Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Epílogo
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Epílogo

W illiam y Alice estaban recostados en su cama.

Ocho meses habían pasado desde la muerte de Andrei y nueve meses llevaba el hijo de Alice y William creciendo con tranquilidad en el vientre materno.

Todos aguardaban con expectativa la llegada del pequeño o, mejor dicho, de los pequeños.

No más cartas, no más mentiras, no más secretos.

A lo largo de aquel matrimonio, ambos habían aprendido que una mentira podía convertirse en miles.

Que ocultar algo pequeño podía transformarse en algo grande, incontenible, capaz de devorarlo todo.

Hasta entonces, Alice no había tenido oportunidad de pensar en lo afortunada que era de estar casada con el hombre al que amaba.

Con el hombre al que siempre había amado y que, de forma casi milagrosa, también la amaba a ella. Había sido un comienzo inesperado, un transcurso desafortunado y una lucha feroz contra sombras que estuvieron a punto de destruirlos. Pero ahora, justo en ese instante, Alice estaba agradecida.

Feliz de tener a su esposo allí, abrazándola mientras colocaba una mano sobre su vientre.

Según el médico, estaba casi seguro de que no era una sola criatura.

Juraba que eran gemelos. Alice, en cambio, solo podía desear que se tratara de un niño muy grande.

No conseguía imaginarse pasando por dos partos en uno.

Además, Katherine no la dejaba tranquila con aquello del dolor.

Eran las diez de la noche. Al fin, la paz reinaba en la casa Charpentier.

Las escandalosas hermanas de William habían caído dormidas, al igual que sus hijos.

Emma y Charles habían dejado de discutir, y la madre de William permanecía encerrada en una recámara, donde el padre de su esposo la había dejado por la paz de la casa.

Al parecer, Alana Charpentier se ponía bastante nerviosa con cada nacimiento, y el cada vez más cercano alumbramiento la tenía al borde de la locura.

—¿Alice? —preguntó William, adormilado, al sentir que su mujer se removía entre sus brazos—. ¿Estás bien?

—Yo… no.

William se sentó de golpe y la miró.

—¿Es el bebé?

Alice asintió varias veces y comenzó a respirar tal como había practicado con sus cuñadas. Se incorporó en la cama al sentir la primera contracción y, con una calma admirable, dijo:

—El médico, William.

Él se quedó inmóvil.

—¡William!

—Sí. Lo siento.

El hombre se puso en pie y llamó a la puerta contigua, de donde salió un médico adulto, aunque no anciano. No hizo falta que William explicara la situación, pues su rostro lo decía todo.

—Necesito brandy, tabaco y una toalla —dijo el médico con tranquilidad.

—¿Para mi esposa? —preguntó William, alterado.

—Para usted, señor. Su esposa está a punto de tener un bebé, pero usted puede tener un infarto si no se relaja.

El médico salió de la habitación, llamando con voz firme a la servidumbre, que comenzaba a despertarse al escuchar los gemidos de la marquesa. Aquel momento había sido el más esperado desde que se supo la noticia.

Las doncellas actuaron con rapidez: trajeron tinas con agua limpia, toallas, vendas y paños calientes. Todo parecía pasar frente a un William paralizado, incapaz de moverse. Gracias a Dios, alguien le colocó una mano firme sobre el hombro y lo atrajo hacia sí con cariño.

—Serás padre, amigo —dijo Charles, sonriendo.

El irlandés vestía solo una bata.

Algo le decía a William que era mejor no preguntar si había algo debajo. Seguramente la respuesta no sería agradable.

—¡Dios mío! ¡Voy! ¡Voy! —gritó Katherine, empujando a su hermano y a su primo para pasar corriendo a la habitación de Alice.

—Apártense, par de ineptos —dijo Giorgiana, caminando con tranquilidad entre ellos antes de entrar en la recámara.

—¡William Devan Howard Charpentier! —se oyó gritar a su madre desde alguna parte—. ¡Si no dejas salir a tu madre en este momento, estarás muerto antes de ver a tu hijo!

Charles fue quien reaccionó y abrió la puerta de su tía. Alana pasó como una llamarada hacia la habitación donde ya se encontraban todas las mujeres. Todas, excepto Emma, quien, al no estar casada, no tenía permiso de entrar.

—Es una terrible injusticia que me lo pierda —se quejó la rubia.

—Ya te tocará sufrirlo —dijo Charles sin pensar.

En cuanto las palabras salieron de su boca, comprendió su error. Estaban prometidos, y la única forma en que Emma podía sufrirlo era teniendo un hijo suyo. Se avergonzó y volvió la cara.

Emma no lo notó.

William sí y con eso tendría suficiente para torturarlo toda la vida, pasaron dos horas de agonía. Se escuchaban los gritos de Alice, pero no parecía haber resultado alguno. Para ese momento, William estaba más que nervioso. Con cada grito de su esposa, sentía el deseo absurdo de morir en su lugar.

Dentro de la habitación, Alice sentía que iba a desmayarse.

El médico y las doncellas caminaban de un lado a otro de la cama con rapidez. Mojaban paños con agua caliente, la limpiaban, la animaban y le pedían que expulsara algo que parecía demasiado grande para salir de su cuerpo.

Era la sensación más desgarradora que hubiese experimentado jamás, como si su hijo buscara partirla por la mitad para abrirse camino hacia el mundo.

El dolor era terrible; la presión en su vientre, incesante; y sus gritos, desgarradores.

La joven intentaba traer a aquella criatura al mundo lo antes posible.

El sudor empapaba su cabello, y las venas de su cuello se marcaban por el esfuerzo tremendo de convertirse en madre.

Era intenso. Implacable. Interminable.

—Mi señora, puje una vez más —pidió una de las doncellas que sostenía sus manos.

Alice pensó que, si apretaba con más fuerza, seguramente le arrancaría la extremidad a la pobre mujer.

—No puedo.

Se dejó caer sobre las almohadas. Veía los rostros de frustración de las mujeres a su alrededor. Las piernas abiertas para el alumbramiento. Su vientre aún prominente. Su cuerpo entero temblando por el esfuerzo.

—Vamos, Alice.

Katherine la tomó por la espalda, levantándola entre los almohadones e incitándola a pujar nuevamente.

—Respira profundamente —suplicó Giorgiana.

Alice las miró con duda. Ellas habían pasado por lo mismo, ¿no? Un par de veces más que ella. Así que, si después de aquello esas dos no tenían problemas en volver a procrear, no veía por qué sería distinto para ella. Tomó aire y volvió a pujar con todas sus fuerzas.

Gritó. Empujó con todo su ser. Deseó que aquella criatura naciera de una vez. Y entonces, casi como música, se escuchó un llanto profundo, sofocado, arrancado por una palmada que daba la bienvenida al pequeño al mundo.

Alice dejó caer la cabeza sobre la almohada, por un instante sintió alivio. Estaba exhausta, pero lo escuchaba. Lo oía llorar interminablemente. Seguramente tendría frío. O hambre. O ambas cosas. Sabía que aquella paz no duraría demasiado.

El médico había pronosticado dos bebés y fue ella la primera en admitir que, al parecer, había acertado. Otro grito salió de su garganta, todo comenzó de nuevo.

—Es un varón —sonrió una de las mujeres hacia su señora—. Dios le ha dado la gracia de darle un varón al marqués.

—Que sean dos varones —dijo el médico con una sonrisa, sacando al segundo pequeño del vientre agotado de la madre.

Alice no podía sonreír con tanta facilidad. Sentía alivio de que al fin estuvieran fuera de ella, sanos y salvos, pero quería dormir durante tres años. Estaban a punto de dar por terminada aquella sesión cuando, de pronto, Alice volvió a gritar.

—¡Viene otro bebé!

—¿Qué? —gritaron todas las mujeres presentes.

—¡Dios santo! —exclamó Katherine—. ¿Qué hicieron cuando los concibieron?

—¡Katherine Anaëlle! —la regañó su madre—. ¿Qué son esas pláticas?

—Lo siento, madre.

La pelirroja sonrió y se acercó a Alice.

—En serio, dime para no hacerlo.

En total fueron cuatro horas. Cuatro largas horas en las que William no supo nada. Escuchaba gritos y llantos de bebés. Sabía que podían ser gemelos, pero aquella tardanza lo hacía pensar que quizá su esposa no se encontraba bien.

Se puso en pie, decidido a abrir esa puerta y averiguar qué ocurría. No hizo falta. En ese momento salió su madre, con un pequeño envuelto en una manta azul, cálida y abrigadora.

William sonrió y se acercó a ella, mirando al bebé que se removía dentro de la cobija, intentando escapar de alguna forma.

—Es tu primer niño, William —le dijo su madre, sin despegar la vista de su nieto.

—Y este es el segundo —sonrió Giorgiana, apareciendo con otro pequeño bulto azul.

—Y el tercero —añadió Katherine, cargando un tercer bebé entre.

—Vaya, hermano —dijo Charles, acercándose junto con el resto de quienes aguardaban afuera—. Eres todo un campeón.

William entrecerró los ojos hacia su primo, pero estaba tan feliz que no le importó su absurdo comentario.

—¿Alice? —preguntó.

—Cansada —contestó Kate—, pero perfecta.

William sonrió. Besó las mejillas de todas las mujeres de su familia y entró en la habitación, no sin antes dar una rápida mirada a sus hermosos hijos.

—¡Mamá! ¡Mamá! —gritó Ashlyn—. ¡Quiero ver a mi primo!

—Sí, amor, mira.

Katherine se agachó para mostrárselo. Adam llegó con sus dos gemelos aún medio dormidos, pero dispuestos a treparse a su padre para ver a los nuevos integrantes de la familia.

—¡Archie morirá cuando sepa que los vi primero! —dijo Adrien desde los brazos de su padre.

—¡Archie te matará si haces burla! —le advirtió Blake—. Es más grande que tú.

Giorgiana se acercó a Asher con una sonrisa, mostrándole al pequeño mientras él sostenía al pequeño Lucca en brazos. Alana hizo lo mismo, presentando al recién nacido de William a Emma y Charles.

—Ustedes deberían pensar en los suyos —dijo Alana, mirando a la pareja, que se sonrojó al instante.

Dentro de la habitación, William se quedó un momento de pie junto a la cama, simplemente observando el sueño de su esposa.

No parecía profundamente dormida, pero sí parecía desear estarlo.

A pesar de eso, abrió los ojos y le regaló a William un vistazo de aquellas profundidades violetas que tanto amaba. Una sonrisa suave se dibujó en su rostro cansado, y estiró un brazo hacia él con la esperanza de que se acercara.

William no dudó. Fue hasta su esposa, depositó un beso en su frente y luego otro en sus labios.

—Eres madre de tres niños.

—No pienso volver a hacerlo jamás —sonrió ella débilmente.

—¿No volverás a hacer el amor?

Alice lo miró con mala cara, pero al final dejó escapar una bonita carcajada.

—¿Dónde está Philip?

—Esperando a que su madre se recupere de dar a luz a tantos niños.

William sonrió.

—¿Con quién lo dejaste?

—Está con tu padre.

Alice asintió, tranquila.

—Ahora tenemos una familia.

William le tomó la mano y la llevó a sus labios.

—Sí.

Sonrió, mirando a la mujer que amaba y a la puerta por donde se escuchaba el bullicio de los recién nacidos.

—Ahora la tenemos.