Lo que nunca te pedí Capítulo 29
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Capítulo 29

La habitación la reservé yo a las ocho y diez de la mañana, desde el asiento tres del autocar, con el móvil pegado al muslo para que no se viera la pantalla, y era una doble en una pensión de Llanes de cincuenta y cuatro euros con desayuno, y la reservé sabiendo perfectamente que existía la posibilidad de pagarla y dormir allí yo sola.

Eso lo cuento porque me parece justo contarlo.

A las siete y veinte de la tarde, en la calle de detrás de la plaza, con los dos remolques abiertos y con veinticuatro personas metiendo fundas y aguantando el bombo entre tres, lo dije en voz alta.

— Yaiza.

— ¿Qué?

— Nosotras nos quedamos. — Y me colgué la funda y se la puse en las manos—. ¿Me la bajas tú el martes al local?

Yaiza Riestra miró la funda, me miró a mí, miró a Olaya, que estaba a cuatro metros metiendo un atril en el remolque, y se colocó la funda debajo del brazo.

— Mira — dijo—. Que ya era hora.

Y se subió al autocar.

———

Cenamos con la banda, porque no cenar con la banda el día de un certamen es una cosa que no se hace, y cenamos en una sidrería de Llanes en una mesa larga con dieciocho de los veinticuatro y con el ruido que hacen dieciocho personas que han quedado segundas de doce.

Bruno Argüelles estuvo cincuenta minutos hablando, que es su récord histórico, y lo hizo con un chaval de veinte años de otra banda que se acercó a preguntar por la Roxa, y le contó lo del hombre de Cangas y lo del torno de pedal y lo de la regla colgada del clavo, y al final le dijo lo que dice él, que eso no se toca, que eso se cuenta, y el chaval puso cara de no haber entendido nada, que es exactamente la cara que puse yo a los quince años.

Yaiza Riestra, que estaba a mi izquierda, se pasó la cena repartiendo culpas por los tres puntos que nos faltaron para el primer puesto, con un método y un rencor que a mí me tuvo llorando de risa cuarenta minutos.

Que si la entrada del segundo bloque. Que si el eco de las casas, que ya lo había dicho Bruno el lunes y nadie le hizo caso.

Que si el jurado, que era de la zona oriental los tres.

Que si el chaval de diecinueve, al que se le había abierto una caña por la mañana y al que llevaba tres horas mirando con una fijeza que el pobre ya no sabía dónde meterse.

— Yaiza, que el chaval tocó bien.

— Tocó bien. — Cogió pan—. Le sobró alegría en el tercero.

— Es que el tercero es alegre.

— El tercero es lento, que no es lo mismo. — Y me señaló con el trozo de pan desde treinta centímetros—. Y tú te callas, que tú te fuiste.

Y todo el mundo se rió, y yo también, y así es como se arreglan estas cosas en una banda: no se arreglan, se sacan a la mesa una vez, delante de dieciocho, en el sitio donde no hacen daño, y luego se quedan ahí para siempre y se sacan cada dos años.

Un hombre del bloque de atrás me preguntó, muy serio, si en Santiago pagaban bien, y le dije que sí, y me dijo que ya era hora, ho, y le dio un trago al culín.

A las once menos cuarto nos levantamos, y hubo tres o cuatro comentarios que no voy a reproducir, y la señora de la fila de atrás me dio dos besos y me dijo neña sin más, y Olaya pagó su parte y la mía y no dijo nada, y yo no le dije nada tampoco porque hay batallas que se libran en marzo.

Subimos por la calle de la pensión con el mar sonando abajo y con esa humedad de septiembre que en Llanes a las once de la noche te deja el pelo hecho un desastre.

———

La habitación tiene una cama, una mesilla a cada lado, una silla y una ventana que da al puerto pequeño, y desde la ventana se ven los bloques del espigón pintados de colores y no se ven de noche, y hay una farola en la esquina que entra por la rendija de la persiana y que se queda en el techo con la forma de la rendija.

Olaya dejó la Roxa en la silla y se sentó en el borde de la cama a quitarse las botas.

Y yo, que llevo treinta y cuatro años sin callarme, estuve dos minutos de pie en aquella habitación sin decir absolutamente nada, y no fue incómodo.

— Xandra.

— Dime.

— ¿Por qué me dejaste el cuaderno?

Se lo he intentado contestar cuatro veces desde entonces y aquella noche fue la primera y la peor.

Me senté a su lado en el borde de la cama, con los pies en el suelo, y empecé tres frases y no terminé ninguna, y la tercera se me quedó a medias en una cosa sobre que si me iba llevándomelo puesto entonces las dos cosas eran verdad para siempre, y me oí y me callé, porque dicho en voz alta en una habitación de pensión no se sostiene.

— No lo sé — dije al final.

— Vale.

— Es que no lo sé, Olaya, de verdad.

— Que vale. — Puso las botas debajo de la silla, una al lado de la otra, que es como las pone—. No hace falta que lo sepas hoy.

Y no volvió a preguntar. Ni aquella noche, ni el domingo en el coche, ni en octubre por teléfono.

Yo me giré hacia ella en el borde de aquella cama y le puse la mano en la mandíbula, con los dedos donde se los pongo a los alumnos para colocarles el ángulo, que es un sitio en el que llevo cinco meses poniendo la mano por motivos técnicos y que dejó de ser técnico en junio.

— ¿Puedo?

— Sí.

— Dilo entero, ho, que hoy me apetece oírlo entero.

— Que sí, Xandra. — Y se rió por dentro, con los hombros, sin sacar la risa—. Que sí puedes.

La besé despacio, que en cinco meses no había pasado casi nunca, porque lo nuestro había ido siempre con prisa de las dos o con torpeza de una, y aquella noche no había prisa por ningún lado.

No había un certamen el sábado. No había una oferta encima de la mesa sin abrir.

No había una banda a punto de caerse ni un convenio ni una fecha tope ni una cosa que a mí me estuviera funcionando por dentro a dos centímetros.

Le quité el jersey del uniforme y la camiseta de debajo y estuve un rato con la palma abierta en el esternón, que es donde le puse la mano en abril para enseñarle desde dónde se respira, y noté cómo bajaba el aire y cómo se le colocaba solo, sin que yo tuviera que decirle otra vez.

— Ya lo haces sin que te lo diga.

— Llevo cinco meses.

— Ya. Pues me da una pena tremenda.

Nos reímos las dos, ahí, en el borde de una cama de pensión de Llanes, y luego dejamos de reírnos, y esta vez lo dejamos a la vez.

Nos costó trabajo llegar a la cama, y no por lo que parece: por el uniforme.

Un uniforme de banda de gaites tiene chaleco, tiene camisa con dos botones que van fatal, tiene un cinturón de una hebilla del año noventa y cuatro y tiene una faja, y quitarle una faja a alguien en una habitación de pensión mientras esa persona te está besando el cuello es una cosa que no sale en ningún sitio y que nos tuvo cuatro minutos, y en el minuto tres yo me eché a reír contra su hombro y ella me dijo, con la voz normal, que aquello se soltaba por detrás.

— ¿Y tú cómo lo sabes?

— Porque llevo cinco meses poniéndomelo y quitándomelo yo sola, Xandra.

Conozco esa piel. Esa es la diferencia y es toda la diferencia.

En junio, en mi casa, con la ventana abierta y la raya de mar entre los tejados, yo estaba descubriendo a una mujer a la que conocía desde hacía doce años y me temblaban las manos como no me habían temblado desde los veinticuatro.

En julio, en su casa, ella me dijo lo que quería en frases enteras y del derecho y a mí me cambió el suelo de sitio.

En septiembre, en Llanes, con el mar sonando abajo y con la farola en el techo, yo sabía dónde tenía el callo de la base del pulgar derecho y sabía que tiene el hombro izquierdo más alto por seis años de palanca y sabía exactamente qué le pasa cuando le paso la boca por debajo de la clavícula, y saberlo no le quitó nada.

Le quitó la prisa.

Estuvimos mucho rato. Hubo un momento en el que yo tenía las dos manos donde las tenía y Olaya me dijo, con la voz de radio hecha polvo, que parara un segundo, y paré, y lo que pasaba era que quería mirarme y llevaba cinco meses sin atreverse a pedir una cosa tan pequeña con esas palabras.

La miré yo también. Estuvimos así lo que estuvimos y luego seguimos.

Y esta vez, en algún punto de esa hora, fui yo la que me quedé sin la coartada.

Yo hablo. Yo hablo siempre y hablo por encima de todo el mundo y remato las frases con un ¿sabes?

y me río fuerte, y en junio en mi casa me duró la coartada hasta la mitad y en julio en la suya se me cayó una hora.

Aquella noche, en una habitación de pensión con una farola metida por la rendija de la persiana, no la tuve puesta en ningún momento, ni al principio.

Y le dije cosas. Le dije lo que quería y dónde y cuánto, y no lo dije con la voz de pedir un favor tonto, que es la voz con la que yo pido veinte cosas al día para no pedir ninguna.

Lo dije con la otra. Y ella me contestó a todo, y hubo dos cosas que me contestó que no, y esas dos noes son de las mejores cosas que me han pasado en la vida, porque un no de esa mujer, dicho en una cama y sin logística, vale más que todo lo que me dijo que sí en doce años.

Una de las dos noes fue un no y ya está, sin explicación y sin disculpa, y esa la celebré por dentro.

La otra fue un no con condiciones, que es peor y es mejor, y consistió en que me dijo que así no, que así de aquella manera y con la lámpara encendida, y me lo dijo con las dos manos en mi cara y muy despacio, y yo estuve un rato entero pensando qué le habría costado eso a esa mujer en abril, cuando ni siquiera podía decir en una cocina que le apetecía un vaso de agua.

Y luego hubo una hora en la que no hablamos, y no la voy a contar entera. Diré tres cosas de esa hora.

La primera es que Olaya Prendes, que en junio se pasó la mitad de la noche intentando llevar el mando y a la que yo le tuve que decir otra vez tres veces con la misma voz con la que se lo digo a un guaje de ocho años, en septiembre no intentó llevar nada, y quien se piense que eso es rendirse no ha visto a esa mujer conducir un coche con otra persona al lado.

La segunda es que se le fue la voz de radio a los diez minutos y ya no volvió, y que esa mujer, cuando se le va la voz de radio, tiene otra debajo que es mucho más grave y mucho más lenta y que solamente la he oído yo.

Y la tercera es que las manos. Yo llevo veintisiete años con un punteru en las manos.

Yo he colocado dedos encima de un punteru a doscientos guajes y les he dicho a todos lo mismo, que el meñique no se levanta, que la muñeca no se dobla, que el dedo cae, que no se aprieta, y llevaba cinco meses diciéndoselo a ella en un local de La Calzada con las ventanas abiertas.

En una habitación de Llanes, a la una y media de la madrugada, aquella mujer tenía las dos manos exactamente donde yo se las había enseñado a poner, sin apretar, con el peso del dedo y nada más, y no había hecho falta decirle otra vez ni una sola vez.

Terminamos tarde. Hacia las dos, con la sábana por la cintura y el mar sonando abajo y con la ventana entreabierta porque en septiembre allí no se puede tener cerrada, me quedé de lado mirándola, y esperé.

Esperé una cosa concreta y la esperé despierta.

En junio, en mi casa, a las seis y veinte de la mañana, aquella mujer se levantó de una cama en la que le habían hecho sitio y se fue al pasillo a arreglar la bisagra de un armario que llevaba dos años torcida, con un destornillador, descalza, porque no sabía estar quieta.

En aquella habitación de Llanes había una silla coja.

La vi yo al entrar, a las once de la noche, y la vio Olaya antes que yo, porque esa mujer entra en una habitación y localiza lo que está mal antes de localizar la cama, y estuvo tres segundos mirándola, y luego dejó la Roxa encima y se sentó a quitarse las botas.

Yo estuve esperando ese destornillador desde la una y media de la madrugada.

Y no lo estuve esperando con miedo, que es lo que habría hecho en junio, ni con la película montada de lo que iba a significar.

Lo estuve esperando con curiosidad, que es una cosa mucho peor, porque en junio, en mi casa, a las seis y veinte de la mañana, cuando la encontré en el pasillo con un destornillador en la mano y descalza, a mí me subió por dentro un enfado que no supe explicar y que dejé salir en forma de guasa, y me costó tres meses entender qué me había enfadado, y no era el armario.

A las dos y media seguía coja.

A las tres menos veinte Olaya estaba boca arriba con el brazo por encima de los ojos, respirando abajo, sin dormirse del todo, y la silla seguía coja, y ninguna de las dos dijo una palabra de la silla.

———

Sonó un teléfono a las tres y cuatro minutos de la madrugada.

Yo tenía el mío cargando en el enchufe de debajo de la ventana, a tres metros, encima de la mesa, boca arriba, y se encendió toda la pantalla en una habitación oscura y empezó a vibrar contra la madera con ese ruido que hacen las mesas de las pensiones.

Y a treinta centímetros de mi cara, en la oscuridad, con la farola dibujando la rendija en el techo, Olaya Prendes tenía el suyo en la mano, pegado a la oreja, mirándome.

— ¿Estás despierta? — dijo.