Capítulo 24
La llave llevaba cinco días encima de la mesa de mi cocina y yo no la había movido, y eso, en una casa donde no hay nada encima de nada, es una cosa que se ve desde la puerta cada vez que uno entra.
La encontré el domingo treinta y uno a las diez y veinte de la noche, saliendo del turno de dos a diez, con la bolsa del uniforme todavía en el hombro.
La vi antes de encender la luz porque entraba claridad del patio y porque en el centro de aquella mesa no ha habido nunca nada.
Estuve un rato de pie en la puerta de mi propia cocina, con la bolsa colgando, y luego encendí la luz, dejé la bolsa en la silla y no toqué ninguna de las dos cosas.
El cuaderno estaba abierto por una página, con la llave cruzada encima para que no se cerrara.
Lo cerré con las dos manos, muy despacio, sin mirar la página, y lo puse en la esquina de la mesa que está pegada a la pared, y la llave la dejé exactamente donde estaba, y esa fue la única cosa que hice con aquellos dos objetos durante cinco días enteros, aparte de mirarlos cada vez que entraba en mi propia cocina, que son cuatro veces al día.
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El local de la sociedad, sin ella, seguía siendo el mismo salón de veinte metros por doce con cuatro metros y medio de techo y con las cortinas granates descolgándose por un extremo, y esa es una de las cosas más raras que he visto en mi vida, que un sitio no se entere.
El martes dos fuimos catorce de veinticuatro, y eso, a once días de un certamen, es una banda muerta.
Estuvimos hora y media. No se tocó el tercer bloque porque faltaban seis del bloque que lo lleva, y a las nueve y media alguien dijo que igual había que llamar a la federación y avisar, y nadie le contestó, y esa es la clase de frase que en un local no se contesta porque contestarla es darle categoría.
El jueves cuatro fuimos diecinueve, porque Yaiza Riestra se pasó el miércoles entero llamando por teléfono a los cinco que faltaban, uno por uno, desde el coche, entre visita y visita, y las llamadas duraron entre cuarenta segundos y siete minutos.
A mí me lo contó ella el jueves, en el aparcamiento, sin que yo le preguntara nada.
— ¿Y qué les has dicho?
— A tres, que si no vienen se lo digo a su madre.
— ¿Y a los otros dos?
— Al del bombo le he dicho la verdad, que sin él no hay bombo. — Cerró el maletero—. Y al otro le he dicho que a su padre lo enterramos con el uniforme puesto y que a ver si le va a tocar oír esto desde donde esté.
— Yaiza.
— Mira, funcionó.
Se ensayaba. Se ensayaba mal, que es distinto de no ensayar.
Yaiza se ponía delante del atril con la baqueta en la mano en vez del bastón de mando, que no lo quiso coger, y marcaba con la baqueta y gruñía, y la banda entraba tarde en el segundo bloque un día sí y otro también porque llevaba cinco años entrando cuando bajaba un brazo que ya no bajaba.
Y el tercer bloque de la pieza nueva no salía, y no salía igual que no salía en junio, y ahora ya no había nadie a quien preguntarle por qué.
Bruno Argüelles venía y se sentaba en su silla, la de debajo de la humedad que ya no tiene humedad, y se quedaba las dos horas y media con el bastón entre las rodillas, y hablaba menos que antes, que parecía imposible.
Yo tocaba.
Eso es todo lo que hice en aquellas dos semanas, y a mí me costó, porque yo llevaba desde abril siendo la persona que traía las sillas y que llamaba al almacén de Oviedo y que reservaba el autobús, y en la primera semana de septiembre no había ninguna silla que traer.
Estaban todas puestas. El autobús estaba reservado desde julio.
Las cañas estaban en un armario técnico del puerto a temperatura constante.
La lista de la federación llevaba entregada desde el quince.
Un sábado, recogiendo, me puse a apilar sillas de cuatro en cuatro cogiéndolas por el travesaño, y a la tercera pila Yaiza me dijo desde la tarima que las dejara puestas, que el martes había que ponerlas otra vez.
Y las dejé puestas, y me fui a casa a las dos de la tarde con las manos vacías por primera vez en cinco meses.
En casa, contra la pared del pasillo, estaba la funda de cuero de la Roxa con las esquinas gastadas hasta el blanco, cerrada por las dos hebillas desde el domingo treinta y uno.
En el local la abría. En casa no.
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El domingo siete comí en La Calzada, en casa de mi madre, y fui porque me lo pidió ella el jueves por teléfono, cosa que no hace, y porque Nel estaba de guardia en el taller y no venía, cosa que a mí me pareció, cuando lo supe, la peor noticia de la semana.
Comimos en la cocina, en la mesa de siempre, con la ventana que da al patio y con la obra de la calle de al lado parada por ser domingo.
Fabes recalentadas del sábado, que están mejor.
Fina se levantó cuatro veces por plato, que es lo que hace, y pidió perdón dos veces en la primera media hora, una por el pan y otra por el agua, y las conté yo sin querer contarlas, que es lo que hago.
Y a los postres, con el arroz con leche puesto y la costra quemada todavía crujiendo, mi madre dejó la cuchara en la mesa y no la volvió a coger.
— Olaya.
— Dime.
— ¿Esa neña se fue?
— Se fue el uno.
— Ya. — Se limpió las manos en el paño que tiene siempre en el regazo—. ¿Y a ti eso qué te parece?
— Le han dado un contrato fijo. En este oficio eso es una cosa que pasa una vez.
— No te he preguntado eso.
Y eso, dicho en aquella cocina, por aquella mujer, un domingo a las tres y media de la tarde, es una cosa tan fuera de sitio que yo tardé cuatro o cinco segundos en encontrar dónde ponerla.
— Me parece bien — dije.
Fina Coto tiene sesenta y dos años y lleva veintiséis limpiando oficinas por horas, de seis a nueve de la mañana y de siete a diez de la noche, y tiene las manos de eso, y aquella tarde las puso las dos encima del hule y estuvo un rato mirándose el dorso de la izquierda antes de empezar.
— Cuando se murió tu padre tú tenías veinte años.
— Mamá.
— Déjame. — Y no levantó la voz, ni la bajó, que es lo raro, porque mi madre lo baja todo—.
Tú tenías veinte y Nel tenía ocho, y yo estuve dos años en esa habitación de ahí y tú ibas a la mutua y al banco y al colegio y a la funeraria y a la ventanilla del seguro.
Con veinte años. Y firmaste tú unos papeles en una ventanilla de la calle Marqués de San Esteban, en enero, que yo tenía que haber firmado yo, y te los firmaron porque el hombre de la ventanilla conocía a tu padre.
— Eso ya está.
— Y una vecina me dijo un día en el rellano, delante de mí, menos mal que está la mayor. — Se pasó el paño por el hule, en un sitio donde no había nada—. Menos mal que está la mayor. Y yo dije que sí.
— Mamá, es que era verdad.
— Ya sé que era verdad. Yo no digo que no fuera verdad, hija, digo lo otro.
— Y ahí se paró y empezó una frase que no terminó, que es lo que hace ella, y esta vez la terminó al tercer intento—.
Digo que yo estaba en la cama oyendo cómo esa mujer decía eso en mi rellano y que no me levanté a decirle nada, ni a ella ni a ti.
En aquella cocina hay un reloj de pared de los de pila que hace un ruido que solo se oye cuando se calla todo el mundo, y aquella tarde lo estuve oyendo un rato largo, y a mí, en la cabeza, se me estaba montando la lista de siempre, que es la lista de las cosas que se pueden decir en una cocina para que una conversación se acabe sin que nadie se quede mal, y tenía cuatro y las tenía buenas: una sobre que ya está, otra sobre que fue hace mucho, otra sobre que ella hizo lo que pudo, y otra sobre la obra de la calle de al lado.
No dije ninguna de las cuatro. Me quedé callada, que es una cosa que en aquella cocina yo no había hecho nunca en dieciséis años, y el reloj de pila siguió haciendo su ruido, y Fina Coto siguió hablando porque ya no tenía a nadie que le sujetara la puerta.
— Yo te veía por las mañanas desde la cama — dijo Fina—. Te veía salir a las siete y media. Y no te pregunté ni una vez si podías.
— Mamá, es que yo podía.
— Y en dieciséis años no te lo he preguntado tampoco, ni cuando ya se me pasó lo mío, ni cuando volví a trabajar, ni el año en que Nel se puso tan malo.
— Cogió la cuchara y la volvió a dejar—.
Y yo sé por qué no te lo pregunté, hija, y lo he sabido siempre, y es porque si yo te lo pregunto un día y tú me dices que no puedes, entonces me tengo que levantar yo.
No dijo perdona.
Ese es el dato de aquella tarde y es el que me llevé yo a casa, y no lo entendí hasta mucho después, porque mi madre lleva dieciséis años pidiendo perdón por el pan y por el agua y por la obra de la calle de al lado, y aquel domingo me dijo la cosa más grande que me ha dicho nadie y no pidió perdón por ella.
Nos quedamos un rato con el arroz con leche a medias y con la costra ya blanda, en una cocina de La Calzada un domingo de septiembre a las cuatro menos cuarto de la tarde, y la obra de la calle de al lado seguía parada por ser domingo y el reloj de pila seguía haciendo su ruido.
— Ponte más — dijo.
— No puedo, mamá.
— Bueno.
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Volví a La Calzada baja andando, veinte minutos, y llegué a mi casa a las seis y media de la tarde de un domingo, con la luz de septiembre ya de lado, y me senté en la silla de la cocina que da a la puerta, que es la que uso siempre, y estuve un rato con las llaves en la mano.
Luego alargué el brazo, cogí el cuaderno de la esquina de la mesa y lo abrí por la página cuarenta y uno.
Yo no sé leer música. Llevaba cinco meses aprendiendo a poner los dedos y a respirar y a no perder el aire en el tercer compás, y todo eso lo aprendí de oído y con las manos de otra persona colocándome las mías, y una partitura, para mí, en septiembre, seguía siendo un dibujo.
Estuve un rato mirando el dibujo de todas formas, que es lo que hace uno, y lo que se ve en la página cuarenta y uno de aquel cuaderno, aunque no sepas leer, es una cosa que sí se entiende: se entiende que ahí ha habido trabajo.
Hay dos compases en los que el papel se ha quedado transparente de tanto borrar y hay que ponerlos a contraluz.
Hay tres pentagramas pegados encima con celo, uno de ellos con el celo ya amarillo y despegándose por una esquina, que son versiones de un mismo trozo puestas una encima de otra a lo largo de años.
Hay una mancha redonda de un vaso en el borde de abajo.
Hay un sitio donde el lápiz se corrió porque llovía.
Así que lo que yo leí de aquella página fueron los márgenes.
Están escritos a lápiz, todos, en los cuatro bordes y en los huecos entre pentagramas, apretados, en vertical los de la izquierda, con letras de tamaños distintos y de edades distintas, y muchos son de música y no dicen nada que yo pueda entender, y algunos son palabras sueltas, y casi todos llevan delante una fecha de dos cifras y el mes abreviado, porque quien escribió aquello lleva veintidós años apuntando fechas en los márgenes de un cuaderno de tapas de hule y no lo hace por nadie.
Conté sesenta y una anotaciones.
La primera está arriba del todo, a la izquierda, con una letra que hace las eñes con el trazo hacia arriba y que no es la letra que tiene ahora, y es del quince de enero, y detrás lleva el año, y el año es el de aquel invierno en que yo subí a un piso de la calle San Bernardo a las dos de la mañana a sacar a mi hermano de una fiesta y me abrió la puerta una cría de veintidós años con la funda de una gaita colgada en el pasillo.
Yo no me acordaba del quince de enero.
Me acordé en cuanto lo vi, y de todo, y del frío que hacía en aquel rellano.
La segunda es de febrero. La tercera es de mayo del año siguiente, y al lado, en horizontal, hay una palabra que no es un término musical y que yo conozco bien, porque es el nombre del sitio en el que a mí me dieron la primera cabina, y ese mes es el mes en que me la dieron.
Y a partir de ahí, en una mesa de una cocina de La Calzada, con la luz de las siete menos veinte de la tarde de un domingo de septiembre entrando de lado y con una llave a veinte centímetros de la mano, yo me puse a hacer lo que llevo haciendo toda mi vida sin pedírselo a nadie, que es contar.
Marzo, hace nueve años, que es el mes en que operaron a mi madre y yo dormí cuatro noches seguidas en una butaca del hospital de Cabueñes y no se lo dije a nadie porque no había a quién decírselo; noviembre, hace seis, que es el invierno en que la terminal soltó a cuarenta y dos personas en tres tandas y yo estuve nueve semanas sin saber si estaba en la lista y bajando cada mañana a mirar un tablón; y junio, hace cuatro, el mes del examen de Nel, que es la única de las tres que yo conté en su día en voz alta y en un chigre, y la conté como se cuentan las cosas en mi casa, que es en pasado y con el resultado puesto.
Diez de abril, este año.
Doce de junio, este año.
Veintiséis de julio, este año, que fue un sábado y que fue el día en que nos peleamos cincuenta minutos en un salón de sociedad recreativa con cuarenta sillas plegadas contra la pared del fondo.
Y la última, la sesenta y una, la de más abajo, escrita con un lápiz distinto y con la letra grande, sin corregir, que es la única de las sesenta y una que no tiene encima ni una goma ni un tachón: veintinueve de julio.
El veintinueve de julio de este año es un martes.
Es el martes en que yo subí la cuesta de la calle Recoletas y llamé al segundo pulsador de la izquierda y le pedí a esa mujer, en un rellano de tres metros por dos, con una bombilla que no da para leer, que me preguntara qué turno hacía.
Y en la parte de arriba de la página, donde va el nombre, donde en las otras cuarenta páginas de aquel cuaderno hay un nombre escrito a lápiz con letra normal, no hay nada.
No hay nada porque el papel se rompió.
Está escrito y borrado tantas veces que en ese renglón el cuaderno tiene un agujero de dos centímetros con los bordes deshilachados, y alrededor del agujero se ven las sombras de las gomas de doce años unas encima de otras, y yo puse esa página a contraluz contra la ventana de la cocina, como me enseñó ella a hacer con los dos compases transparentes, y estuve así lo menos un cuarto de hora.
No se lee.