Lo que nunca te pedí Capítulo 28
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Capítulo 28

El autocar salió del bajo municipal de La Calzada a las siete y treinta y cuatro de la mañana del sábado trece de septiembre, con cuatro minutos de retraso y con los dos remolques enganchados, y en el kilómetro seis, saliendo de Xixón por la costa, había veinticuatro personas cantando una cosa que no era del programa y que no se puede cantar a las siete y media de la mañana.

Xandra iba en el asiento tres, del lado del pasillo, con la funda entre las rodillas.

Lo del viernes por la noche no lo voy a contar aquí, porque lo del viernes por la noche fue de la banda y no fue mío, y porque lo que pasó en aquel salón después de que se plantara en la puerta y nos tocara cuatro compases desde el umbral tardó una hora y veinte minutos y hubo dos personas llorando y hubo un hombre de sesenta y siete años que no dijo absolutamente nada y que se sentó a su lado.

Yaiza Riestra lo resolvió a las diez y cuarto de aquella noche, de pie, con la baqueta en la mano.

— Mira. Mañana subes al autocar y punto, que son las diez y cuarto y yo mañana me levanto a las seis.

Y lo del certamen tampoco quedó hablado, y eso es importante, porque nadie dijo el viernes quién dirigía el sábado.

Se recogió, se apagó la luz, se bajó la escalera de la barandilla de hierro, y a las siete y media de la mañana veinticuatro personas subieron a un autocar sin que ese asunto estuviera cerrado, que es una cosa muy de banda y que en el puerto no pasaría nunca.

Xandra y yo no habíamos hablado a solas todavía.

Y no habíamos hablado a solas porque el viernes por la noche Xandra se quedó abajo con Bruno en la acera y yo me fui a mi casa andando los cuarenta minutos por la carretera de la costa, y porque el sábado a las siete y cuarto de la mañana, en la puerta del bajo municipal, con veinticuatro personas cargando fundas en dos remolques a oscuras, no hay sitio.

Nos dimos los buenos días en la puerta del autocar y eso fue todo, y yo me senté en el once, del lado de la ventanilla, con la Roxa entre las rodillas, y estuve una hora y cuarenta minutos mirando el mar de la derecha.

———

Llanes tiene un puerto pequeño con los bloques del espigón pintados de colores, una iglesia grande de piedra oscura y un paseo alto desde el que se ve el mar de septiembre picado y verde, y el segundo sábado de septiembre tiene, además, doce bandas de gaites descargando fundas en tres calles a la vez, y furgonetas mal aparcadas, y quinientas personas de uniforme buscando un sitio donde afinar.

Nosotros afinamos en un patio de colegio a las once menos veinte, con otra banda afinando al otro lado de la valla y con dos crías de nueve años sentadas en el bordillo comiéndose un bollo con el uniforme puesto y las gaitas en el suelo.

Afinar veinticuatro gaitas a la vez, en septiembre, en un patio de colegio, con humedad de mar, dura cuarenta minutos y suena a que se cae un edificio, y siempre hay dos que no entran, y aquel día fueron el chaval de diecinueve años, al que se le había abierto una caña en el autocar, y una mujer del segundo bloque, y Bruno Argüelles estuvo veinte minutos sentado en un banco con la caja de las cañas de repuesto en el regazo, repartiendo y diciendo a cada uno lo mismo, que soplaran flojo y que no la forzaran.

El sorteo del orden se hizo a las diez y media en una mesa puesta debajo de un toldo, con un vaso de plástico y doce papeles doblados, delante de doce personas que representaban a doce bandas y que se conocen todas de veinte años, y sacó el papel Yaiza porque nadie más quiso levantarse.

Nos tocó el nueve, que es de los peores y lo sabe todo el mundo, porque a esa hora el jurado lleva dos horas y media oyendo lo mismo, porque a la una menos cuarto en la plaza ya no queda casi nadie de pie y porque a las doce y media el sol le da de plano a la fachada de enfrente y el reflejo te entra por la izquierda.

Bruno lo dijo de otra manera.

— Mejor el nueve que el dos.

— ¿Por?

— Porque el dos toca para el jurado. — Cerró la caja de las cañas—. El nueve toca para la gente que se ha quedado.

Sonia Muñiz Peláez apareció en el patio del colegio a las doce menos cuarto, con un abrigo de entretiempo y una carpeta, y saludó a todo el mundo por su cargo y a Bruno por su nombre, y estuvo cuarenta minutos de pie en una esquina viéndonos calentar sin decir nada, que a mí me pareció, a esas alturas, un gesto.

A las doce y veinte nos pusieron en la calle de detrás de la plaza, en formación, para entrar detrás de la octava.

Y ahí Yaiza Riestra se acercó a Xandra con la baqueta en la mano y se la puso delante.

— Toma.

— No.

— Que la cojas.

— Yaiza, yo me fui el treinta de agosto delante de veintitrés personas — dijo Xandra—. Y he vuelto ayer. Y esto lo has sacado tú en cinco días. Yo hoy toco, y ya está bien.

Y aquello se quedó ahí, en una calle de Llanes, con veinticuatro personas en formación de a tres y con el sonido de la octava banda entrando en la plaza por encima de las casas, y nadie cogió la baqueta y nadie dijo nada, y a mí, que estaba en la tercera fila con la Roxa montada, me subió por la garganta una cosa que llevaba subiendo desde el domingo por la tarde.

Yo me estaba frotando el callo de la base del pulgar derecho con el índice.

Ese callo me lo hizo la palanca en seis años de cabina y ya no se me va a quitar, y yo llevo toda la vida frotándomelo cuando me estoy callando una cosa, y lo llevo haciendo desde antes de que hubiera callo, y aquel sábado, en una calle de Llanes a las doce y veinticinco de la mañana, me miré la mano.

Y solté el pulgar y me salí de la fila.

— Xandra.

Se giró.

Veinticuatro personas en formación de a tres, con las gaitas al hombro y con los uniformes puestos, y la mesa del jurado a diez metros al otro lado de la esquina, y un presentador con un micrófono probando el sonido, y Sonia Muñiz con su carpeta apoyada en la pared del colegio.

— El autocar de vuelta sale cuando terminemos — dije.

— Ya.

— Y hay que dejar los remolques cerrados hasta que...

Me paré.

Yo sé perfectamente lo que estaba haciendo.

Llevo treinta y seis años haciéndolo, y consiste en que cuando me toca decir una cosa por dentro me sale un horario, una hora de salida, un turno, una furgoneta en doble fila, una cosa que hay que dejar cerrada, y eso lo tengo tan automatizado que ni siquiera lo decido, me sale, igual que respirar arriba, en el pecho, que es donde respira la gente que no ha aprendido a respirar abajo.

Respiré abajo, que es donde me enseñaron en una escuela de música vacía un martes de abril.

— Xandra, necesito una cosa.

En una calle de Llanes a las doce y veinticinco de la mañana de un sábado hay ruido de una banda tocando a cien metros y hay gente pasando y hay un altavoz probando el sonido, y aun así se hizo un silencio de esos que se hacen dentro de un uniforme y que oye solamente el que está formado detrás de ti.

Porque llevaban cinco meses oyéndome decir que no me pillaba mal.

— Dime — dijo Xandra.

— Quiero que dirijas tú hoy. — Y me oí decir la palabra de antes, y seguí—. Y no lo digo porque haga falta, que Yaiza lo tiene hecho y lo tiene bien y esto lo ha sacado ella en cinco días y hay que decirlo así. Lo pido para mí. Eso es lo que estoy diciendo. Que lo pido para mí.

Xandra no dijo nada.

— Y quiero la llave de tu casa.

— Olaya.

— Espera, que si me interrumpes se me va.

— Y me salió su frase, y ella lo sabe, porque es la que le dije en un rellano de Cimavilla el veintinueve de julio—.

Llevo once años sin pedírtela y no te la he pedido nunca porque a mí me parecía que pedir una llave era pedir que me dejaras entrar, y yo no entro en ningún sitio.

La quiero para tenerla. Y te la pido aquí, delante de esta gente, porque a las once de la noche me voy a arrepentir y así no puedo echarme atrás.

— Vale.

— Y las tres de la mañana. — Me cambié la Roxa de brazo—.

Tú llama igual. Desde Bretaña, desde Escocia, desde Santiago, desde donde estés y a la hora que sea, que yo cojo a la primera y voy a seguir cogiendo a la primera.

Y los días que no llames, llamo yo. Eso no te lo estoy pidiendo. Eso te lo estoy avisando.

— Olaya...

— Y no te voy a pedir que te quedes. Eso no. — Y ahí bajé la voz, que es lo que me pasa a mí cuando termino—. Ni hoy ni nunca. Y no es por generosidad, que ya me han explicado lo que es eso.

Xandra Bousoño Prida se metió la mano en el bolsillo del pantalón del uniforme, sacó un llavero de plástico de una ferretería de la calle San Bernardo que cerró hace ocho años, y estuvo diez o doce segundos peleándose con la anilla, con las uñas, en mitad de una calle, con veinticuatro personas formadas mirando.

Se le cayó una vez.

La cogió del suelo, siguió peleándose con la anilla, sacó una llave y me la puso en la mano izquierda, que era la que tenía libre.

— Esa es la mía — dijo—. Y no tengo otra hasta el lunes.

Yo saqué del bolsillo de arriba la que llevaba desde el domingo siete, que es la de mi casa y que llevaba once años en ese llavero de plástico, y se la puse en la mano.

Y entonces cogió la baqueta.

De aquellos cuatro minutos hay veinticuatro versiones y las he oído casi todas, porque una banda no deja morir una cosa así, y en la cena de Nochevieja ya había tres personas contándola con detalles que no ocurrieron: que si yo lloraba, que si la llave se le cayó por una alcantarilla que en aquella calle no existe, que si Bruno Argüelles dijo algo, y Bruno Argüelles no dijo nada.

Lo único que ocurrió, y es lo único que a mí me importa, es que veinticuatro personas en formación de a tres, a doce minutos de salir a una plaza, se quedaron calladas los cuatro minutos enteros, y que cuando terminó no aplaudió nadie, que es exactamente lo que había que hacer y que en un grupo de veinticuatro personas no se puede organizar.

———

Salimos a la plaza los novenos, a la una menos veinticinco, con el sol de mediodía dándole a la fachada de las casas de enfrente y con el eco de las casas que había dicho Bruno el lunes.

El presentador leyó el nombre de la banda, el año de fundación y el título de las dos primeras piezas, y luego se paró, y le dio la vuelta al papel, y dijo lo que dice un hombre con un micrófono cuando en el acta hay un hueco.

— Y la tercera... aquí me pone sin título.

Y Xandra Bousoño, que estaba delante de veinticuatro personas en una plaza de Llanes con una baqueta de tambor en la mano y con la mesa del jurado a cuatro metros, se giró hacia el micrófono.

— Se llama Olaya — dijo.

No explicó nada. Ni una palabra más. Se volvió a girar, levantó el brazo, y en la tercera fila, dentro de un uniforme, había una mujer de treinta y seis años a la que le habían dicho el nombre de una cosa delante de trescientas personas y que tenía que entrar en el primer compás.

Entré en el primer compás.

La Roxa es del sesenta y uno y la hizo un hombre de Cangas que hacía cuatro al año y las hacía a ojo, y llevaba veintiún años sin sonar en una plaza, y en aquella plaza sonó.

Se le va un pelo en la sexta y hay que corregirla con el dedo y yo la corregí.

En el tercer bloque, en la tonada, se oye distinta de las otras veintitrés porque la madera es más vieja y más oscura y porque la trajeron de fuera en barco, y eso lo dijo Bruno en junio y yo no lo entendí hasta la una menos veinte de aquel sábado.

Tres minutos y medio. Lenta, sin marchar, sin que se pueda procesionar, con un adorno en el segundo compás que no es de aquí.

Yo he estado seis años a cuarenta metros de altura moviendo cajas de cuarenta pies con un margen de dos centímetros, y en seis años no he tenido un incidente, y de eso estoy orgullosa y no lo voy a esconder.

Aquel sábado, a la una menos veinte de la tarde, en la tercera fila de una formación de a tres, en una plaza de Llanes con el sol dándole a la fachada de enfrente y con doscientas o trescientas personas alrededor, yo hice una cosa que no me sale bien, delante de gente, sin margen, con una gaita prestada de mil novecientos sesenta y uno, y me salió regular.

Se me fue el aire en el segundo tercio, que es donde se me va desde abril.

Y no importó absolutamente nada, porque los otros gaiteros estaban tocando lo mismo y porque para eso está una banda, que es la cosa que a mí me costó cinco meses entender y que no entendí en un local ni en una clase, sino ahí, en el compás en el que me quedé sin aire y la tonada siguió sonando exactamente igual de fuerte.

Y el final abierto, el de arriba, el que se apuntó el veintinueve de julio.

———

Quedamos segundas.

Lo dijeron a las cinco y veinte de la tarde en la misma mesa del toldo, con un micrófono que acoplaba, y ganó una banda de la zona oriental que lleva ocho años ganándolo y que tiene cuarenta y un miembros y un director que cobra.

Segundas de doce.

En el reglamento del convenio del ayuntamiento, punto tercero, con acreditación documental, pone podio. Sonia Muñiz Peláez vino andando desde el toldo con la carpeta contra el pecho, se paró delante de Bruno y de Xandra, y dijo que el criterio es el criterio y que el criterio se cumple.

— Consta en acta — dijo—. Cuatro años.

Y luego se quedó ahí de pie, con la carpeta, y se le puso una cara de contenta que a aquella mujer, en cinco meses, no le habíamos visto nunca, y no supo qué hacer con ella y se fue a por un café.

Hubo gritos. Hubo a alguien subido a un bordillo.

La señora de la fila de atrás abrazó a su nieto delante de todo el mundo y el chaval no se dejó y luego se dejó.

El del bombo, que tiene sesenta y un años y que lleva desde el noventa y cuatro, se sentó en el escalón de la iglesia y se puso a llorar como un crío con las manos abiertas encima de las rodillas, y nadie fue a consolarlo porque en una banda eso no se hace y porque todo el mundo sabía perfectamente lo que estaba llorando aquel hombre, que no eran los puntos.

Y hubo, a las cinco y media, una cosa que yo no había visto en cinco meses, que fue a Bruno Argüelles Solís de pie en mitad de una plaza con la boina en la mano.

En cinco meses yo he visto a ese hombre prestarle una gaita de mil novecientos sesenta y uno a una desconocida, salir de un local sin despedirse, marcarme un compás con la contera del bastón y sentarse al lado de una mujer que le había fallado. No lo había visto nunca sin la boina puesta.

Se la volvió a poner a los cuatro o cinco segundos y se fue a por un culín.

Y yo me quedé de pie en una plaza de Llanes a las cinco y veinte de la tarde, con la Roxa colgando de la mano por el fuelle, con una llave de casa ajena en el bolsillo de arriba, mirando a veinticuatro personas que no habían ganado.

Yo llevo treinta y seis años haciendo cuentas.

Aquella no la hice.