Lo que oculta un corazón: El impenetrable William
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Capítulo 1
E l marqués de Millentmont abrió los ojos hacia un nuevo día.
Eran apenas las seis de la mañana, y la mansión ya respiraba con la discreta precisión de una casa acostumbrada al orden.
La servidumbre había cumplido con las primeras obligaciones destinadas al bienestar de su amo: la chimenea crepitaba con un fuego dócil, derramando una luz anaranjada sobre los muebles oscuros; sobre una pequeña mesa reposaban una taza de café recién servido y un vaso de agua cristalina; el baño estaba dispuesto, humeante y perfumado con esencias sobrias, y su ayuda de cámara no tardaría en presentarse.
Todo parecía normal.
—Lord Charpentier —dijo Peter al otro lado de la puerta.
William apartó las mantas con una calma somnolienta y se incorporó. La bata cayó sobre sus hombros con una elegancia casi distraída, cubriendo apenas el torso firme que la penumbra de la habitación insinuaba con discreción.
—Puedes pasar —anunció.
Peter entró con la deferencia impecable de quien conocía hasta el último gesto de su señor.
—Mi señor —dijo, inclinándose—, tiene usted visitas.
William alzó la mirada.
—¿Visitas? —repitió, extrañado—. ¿A estas horas?
—Sí, mi señor. Se trata de la duquesa de Montpensier y de su madre, la antigua marquesa de Millentmont.
William cerró los ojos con pesadez.
Que aquellas dos mujeres se presentaran en su casa a esa hora solo podía significar una cosa: malas noticias. O, peor aún, algún plan maquiavélico para casarlo, como en tantas otras ocasiones. Sería, desde luego, un esfuerzo inútil.
En ese asunto, William había tomado ya una decisión.
—Hágalas pasar al comedor. Dígales que bajaré en un momento.
—Sí, mi señor.
Peter abandonó la habitación, dejándolo solo frente a un baño que, en otras circunstancias, habría sido un instante de calma. Aquella mañana, en cambio, se convirtió en un lavado rápido, casi mecánico, destinado únicamente a dejarlo presentable.
William era un hombre de rutinas. Extremadamente organizado.
Su día se trazaba en su cabeza con la exactitud de un itinerario escrito a pluma y sellado con lacre.
Muchos afirmaban que la capacidad mental del marqués era prodigiosa, pues no olvidaba detalle alguno de nada ni de nadie.
Era difícil engañarlo, y todavía más difícil mentirle.
Algunas malas lenguas, incluso, aseguraban que el propio Adam Wellington quedaba rezagado ante la mente del prestigioso presidente del Consejo de Ministros francés.
Después de un baño breve y con la ayuda de Peter, quien regresó tras informar a las damas de su proceder, William logró un aspecto impecable en cuestión de minutos. Descendió las escaleras con paso sereno, vestido con una sobriedad exquisita, y se dirigió al comedor, donde ya lo esperaban.
—Will —sonrió Alana—. Qué guapo estás, querido niño.
—Madre —saludó él, depositando un beso en su mejilla—. Giorgi.
Repitió el ademán con su hermana.
William retiró la silla de la cabecera y tomó asiento, consciente de los dos pares de ojos que observaban cada uno de sus movimientos. Cuando estuvo cómodo, miró a ambas mujeres y suspiró.
—Bien. ¿A qué han venido?
—¡Qué canalla! —exclamó su madre, llevándose una mano al pecho con teatralidad—. He venido a visitar a mi hijo.
Alana fingió sentirse profundamente ofendida, como si aquella visita no tuviera más propósito que el amor maternal hacia un hijo al que veía demasiado poco.
—Madre —dijo William, con incredulidad—, por favor.
—Muy bien, al punto —intervino Giorgiana.
Su embarazo de siete meses era ya imposible de disimular bajo la caída elegante de su vestido.
—Irás a la boda de Alice, supongo.
William tensó apenas la mandíbula.
—No lo sé.
Por alguna razón, que Alice Miller —la mejor amiga de su hermana menor, Katherine, y la misma joven que años atrás se había declarado enamorada de él— estuviera a punto de casarse le provocaba un dolor de cabeza persistente.
Ninguna mujer de su familia se había limitado a enviarle una carta sencilla.
Todas, sin excepción, habían llenado páginas enteras con palabras como “tonto”, “necio” e incluso “imbécil”, pero él seguía renuente al compromiso.
Y Alice, aunque era una muchacha muy hermosa, tampoco figuraba en su lista de prospectas. La quería, sí. Pero la quería como quería a Kate o a su prima Annabella: con un afecto limpio, familiar, desprovisto de cualquier deseo que pudiera conducirlo al matrimonio.
—¿Cómo que no lo sabes? —Giorgiana frunció el ceño—. Es una amiga de la infancia. Siempre ha estado con ustedes. Kate y ella son como uña y carne.
—Y por eso me alegra que Katherine asista —respondió él, tomando un poco del jugo que un lacayo le ofrecía.
—Vamos, Will —suplicó su madre—. Habrá muchas señoritas que no conoces. Has estado tres años ausente de Inglaterra.
William dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Proponen que vaya a una boda a buscar esposa?
—¡Sí! —respondieron ambas al mismo tiempo.
—Entonces no.
—Tu padre también quiere ir —dijo Alana, recurriendo a su última carta—. Pide que asistas.
William entrecerró los ojos.
—¿Intentas decirme que es una orden?
—Sí —confirmó su madre—. Sigue siendo tu padre, aunque ya no sea el marqués.
—No tengo tiempo para esto.
William arrojó la servilleta de tela sobre la mesa y se dispuso a abandonar el comedor.
—William —lo llamó Giorgiana.
Él se detuvo, sin volverse del todo.
—Sé que es una locura sentirse presionado —continuó ella, con una suavidad que contrastaba con su determinación—.
Yo lo sé mejor que nadie. Escapé durante años de lo mismo.
Pero ahora es indispensable que tengas herederos.
Nuestros primos esperan cualquier oportunidad para tomar el poder que tienes, y ambos sabemos cuánto los desprecias. Igual que todos nosotros.
—No soy tan anciano como para desesperarme por mi descendencia ni por unos primos que sueñan con verme muerto.
—No —admitió Giorgiana—, pero cualquier cosa puede suceder. No somos Dios para saber qué nos espera mañana. Por eso es necesario que te cases, Will. Necesitas estabilidad.
El hombre pareció sopesar sus palabras.
Tal vez su hermana tenía razón. Tal vez debía casarse.
Sin embargo, no lo deseaba. ¿Cómo podía buscar esposa si ni siquiera poseía el entusiasmo para hacerlo?
Solo pensar en las madres de las debutantes rodeándolo, ofreciéndole sonrisas medidas y frases envueltas en intención, le producía una profunda sensación de fastidio.
—¿Cuándo es la boda? —preguntó al fin, aún detenido en el marco de la puerta.
—En dos meses —sonrió su madre, agradecida de que Giorgiana hubiese resultado tan convincente—. Partimos en dos semanas.
William respiró hondo.
—Bien.
Dejó a las mujeres en el comedor. No tenía paciencia para más palabrerías y esperaba que el simple hecho de aceptar asistir a la dichosa boda de Alice Miller bastara para concederle un poco de paz.
Solo esperaba no estar cometiendo una equivocación enorme al ceder ante las súplicas de su madre y de su hermana.
El marqués caminó hasta los establos de la casa y montó a su semental para ir a visitar a su mejor amigo, Andrei Frescott, quien vivía a poca distancia.
Necesitaba consuelo. O, al menos, una conversación masculina que lo librara durante unas horas de aquel mundo saturado de mujeres decididas a convertir su vida en una interminable persecución matrimonial.
Quince minutos después, William desmontó frente a una hermosa residencia de piedra clara y balcones de hierro forjado.
Las puertas se abrieron antes de que alcanzara el pórtico.
El mayordomo, sin duda, lo había visto acercarse a lo lejos.
Lo esperaba en el recibidor junto a una bella mujer que no intentó disimular su entusiasmo al verlo.
—Oh, William —saludó la joven en cuanto lo tuvo cerca—. Me alegra que hayas venido. Nos has tenido abandonados.
—Lo lamento, Amber —respondió él, saludándola con los dos besos franceses de rigor—. He estado ocupado.
—Lo imagino.
Ella restó importancia al asunto con un gesto dulce, apoyando la mano sobre la pequeña curva de su vientre.
—Pasa. Andrei está en su despacho.
La esposa de su amigo era una criatura vivaz, hermosa y amable.
Su larga melena rubia caía recogida en una trenza suave; sus ojos verdes brillaban con la ilusión serena de la maternidad, y su sonrisa parecía un adorno perfecto sobre un rostro hecho para inspirar ternura.
William entró al despacho sin llamar. No lo necesitaba.
Simplemente se acercó al pequeño bar que su amigo conservaba en la estancia y se sirvió un vaso de coñac.
—Veo que ahora te gusta beber a horas indecentes —se burló Andrei desde su escritorio.
—No me molestes —advirtió William, señalándolo con la mano en la que sostenía el vaso—. Mi madre y mis hermanas buscan casarme a toda costa.
—¡Ya era hora! —Andrei soltó una carcajada—. En realidad, has tardado demasiado en darte cuenta de esa necesidad.
—No es lo que quiero en este momento. —William se encogió de hombros y bebió un trago. El licor le quemó la garganta con una calidez agradable—. Me gusta mi vida tal como está.
—No es tan malo como piensas.
Andrei se puso en pie y caminó hacia el bar para servirse una copa.
—Amber es una mujer hermosa y buena —concedió William—. Pero, para mí, una esposa sigue siendo un ser humano que se queja de todo, llora sin razón aparente y escapa apenas ve la oportunidad.
—Qué dureza para referirte a ellas —rio su amigo—. ¿Seguro que no hablas de un bebé?
—Muy gracioso.
—Te vendrá bien —Andrei le colocó una mano amistosa en el hombro—. Siempre es bueno saberse acompañado.
William arqueó una ceja, insinuante.
—No necesito una esposa para sentirme acompañado.
—Me refiero a una mujer que te sea fiel. Una mujer que permanezca contigo en las buenas y en las malas.
—Claro —murmuró William, con una sonrisa apenas perceptible.