Capítulo 1 #2
Si la gente viera cómo se comportaba el marqués de Millentmont con Andrei Frescott, su amigo de la infancia, seguramente no lo reconocería.
En público, William no era dado a exhibir emociones; no era un hombre inexpresivo, pero sí reservado.
Sus sentimientos eran un territorio privado, custodiado con más celo que cualquiera de sus propiedades.
—Y dime —continuó Andrei—, ¿qué ocasión ha elegido tu familia para desfilar señoritas respetables frente a tu cara?
—La boda de Alice Miller —contestó William—. ¿La recuerdas? La amiga de Katherine.
—¡Claro! La de los ojos bonitos.
—Ella.
—Vaya. Irán hasta Inglaterra. ¿Ninguna francesa te complace?
—Digamos que ya las pasearon ante mí. Ahora irán en busca de nuevas expectativas. Aunque no creo que logren nada —añadió, con una seguridad casi arrogante.
Andrei lo observó divertido.
—Oye, ¿esa jovencita no estaba enamorada de ti?
William dejó escapar una breve risa.
—¿Cómo sabes eso?
—¡Todos saben! Tú eras el único que parecía no darse cuenta.
—Me hizo consciente de ello hace algunos años —admitió William.
Recordó aquella lejana fiesta en casa de Lady Pimbroke. El jardín iluminado por faroles. La humedad de la noche sobre las hojas. El rostro de Alice, joven y encendido, cuando él la alcanzó entre los senderos y ella le confesó que lo amaba.
Todo parecía muy distante ahora.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó Andrei.
—No la alenté —respondió William, encogiéndose de hombros—. Habría sido cruel demostrar otra cosa.
—También es cruel no decir nada.
—Es mejor acabar con las esperanzas que permitir que se acumulen sin sentido. Yo jamás le di motivos para quererme. Siempre la aprecié. Es una joven encantadora, pero nada más.
Andrei lo miró con recelo, algo desconcertado por la frialdad que su amigo adoptaba siempre que se hablaba de matrimonio.
Lo conocía desde niño. William era inteligente, rápido, brillante.
Pero el amor siempre le había resultado un territorio incómodo, casi prohibido.
Su libertad era demasiado importante para él.
No podía cortejar a nadie durante mucho tiempo; tendía a aburrirse con facilidad.
Andrei temía que incluso si se casaba, terminara aburriéndose de su esposa. La mujer destinada a conservar a William Charpentier tendría que ser lo bastante interesante, hermosa y perseverante para mantenerlo cautivo sin que él llegara a sentirse prisionero.
Londres, Inglaterra
H abían pasado los dos meses estipulados para la boda.
William y sus padres habían llegado a Bermont casi un mes atrás.
Todo estaba dispuesto para una celebración que se había convertido en el tema predilecto de conversación en la ciudad.
Giorgiana, debido a su avanzado embarazo, tuvo que renunciar a la idea de asistir.
Sus últimos meses transcurrían tranquilamente, y para entonces debía de estar ya muy cerca de dar a luz.
Los Miller, aunque no poseían título nobiliario, eran una familia acomodada dentro de la alta sociedad. Contaban con riqueza suficiente para casar a la mayor de sus hijas incluso con un hombre titulado, si eso hubiesen deseado.
Por desgracia, en el caso de Alice, su tiempo de belleza debutante había quedado atrás.
Aunque la joven conservaba intacta su hermosura, los hombres ya no la miraban del mismo modo.
A sus veinticuatro años, la sociedad empezaba a considerarla una solterona con suerte.
Una mujer casi sin futuro que, sin embargo, había encontrado un buen pretendiente dispuesto a enamorarse de ella.
—De verdad no puedo creer que desperdicien una belleza como ella —recriminó Katherine durante el desayuno, sentada junto a su marido, quien no parecía prestar demasiada atención a sus quejas—. Giorgiana era mucho mayor cuando se casó con Asher.
—Ella, querida —respondió su madre—, tuvo suerte.
—No —replicó Katherine, mirando de soslayo a su esposo—. Él se enamoró de ella. No fue vendida al mejor postor por su edad.
—Es verdad que Giorgiana ya tenía sus años —intervino Cristina, la madre de Annabella—, pero pertenece a una familia noble y querida. Eso hace la diferencia.
—¡Eso no es cierto! —exclamó Katherine, molesta, buscando con la mirada el apoyo de Adam.
—Kate, deja de pelear, por favor —pidió él, posando discretamente una mano sobre su rodilla para calmarla—. Tu amiga se casará de todas formas. Por lo tanto, no es exactamente el mejor postor.
—Oh, por favor —se indignó la pelirroja—. Es un pobre muchacho con algo de dinero que desea aumentar su riqueza con la de los Miller.
—En realidad —corrigió Violet, la abuela y duquesa viuda de Montpensier de Bermont—, es un comerciante. Y bastante rico.
—De todas formas, Alice no lo ama.
Katherine bajó la mirada, contrariada al notar que su hermano, el inconsciente, permanecía completamente ajeno a la conversación.
—Eso no lo sabemos —dijo Genoveva, la madre de los irlandeses.
El desayuno continuó con relativa normalidad después de que Adam interviniera y lograra distraer a su esposa hablándole de otro asunto.
William fue quien más agradeció aquella intervención.
Ciertamente, nadie dejaba de molestarlo con el tema.
Era como si todos los ojos de su familia lo juzgaran día y noche.
El imponente marqués, de cabellos oscuros y mirada sombría, se puso en pie para abandonar el comedor. No había momento en que su abuela o su madre no le lanzaran alguna insinuación sobre su torpeza al haber dejado ir a aquella dama.
¡Por todos los dioses! ¡No era como si Alice Miller fuese la única mujer sobre la tierra!
—Will, Will, Will —canturreó su primo irlandés, sonriendo con satisfacción—. ¿Cuándo aprenderás a salir a tiempo de una habitación?
—No sé a qué te refieres —respondió, caminando hacia su alcoba.
—Oh, por favor. Sé perfectamente que te estuvieron amonestando por el asunto de la boda.
Charles lo siguió con paso ligero, disfrutando de su incomodidad.
—No es que me interese demasiado —dijo William, encogiéndose de hombros con la estoicidad que siempre sabía mostrar.
—Claro. Pero a nadie le gusta que lo molesten.
—Sí, en eso tienes razón. Y en este momento, tú lo estás haciendo.
William se detuvo en seco y lo encaró con una expresión de absoluto aburrimiento.
—Ve a divertirte con otra persona, Charles. De verdad no tengo tiempo, disponibilidad ni paciencia para aguantarte.
—Uf. Alguien está de malas.
El irlandés sonrió, permitiendo que su primo continuara tranquilamente su camino.
Eran las cuatro de la tarde cuando William salió de su habitación completamente vestido.
El traje de gala se ajustaba con elegancia a su cuerpo fornido; la tela oscura acentuaba la amplitud de sus hombros y la severidad exquisita de su porte.
Su andar refinado resonó por los pasillos, sumidos en un glorioso desastre femenino.
Criadas, doncellas, lazos, peinetas, guantes, perfumes y murmullos se mezclaban en aquella carrera desesperada por estar listas en menos de quince minutos.
William, por su parte, bajó las escaleras con absoluta tranquilidad y se dirigió al despacho que alguna vez había pertenecido a su abuelo. Allí se conservaba la tradición de reunir a los hombres de la casa para tomar una copa y fumar mientras esperaban a que las damas bajaran.
Por eso, cuando el marqués abrió la puerta, no le sorprendió encontrar a los esposos de las hermanas de su madre, a Adam, a Charles y a Gregory disfrutando del licor, acompañados por el aroma denso y masculino del tabaco.
—William —sonrió Edmund, su padre—. Al fin bajas.
El hijo simplemente asintió, tomó el vaso de vino que le ofrecían y eligió un puro de una hermosa caja plateada.
—Veo que esta boda ha causado cierto revuelo contigo —se burló Hugo, esposo de Miriam y padre de las Kügler.
—Creo que solo es un capricho por parte de mi madre y de mis hermanas —respondió, con la tranquilidad de quien sabe dominarse.
—Ha de ser un fastidio —comentó Francisco, padre de Charles, con cierta lástima.
—En realidad, no —negó William—. Entiendo la posición de las mujeres de mi familia. Supongo que, si tuviera que casarme, les gustaría que fuese con ella. Pero, dadas las circunstancias actuales, el encaprichamiento tendrá que cesar tarde o temprano.
Ante la madurez y seguridad de sus palabras, los hombres a su alrededor no pudieron sino asentir y cambiar de conversación. Comprendieron que no había cabida para burlas cuando se trataba de aquel sobrino en específico.
—Adam, te llevo buscando por todas partes —se quejó Katherine al entrar en el salón, acompañada por Clare, quien fue directa hacia Gregory y depositó un beso en su mejilla.
—Se supone que esta es tu casa —replicó Adam—. ¿Y no sabes que aquí se reúnen los hombres?
—Si no fuera por Clare, me habría vuelto loca.
En ese momento, el resto de las damas entró en el salón, completamente arregladas para la ocasión.
Lucían las joyas más finas, vestidos de telas exquisitas y adornos delicados en el cabello, que, a ojos de William, no eran más que el resultado de desplumar unos cuantos gansos y convertirlos en ornamento.
—Vámonos de una vez, si no queremos llegar tarde —ordenó Violet, entrando con autoridad.
Vestía un elegante traje negro, color que la viuda jamás abandonaba en honor al duque fallecido.
Los carruajes fueron enganchados a los caballos que los llevarían primero a la iglesia, donde se celebraría la boda, y después a la fiesta.
William descendió de la carroza con serenidad, saludando con la cabeza a algunas personas que le resultaban familiares, pero sin acercarse a nadie en particular.
—¡William! —llamó una voz conocida.
El marqués giró.
—Annabella —sonrió al ver a su prima menor, que llevaba en brazos a la pequeña Aine.
La niña, en cuanto tuvo oportunidad, exigió ser liberada para correr con sus primos a las afueras de la iglesia.
—¡Qué bueno que has venido! —lo saludó Annabella con cariño.
—Sí, bueno…
William se removió con discreta incomodidad, esperando alguna réplica sobre Alice o sobre su terquedad.
—Espero que lo pases bien —dijo Anna, al notar su renuencia y levantar una bandera blanca—. Tengo que ir con Alice.
—Sí.
William se sintió complacido al comprobar que, al menos por el momento, Annabella no se mostraba tan empecinada como su madre y sus hermanas. O, si lo estaba, había decidido concederle una tregua.
Los invitados comenzaron a entrar en la iglesia, tomando asiento en las bancas asignadas para cada familia.
William agradeció tener que ocuparse solo de sí mismo.
Vio a sus primos políticos y cuñados cargar niños en brazos para introducirlos al recinto, ya que sus madres estaban ocupadas con la novia, quien esperaba oculta en una habitación provisional dentro de la iglesia.
—No es tan malo —dijo Adam de pronto, consciente de lo que William observaba.
—¿Qué cosa? —preguntó él, evasivo.
—Tener hijos. Una familia.
William alzó una ceja.
—No le veo nada de placentero.
—Espero que algún día lo entiendas —respondió Adam, tomando en brazos a la hermosa Blake, que llegaba al trote para ser alzada por su padre—. Yo soy feliz. Y nosotros nos parecemos en muchas cosas.
—¡Hola, tío! —saludó la pequeña alegremente.
—Hola, preciosa.
William le pellizcó una mejilla con ternura.
—Tío, ¿has traído regalos para mí? —preguntó la niña, cubriéndose la boca para que su padre no la escuchara.
—Blake —la reprendió Adam.
—Sí, princesa. Les he traído regalos.
William ignoró el regaño paterno y se dedicó a consentir.
—¡Sí! ¡Se lo diré a Adrien!
La pequeña comenzó a patalear en brazos de su padre, pidiendo que la bajara para correr hacia su hermano.
Ambos hombres la observaron tomar a su mellizo del brazo y susurrarle algo al oído.
—Con esa mujer deberías tener miedo —se burló William, retomando la conversación anterior—. Seguramente tus hijos ya muestran un poco de su carácter.
—Tienes razón —admitió Adam—. Pero son asombrosos tal como son. Y ella es una madre increíble.
William asintió.
También lo creía. Katherine se había encargado varias veces de él cuando eran niños. Era protectora, fiera e increíblemente responsable cuando tenía a un pequeño o a un enfermo bajo su cuidado.
—¿Vamos? —indicó Adam hacia la iglesia.
El azabache asintió y caminó junto al esposo de su hermana para sentarse en una de las bancas, a la espera de que la misa comenzara y la novia apareciera por las puertas principales.
Alice caminaba de un lado a otro. Su vestido de novia, de tanto girar con ella, comenzaba a perder la compostura perfecta con que las doncellas lo habían dispuesto.
Estaba nerviosa.
Algo le robaba la calma y esa felicidad que, en teoría, toda novia debía sentir antes de caminar hacia el altar. Era una inquietud densa, alojada en el estómago, que le obligaba a frotarse con impaciencia.
—¿Ali? —llamó Katherine—. ¿Estás bien?
Los ojos violáceos de la joven se enfocaron en su amiga. Katherine parecía preocupada por ella, y Alice también lo estaba por sí misma.
—No lo sé —respondió con una sonrisa forzada—. Estoy nerviosa.
—Es normal.
La pelirroja le tomó los hombros.
—Es verdad —intervino Elizabeth—. Todas nos ponemos igual.
—Además —añadió Emma—, estás más hermosa que nunca. Seguro que ese hombre se desmaya cuando te vea.
—Tiene razón —asintió Clare con una sonrisa dulce—. Eres la novia más bonita que existe.
—Gracias.
Alice continuaba nerviosa, pero rodeada por sus amigas, primas y mujeres queridas, la sensación de desastre parecía un poco menos insoportable.
Annabella estaba a punto de entrar en la habitación donde Alice y el resto la esperaban cuando escuchó que alguien la llamaba.
—¡Anna!
La joven se volvió.
Marinett venía corriendo hacia ella, acompañada por Giorgiana.
—¿Qué pasa? —preguntó Annabella, sonriendo al principio.
Pero al ver el rostro de ambas, la sonrisa se borró de inmediato.
—Anna… —dijo Marinett, con dolor—. Tenemos que hablar.
La marquesa de Sutherland sintió que la sangre se le helaba.
Nada bueno podía venir después de aquellas palabras.
Había en sus rostros una gravedad oscura, una tristeza tan profunda que parecía impropia de una boda. Como si alguien hubiese muerto en aquel lugar.
Y, quizá, de algún modo, así era.