo entonces se dio cuenta de que, en medio de su sufrimiento, había resbalado en la tina hasta casi sumergir la nariz en el agua.

—Durante mucho tiempo estuve enamorada de tu hermano…

—Y ahora estás con él.

—Pero… —prosiguió Alice, elevando un poco la voz para no ser interrumpida de nuevo— me di por vencida cuando comprendí que no podía estar a su lado.

¡Dios mío, Katherine! Yo no puedo ser marquesa.

No sé organizar veladas ni hablar el idioma.

No sabré comportarme con los modales requeridos ni conversar con fluidez en su círculo social.

¡Ni siquiera puedo hacerlo con ustedes, y siempre hemos sido amigas!

—¡Tranquila!

Katherine le tomó los hombros, mojándose ligeramente el vestido.

—Te alteras demasiado. No es como si alguien naciera sabiendo qué hacer desde el principio.

—Es fácil para ti —negó Alice en la bañera—. Tú naciste marquesa.

Katherine no dijo nada por la sencilla razón de que era verdad.

Sus primas y ella siempre habían sabido que se casarían con nobles. En realidad, aquello no suponía un cambio demasiado radical, pues ellas también lo eran de nacimiento; pero Alice tendría que aprender a ser marquesa y su carácter tímido no le facilitaría las cosas.

—No tengas miedo —Katherine se acuclilló junto a la bañera—. Will es un hombre que sabe valorar a las personas por lo que son.

—¡Pero ahora soy su esposa! ¡Y su país también espera cosas de mí!

Kate apretó los labios y miró a otro lado.

—Gigi puede ayudarte —dijo al fin—. Ella está allá. No tienes de qué preocuparte ahora.

Alice no respondió.

Pero era evidente que seguía preocupada. Nada de lo que le dijeran conseguiría tranquilizarla por completo.

—Venga, sal ya —pidió la pelirroja—. Necesitas descansar.

La joven se puso en pie y aceptó la toalla que su amiga le ofrecía. Tal vez solo necesitaba dormir un poco. Tal vez, así, su mente dejaría de trabajar y no le recordaría a cada instante la decisión impulsiva que había tomado al decir que sí a la proposición de Millentmont.

Eran las siete cuando William subió las escaleras hacia su recámara.

No había visto a Alice desde que la envió allí.

No bajó a comer ni a cenar, lo que le hizo preguntarse cómo podía seguir funcionando sin nada de alimento en el cuerpo.

Katherine le había dicho que estaba cansada y que era mejor dejarla dormir cuanto quisiera.

William estaba de acuerdo con su hermana menor, pero no comer también podía hacerle daño.

El imponente hombre abrió la puerta de la habitación y se encontró con una oscuridad absoluta.

Se sorprendió.

Él jamás dejaba la recámara sumida en semejante penumbra, pero parecía que su mujer sí disfrutaba de la negrura de la noche, o quizá prefería perderse entre las sombras antes que encender una vela o alimentar la chimenea.

Sobre todo, considerando que las ventiscas otoñales traían consigo un frío capaz de filtrarse bajo las puertas.

William avanzó hasta la mesa de noche con la seguridad de quien había vivido en aquella habitación durante años. Tomó la vela que siempre dejaba allí y la encendió.

Una claridad tenue, dorada, se extendió por la estancia. Lo suficiente para descubrir el pequeño bulto que Alice formaba entre las sábanas de su cama. Aparentemente dormía profundamente.

Era extraño, jamás imaginó que precisamente ella terminaría siendo su esposa.

No es que la despreciara, no habría sido capaz de algo semejante.

De hecho, le agradaba la idea de descifrar su carácter.

Alice era muy distinta a sus hermanas, más tranquila, más dócil en apariencia.

Parecía incapaz de dar problemas a nadie, lo cual era un verdadero alivio, al menos no tendría que perseguirla por todas partes para evitar que se metiera en problemas.

Se acercó a la cama y observó su rostro plácido, abandonado al sueño. Inmediatamente surgió en él la duda que lo venía carcomiendo desde hacía horas: ¿Cómo podrían sostener aquel matrimonio?

En ese instante, los ojos de Alice comenzaron a abrirse lentamente, turbados por la luz que antes no existía en la habitación. La pobre muchacha, al distinguir la silueta de William, dio un brinco, se sentó de golpe sobre la cama y se cubrió el cuerpo con la sábana.

El marqués tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no soltar una risa. Alice estaba completamente vestida con su camisón.

La sábana era, sin duda, innecesaria.

—Lamento despertarte, pero no has comido nada en todo el día.

—Y-yo… lo siento.

—No tienes que disculparte. No has hecho nada malo.

William se sentó en la cama y la observó.

—Creo que debemos aclarar algunas cosas.

Alice, como de costumbre, no añadió nada. Un simple asentimiento de cabeza bastó para demostrar su aceptación.