Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 2
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Capítulo 2

L as dos jóvenes portadoras de malas noticias entraron sigilosamente en la habitación de su amiga. No sabían cómo entregar un mensaje tan funesto, tan inesperado, tan cruel. Y ver a la novia allí, con los nervios a flor de piel y el rostro pálido bajo el velo, no hacía más sencilla la tarea.

—Hola —saludó Alice, ofreciéndoles una sonrisa trémula—. ¿Dónde habían estado?

Marinett y Annabella se miraron entre sí, buscando valor la una en la otra antes de pronunciar aquello que ninguna mujer debía oír el día de su boda.

—Alice, tenemos que decirte algo —se adelantó Annabella, con la voz temblorosa.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella, confundida—. Pensé que venían a avisarme que ya era hora de salir.

—No, linda, no es eso—negó Marinett, moviendo la cabeza con tristeza—. ¿Por qué no te sientas primero?

—¿Sentarme? —Alice frunció el ceño—. ¿A qué viene tanto misterio? Solo díganlo.

Katherine se puso en pie al advertir la gravedad con que Annabella y Marinett se conducían. La perceptiva pelirroja clavó los ojos en ellas, y su expresión cambió de inmediato.

—¿Qué sucede? —inquirió.

—Alice… —comenzó Marinett, tragando saliva—. Escucha.

—Sí, estoy escuchando —respondió Alice, con una impaciencia nerviosa dibujada en el rostro.

—Es sobre… tu prometido —dijo Annabella.

El color se le escapó de las mejillas.

—¿Qué pasa con él? —preguntó, y el miedo le quebró la voz—. ¿Dónde está? ¿Él… está bien?

Las jóvenes asintieron con movimientos tan lentos que casi resultaban imperceptibles. Las demás mujeres de la habitación comenzaron a comprender. Algunas cerraron los ojos con dolor; otras se cubrieron la boca con una mano elegantemente enguantada.

—Sí —aseguró Annabella—. Se encuentra bien.

—¿Entonces? —Alice dio un paso hacia la puerta, con una desesperación apenas contenida—. Es hora de salir.

—¡No! —exclamaron ambas, deteniéndola.

Alice se quedó inmóvil.

—Él… —Marinett intentó hablar, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

No podía decirlo ante aquella carita dulce, ante esa mujer vestida de blanco que aún esperaba caminar hacia el altar creyendo que su vida estaba por comenzar.

—No vendrá, cielo —dijo Annabella al fin, con un dolor que le humedeció los ojos—. Lo siento.

Alice parpadeó.

—¿Cómo? —preguntó débilmente—. ¿Se retrasó?

—No —negó Marinett, intentando impedir que temblara su labio.

—Él… no puede… —Alice sacudió la cabeza, entrando en una negación inmediata—. No es así. No puede ser así.

Se puso en pie de golpe.

—¿Me están mintiendo?

—Jamás te haríamos algo así —Annabella intentó acercarse.

Pero la joven levantó ambas manos, pidiendo sin palabras que no la tocaran. Era lo último que necesitaba: compasión.

—No me dejaría —continuó Alice, con la voz cada vez más frágil—. No el día de la boda…

—Alice —Katherine se acercó despacio—. Te llevaremos a casa.

La pelirroja estaba a punto de llorar por su mejor amiga.

Alice se dejó caer al suelo.

Las primeras lágrimas brotaron de sus ojos con una mezcla amarga de despecho, deshonra y vergüenza.

Todos la verían arruinada. Muchas de las personas que aguardaban afuera se habían burlado de ella durante años.

Primero, por William. Todos sabían que lo había amado, y todos habían visto cómo él jamás le prestó atención de aquella manera.

Alice había soportado cada ridiculización, cada susurro, cada sonrisa torcida.

Durante años lo permitió. Y ahora, cuando creía haber superado aquel antiguo dolor, la humillación regresaba con más fuerza.

Abandonada el día de su boda.

A solo unos minutos de caminar hacia el altar.

—Alice —la llamó Clare, tocándole con suavidad el hombro—. Deja que te llevemos a casa.

Alice jamás se había sentido tan estúpida como en ese instante.

Tan débil. Tan indefensa. ¿Qué había creído?

¿Que podría ofrecer una gran boda y obligarlos a todos a tragarse sus palabras?

¿Que por una vez verían lo hermosa que era?

¿Lo deseada que podía llegar a ser? Negó con la cabeza. Había ocurrido todo lo contrario.

—Alice… —suplicó Marinett.

—No.

La firmeza de aquella palabra sorprendió a todas las presentes.

Alice se puso de pie y se limpió el rostro lo mejor que pudo. Se quitó el velo de novia y lo arrojó al suelo, apartándolo con un puntapié. Después acomodó su vestido, alisó la falda con manos temblorosas y arregló su cabello con una dignidad desesperada.

Sus amigas la miraban con dolor, sin atreverse a intervenir. Fuera lo que fuese que Alice deseara hacer, la dejarían cumplir con aquello que el desgarro terrible de su corazón le exigía.

—¿Qué haces? —preguntó Katherine, siguiéndola—. ¿Alice?

La llamó con duda al verla dirigirse hacia el altar.

Para ese momento, William estaba impaciente.

La misa no comenzaba. Los murmullos crecían, multiplicándose entre los muros de la iglesia hasta formar un estruendo incomprensible.

Parecía que todos compartían una noticia importante, una de esas novedades perversas que se expanden con rapidez en los círculos aristocráticos y que, por alguna razón, a él se le escapaba.

Miró a su lado y encontró la expresión descolocada de su madre.

Alana tampoco comprendía lo que sucedía.

La tardanza resultaba grosera, y la falta de explicaciones incrementaba el agravio.

—Madre —la llamó William en voz baja—, ¿qué ocurre?

—No lo sé, hijo —negó ella—. Algo sucede con esta gente.

—Saldré a ver si alguien puede informarme.

William se puso de pie, abrochó su chaqueta de gala y se dirigió hacia la salida con paso elegante y confiado.

Había llegado a las puertas de la iglesia cuando se encontró de frente con la novia, pero no era la Alice que conocía.

Lucía perdida, triste, devastada. Y, sin embargo, al mismo tiempo emanaba de ella una fuerza desmedida, una especie de orgullo roto y feroz que William jamás había visto en sus ojos.

—¿Alice? —la llamó.

La joven pasó junto a él casi como si no lo hubiera visto.

William estuvo a punto de quedarse inmóvil por la impresión al verla avanzar hacia el altar.

Iba descalza. Sus pies pálidos pisaban la alfombra roja que decoraba el pasillo nupcial.

La falda del vestido rozaba el suelo con un rumor sedoso, y cada paso suyo parecía abrirse camino entre las miradas crueles, curiosas y hambrientas de los invitados.

Los murmullos aumentaron, si es que aquello era posible. Aun así, los pasos de Alice Miller no perdieron fuerza ni decisión.

La joven subió los escalones del altar y se giró para encarar a todos los invitados de su boda. En ese momento, las primas y la hermana de William se posicionaron detrás de él, observando con horror lo que una de sus mejores amigas estaba a punto de hacer.

—¿Qué diablos sucede? —preguntó el marqués, volviendo la mirada hacia ellas.

Encontró lágrimas, palidez y expresiones horrorizadas.

Pero entonces la voz de Alice se elevó con un eco doloroso en la iglesia, que de pronto quedó suspendida en un silencio casi sagrado.

—Creo que todos ustedes se deleitarán al saber que he sido abandonada el mismo día de mi boda —comenzó Alice, sin amedrentarse ante los suspiros sorprendidos de los presentes—. Sí. Más risas para ustedes, que siempre lo han hecho tan bien…

La joven se veía tan perdida, tan atravesada por el dolor, que parecía no advertir siquiera las lágrimas que corrían por sus mejillas.

—Que alguien la detenga —suplicó Katherine.

Pero nadie movió un dedo.

William habría jurado que, por un instante, ni siquiera respiraban.

El valor que Alice mostraba ante toda aquella gente, ante una sociedad que parecía haberse complacido durante años en humillarla, hizo que él diera un paso adelante. Luego otro. Mientras tanto, escuchó el resto de las palabras de aquella mujer herida.

—Espero que tengan muchos temas de conversación —continuó Alice—. ¿Dirán que no era lo suficientemente bella, Lady Pimbroke?

La miró desde la altura del altar, con la ventaja amarga de quien por fin podía señalar a sus verdugos.

—¿O que era una solterona con un poco de suerte?

Su mirada viajó hacia otro punto de la iglesia, completamente ajena al avance de William por el pasillo.

—No saben cuánto me han hecho sufrir a lo largo de mi vida. Lo insegura que soy. Las muchas veces que he llorado. ¿Esto? — se señaló a sí misma, con una risa rota—. Esto no es nada. De hecho, creo que hasta me causa gracia…

—¡Basta! —ordenó el marqués de Millentmont.

Su voz grave cortó la iglesia como un golpe seco.

—Fui sinceramente patética al creer que alguien podría enamorarse de mí…

—¡Basta, Alice!

Ante aquella nueva réplica, la joven logró prestar atención al hombre que casi había llegado hasta ella.

—Oh, vaya —aplaudió Alice con cinismo—. Más risas.

William no se detuvo ante sus palabras hostiles. Terminó de recorrer el camino que lo separaba de ella y la abrazó con fuerza contra su pecho. La cubrió de las miradas. La acogió como si pudiera levantar un muro entero entre ella y el mundo.

Alice se debilitó por fin. Su cuerpo, rígido hasta entonces por el orgullo y la desesperación, cedió entre sus brazos. Se aferró a él con toda la fuerza que consiguió arrancar de su interior.

—Escúchame, Alice —William le tomó el rostro entre las manos—. No hay hombre que merezca a alguien como tú. Y ese idiota acaba de perderte.

—Es mentira —susurró ella, apagada.

Su rostro estaba cubierto de lágrimas. En sus hermosos ojos violáceos había una expresión tan dolorida que William apretó los labios. Alice negó repetidamente con la cabeza, como si aún quisiera despertar de aquella pesadilla.

Él la observó.

Estaba perdida.

Destrozada.

Humillada ante toda una iglesia llena de buitres vestidos de seda.

Y entonces, sin terminar de comprender del todo el impulso que se apoderaba de él, William habló.

—Yo me casaré contigo.

Alice dejó de respirar.

—Lo haré ahora mismo, si es tu deseo.

—¿Qué dices? —negó ella—. No. No me tengas lástima.

—No te la tengo.