Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Tu madre estaba muy tranquila —comenzó William—. Demasiado, si consideramos lo que acaba de suceder.

Alice dio un pequeño brinco ante lo inesperado de la conversación. Rápidamente se sonrojó y bajó la mirada.

—Supongo… que estaba feliz de que usted lo compensara todo.

—¿Usted? —William se extrañó—. Alice, por favor. Nos conocemos desde que tenías doce años.

—S-sí…

—No tienes que estar tan nerviosa. Solo nos hemos casado.

Alice levantó la mirada.

¿Hablaba en serio?

—E-es un cambio considerable —murmuró, presa de los nervios.

—Supongo que sí —respondió él, distraído—. Sobre tu madre…

—Ella es muy estoica —dijo Alice en voz baja—. No creo que cosas tan pequeñas la afecten.

William entornó los ojos.

—¿No le afecta que su hija haya sido plantada en el altar?

Cerró los ojos al ver la incertidumbre en las facciones escondidas de Alice. No estaba midiendo sus palabras.

—Lo siento.

Le tomó la mano.

—No te alteres más.

Alice asintió varias veces, pero no volvió a levantar la mirada, había demasiadas dudas en su cabeza.

William no estaba mejor. De hecho, agradeció que Alice permaneciera callada, pues eso le permitió pensar con claridad en lo que haría apenas llegaran a la casa de Bermont, donde se quedarían por el momento.

William ayudó a Alice a bajar de la carroza al mismo tiempo que el resto de sus familiares también llegaban, con la clara intención de hacer miles de preguntas. Pero el azoramiento de Alice y la frialdad de William borraron cualquier intención de sus cabezas.

Sobre todo William, cuya mirada azul se oscurecía con una dureza capaz de amedrentar incluso al más valiente.

—Entremos —indicó.

Luego miró a su hermana.

—Katherine, llévala a mi recámara. Que se quite el vestido y descanse un rato.

—Sí —respondió Kate sin replicar.

Tomó a su amiga por la espalda y la condujo hacia el lugar indicado.

El resto de sus primas fue con ellas, esperando poder ayudar o consolar a la novia, que se veía más que confundida por todos los acontecimientos.

William observó aquel proceder y después volvió el rostro hacia el padre de su esposa.

—Señor Miller —dijo con voz grave, provocando que el hombre se sobresaltara—, si me hace el favor, quisiera hablar con usted.

Extendió una mano hacia el interior de la casa.

—Abuela, tomaré el despacho del abuelo por un momento.

—Sí, sí, claro, cariño —asintió Violet.

—Madre.

Alana miró a su hijo.

—¿Te ocuparías, por favor, del resto de la familia de Alice?

—Sí, tesoro.

La antigua marquesa miró rápidamente a la madre y a las hermanas de Alice.

—Bien —dijo William—. Señor Miller.

Volvió a hacer la petición con la mano. Esta vez, el hombre la aceptó y caminó junto al marqués en un silencio que se cerró tras ellos.

William abrió la puerta del despacho y dejó pasar primero a su suegro.

Después entró él también. El señor Miller se veía claramente nervioso, cosa que causó cierta consternación en el marqués. No esperaba aquella actitud.

—¿Le ofrezco algo de beber?

—No, muchacho. Gracias.

—Bien.

William fue a sentarse en un sillón de cuero negro e invitó al padre de Alice a hacer lo mismo.

—Primeramente, quisiera disculpar mi proceder. Claramente, no es la manera apropiada de casarse con la hija de nadie.

—No tiene ni que mencionarlo, por Dios —negó el hombre—. Estoy más que agradecido. No sé cómo compensarlo.

William despegó la espalda del sillón y miró al padre de Alice con una expresión seria, casi inconforme.

—Me estoy llevando a su hija —le hizo ver—. Muchos padres detestan separarse de sus hijos.

—No, por Dios, no piense mal —negó el hombre, nervioso—. Quiero mucho a mi Alice. Pero claramente usted la ha salvado del repudio social.

—Entiendo.

William cortó el tema.

—Lo que quería decirle es que, como seguramente imagina, Alice se irá conmigo a Francia. No puedo permanecer más tiempo separado del país, por lo que partiremos lo antes posible.

—Sí. En realidad, lo imaginé.

—Bien. Lo segundo que quería comunicarle es que no sienta presión por la dote que acostumbra entregarse. No la deseo.

El hombre soltó el aire, el color regresó poco a poco a su rostro.

—En realidad, milord —dijo, avergonzado—, debo confesar que el canalla que la abandonó se llevó todo con él.

William levantó una ceja.

Casi dejó escapar una risa, pero logró contenerla.

No podía creer que alguien hubiera entregado una dote antes de que el matrimonio estuviese consumado siquiera por la ceremonia.

Era particularmente estúpido. Seguramente aquel tipo estaría disfrutando ya, muy lejos de allí, de una pequeña fortuna que no debía de ser poca.

Alice era considerada una solterona, y con tal de casarla, la dote debía de haber sido sustanciosa.

—Entiendo —dijo al final—. Lamento la indiscreción, pero he notado que su esposa se muestra magistralmente fría ante la situación. ¿Hay algo en especial que deba saber?

El padre de Alice comenzó a removerse en su asiento. El sudor resbaló por su frente con tanta evidencia que tuvo que sacar un pañuelo para secarse. William lo observó en silencio.

Comprendió enseguida.

—No se preocupe, señor —dijo—. Estoy casado con ella, y su nombre ha pasado a ser Charpentier.

—Ella también es una Miller —entendió el hombre la insinuación—. Se lo aseguro.

—Por supuesto.

—Por favor —pidió el señor Miller—. No se lo diga…

—Creo que ella ya debe tener alguna sospecha —respondió el marqués—. No es como si su esposa lo disimulara demasiado.

—Lo sé —asintió—. Pero no ha sido mala con ella. Se lo aseguro.

—Por el bien de todos, eso espero —pronunció William.

Era bien sabido que el marqués era especialmente protector con cualquier mujer de su familia. Y ahora Alice era la más cercana a él. La única, en realidad, a la que debía proteger por encima de todas.

El señor Miller abrió mucho los ojos y sonrió, complacido.

—Sé que no la ama —dijo de pronto—. Pero al menos sé que estará bien a su lado.

—De eso no tiene que preocuparse —aseguró William—. Y con todos los temas resueltos, creo que podemos volver con nuestras familias. Alice y yo partiremos hacia Francia en el primer barco disponible. Está previsto dentro de dos días.

—¿Dos días?

—No puedo quedarme en el ocio. Ya he abusado bastante.

—Entiendo… claro. Lo entiendo bien.

El hombre asintió varias veces, como recordándose a sí mismo que debía sentirse agradecido. Pero Francia estaba lejos. Demasiado lejos. Y la posibilidad de volver a ver a su Alice parecía, de pronto, cada vez más remota.

—Bien —dijo William, poniéndose de pie—. Vamos, entonces.