Lo que nunca te pedí Capítulo 26
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Capítulo 26

El lunes ocho de septiembre, a las ocho y cuarto de la tarde, Yaiza Riestra le dijo a veintidós personas, desde la tarima y con la baqueta en la mano, que ella no era la directora, que no pensaba serlo, que al que la llamara directora lo bajaba de la furgoneta en Ribadesella, y que aquello duraba cinco días.

Y luego dirigió dos horas y cuarenta minutos.

Aquella semana yo la tengo entera en la cabeza, hora por hora, y no por lo que pasó el jueves, sino porque fue la primera vez en cinco meses en que yo estuve en aquel salón sin tener absolutamente nada que arreglar, sentada en una silla plegable, cuarta de la segunda fila, tocando el segundo bloque como los demás y sin ninguna llave en el bolsillo que no fuera la mía, y eso hay que explicarlo despacio, porque me costó tres días y porque visto desde fuera no parece que cueste nada.

El lunes, a las ocho menos cuarto, cuando llegué y estaba aquello a medio poner, se me acercó un hombre de los del bloque de atrás, de los que llevan en esto desde antes que yo naciera, y me preguntó si el autobús salía a las siete y media o a las siete, y a mí me salió contestar.

Contesté que a las siete y media, con los dos remolques, y que había que estar a y cuarto.

A las ocho me vino la señora de la fila de atrás con lo del táper de las casadielles y con una duda sobre si se paraba a comer.

A las ocho y diez el chaval de diecinueve años me preguntó qué se hacía si se le abría una caña en Llanes.

Los tres me preguntaron a mí. Ninguno se lo preguntó a Yaiza, que estaba a cuatro metros con la baqueta en la mano.

Y ahí, con el punteru todavía sin montar encima de las rodillas, me llegó de golpe una cosa muy incómoda, que es que en cinco meses yo me había convertido, sin proponérmelo y sin que me lo pidiera nadie, en la persona a la que se le preguntan las cosas en aquella banda.

Así que el martes hice lo que no había hecho en toda mi vida y consistió en no hacer nada.

— Olaya, ¿tú sabes si hay que llevar la acreditación en papel?

— Ni idea. Pregúntale a Yaiza.

— Es que Yaiza está...

— Pregúntale a Yaiza.

Y el hombre se fue con cara de que yo le había hecho una faena personal, y yo me quedé sentada en la cuarta silla de la segunda fila montando el punteru, y me costó un esfuerzo que no le he sabido explicar nunca a nadie y que probablemente no se le pueda explicar a nadie que no lleve dieciséis años haciendo lo contrario.

El miércoles fue peor, porque el miércoles me lo dijeron de frente.

Fue a las ocho menos diez, antes de empezar, con media banda todavía en la escalera, y fueron tres, no uno, y venían hablado desde el coche: el del bombo, la mujer que entró en enero y el hombre del bloque de atrás.

Se pusieron delante de mi silla y el del bombo dijo que ellos habían estado pensando y que por qué no dirigía yo el sábado.

— Yo llevo cinco meses tocando la gaita.

— Ya, pero es que tú lo llevas todo desde abril.

— Yo no llevo nada.

— Olaya, ho, que las cañas las trajiste tú.

Y ahí es donde a mí, en abril, en mayo, en junio y en julio, me habría salido decir que bueno, que si hacía falta, que por mí no quedara, y habría cogido la baqueta y lo habría hecho, y lo habría hecho bien, y a las tres semanas nadie se acordaría de que aquello lo sacó adelante Yaiza Riestra en cinco días llamando por teléfono desde un coche.

— No.

— Pero...

— Que no. — Y me puse a montar el roncón, que es lo que hago yo cuando no quiero mirar a nadie—. Yo aquí toco.

Y se fueron los tres, y a mí me costó, y me costó de la manera exacta en que cuesta no coger un peso que te están poniendo delante cuando llevas dieciséis años siendo la que coge los pesos, que es una cosa que no se nota por fuera y que por dentro es igual que dejar caer una caja a propósito.

———

Yaiza Riestra dirigió aquella semana igual que vende suministros industriales, que es gruñendo y sin adornar, y hay que decir que salió bien.

No cogió el bastón de mando de Xandra, que estaba en el cajón de la mesa, y marcaba con una baqueta de tambor porque decía que el bastón era de la casa y que ella no era de la casa.

Marcaba deprisa. La primera tarde nos llevó el primer bloque quince segundos más rápido que en cinco años, y cuando se lo dijo Bruno se puso a discutir con él desde la tarima delante de veintidós personas.

— Yo lo llevo como me sale, Bruno.

— Va rápido.

— Va vivo.

— Va rápido, neña. — Bruno no se levantó de su silla, ni movió el bastón de entre las rodillas—. En la plaza de Llanes hay eco de las casas. Lo que aquí va vivo, allí va encima.

Y Yaiza Riestra estuvo diez segundos callada, que en ella es una barbaridad, y luego dijo que vale y lo bajó, y el miércoles ya no había que decirle nada.

Esa mujer discute todo y cede a la primera cuando el otro tiene razón, y esas dos cosas juntas en una misma persona son mucho más raras de lo que parece.

El martes se presentaron veinticuatro de veinticuatro por primera vez desde julio, y eso, después de un martes de septiembre con catorce y de una directora que se había ido delante de veintitrés personas, es la clase de cosa que en una banda no se comenta y que todo el mundo cuenta al entrar.

El miércoles trajo alguien dos tortillas y no cenó nadie en su casa, y a las once menos veinte quedaban catorce personas en aquel salón comiendo tortilla de pie con las gaitas ya enfundadas, que es una cosa que en cinco meses yo no había visto y que no volvió a pasar hasta diciembre.

Hubo una discusión de cuarenta minutos sobre el orden en que se sale a la plaza, que es una discusión que aquella banda tiene desde marzo del noventa y cuatro y que no se ha resuelto nunca, y que tiene dos bandos fijos y una postura intermedia que defiende siempre la misma persona y que no gana nunca.

La señora de la fila de atrás dijo que su nieto no se ponía delante porque se pone nervioso y el nieto dijo desde el otro lado del salón que él no se pone nervioso, y estuvieron ocho minutos, y en el minuto seis el chaval dijo la frase del año.

— Que lo que me pone nervioso eres tú, güela.

Y aquello se acabó ahí, porque no hay manera de seguir discutiendo después de eso y porque la señora se rió más que nadie.

Yaiza lo resolvió a la manera de Yaiza, que fue diciendo que salíamos como el año pasado y que el que no estuviera de acuerdo se lo dijera a Bruno, y Bruno, desde su silla, sin levantar la vista del suelo, dijo que a él no le dijeran nada, que él ya había discutido eso en el noventa y seis.

Y en las dos horas y media de cada tarde, veinticuatro personas que no cobran un euro tocaron dos piezas mejor de lo que las habían tocado nunca.

Y luego llegaba el tercer bloque.

———

La pieza nueva del programa lleva desde febrero en aquella banda y tiene tres bloques, y los dos primeros son buenos. El tercero no.

El tercero es un paso de dieciséis compases que Xandra cambió de sitio cuatro veces entre abril y julio, que probó más lento, que probó sin el adorno, que probó empezándolo arriba, y que suena, en las veinticuatro gaitas y en la mía, a una cosa correcta que no dice nada.

Yo eso lo oigo desde junio. Lo oye todo el mundo.

En una banda no hay manera de disimular un bloque que no está, porque veinticuatro personas tocando algo en lo que no creen suenan exactamente a veinticuatro personas tocando algo en lo que no creen, con las notas bien puestas y con el aire justo y sin una sola cosa dentro.

El miércoles a las diez menos veinte, después de la cuarta vuelta, Yaiza bajó la baqueta y se quedó mirando el suelo de la tarima.

— Esto no sale.

— Sale — dijo alguien.

— Sale como salen los muebles del ayuntamiento — dijo Yaiza—. Que están, y son marrones.

Y aquello se quedó ahí, porque a tres días de un certamen no se cambia un programa y porque el reglamento pide tres piezas y nosotros teníamos tres.

———

Yo llevaba desde el domingo por la noche durmiendo cuatro horas, y de eso tiene la culpa un cuaderno que estuve leyendo por los márgenes en la mesa de mi cocina hasta que se fue la luz de la tarde, y tiene la culpa también, en la misma medida, que a las once de aquella misma noche saqué la Roxa de la funda por primera vez en siete días.

De aquella tonada yo tenía tres minutos y medio metidos en la cabeza desde una noche de junio en un bajo de La Calzada con las ventanas abiertas, en la que una mujer se sentó en una silla plegable con la gaita en las rodillas y me la tocó entera sin decirme qué era, y yo estaba enfrente con la Roxa en el regazo y con las dos manos quietas encima.

Yo no sé leer música y a estas alturas ya no creo que aprenda.

Lo que sí sé hacer, y no es ningún mérito, es acordarme.

A mí las cosas se me quedan contadas sin querer contarlas, y las notas también, y llevaba desde junio con esos tres minutos y medio puestos donde tengo los números de los movimientos y los turnos de la gente y las cuatrocientas veintitantas llamadas.

Estuve el domingo, el lunes, el martes y el miércoles, de once de la noche a la una y media, en la cocina de mi casa, con la Roxa y con una toalla metida por debajo de la puerta.

El domingo saqué la Roxa, la monté encima de la mesa y no fui capaz de tocar cuatro compases seguidos, y estuve una hora y no salió, y a la una menos cuarto la guardé y me fui a la cama enfadada de una manera que no me pasaba desde la tercera clase de abril.

El lunes me salieron los ocho primeros compases y el resto era una vergüenza. Los ocho primeros los repetí, según la cuenta que llevé sin querer llevarla, cuarenta y una veces.

El martes me salió la subida a la sexta, que en la Roxa se va un pelo y hay que corregirla con el dedo, y eso me lo había dicho Xandra en junio de pasada, entre dos frases, sin darle importancia, y yo lo tenía guardado desde entonces sin saber para qué, que es lo que me pasa a mí con todo lo que dice esa mujer.

El miércoles la toqué entera dos veces seguidas, mal, con el aire perdido en el segundo tercio y el adorno del segundo compás hecho un desastre, y a la segunda vez me quedé sentada en la silla de mi cocina con la gaita en las rodillas y la luz de arriba encendida y el reloj marcando la una y cuarenta de la madrugada de un jueves.

Yo no tenía ningún plan con aquello. Eso es lo que quiero dejar dicho, porque después ha quedado como una cosa muy bonita y muy pensada y no fue pensada.

Yo estaba tocando una tonada en la cocina de mi casa a la una y media de la mañana con una toalla debajo de la puerta para no despertar al del cuarto, y no había ningún plan ni ninguna intención, y si alguien me llega a preguntar aquel miércoles para qué la estaba aprendiendo yo le habría contestado con un horario.

No pensé nada. Guardé la Roxa. Me fui a la cama.

———

El jueves once fue el ensayo general y empezó a las ocho con veinticuatro de veinticuatro, y duró tres horas y cuarto porque se hizo el programa entero cuatro veces con los descansos medidos como en Llanes, con los tiempos de entrada y de salida cronometrados, con las posiciones de la plaza marcadas en el suelo con cinta y con Bruno Argüelles sentado en su silla haciendo de jurado, que es una cosa que hace aquel hombre desde el noventa y cuatro y que consiste en no decir nada en tres horas y luego decir dos frases.

Aquella noche dijo una sola.

Se hizo el ensayo general con el uniforme puesto, que es la tradición, y ver a veinticuatro personas con chaleco y faja en un salón de sociedad recreativa un jueves por la noche es una cosa que da entre risa y otra cosa, y hubo una discusión de diez minutos sobre si el chaleco del chaval de diecinueve le estaba grande, que le estaba grande, y la señora de la fila de atrás sacó un imperdible del bolso.

A las once menos cuarto, en la cuarta vuelta, el tercer bloque se cayó otra vez, y esta vez se cayó de la peor manera, que es que salió limpio.

Yaiza bajó la baqueta. Nadie dijo nada, porque a dos días ya no hay nada que decir, y empezó a oírse ese ruido de las once de la noche que hacen veinticuatro personas desmontando roncones y buscando la funda con el pie.

Y yo me levanté de la cuarta silla de la segunda fila con la Roxa montada.

No pedí permiso, y esto lo cuento tal cual porque es lo que hice, y no pedí permiso porque si llego a abrir la boca me siento otra vez.

Me quedé de pie al lado de mi silla, en la segunda fila, sin subir a la tarima, con veinticuatro personas a medio recoger y con las cortinas granates al fondo, y empecé la tonada de la página cuarenta y uno.

Empieza abajo. Sube a la sexta al cuarto compás y ahí la Roxa se va un pelo y hay que corregirla con el dedo. Es lenta y no se puede marchar y no vale para nada.

Los cuatro primeros compases los toqué yo sola en un salón de veinte metros por doce y sonaron a lo que era, que es una mujer de treinta y seis años que lleva cinco meses tocando la gaita.

En el quinto se paró el ruido de las fundas.

En el noveno, Bruno Argüelles se levantó de su silla, la de debajo de la humedad, con las dos manos en el bastón, y se quedó de pie, y no dijo eso no se toca, y no dijo nada, y desde el otro lado del salón un hombre de sesenta y siete años que fundó aquello en marzo del noventa y cuatro empezó a marcarme el compás en el suelo con la contera del bastón, tres golpes por compás, para que yo no me fuera.

En el trece entró la señora de la fila de atrás, que es la que toca de oído desde el noventa y siete y que no ha leído una partitura en su vida.

Y detrás de ella, en el diecisiete, entraron seis. Y en el veintiuno, catorce.

Y a partir de ahí ya no era yo.