Capítulo 2 #2
William volvió a atraerla, envolviéndola en un abrazo firme, cálido, casi posesivo. El cuerpo de Alice se relajó ligeramente.
—Cásate conmigo.
—No me quieres —susurró ella—. ¿Por qué querrías casarte?
—Porque eres todo lo que imagino en la mujer perfecta —afirmó con una seguridad que sorprendió incluso a quienes lo conocían—. No necesito a nadie más a mi lado.
Las miradas de toda la iglesia se clavaron en ellos.
Sobre todo, las de la familia del marqués, cuyos miembros parecían incapaces de creer lo que estaba ocurriendo.
—¿Qué dices? —William le sostuvo el rostro con una ternura inesperada, enternecido por su sufrimiento.
Alice no sabía si la impulsaba el amor que siempre había sentido por aquel hombre o el dolor atroz de ser abandonada en el momento de su boda.
Era una locura. Lo sabía. William no la quería.
Alice era consciente de que el hermano de Katherine jamás toleraba una injusticia ni el dolor ajeno frente a sus ojos.
Will era un hombre de principios, de honor, de una visión casi severa del mundo.
Pero su orgullo, ese orgullo maltrecho y sangrante, le gritaba que no habría mejor manera de devolverle el golpe a la sociedad que casándose con alguien tan poderoso, tan codiciado y tan inalcanzable como William Charpentier.
Sería la bofetada perfecta.
Pero…
¿Valía la pena?
No tenía la menor idea. Sin embargo, su cabeza actuó antes que su razón. Alice asintió, dándole una respuesta afirmativa al hombre que siempre había amado.
—Entonces ve a arreglarte —dijo William.
Miró a toda la audiencia reunida.
—¿Te importa que sea algo privado?
Alice negó varias veces con la cabeza.
—Bien. Yo me encargaré.
William lanzó una mirada hacia su hermana menor. Katherine comprendió de inmediato lo que intentaba decirle y se abalanzó hacia su amiga, llevándola de regreso a la sala donde la novia había esperado hasta hacía unos minutos.
William se volvió entonces hacia los invitados.
—Bien, damas y caballeros.
Aplaudió una vez para llamar la atención de todos aquellos que aún miraban hacia la salida por donde acababa de desaparecer su ahora prometida.
—Nada más que observar. Lamento informarles que no habrá fiesta, y tampoco son especialmente requeridos para la ceremonia.
Se encogió de hombros con una calma insultante.
—Así que, con su permiso.
Las personas de la alta sociedad comenzaron a exclamar, ofendidas ante aquel delito contra la cortesía y los buenos modales. William no tenía nada que temer. No había nadie en aquel lugar que mereciera su respeto, además de su familia y, por supuesto, la familia inmediata de Alice.
Comenzó a bajar los escalones, pero fue interceptado por los padres de su futura esposa.
Por un momento se quedó pensativo ante aquella simple frase.
Su futura esposa. Iba a casarse. No sabía con exactitud por qué lo había hecho.
Pero cuando vio a Alice en aquel altar, destrozada, fuera de sí, convertida en espectáculo para una sociedad cruel, no pudo hacer otra cosa.
—Gracias —sollozó el padre de Alice, tomándole la mano—. No sabe lo que esto significa para nosotros.
—No sabemos cómo compensarlo, señor —dijo la madre, con un rostro que, de manera extraña, no parecía reflejar gratitud.
—No deben preocuparse —respondió William con serenidad—. Lo hago por voluntad propia.
—Dios lo bendiga por lo que ha hecho —dijo el señor Miller, tocándole el hombro—. Dios lo bendiga por no permitir que mi Alice se hundiera en este dolor.
William tomó la mano del padre de Alice, la apartó con cortesía de su hombro y la estrechó con firmeza antes de despedirse de ellos y encarar al resto de sus parientes.
Sobre todo, a su madre.
—Hijo —Alana lo miró, desconcertada—. Pero ¿qué…?
—No hay nada que hablar, madre —respondió William—. De todas formas, deseaban que me casara con ella. Ahora eso haré.
—Hijo mío, estoy orgullosa de tu honorabilidad como hombre —dijo ella con sinceridad—. Pero si esto es solo una obligación o un acto de lástima…
La antigua marquesa soltó un suspiro.
—Alice sufrirá tanto o más que cuando fue abandonada.
William la observó con frialdad.
—¿Quieres que me case o no?
—Quiero que lo hagas por las razones correctas.
William la contempló durante unos segundos. Después se irguió aún más, si aquello era posible, y declaró con absoluta seguridad:
—Me casaré con Alice Miller.
Los invitados que permanecieron para aquella boda fueron únicamente los familiares más cercanos.
La ceremonia privada causó una polémica terrible entre la gente de Londres.
Nadie dejó de juzgar a la pareja. Algunos alababan la actitud honrada y bondadosa del marqués francés; otros lo despreciaban por la forma poco amable en que había expulsado a todos aquellos que no pertenecían directamente a ninguna de las dos familias.
Pero la realidad era que nadie sabía lo que ocurría dentro de aquella iglesia, cuyas puertas habían quedado cerradas para los curiosos.
El sacerdote encargado de celebrar la boda parecía poco convencido por el proceder de la pareja.
La ausencia de amonestaciones correctas y el hecho de que ambos hubieran decidido casarse de manera tan repentina le causaban evidente inquietud.
—¿Estás seguro, muchacho? —preguntó el eclesiástico—. Esto es para toda la vida.
—Totalmente seguro —afirmó William.
—¿Y tú, querida? —El sacerdote miró a Alice—. Hace apenas una hora ibas a casarte con otro hombre, y ahora tomarás por esposo al caballero aquí presente.
—Lo deseo, padre —respondió ella, mirándolo con súplica—. En serio lo deseo.
El sacerdote conocía a Alice con especial cariño.
Era una mujer sumamente devota. Incluso se atrevía a pensar que habría sido una buena consagrada, con dones naturales para atender a los pobres y a los niños.
Pero la vida religiosa jamás había estado ligada al destino de Alice Miller.
Él mismo la había disuadido varias veces.
Era un alma del mundo. Un alma destinada a tener marido, hijos y una casa donde derramar aquella ternura inmensa que parecía no caberle en el pecho y aquel muchacho, el que ahora se postraba junto a ella, era el hombre del que Alice le había hablado durante años.
Ciertamente, William Charpentier era un caballero admirable.
El sacerdote entendía el amor que la joven le profesaba.
Pero, a su parecer, había sombras en él, algo oculto, una frialdad que no provenía de la maldad, sino de un corazón demasiado acostumbrado a gobernarse a sí mismo.
Sería un matrimonio distinto y su querida Alice, quizás, tendría que atravesar días oscuros.
Solo esperaba que Dios la estuviese encaminando hacia el bien.
—Os declaro marido y mujer —dijo finalmente el sacerdote—. Puede besar a la novia.
Cuando William posó sus labios sobre los de Alice, comprendió por fin que estaba casado. Aquella hermosa joven de ojos violáceos era su mujer, la futura madre de sus hijos, el pensamiento le resultó extraño, casi irreal, pero era cierto y tendría que acostumbrarse.
William ofreció su brazo a la sonrojada novia.
Alice, con lentitud, deslizó la mano sobre él para ser escoltada por su esposo.
No pudo evitar bajar la cabeza cuando caminaron hacia la salida de la iglesia, donde seguramente muchos de los invitados expulsados por su marido esperaban para murmurar y enterarse de la novedad de primera mano.
—Espera, Alice. Mandaré traer mi carroza hasta la entrada —dijo William—. No quiero preguntas ni felicitaciones poco sinceras.
Ella simplemente asintió, manteniendo la mirada baja.
Ahora sí estaba avergonzada. Recordaba su conducta de hacía unos minutos en el altar.
Había hablado frente a todos sus invitados, había expuesto su dolor, y ahora, además, había llevado a un hombre a desposarla cuando era evidente que él ni siquiera deseaba casarse.
—Alice… —la llamó una voz pequeña, casi cuidadosa.
La joven levantó la mirada y encontró a su ahora cuñada. Katherine, increíblemente hermosa con su cabello rojo y su rostro entre serio y apenado, parecía extrañamente contenida.
—Hola —susurró Alice, intentando sonreír.
—¿C-cómo estás? —titubeó su amiga.
—Creo que no entiendo lo que pasa —admitió Alice—. Sé que me casé, pero no comprendo por qué.
—Will lo hizo por voluntad, nadie le dijo nada ni lo obligó.
—Sabemos que él no quería casarse —la interrumpió Alice.
Con Katherine podía hablar. Era una de las pocas personas que le inspiraban confianza.
—Y mucho menos conmigo.
—Eso no es cierto.
—Vamos.
William apareció de nuevo a su lado, lanzó una rápida mirada a su hermana y luego colocó una mano en la cintura de Alice para incitarla a salir de la iglesia. La joven no dijo nada más. Caminó cuando su esposo se lo indicó.
—No hables con nadie —le dijo William en voz baja—, aunque intenten detenerte.
Alice asintió sin pronunciar palabra.
Más rápido de lo que pensaba, comprendió que su marido tenía razón. Era mejor no hablar con nadie. Lo descubrió apenas puso un pie en el primer escalón de la iglesia.
Ningún invitado se había marchado.
Aglomeradas afuera, decenas de personas se acercaron con la clara intención de obtener la mejor información posible para después repartirla a su gusto, seguramente distorsionándola en gran parte.
William fue tajante, también lo fue el resto de la familia, nadie se detuvo a hablar con nadie.
A excepción de una persona. La madre de Alice parecía más que dispuesta a comentar la situación, como si se tratara de entregar una receta de cocina.
El marqués quedó impresionado por la frialdad que aquella mujer mostraba.
Casi parecía decepcionada de que, al final, su hija se hubiera casado.
No perdió tiempo en deducciones.
En cuanto estuvieron dentro de la carroza, William pasó a interrogar a su esposa. No era un hombre dado a quedarse con la intriga. Le gustaba tener la verdad entre las manos. Y mientras más rápido la consiguiera, mejor.