Lo que nunca te pedí Capítulo 25
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Capítulo 25

El martes nueve por la mañana me lo escribí en un papel, que es una cosa que yo no había hecho en mi vida, porque a mí las palabras me sobran siempre y porque la gente que se escribe lo que va a decir es la gente que tiene miedo de que se le vaya.

Lo escribí sentada en la cama, con el papel encima de la funda de la gaita, a las diez y cuarto de la mañana, y me salieron tres folios.

Los tres folios eran malos. El primero empezaba por el final y era gracioso, que es como empiezo yo, y la gracia consistía en dejar caer lo que quería pedir dentro de un chiste sobre los pisos de Santiago, de manera que si al otro lado ponían mala cara yo pudiera decir que estaba de broma.

El segundo era un correo, no una conversación, y estaba lleno de agradecimientos por delante y por detrás, seis agradecimientos en veinte líneas, y en el centro, muy pequeñito, lo que yo quería, escrito como se escribe una cosa cuando uno espera que no se lea del todo.

El tercero era el bueno hasta la mitad y luego se me iba, porque a mitad del tercero me entró un pánico de esos que dan ganas de fregar la casa y puse una frase que decía que por supuesto si es complicado no pasa absolutamente nada.

Rompí los tres a las once y media y bajé a desayunar a un sitio de la rúa da Troia donde ponen unas tostadas enormes, y estuve una hora con un café y sin tostada.

A las doce menos diez me quedé con siete frases. Las siete cabían en media cara de papel. Ninguna era graciosa y en ninguna daba las gracias, y eso, para mí, fue lo más difícil de aquella mañana, más difícil que decirlas.

———

El local de San Pedro se abre a la una y media, aunque el ensayo es a las dos, porque Iria Lousada llega siempre antes y se pone a colocar cosas ella sola, y aquel martes yo llegué a la una y treinta y cinco y estaba, efectivamente, subiendo un cable por la pared con dos bridas.

— Buenas.

— Buenas. — No se giró—. Vienes pronto.

— ¿Tienes diez minutos?

Y ahí sí se giró, con las bridas en la mano, y me miró desde el otro lado de doce metros por siete con esa manera que tiene de mirar antes de contestar, que en abril me pareció antipática y que en septiembre yo ya sabía que era pensar.

— Tengo veinticinco.

Nos sentamos en dos sillas plegables junto al armario de las fundas, aquel donde en un hueco pone Xandra con la letra de otra persona, y yo me quedé con las manos en las rodillas y con el papel en el bolsillo de atrás sin sacarlo, porque sacarlo hubiera sido peor.

— Iria, quiero seguir aquí.

— Bien.

— Espera, que si me paras se me va. — Y me salió la frase de otra persona, exactamente esa frase, con la respiración de otra persona—.

Quiero el puesto. Lo quiero mucho, y lo quiero desde junio, desde el sábado de la prueba, y llevo desde junio queriéndolo de una manera que no le he contado a nadie. Eso primero.

— Vale.

— Y no me voy a mudar a Santiago.

En un local con paneles acústicos en tres paredes y suelo flotante no hay eco, y una frase dicha ahí dentro se cae al suelo y se queda ahí, y aquella se quedó en el suelo entre las dos sillas plegables una cantidad de tiempo que a mí me pareció un mes.

Iria Lousada no dijo nada. Cruzó una pierna y esperó, y esa mujer espera de una manera que no ayuda absolutamente nada, sin animar y sin apurar, y ahí es donde yo, en cualquier otro momento de mis treinta y cuatro años, habría metido una broma, un yo qué sé, un ya sé que suena fatal, un si es imposible me lo dices y no pasa nada.

Me tembló la voz en la cuarta frase y no paré.

— Los ensayos de martes a viernes no puedo hacerlos sueltos, porque son cuatro viajes de cinco horas y no los aguanta nadie.

Lo que sí puedo hacer, y lo he mirado, es venir en bloques.

Dos semanas de cada mes aquí enteras, de martes a viernes, durmiendo aquí, en las que no falto ni un día ni llego tarde ni una vez.

Las otras dos las trabajo yo sola en Xixón, con lo que me mandéis grabado, y vengo el viernes a la vuelta entera.

La grabación de octubre y noviembre la hago aquí seguida, los dos meses, sin moverme.

La gira la hago entera, las veinte fechas, y en la gira soy la que menos problemas os va a dar porque no tengo críos ni tengo perro. Y los viajes me los pago yo.

— ¿Y eso a mí por qué me va a interesar?

— Porque el material que yo os voy a traer de las semanas de allí es mejor que el que os traería viviendo aquí. — Y esto no lo tenía en las siete frases, y salió, y era verdad—. Yo escribo en autobuses. Llevo doce años escribiendo en autobuses.

Iria descruzó la pierna.

— Sigue.

— Doy nueve horas de clase a la semana en la escuela municipal de Xixón, los martes y los jueves.

Eso lo tengo que cambiar y lo voy a intentar cambiar, y si no lo consigo lo pierdo, y eso es mío y no es tu problema.

— Me sequé las palmas en el pantalón—. Y dirijo una banda de gaites de veinticuatro personas los sábados por la mañana, gratis, desde hace cinco años.

Eso no lo dejo, ni en noviembre, ni nunca, y prefiero decírtelo hoy que en enero.

— Y aquí me tocaba callarme y no me callé—.

Y te tengo que decir la otra mitad, que es que a lo mejor no me quieren de vuelta, porque me fui hace nueve días de la peor manera en que se puede ir uno, y eso lo tengo que arreglar yo y lo voy a intentar el viernes.

— ¿Algo más?

— Sí.

— Pues dilo.

Y aquí es donde yo, que llevo desde los diecinueve años sin decir en voz alta delante de nadie una sola cosa que se me note que necesito, me oí decirla en un local de ensayo de San Pedro, un martes a la una y cincuenta de la tarde, con las manos en las rodillas.

— Y hay una mujer en Xixón.

— Ya.

— Y no te lo digo para que te dé pena, que ya sé cómo suena. Te lo digo porque si no te lo digo, dentro de tres meses me vas a preguntar por qué cojo el autobús de las nueve y veinte todos los viernes y voy a tener que mentirte, y a mí mentir se me da muy bien y estoy muy cansada.

Iria Lousada se quedó mirando el suelo flotante un rato.

— Vamos a ver una cosa — dijo.

— Vale.

— ¿Tú sabes lo que me dijiste el treinta de julio por teléfono, cuando te lo ofrecí?

— Dije que vale.

— Dijiste vale cuatro veces. — Se levantó y cogió el vaso de café de encima del amplificador, que estaba frío desde la una y media—.

Y yo colgué y me quedé sentada, y le dije al de la zanfona que a esta neña le pasa algo, porque en veinte años yo no he visto a nadie recibir un contrato fijo y decir vale cuatro veces.

— Es que...

— Y luego te dije que si había algo que quisieras plantear, se plantea.

Eso te lo dije el treinta de julio y te lo repetí el ocho de agosto en un mensaje, con esas palabras.

— Bebió café frío, con una mueca—. Y en agosto me escribiste a las dos menos cuarto de la mañana once palabras diciéndome que sí. Once. Las conté.

— Ya.

— Llevo cuatro meses esperando a que abrieras la boca, Xandra.

Yo me quedé sentada en una silla plegable con las manos en las rodillas, en un local de doce metros por siete, y no supe qué hacer con eso, y todavía hoy no sé del todo qué hacer con eso.

— Podías habérmelo preguntado tú.

— Podía. — Dejó el vaso—. Y no te lo pregunté porque a un músico de treinta y cuatro años al que le ofreces una plaza fija no se le pregunta qué necesita, se le espera. Y porque yo, cuando tenía tu edad, tampoco abrí la boca, y me pasé seis años haciendo lo que otro me colocaba delante.

———

Lo que pasó después fue lo peor, porque yo, en la película que llevaba tres días haciéndome, tenía dos finales, y en los dos había una respuesta.

— Ahora dime tú una cosa — dijo Iria—. ¿Tú entiendes lo que estás pidiendo?

— Creo que sí.

— Estás pidiendo que cinco personas que viven a quince minutos andando de esta puerta reorganicen su año por ti.

La percusionista tiene dos críos y ha montado los martes y los jueves alrededor de este local.

El de la zanfona da clases particulares de lunes a jueves y las mueve todas si concentramos.

Y hay dinero, porque una semana de bloque son dietas y son horas de local seguidas.

— Ya lo sé.

— Bien, porque si no lo supieras te diría que no ahora mismo.

— Se puso el abrigo de paño, que en aquel local hace fresco hasta en septiembre—.

Se lo voy a plantear a los cinco esta tarde, después del ensayo, contigo delante y luego sin ti delante.

Y te van a preguntar cosas, y algunas te van a sentar mal.

— Vale.

— Y te van a decir que sí o te van a decir que no, y yo no lo voy a decidir, porque esto no lo puedo decidir yo sola. — Se subió el cuello—. Te lo digo el viernes.

— El viernes es doce.

— El viernes es doce, sí.

Y se fue a abrir la puerta de la calle a los que ya estaban abajo, y yo me quedé cuatro minutos sentada en una silla plegable junto a un armario de fundas, con las manos todavía en las rodillas, notando cómo se me pasaba el temblor de la cuarta frase y cómo me llegaba, con retraso, entero, el pánico de haberlo dicho.

Luego me levanté, me metí en el baño del local, me senté en la tapa y estuve dentro seis minutos.

No lloré. Estuve sentada, con la espalda contra la cisterna y los pies planos en el suelo, respirando abajo, donde le he enseñado a respirar a doscientos guajes y a una mujer de treinta y seis años que empezó en abril, y contando el gotelé de la pared de enfrente, que no se puede contar.

A las dos y cinco salí, cogí la gaita del armario donde pone Xandra con la letra de otra persona, y toqué tres horas.

———

A las cinco y veinte Iria paró el ensayo, dejó el vaso encima del amplificador y dijo que había una cosa que hablar.

Y la contó ella, en cuatro frases, sin adornar y sin ponerse de mi parte, que es lo que yo habría hecho y que habría sido mucho peor.

Dijo lo de los bloques. Dijo lo de octubre y noviembre.

Dijo lo que costaba en dietas, en horas de local y en trastocarles a ellos el calendario, y dijo el número, que era un número mayor del que yo tenía en la cabeza.

Y luego dijo que ahí estaba yo, que preguntaran.

Yo he dado clase a doscientos guajes y he dirigido ensayos delante de veinticuatro personas discutiendo por el repertorio y he tocado en una plaza con mil personas delante, y aquellos veinte minutos sentada en una silla plegable con cinco músicos alrededor son los peores veinte minutos de trabajo de toda mi vida.

Preguntaron.

El de la zanfona, que da clases particulares de lunes a jueves, preguntó qué pasaba si un bloque le caía encima de un puente y me dijo que él había movido su vida entera alrededor de este local hace cuatro años.

La chica de la flauta preguntó, disculpándose, si eso quería decir que en las semanas que yo no estuviera se ensayaba igual o se ensayaba a medias, que a ella el material se le enfría.

El guitarrista, que no habla, preguntó una sola cosa, que fue si yo iba a estar en las pruebas de sonido de las veinte fechas o solo en las buenas.

— En las veinte.

— ¿En las de furgoneta a las seis de la mañana también?

— En las veinte.

Y la percusionista, que tiene dos críos de seis y de tres y que era la que más tenía que perder, esperó a que terminaran los otros y me hizo la suya sin ninguna mala intención, mirándome de frente, con el abrigo ya en el regazo.

— ¿Y si esa mujer se viniera a vivir a Santiago?

En un local con paneles acústicos en tres paredes no hay eco y una frase dicha ahí dentro se cae al suelo y se queda ahí.

— Pues no me valdría igual.

— ¿Por qué?

— Porque yo tengo veinticuatro personas los sábados a las diez y media, y una escuela municipal donde llevo dando clase seis años, y una cuesta que subo dos veces al día desde hace nueve.

— Y me sequé otra vez las palmas en el pantalón, que ya llevaba tres—.

Lo de la mujer es lo último que he dicho y no es lo único que he dicho.

— Vale. — Se encogió de hombros—. Es que si era solo por eso, esto no aguanta ni hasta marzo, y yo tengo dos críos.

— Ya lo sé.

— No, si no te lo digo a malas. — Se levantó y se puso el abrigo—. Te lo digo porque yo hice una cosa parecida a los veintiocho y me salió mal, y me la había montado igual de bien que tú.

Y ahí, en un local de San Pedro, delante de cinco personas a las que conocía desde hacía diez días, me pasó una cosa muy rara, que fue sentirme bien.

Porque era la primera vez en mi vida que alguien me discutía una cosa que yo había pedido y que yo seguía teniendo la cosa pedida encima de la mesa.

A las seis menos cuarto Iria me dijo que me fuera, que ahora hablaban ellos, y yo cogí la funda y bajé las escaleras y salí a la calle de San Pedro con la puerta cerrándose detrás y con cinco personas al otro lado decidiendo mi año.

Llovía de esa manera que tiene de llover allí.

Y yo tenía en el bolsillo el móvil, y en el móvil la aplicación con los horarios, y hay un autobús a Xixón a las siete y diez de la tarde que llega a las doce y cuarto de la noche, y esa mujer libraba el miércoles y yo lo sabía porque se lo había preguntado el domingo antes de irme, y en la cuesta que baja de San Pedro hacia la plaza, con el pelo ya empapado, estuve un rato entero pensando en ese autobús.

Habría llegado a Xixón a las doce y cuarto.

Habría subido a La Calzada. Y habría llegado sin nada, con un asunto sin cerrar y con cinco personas todavía hablando en un local a seiscientos kilómetros, y le habría contado a esa mujer lo que había pedido y lo bien que lo había pedido, y ella me habría escuchado hasta el final sin interrumpirme una sola vez.

No cogí el autobús.

Me fui a la habitación de cuatro metros por tres, me senté en el borde de la cama con el abrigo puesto y estuve hasta las nueve sin encender la luz, esperando un viernes que era dentro de tres días, que es una cosa que yo no había hecho nunca porque yo, cuando no sé una cosa, la lleno.