Lo que nunca te pedí Capítulo 23
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Capítulo 23

El local de ensayo de San Pedro tiene doce metros por siete, el suelo flotante, paneles acústicos en tres paredes y una cuarta que dejaron a ladrillo visto porque, según el que lleva la mezcla, si lo forras todo se muere el sonido, y en el fondo hay un armario de fundas con los nombres escritos en cinta de carrocero, y desde el martes dos de septiembre en uno de esos huecos pone Xandra con la letra de otra persona.

Voy a contar bien esta parte, porque la parte fácil sería contar que Santiago era gris y que yo estaba triste, y ni Santiago era gris, que hubo dos días buenísimos, ni yo estaba triste de martes a viernes de dos a nueve.

De martes a viernes de dos a nueve yo estaba en el mejor sitio en el que he estado nunca.

Se ensaya sin hablar, que es lo primero que me descolocó.

En Peña'l Cuervu, para colocar cuatro compases, hay que atravesar veinticuatro opiniones, una discusión sobre si eso lo tocaba distinto un señor de Cangas, dos anécdotas y una pausa para el bocadillo.

Aquí el de la zanfona toca una vez, la percusionista dice prueba a entrar medio compás después, se prueba, sale, y se sigue.

Se colocan cosas en once minutos que a mí me han costado dos meses.

La primera tarde salí de allí a las nueve y cuarto con las manos calientes y la cabeza en un estado que no tenía desde el conservatorio, que es el estado ese de haber estado tres horas por encima de tu propio nivel y notar cómo se te queda el cuerpo después.

Iria Lousada trabaja de otra manera de la que trabajo yo, y eso también hay que decirlo.

No dirige, sitúa. Se pone de pie en mitad del local con un vaso de café en la mano y escucha una vuelta entera sin abrir la boca, y luego dice vamos a ver una cosa, y lo que viene detrás es una frase de doce palabras que reordena la pieza.

La formación son seis y llevan juntos entre cuatro y nueve años.

Hay una percusionista que toca de pie y que tiene dos críos de seis y de tres y que a las nueve menos cinco está recogiendo con el abrigo ya puesto porque a las nueve y cuarto tiene que estar en su casa, y que en las tres horas de antes no levanta la cabeza.

Hay un hombre de la zanfona que da clases particulares de lunes a jueves y que se sabe cuatro mil piezas y que discute la fecha de todas.

Hay una chica de la flauta, de veintiséis, que toca mejor que yo y que lo sabe y a la que se le pasa en cuanto abre la boca porque es de las que se disculpan por respirar.

Hay un bajo, hay un guitarrista que apenas habla, y hay Iria.

Y a mí, la primera semana, me pusieron a prueba de la manera en que se pone a prueba a la gente en este oficio, que consiste en meterte en un arreglo cuatro compases donde no tienes que estar, sin decirte nada, y esperar a ver si te callas o si lo dices.

El miércoles tres, en la vuelta cuarta del segundo tema, había ocho compases en los que la gaita y la flauta iban a la vez, doblando, y no funcionaban, y no funcionaban desde el martes, y todo el mundo lo sabía y nadie lo había dicho.

Yo lo dije a las cinco y veinte de la tarde.

— Eso doblado no vale.

— ¿Por? — dijo Iria.

— Porque una gaita no dobla, machaca. Y esa flauta está haciendo una cosa preciosa que no se oye porque yo estoy encima. — Y me oí decirlo y no me lo creí, porque yo llevaba dos días allí dentro—. Me salgo yo esos ocho y entro en el nueve.

Nadie dijo nada. La chica de la flauta se puso colorada.

— Prueba — dijo Iria.

Y salió, y a partir de aquella tarde se acabó lo de mirarme de reojo, y aquello, para que se entienda, es lo más parecido a un abrazo que hay en un local de ensayo.

El jueves cuatro me dijo, delante de todos, que el adorno que yo metía en el segundo compás del tercer tema no era de allí.

— No es de aquí — dijo—. No es gallego, no es de Bretaña y no es asturiano tampoco. ¿De dónde lo has sacado?

— De un autobús.

— Pues déjalo. — Bebió café—. Que se note que no es de aquí.

Y siguió con lo suyo, y yo estuve dos horas tocando con una cosa dentro que no supe colocar hasta la madrugada.

———

Alquilé una habitación en un piso de la zona vieja, por tres meses, con una pareja de treinta y pocos que trabaja en un laboratorio y que son buenísima gente y con los que he hablado en total unas cuatro horas.

La habitación da a un patio y tiene un ventanuco alto por el que se oye la lluvia y no se ve.

Hay una cama, una mesa, un armario y un radiador que funciona.

La gaita, contra la pared, dentro de la funda.

Y de nueve y media de la noche a las tres de la mañana, de martes a viernes, y desde el sábado por la mañana hasta el martes a las dos, había un hueco.

No un hueco de estar sola, que yo llevo sola desde los veintiséis años y me apaño estupendamente y me gusta. Un hueco de otra cosa, con una forma muy concreta y muy incómoda de reconocer, y que consistía en que a las tres de la mañana yo estaba despierta.

La primera noche pensé que era la cama, que era dura y estrecha y que a mí las camas nuevas me cuestan tres o cuatro días.

La segunda pensé que era el ruido de la calle, que en la zona vieja a las dos de la mañana hay gente hablando debajo de los soportales y risas y una moto, y esa no colaba, porque en Cimavilla, en agosto, hay exactamente lo mismo y con más volumen, y yo llevo nueve años durmiendo ahí como un tronco.

La tercera noche, viernes, estuve una hora entera boca arriba en una cama que no era la mía mirando el móvil apagado encima de la mesa, a metro y medio, y a las tres y diez me levanté, lo cogí, y comprobé si había llamadas perdidas.

No había.

Y ahí estuve un rato de pie en mitad de una habitación de cuatro metros por tres con un teléfono en la mano, a las tres y diez de la mañana de un viernes de septiembre, y me oí decirme a mí misma, con la voz con la que se dicen estas cosas, que a lo mejor se había quedado sin batería.

Yo he hecho cuatrocientas veintitantas llamadas a las tres de la mañana en doce años.

Nunca las conté, y ahora sé el número porque me lo dijo ella una madrugada de julio en su casa, después de haberme dicho que no lo sabía, y me lo dijo porque a esa mujer las cosas se le quedan contadas sin querer contarlas.

Yo he llamado cuatrocientas veintitantas veces.

En ninguna de esas cuatrocientas veintitantas veces me cogió el teléfono al segundo tono.

Siempre al primero. Y esto es una cosa que a mí me pareció durante doce años una gracia de las nuestras, de esas que se cuentan en una comida delante de la gente, y que en una habitación con un ventanuco alto por el que se oye la lluvia y no se ve deja de tener ninguna gracia en cuanto uno se pone a pensar qué hace falta para coger un teléfono al primer tono cuatrocientas veintitantas veces seguidas durante doce años.

Hace falta tenerlo en la mesilla.

Hace falta no ponerlo en silencio ni una noche en doce años, ni cuando duermes acompañada, ni cuando entras a las seis, ni la semana en que operaron a tu madre y llevabas cuatro días durmiendo en una butaca.

Y hace falta, sobre todo, no decirlo nunca.

El sábado seis por la mañana, en aquella habitación, hice una cosa que no le he contado a nadie hasta hoy, que fue coger un papel y ponerme a apuntar las veces en que aquella mujer me había pedido a mí algo en doce años, para ver si me salía alguna.

Me salieron tres.

Una es de hace nueve años y consiste en que me pidió que le dejara el coche un domingo porque el suyo estaba en el taller, y luego resultó que no lo cogió, que fue en autobús, y que me lo pidió el sábado por si acaso.

Otra es de este año, de julio, en un rellano de Cimavilla con una bombilla que no da para leer, y es la de preguntarle qué turno hace.

Y la tercera es de este año también, de una madrugada de julio en su casa, y esa es de otro tipo y no se apunta en un papel.

Doce años. Tres. Y yo estuve un rato con el boli en la mano intentando acordarme de una cuarta, y en algún momento de ese rato dejé de buscar la cuarta y me quedé mirando la primera, la del coche que no cogió, y calculando cuánto tiempo hay que llevar sin pedir nada para pedir un coche que no vas a usar.

———

El sábado seis por la noche salimos los seis y dos más a cenar por la zona de la Algalia, porque el de la zanfona cumplía años, y aquello fue largo y bueno y hubo pulpo y hubo una discusión de cuarenta minutos sobre si una pieza era del setenta y dos o del setenta y cinco, y yo me lo pasé bien de verdad, y a las dos de la mañana, en una mesa de mármol con nueve vasos y con todo el mundo hablando encima de todo el mundo, me oí.

Estaba prometiendo.

Estaba diciendo, en voz alta, con la mano abierta encima de la mesa, que en diciembre nos íbamos a llevar a Asturias a grabar dos temas con una banda entera detrás, veinticuatro personas, y que yo eso lo montaba, y que conocía el local y a la gente y que era hablarlo.

Estaba diciendo que en Xixón había un hombre con un archivo de cintas de campo de los años setenta que nadie había catalogado y que yo se lo sacaba.

Estaba diciendo que en enero organizaba un taller de tres días y que venía gente de toda la costa.

Y todo aquello era verdad en el sentido en que son verdad estas cosas a las dos de la mañana en una mesa de mármol, que es que se puede hacer, que hay un camino desde aquí hasta allí, y que si uno se levantara al día siguiente y empezara a llamar por teléfono podría salir.

Mi padre era un hombre que llenaba las mesas.

Yo lo he visto prometerle a un chigre entero, de pie, con el culín en la mano y con doce personas escuchándolo, que en marzo nos íbamos los tres a Portugal en el coche, y he visto a esas doce personas quererlo mucho durante esos dos minutos, y he visto a mi madre mirando el mantel.

Nunca fuimos a Portugal. Y no es que mintiera: es que aquel hombre, en el momento exacto de decirlo, se lo creía más que nadie, y esa es la parte que a mí me costó veinte años entender y que no le he perdonado del todo, porque a un mentiroso le pillas el sistema en dos años y a mi padre no había manera.

Cerré la boca a mitad de una frase, en una mesa de mármol de la Algalia, con la mano todavía abierta encima de la mesa.

— ¿Y qué pasa en enero? — dijo alguien.

— Nada — dije—. Que estaba hablando por hablar.

Y me reí, y todo el mundo se rió, y el de la zanfona se puso a contar lo del setenta y dos otra vez, y la percusionista, que estaba enfrente y que a esas horas ya no bebe porque a las nueve tiene a dos criaturas, me miró un segundo de más por encima del vaso y no dijo nada.

Lo que hacía mi padre en una mesa, y lo que hice yo en la Algalia el sábado seis de septiembre a las dos de la mañana, es una manera de pagar la cuenta por adelantado.

Tú pones encima de la mesa una cosa enorme que va a pasar en marzo, y la gente que te está escuchando se pone contenta ahora, en septiembre, y en marzo ya se verá, y en marzo la gente se acuerda de otra cosa o se acuerda de aquello y ya no le importa tanto, y mientras tanto tú te has pasado seis meses siendo el que trae cosas.

Es un buen sistema y funciona durante años y solo se estropea cuando alguien de la mesa lo apunta, y a mi padre no se lo apuntó nadie en cincuenta y ocho años, y a mí me lo apuntó una percusionista de Padrón mirándome por encima de un vaso sin decir una palabra.

A mí me duró la vergüenza hasta el lunes.

———

El lunes ocho no había ensayo y llovía en Santiago de esa manera que tiene de llover allí, que es sin ninguna prisa y sin ninguna intención de parar, y yo estuve toda la tarde en la habitación con la gaita en las rodillas trabajando el tercer tema sin fuelle, solo con los dedos y el punteru, que es como se trabaja para no volver locos a los vecinos.

A las siete y media bajé a comprar y volví con pan y con dos cosas más y no cené.

A las nueve dejé la gaita en la funda. A las diez la pareja del laboratorio se metió en su habitación y se apagó la luz de debajo de su puerta, y a las once me metí en la cama con el móvil boca abajo encima del edredón, y estuve dos horas oyendo llover en un patio que no se ve, y a la una me acordé del cuaderno.

Me acordé de que estaba encima de una mesa de una cocina de La Calzada, abierto por la página cuarenta y uno, con la llave cruzada por el pliegue, y de que llevaba allí ocho días, y de que aquella mujer no lo iba a abrir, porque Olaya Prendes no mira lo que no le han enseñado, y de que esa era exactamente la razón por la que se lo había dejado.

Y a las tres menos veinte de la mañana, que era mi hora desde los veintidós años, estaba sentada en el borde de aquella cama con la pantalla encendida y con el nombre puesto en la pantalla y el pulgar a un centímetro.

Y no llamé, y esta vez no me valió lo de la batería, y me quedé quieta el tiempo suficiente para preguntármelo en serio.

Por qué no llamo yo.

Llevo doce años llamando a esa mujer a las tres de la mañana para contarle que se me ha roto la persiana, que he visto un gato en el Rinconín con una oreja de menos, que estoy en un chigre y hay un señor cantando, que mañana tengo una reunión en la escuela y que me da pereza.

Cuatrocientas veintitantas veces. Y en cuatrocientas veintitantas veces no le he dicho a esa mujer ni una sola vez ven, ni una sola vez no cuelgues, ni una sola vez estoy mal.

Y lo que yo tenía que decir aquella madrugada, en una habitación de cuatro metros por tres en Santiago de Compostela, con un ventanuco alto por el que se oye la lluvia y no se ve, no era ninguna persiana rota.

La pantalla se apagó sola encima del edredón.