Capítulo 27
La respuesta de Iria Lousada cabe en media cara de un folio y me la dio impresa, en la puerta del local, a las once y cuarenta del viernes doce, y yo la llevé cinco horas y media en el bolsillo de atrás del pantalón y llegué a Xixón con el papel doblado en ocho y con las esquinas blandas de tanto meterle la mano.
Me dijeron que sí, y hay que contarlo bien, porque el sí de cinco personas que reorganizan su año no es un sí de los de dar palmas.
El papel tiene ocho puntos, no tiene ni un adjetivo y está escrito por Iria Lousada, que escribe igual que habla.
Punto uno, el contrato en los términos del veintinueve de agosto, sin cambios, alta el uno de octubre.
Punto dos, dos bloques de residencia al mes en Santiago, de martes a viernes, cuatro noches, y esos bloques los eligen ellos con dos meses de antelación y no se mueven ni por una boda ni por una gripe ni por un certamen.
Punto tres, octubre y noviembre enteros allí, sin subir a Xixón ni un fin de semana, porque una grabación es una grabación.
Punto cuatro, las veinte fechas de gira, todas, incluidas las de furgoneta a las seis de la mañana.
El punto cinco decía que los viajes los pagaba yo, que es lo que yo había ofrecido, y está tachado a mano, y al lado, a boli y con la letra de Iria, pone que se pagan a medias, y aquello no me lo explicó nadie el viernes ni yo lo pregunté hasta enero.
El seis pide material propio, dos piezas mínimo para el disco, con fecha de entrega.
El siete lo puso el de la zanfona con estas palabras el martes por la tarde y tiene toda la razón del mundo, y dice que si esto no funciona se dice en marzo y se acaba y no se renegocia, porque un año no se le desmonta a cinco personas dos veces. Y el ocho es el lunes a las dos.
Media cara de folio. Yo he firmado en mi vida tres contratos de trabajo, los tres tenían once páginas y ninguno de los tres decía nada.
Yo me pasé el miércoles y el jueves esperando el viernes, que son dos días largos, y el jueves por la noche me llegó a hacer ilusión que me dijeran que no, que es lo que le pasa a una cuando lleva cuarenta y ocho horas colgada de una respuesta.
El viernes a las once y cuarenta Iria me dio el papel en la puerta del local, sin ceremonia, y no me dio la enhorabuena. Me dijo que el lunes a las dos y que no llegara tarde. Y luego, ya con la puerta abierta y con el ruido de la calle de San Pedro entrando, me dijo una última cosa.
— El adorno del segundo compás no lo toques bien nunca.
— Iria.
— Dime.
— Gracias.
— No me des las gracias, ho, que a ti no te he regalado nada. — Se colocó el abrigo de paño—. Que aquí lo único que ha pasado es que abriste la boca en septiembre en vez de en junio, y nos hemos comido tres meses de tontería.
———
El autobús salió a las dos y diez y hay cinco horas hasta Xixón con una parada, y yo hice las cinco horas de pie por dentro, que es una cosa que se puede hacer sentada.
Preparé la conversación cuarenta veces.
La primera versión era la graciosa, que es la mía, y consistía en entrar en el local con la funda al hombro y decir algo tipo bueno, ¿y esto qué es, que os dejo diez días solos y ya estáis tocando marchas fúnebres?
, y esperar a que alguien se riera, que siempre se ríe alguien, y colocar dentro de esa risa las cuatro cosas que había que decir, de manera que nadie tuviera que ponerse serio y de manera que yo pudiera irme de allí a los veinte minutos si la cosa salía torcida.
La segunda versión era la útil, y consistía en llegar con el papel de Iria en la mano y empezar por ahí, por lo que había conseguido, con las fechas de los bloques y con lo de los sábados, y con el calendario montado, y ponerlo todo encima de la mesa ya resuelto para que a nadie le hiciera falta perdonarme nada.
Esa segunda versión la estuve puliendo desde Ribadeo hasta Luarca, y en algún punto de la carretera, con el mar a la derecha y con esa luz de las seis de la tarde de un viernes de septiembre en la costa, me oí a mí misma montándola y me quedé quieta en el asiento.
Llegar con la solución hecha y ponerlo todo colocado antes de que nadie tenga que decir nada, que es exactamente aquello por lo que yo llevaba cinco meses peleándome con una mujer en un salón de sociedad recreativa, y me faltaron ochenta kilómetros de carretera para hacerlo igual que ella y hacerlo mejor.
Rompí la segunda versión en algún punto entre Luarca y Avilés.
La tercera duró cuarenta kilómetros y era la de pedir perdón, y la deseché no porque estuviera mal pedir perdón, que había que pedirlo y lo pedí, sino porque en aquella versión el perdón iba delante y lo ocupaba todo, y una banda no necesita que su directora entre en un local llorando: una banda necesita saber si hay ensayo el martes.
La cuarta era la peor de todas y me duró veinte kilómetros y consistía en no ir.
En bajarme en la estación, subir a Cimavilla, dejar la funda, dormir, y presentarme el sábado a las siete y media en el autocar directamente, con el uniforme puesto, en medio de veinticuatro personas, donde nadie iba a poder decirme nada porque no hay tiempo y porque hay un certamen.
Esa versión era limpísima. Esa versión no le dolía a nadie.
Esa es la que estuve a punto de coger.
A la altura de Avilés, con las chimeneas a la izquierda y esa luz naranja que hay allí a las seis y media, una señora de setenta y tantos que llevaba dos asientos por delante desde Ribadeo se giró y me preguntó si aquello que llevaba entre las piernas era una gaita, y le dije que sí, y me preguntó si yo tocaba en una banda, y le dije que sí, y me preguntó de dónde, y le dije que de Xixón, de la Peña'l Cuervu.
Lo dije en presente y sin pensarlo.
Y la señora se puso a contarme que su marido tocó el tambor cuarenta años en una banda de un concejo del occidente y que se murió en marzo, y estuvo hablando veinticinco minutos y yo no dije nada en veinticinco minutos, y en algún punto de esos veinticinco minutos se me acabaron las versiones.
Llegué a la estación de Xixón a las siete y veinte de la tarde con la funda al hombro, con el papel doblado en ocho y sin ninguna versión.
———
A la sociedad de La Calzada se entra por una puerta de madera con un cristal esmerilado y un cartel de horarios de mil novecientos noventa y tantos, y luego hay un tramo de escalera con la barandilla de hierro, y arriba está el salón.
Yo llegué a esa puerta a las siete y cincuenta y cinco de la tarde del viernes doce de septiembre y estuve en la acera veinte minutos.
Veinte. Los sé porque los conté, porque yo eso lo cuento, y porque cada dos minutos sacaba el móvil para mirar la hora con la excusa de que a lo mejor me habían escrito.
Dentro había gente, y se oía desde abajo, porque un salón con veinticuatro personas dentro y un salón vacío suenan distinto desde la acera y eso lo sabe cualquiera que haya bajado tres escalones a un local de ensayo un sábado por la mañana.
En veinte minutos me pasó por la cabeza todo lo que le pasa a una por la cabeza en veinte minutos delante de una puerta, y no voy a contarlo entero porque hay partes que dan vergüenza ajena, pero la estructura era siempre la misma y era esta: primero me imaginaba entrando; luego me imaginaba veinticuatro caras girándose; luego me imaginaba a la señora de la fila de atrás, que lleva en esto desde el noventa y siete y que tiene un nieto en el bloque de guajes, recogiendo su funda muy despacio sin mirar a ninguna parte, que es lo que hizo el treinta de agosto y que yo tengo grabado; y ahí paraba y volvía a empezar.
Y por debajo de esa película iba otra más pequeña y más constante, que era la de la cara de Olaya Prendes.
En esa yo no tenía imagen. Tenía las de siempre, las doce años de caras que le conozco, y ninguna me servía, porque a esa mujer yo la he visto enterrando cosas y la he visto en un hospital y la he visto perder un trabajo y no la he visto nunca poner cara de que le han hecho daño, y el veintiséis de agosto, en un salón con las cortinas granates, yo tampoco se la vi.
Le vi la cara de siempre. Le vi la de entregar un parte.
Me apoyé en la pared de al lado de la puerta. Me quité la funda del hombro y la puse entre los pies. Me la volví a colgar.
A los seis minutos pasaron dos mujeres con bolsas de la compra y me miraron, y a mí me entró la prisa de justificarme que tiene la gente que lleva seis minutos parada en una acera sin motivo, y saqué el móvil y me puse a mirarlo con una cara de estar haciendo una gestión importante, en La Calzada, a las ocho y un minuto de la tarde de un viernes, para dos señoras que ya habían doblado la esquina.
Doce años dando clase. Cinco años dirigiendo a veinticuatro personas. Veintisiete años en esto, y yo delante de una puerta de madera con un cristal esmerilado, fingiendo para nadie.
A los nueve minutos hice una cosa muy propia de mí, que fue sacar el papel de Iria y leerlo entero apoyada en la pared, con la excusa de repasarlo, y a la mitad paré, porque lo estaba leyendo para tener algo que traer.
Lo doblé y me lo metí otra vez en el bolsillo y ahí ya no lo saqué.
Y en algún momento de esos veinte minutos me encontré con la mano derecha apoyada en el muslo tecleando la digitación del tercer bloque contra la costura del pantalón, uno-dos-tres, uno-dos-tres, en una acera de La Calzada, delante de una puerta de madera con un cristal esmerilado, sin gaita y sin nadie mirando.
Pasó el señor que lleva las llaves de la sociedad, que tiene ochenta y algo y que fue estibador, y me dijo buenas tardes y me preguntó si no subía, y yo le dije que ahora, que estaba esperando a una persona.
— Ah — dijo—. Pues suba, que ahí fuera se coge frío.
Y entró él, y dejó la puerta de madera abierta con el pie durante cuatro o cinco segundos mientras encendía la luz de la escalera.
Y por esos cuatro o cinco segundos me llegó lo de arriba.
———
Yo he oído esa tonada muchas veces: la he oído en un bajo con humedad, sola, en marzo, en junio y en enero, a las once de la noche y a las tres de la mañana; la he oído en la playa de San Lorenzo con la marea baja, tocándola con los dedos en el aire y sin gaita; y la he oído dentro de la cabeza en un autobús que iba al Natahoyo con veintidós años y un lápiz prestado, y en un pasillo de hospital, y en una boda en la que no me apetecía estar.
No la había oído nunca desde fuera.
Lo primero que subí fueron cuatro escalones y me paré.
Lo segundo fue el resto del tramo, con la barandilla de hierro en la mano izquierda y la funda golpeándome la cadera, y arriba, en la puerta del salón, que estaba abierta de par en par porque en septiembre a las ocho de la tarde aquello todavía huele a cerrado, me quedé de pie.
Veinticuatro personas. En herradura, con las posiciones marcadas en el suelo con la cinta aislante de color, con las cortinas granates al fondo y con cuatro metros y medio de techo por encima, y ninguna me vio porque ninguna estaba mirando hacia la puerta.
Estaban todas mirando al mismo sitio.
En el centro de la herradura, de pie, sin tarima y sin atril, con las botas del puerto y la Roxa montada, con los hombros de cargar y con esa manera suya de plantarse que consiste en girarse entera, con los pies y con los hombros, estaba Olaya Prendes tocando una tonada en re menor que yo empecé a los veintidós años en un autobús y que no le he enseñado a nadie en doce.
La tocaban las veinticuatro a la vez, sin armonizar, todas la melodía, que es como se aprende una cosa en dos días y como se han aprendido las cosas en este oficio desde siempre.
Bruno Argüelles marcaba el compás en el suelo con la contera del bastón.
Yaiza Riestra tenía la baqueta quieta encima de la caja y no tocaba, porque en esa tonada no hay percusión y nunca la ha habido.
Me quedé en la puerta con la funda colgando de la mano.
Llegaron al final.
Y en el final, en los últimos cuatro compases, volvieron a la nota de arriba y cerraron ahí, cerraron cerrando, con esa vuelta que yo puse hace seis años porque no se me ocurría otra cosa y que dejé de usar un jueves de mayo a las once y media de la noche, sola, en un local vacío y frío, sentada en la silla de Bruno, cuando me salió el final de otra manera y me quedé con el lápiz a un palmo del cuaderno y no lo apunté.
Eso lo apunté el veintinueve de julio.
Está en el margen de abajo del todo, con un lápiz distinto, con la letra grande y sin corregir, y es la única cosa de esa página que no lleva encima una goma, y para leerlo hay que saber leer música.
Solté la funda en el suelo de la puerta y la abrí ahí mismo, de rodillas, en el umbral, y monté la gaita en cincuenta segundos con veinticuatro personas de espaldas y con las manos que se me iban, y me levanté, y me llené el fuelle en la puerta de aquel salón.